Al clavel lo mata antes el riego generoso que el descuido. Es una planta de roquedo mediterráneo, acostumbrada a suelos pobres, calizos y secos, y casi todos los fracasos domésticos vienen de tratarla como si fuera una petunia: sustrato ácido de turba, plato siempre con agua y un rincón de sombra en la terraza. Con las tres condiciones que de verdad necesita —sol directo, tierra que drene y calcio— es una perenne longeva y muy poco problemática.

Qué es un clavel

El clavel es Dianthus caryophyllus, una planta perenne de la familia de las cariofiláceas, con base leñosa, tallos nudosos y quebradizos y hojas estrechas, opuestas y de un verde azulado inconfundible. Las flores tienen cinco pétalos dentados en la especie silvestre, aunque las variedades de jardinería llevan siglos seleccionadas hacia la duplicidad, hasta llegar a las flores densas de sesenta o más pétalos que vemos en floristería.

El género Dianthus reúne unas trescientas especies y en España se cultivan varias que también reciben el nombre de clavel:

Dianthus caryophyllus, el clavel común o reventón, perenne, el de la flor grande y el aroma a especia.

Dianthus barbatus, el clavel del poeta o minutisa, bienal, con las flores agrupadas en cabezuelas planas y sin apenas perfume.

Dianthus chinensis, el clavel chino, de vida corta y pétalos muy hendidos, cultivado casi siempre como anual de temporada.

Dianthus plumarius y Dianthus gratianopolitanus, las clavelinas, matas bajas y compactas de rocalla, mucho más rústicas al frío que el clavel común.

Conviene descartar dos confusiones habituales. El clavel del aire no es un clavel, sino una Tillandsia, una bromeliácea epífita americana sin ningún parentesco. Y el clavel moro o clavelón tampoco lo es: pertenece al género Tagetes, es una compuesta mexicana anual y sus cuidados son distintos.

Clavel rojo en plena floración

De dónde vienen el nombre y la planta

El nombre científico Dianthus se atribuye a Teofrasto y se lee como «flor de Zeus» o «flor divina», de dios y anthos. El epíteto caryophyllus alude al clavo de olor, porque el perfume de la flor recuerda al de esa especia.

La palabra castellana «clavel» entró desde el catalán clavell, diminutivo de clau, clavo, por ese mismo motivo aromático. Es un caso raro y bonito: el nombre popular y el científico dicen exactamente lo mismo en dos idiomas distintos.

El origen geográfico de D. caryophyllus se sitúa en la cuenca mediterránea, probablemente en su mitad oriental, aunque después de dos mil años de cultivo y naturalización resulta imposible fijar una zona silvestre limpia. En la Península hay claveles autóctonos de pleno derecho, como Dianthus lusitanus en roquedos y taludes silíceos del oeste, o Dianthus hyssopifolius en pastos de montaña, y verlos crecer en su ambiente explica más de sus cuidados que cualquier manual: grietas de roca, suelo mínimo, sol de mediodía y sequía estival.

Historia y significado

Griegos y romanos ya usaban claveles en guirnaldas; la palabra latina que los designaba se relaciona con las coronas de flores, y de ahí viene el inglés carnation. En Europa se convirtió en flor de jardín en la Edad Media y estalló en variedades durante los siglos XVI y XVII, cuando se pusieron de moda los claveles de flores rayadas y jaspeadas entre los coleccionistas flamencos y españoles.

En España es una flor con carga cultural: acompaña al traje de flamenca, aparece en la copla y en los patios de Córdoba, y ha tenido en Chipiona, en Cádiz, uno de los centros históricos de producción de flor cortada del país, junto con el Maresme catalán y el Levante.

Su momento político más conocido es portugués: los claveles rojos que los ciudadanos pusieron en los cañones de los fusiles el 25 de abril de 1974 dieron nombre a la Revolución de los Claveles. El clavel rojo es además emblema del movimiento obrero y del Primero de Mayo desde finales del siglo XIX.

