Un bulbo de lirio plantado a ocho centímetros de profundidad florece bien el primer año, flojea el segundo y suele desaparecer al tercero. El mismo bulbo, de la misma variedad y en el mismo suelo, enterrado a dieciocho centímetros se multiplica y aguanta décadas. La diferencia no está en el abono ni en el riego: está en que los lirios emiten raíces a lo largo del tallo enterrado, por encima del bulbo, y si no hay tallo enterrado no hay raíces caulinares. Es el detalle que más veces se pasa por alto al plantar, y el que más determina el resultado.

Qué planta es un lirio rojo

El nombre se aplica en España a plantas de familias distintas, y conviene aclararlo porque los cuidados no se parecen en nada.

Los lirios propiamente dichos son Lilium, del grupo de las liliáceas. Bulbo escamoso sin túnica protectora, tallo único y erguido, flores grandes en el extremo. Aquí también se les llama azucenas. Los rojos más habituales en jardín son híbridos asiáticos como 'Red Alert', 'Black Out' o 'Matrix', de flor erguida y sin perfume; híbridos orientales y orienpet de tonos carmín y granate, muy perfumados y de floración más tardía; y algunas especies silvestres como Lilium bulbiferum, el lirio naranja rojizo de los prados de montaña del norte peninsular, Lilium pomponium, escarlata intenso y propio de los Pirineos orientales, o Lilium chalcedonicum, de flores rojas en turbante.

El «lirio araña rojo» es Lycoris radiata, una amarilidácea que florece en septiembre sobre tallos completamente desnudos y saca las hojas después, cuando la flor ya se ha marchitado. Ni se planta igual ni se riega igual.

La «flor de lis roja» o lirio azteca es Sprekelia formosissima, otra amarilidácea, de flor escarlata asimétrica y bulbo tunicado que sí admite conservarse seco.

Y en el lenguaje corriente se llama lirio a los Iris, que tienen rizoma en lugar de bulbo, y a los Hemerocallis o lirios de día, que son plantas de raíces carnosas cuyas flores duran veinticuatro horas. En este artículo me ocupo de los Lilium rojos, que es lo que se busca en el noventa por ciento de los casos, aunque señalaré dónde el consejo no vale para los demás.

Flor de lirio rojo abierta con los estambres visibles

Características: un bulbo que no se puede secar

El bulbo de Lilium está formado por escamas carnosas superpuestas y sueltas, sin la piel seca que envuelve al de un tulipán o una cebolla. Esa ausencia de túnica tiene una consecuencia directa: el bulbo no soporta almacenarse en seco durante meses. Se deshidrata, las escamas se ablandan y pierde vigor. Por eso los bulbos de lirio que llevan desde agosto colgando en un expositor de supermercado, envueltos en serrín reseco, dan resultados mediocres. Al comprarlos hay que apretarlos: deben estar firmes y pesados, con las escamas prietas y sin manchas azuladas de moho. Y hay que plantarlos pronto, no guardarlos «hasta que haga mejor tiempo».

El tallo es único, sin ramificar, y alcanza entre 60 cm y 1,80 m según el grupo. Las hojas son lanceoladas y se disponen en espiral a lo largo del tallo, o en verticilos en el caso de Lilium martagon y afines. Las flores pueden ser erguidas, orientadas al frente o colgantes con los pétalos vueltos hacia atrás, la forma llamada de turbante o «martagón».

Cada flor tiene seis tépalos y seis estambres con anteras grandes y cargadas de polen anaranjado. Ese polen mancha la ropa de forma casi indeleble y, en flor de corte, acorta la duración: cuando se poliniza, la flor empieza a marchitarse. Retirar las anteras con unas pinzas en cuanto abre la flor resuelve ambas cosas.

Bajo tierra, el bulbo emite dos sistemas de raíces distintos. Las raíces basales, perennes, salen del disco inferior y sostienen y alimentan la planta durante años. Las raíces caulinares, anuales, brotan del tallo enterrado por encima del bulbo, absorben buena parte del agua y los nutrientes de la temporada y anclan tallos que pueden superar el metro y medio. Los híbridos asiáticos, orientales y trompeta las producen en abundancia. De ahí la profundidad de plantación de la que hablaba al principio.