En el lenguaje de las flores, el rojo significa amor y admiración; el blanco, pureza y afecto, y es el que se asocia al Día de la Madre; el rosa tiene un simbolismo maternal ligado a una leyenda cristiana según la cual brotaron de las lágrimas de la Virgen; el amarillo y el jaspeado, en cambio, se leían tradicionalmente como desdén o rechazo, algo que conviene saber antes de regalar un ramo.

Ubicación

Pleno sol, sin matices. El clavel necesita un mínimo de seis horas de sol directo para formar botones florales; con menos crece, se estira y no florece. En una terraza orientada a sur o a poniente rinde perfectamente.

No es planta de interior, aunque se venda en floristería como si lo fuera. Dentro de casa la luz que recibe es una fracción de la exterior, la humedad estancada favorece los hongos y en pocas semanas se ahíla y se llena de araña roja. Si te regalan una maceta florida, sácala a la ventana o al balcón cuanto antes.

Otro punto que sorprende: el clavel odia el calor extremo tanto como la sombra. Por encima de unos 30-32 °C sostenidos deja de formar flor y entra en una pausa estival. Su temperatura óptima está entre 15 y 25 °C, de ahí que en el litoral mediterráneo y en Canarias la floración fuerte sea de otoño a primavera, mientras que en la meseta y el norte florece de mayo a julio y vuelve a hacerlo en septiembre.

Tierra

Es el apartado que más gente falla. El clavel quiere suelo ligeramente alcalino, entre pH 6,5 y 7,5, suelto, con mucho aire y bajo en materia orgánica. Los suelos calizos de gran parte de España le van de maravilla.

En maceta, el error clásico es plantarlo en sustrato universal puro, que es turba ácida y retiene demasiada agua. La mezcla que funciona: dos partes de sustrato universal, una parte de arena de río gruesa o perlita, y un puñado de arena caliza o de tierra de jardín. Maceta de barro mejor que de plástico, porque transpira, y siempre con agujeros y sin plato bajo, o vaciándolo diez minutos después de regar.

En suelo arcilloso conviene plantar en caballón o en rocalla elevada. En suelo muy ácido, típico de Galicia o del norte cantábrico, un encalado ligero antes de plantar mejora mucho el resultado.

Riego

Moderado y espaciado. La regla práctica: mete el dedo y riega cuando los dos o tres centímetros superiores estén secos. En verano y en maceta eso puede ser cada dos o tres días; en invierno, cada diez o quince, y en un clavel plantado en tierra desde hace años, casi nunca fuera de las sequías largas.

Dos precauciones que valen más que la frecuencia exacta. Primera: no mojes nunca las hojas ni las flores. El agua sobre el follaje, sobre todo si se riega al atardecer y la noche es fresca, dispara la botritis y la roya. Riega al pie o instala goteo. Segunda: no encharques el cuello de la planta, que es por donde entra la podredumbre.

Un clavel con exceso de agua amarillea desde las hojas bajas, se ablanda y se marchita con la tierra húmeda. Si ves ese cuadro, deja de regar; añadir más agua es lo peor que puedes hacer.

Abonado

De marzo a octubre, un abono líquido para plantas de flor cada quince días, o un granulado de liberación lenta al principio de la temporada. Interesan las fórmulas con más potasio que nitrógeno, del tipo 5-10-15 o los abonos específicos de floración.

El exceso de nitrógeno da tallos largos, blandos y quebradizos, retrasa la floración, favorece el «rajado del cáliz» —la flor revienta el cáliz por un lado y se abre torcida— y aumenta la sensibilidad al fusarium. Menos abono y más equilibrado siempre es mejor apuesta.

El aporte de calcio ayuda a la firmeza del tallo; en zonas de agua muy blanda, un poco de dolomita al sustrato compensa.

Cómo plantar un clavel

A partir de esquejes

Es el método estándar y el único que garantiza que la planta hija sea idéntica a la madre. Se hace de finales de invierno a primavera, y también en septiembre, con temperaturas suaves.

El procedimiento: elige un tallo lateral no florecido, de los que salen de la mitad baja de la mata, y corta o arranca un trozo de 10 a 15 cm justo por debajo de un nudo. En el clavel, el esqueje sale limpio si se tira lateralmente del brote sujetando el nudo, sin necesidad de cuchilla. Quita las hojas de la mitad inferior, deja tres o cuatro pares arriba, moja la base en hormona de enraizamiento —opcional, pero sube el porcentaje— y clávalo en perlita, arena de río lavada o una mezcla de turba y arena a partes iguales.

Mantén el tiesto en semisombra, a 18-20 °C, con el sustrato apenas húmedo y sin campana de plástico hermética: el clavel se pudre con facilidad en ambiente saturado. Enraíza en tres o cuatro semanas y se trasplanta cuando las raíces asoman por el drenaje.

A partir de semillas

La semilla funciona muy bien para Dianthus barbatus, D. chinensis y las clavelinas, y para variedades de D. caryophyllus vendidas expresamente como estirpes de semilla. Lo que no funciona es sembrar la semilla recogida de un clavel doble de floristería: la descendencia sale desigual, con flores sencillas y colores impredecibles, porque son híbridos.

Siembra de febrero a abril en semillero, o directamente en septiembre en el sur. Cubre las semillas con medio centímetro escaso de sustrato, mantén 18-20 °C y germinarán en una o dos semanas. El clavel del poeta, al ser bienal, se siembra en verano para florecer la primavera siguiente; sembrado en marzo dará hojas todo el año y flor al segundo.

Trasplanta cuando las plántulas tengan cuatro o cinco pares de hojas, dejando 25-30 cm entre plantas. Enterrar el cuello por debajo de su nivel original es un error que provoca podredumbre.

Mata de Dianthus en plena floración en el jardín

Poda y mantenimiento

Pinzado. Cuando la planta joven tenga cinco o seis pares de hojas, corta la punta. Retrasa la primera flor unas semanas y a cambio obtienes una mata ramificada, con muchos más tallos florales y menos tendencia a desparramarse.

Desbotonado. Si buscas la flor grande de tipo floristería, deja el botón terminal de cada tallo y elimina los laterales cuando tengan el tamaño de un guisante. Si prefieres muchas flores pequeñas a la vez, haz lo contrario: quita el terminal y deja los laterales.

Limpieza de flores marchitas. Cada semana, cortando el tallo hasta un nudo sano. Alarga notablemente la floración.

Recorte de renovación. Al terminar la floración principal, un despunte general de un tercio compacta la mata. Y cada dos o tres años conviene rehacer la planta a partir de esquejes, porque el clavel se aleña por la base, se ahueca por el centro y florece cada vez peor. No es una planta a la que merezca la pena tenerle apego indefinido.

Plagas

Pulgón. En los brotes tiernos de primavera. Jabón potásico cada cinco días, dos o tres aplicaciones.

Araña roja (Tetranychus urticae). El ácaro del calor y el aire seco. Punteado amarillento en el haz, aspecto plomizo y telaraña fina en las axilas. Aumentar la humedad ambiental y tratar con jabón potásico o acaricida específico; los insecticidas convencionales no le afectan.

Trips (Frankliniella occidentalis). Es la plaga más dañina en el clavel de flor cortada. Deja los pétalos con manchas plateadas y deformados, y transmite virosis. Se detecta con trampas cromáticas azules y es difícil de erradicar; la prevención pasa por eliminar malas hierbas florecidas alrededor.

Polilla del clavel (Cacoecimorpha pronubana). Una tortrícida cuya oruga une las hojas con seda y roe brotes y botones. Se controla bien con Bacillus thuringiensis.

Orugas de Helicoverpa armigera, que perforan los botones y los dejan huecos.

Minador de hojas, que dibuja galerías serpenteantes; casi siempre es un daño estético.

Enfermedades

Fusariosis vascular (Fusarium oxysporum f. sp. dianthi). La enfermedad grave del clavel y la razón de que en las zonas productoras se cultive en suelo desinfectado o en sustrato. Un tallo o media planta amarillean y se marchitan mientras el resto sigue verde, y al cortar el tallo por la base se ve el anillo vascular pardo. No tiene tratamiento curativo: hay que arrancar y destruir la planta y no volver a plantar claveles en ese mismo hoyo ni reutilizar el sustrato.