Cuándo y cómo plantarlos

Hay dos ventanas buenas en el clima peninsular. La primera y mejor es el otoño, de octubre a noviembre: el bulbo enraíza durante el invierno y arranca con ventaja en primavera. La segunda es el final del invierno, de febrero a mediados de marzo, que es cuando llegan la mayor parte de los bulbos al comercio; funciona bien, aunque la floración suele ser algo más corta el primer año.

La profundidad correcta es de tres veces la altura del bulbo, lo que en la práctica son 15 a 20 cm de tierra por encima para un bulbo de tamaño comercial. La separación entre bulbos, de 20 a 25 cm; en grupos de tres, cinco o siete ejemplares el efecto es mucho mejor que en fila.

Hay una excepción importante, y es la azucena blanca, Lilium candidum, que se cultiva en toda España y a veces se planta junto a los rojos. Esta se planta a solo 2 o 3 cm de profundidad y en agosto o septiembre, porque forma una roseta de hojas basales que pasa el invierno verde. Enterrarla hondo como a los demás la pudre. Tampoco produce raíces caulinares.

El drenaje es innegociable. Un bulbo de lirio en suelo pesado y encharcado en invierno se pudre sin remedio. En arcilla, lo eficaz es plantar sobre un lecho de cinco centímetros de arena gruesa o grava fina y enmendar el hoyo con compost maduro y arena. En suelos muy compactos, mejor cultivarlos en macetas grandes o en un arriate elevado.

El pH condiciona la elección de variedad, y esto es especialmente relevante aquí, donde buena parte de los suelos son calizos. Los híbridos orientales necesitan suelo ácido o neutro, de pH 5,5 a 6,5, y en terreno calizo amarillean por clorosis férrica sin llegar nunca a florecer bien. Los híbridos asiáticos son mucho más tolerantes y aguantan pH neutro a ligeramente alcalino. Lilium candidum y Lilium martagon prosperan incluso en suelos francamente calizos. Si el agua y la tierra de la zona son duras y se quiere un oriental rojo, la solución sensata es plantarlo en maceta con sustrato para plantas acidófilas y regar con agua de lluvia.

Ubicación: cabeza al sol, pies a la sombra

La regla clásica sigue siendo la mejor descripción del sitio ideal: la flor al sol y la base del tallo a la sombra. Los lirios quieren luz directa en la parte alta para florecer con fuerza y tallos rectos, pero el suelo que cubre el bulbo debe mantenerse fresco.

La forma práctica de conseguirlo es plantarlos entre vivaces bajas o arbustos pequeños —lavandas, nepetas, geranios de jardín, alquimila— que den sombra al pie, o cubrir el suelo con cinco centímetros de acolchado de corteza, paja o compost. Ese acolchado hace tres cosas a la vez: baja la temperatura del suelo en verano, conserva humedad y evita el bandazo de encharcamiento y sequía que tanto perjudica al bulbo.

En el norte y noroeste peninsular, con veranos suaves, aguantan sol pleno todo el día. En el centro, este y sur, con veranos de 35 grados o más, lo razonable es una ubicación con sol de mañana y sombra a partir de las dos o las tres de la tarde. El sol de poniente de julio en Andalucía o en el valle del Ebro decolora las flores rojas y las quema en pocos días.

Y una advertencia sobre el viento: un tallo de 1,50 m cargado de flores es una vela. En sitios expuestos conviene tutorar con una caña discreta clavada a un palmo del bulbo, colocada al plantar o al brotar, nunca cuando el tallo ya está crecido, porque entonces se corre el riesgo de atravesar el bulbo con la caña.

Riego y abonado durante la temporada

Los lirios necesitan humedad constante desde que brotan hasta unas semanas después de florecer, y bastante menos el resto del año. En verano peninsular, con la planta en pleno crecimiento, eso suele traducirse en dos riegos abundantes por semana en jardín y riego casi diario en maceta. Es preferible regar profundo y espaciado a mojar la superficie a diario: el agua tiene que llegar a los 20 cm donde está el bulbo.