Roya (Uromyces dianthi). Pústulas pulverulentas de color canela en el envés. Aparece con humedad y follaje mojado. Retira las hojas afectadas y corrige el riego; en casos serios, fungicida a base de azufre o triazoles.

Alternaria (Alternaria dianthi). Manchas circulares pardas con halo en hojas y tallos, típicas de otoños húmedos.

Botritis (Botrytis cinerea). Moho gris que pudre las flores dobles, sobre todo en flor cortada y en plantas apretadas sin ventilación.

Podredumbres de cuello y raíz por Rhizoctonia y Phytophthora, siempre asociadas a exceso de agua o a plantación demasiado profunda.

Virosis, como el moteado del clavel, que producen jaspeados y deformaciones. No se curan; se previenen controlando trips y pulgones y usando material vegetal sano.

La mayor parte de esta lista se previene con lo mismo: sol, aire entre plantas, riego al pie y nada de encharcamiento.

Rusticidad

Dianthus caryophyllus bien establecido en suelo drenante aguanta heladas suaves de hasta unos -5 °C, pero lo que de verdad lo mata en invierno no es el frío seco sino la combinación de frío y suelo empapado. En maceta la raíz está mucho más expuesta, así que en zonas de interior con heladas fuertes conviene arrimar los tiestos a una pared orientada a sur o cubrir con manta térmica en los episodios más duros.

Las clavelinas de rocalla (D. plumarius, D. gratianopolitanus, D. deltoides) y el clavel del poeta son bastante más resistentes y toleran sin problema los inviernos de la meseta o del Pirineo prepirenaico. Si vives en una zona fría y quieres claveles permanentes en el jardín, esas especies son la elección sensata.

Usos

Flor cortada. Es su uso principal y en esto es difícil de superar: un clavel dura en jarrón entre dos y tres semanas, mucho más que casi cualquier otra flor comercial. Córtalo por la mañana con el botón medio abierto, hazlo por encima de un nudo con tijera limpia, retira las hojas que vayan a quedar sumergidas y cambia el agua cada dos días. Manténlo lejos del frutero: el etileno que desprenden manzanas, plátanos y peras acelera de forma llamativa el marchitamiento de los claveles.

Jardín y balcón. Rocallas, muretes, bordes soleados y jardineras. Combina bien con lavandas, santolinas y otras plantas de suelo pobre y calizo, con las que comparte exigencias de riego.

Perfumería. El aroma a especia del clavel es una nota clásica en perfumería, aunque hoy se reproduce sobre todo con moléculas sintéticas como la eugenol y el isoeugenol, porque el extracto natural resulta carísimo.

Cocina. Los pétalos son comestibles y se usan en ensaladas, para decorar postres o para aromatizar vinagres y jarabes. Retira siempre la base blanca del pétalo, que amarga, y usa solo flores de cultivo propio sin tratamientos fitosanitarios; las de floristería no son aptas para consumo.

Uso medicinal

La medicina popular europea empleó infusiones de pétalos de clavel como tónico, sudorífico y remedio para trastornos nerviosos y digestivos leves, y en la medicina tradicional china se usan otras especies del género con fines distintos. Es tradición documentada, no farmacología: no hay ensayos clínicos que respalden esos usos en el clavel común, y ninguna infusión de pétalos sustituye a un tratamiento. Lo honesto es cultivar el clavel por su flor y su aroma, y dejar la parte medicinal en el terreno de la curiosidad histórica.

En resumen

El clavel es una perenne mediterránea de roquedo, no una planta de interior ni una consumidora de agua. Dale seis horas de sol, un sustrato suelto y algo calizo con un tercio de arena o perlita, riega solo cuando la superficie esté seca y siempre al pie, y abona con más potasio que nitrógeno de marzo a octubre. Pinza las plantas jóvenes, corta las flores marchitas cada semana y renueva la mata por esquejes cada dos o tres años, tomándolos de tallos laterales no florecidos entre finales de invierno y primavera. Vigila trips y araña roja, y ante una marchitez parcial con el anillo vascular pardo asume que es fusarium, arranca y no replantes ahí. Si tu jardín es frío o el suelo ácido y pesado, pásate a las clavelinas de rocalla o al clavel del poeta y te ahorrarás la mitad de los problemas.


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