Lo que no se debe hacer es mantener el suelo saturado en invierno, cuando la planta está en reposo. Si el arriate tiene riego automático, conviene desconectarlo o reducirlo mucho de noviembre a febrero.

En cuanto al abono, el error habitual es echar demasiado nitrógeno. Un abonado rico en nitrógeno produce hojas grandes y tallos blandos que se doblan, y aumenta la sensibilidad a la botritis. Lo adecuado es un fertilizante rico en potasio, del tipo de los que se usan para tomate, aplicado cada dos semanas desde que asoma el brote hasta unas seis semanas después de la floración. Una capa de compost maduro en superficie a final de invierno cubre buena parte de las necesidades y mejora la estructura del suelo.

Fósforo y potasio son los que engordan el bulbo para el año siguiente. Y ahí está la clave de que un lirio dure: lo que se hace después de que caiga la flor es lo que decide la floración de la temporada próxima.

Primer plano de un lirio rojo en el jardín

Después de la floración: lo que nunca hay que cortar

Cuando la flor se marchita, se corta solo la flor, justo por debajo del ovario, para que la planta no gaste energía en formar semillas.

El tallo con sus hojas se deja entero hasta que amarillea por completo, normalmente entre septiembre y octubre. Ese tallo verde es la fábrica que rellena el bulbo de reservas. Cortarlo en julio porque «ya está feo» es la causa más frecuente de que un lirio florezca espléndido el primer año y luego dé flores cada vez más pequeñas hasta desaparecer. Una vez seco, se corta a ras de suelo y se retira.

Lo mismo se aplica a la flor de corte: al cortar lirios para un jarrón no debe llevarse más de un tercio de la longitud del tallo. Si se corta al ras, se está eliminando toda la superficie foliar de la temporada y el bulbo tardará dos o tres años en recuperarse, si es que lo hace.

Los bulbos no se desentierran cada año, a diferencia de tulipanes o jacintos. Se dejan en el suelo, donde se multiplican solos. Solo se levantan cuando la mata está tan apretada que las flores empiezan a menguar, cada tres o cuatro años, y se hace en otoño: se separan los bulbos y los hijuelos y se replantan inmediatamente, sin dejarlos secar al aire ni un día más de lo necesario.

Multiplicación

Hay tres vías fáciles, y las tres funcionan sin equipo especial.

Bulbillos laterales. Al levantar la mata en otoño aparecen bulbos hijos pegados al principal. Se separan y se plantan aparte; florecen al segundo o tercer año.

Escamado. Es el método más productivo. Se desprenden con cuidado ocho o diez escamas externas de un bulbo sano, tirando hacia abajo para que se lleven un trozo del disco basal, se espolvorean con fungicida y se meten en una bolsa con vermiculita o turba apenas húmeda, a unos 20 °C y a oscuras. En seis a diez semanas cada escama forma bulbillos diminutos en su base. Se plantan y darán flor en tres años. De un solo bulbo salen así veinte plantas nuevas.

Bulbillos aéreos. Algunas especies, señaladamente Lilium lancifolium (el lirio tigre) y Lilium bulbiferum, producen pequeños bulbos negruzcos en las axilas de las hojas. Se recogen cuando se desprenden con un roce y se siembran en bandeja a un centímetro de profundidad.

Plagas y enfermedades

El criocero del lirio (Lilioceris lilii) es el enemigo serio. Es un escarabajo de unos 8 mm, de un rojo brillante llamativo, con cabeza y patas negras. Se ha extendido por buena parte de Europa y está presente en el norte y centro de España. El adulto agujerea las hojas, pero el daño gordo lo hacen las larvas, unas babosas anaranjadas que se cubren de sus propios excrementos y pueden defoliar un tallo en una semana. La revisión manual desde marzo, mirando el envés de las hojas, y el aplastado de adultos, huevos naranjas en hilera y larvas es lo más eficaz en jardín doméstico. Si la infestación es grande, se recurre a insecticidas a base de piretrinas, siempre fuera de las horas de vuelo de los polinizadores.

El pulgón importa menos por lo que chupa que por lo que transmite: los virus del mosaico del lirio, que producen jaspeados amarillentos en las hojas y flores deformes. No hay tratamiento; la planta afectada se arranca y se destruye.

La botritis (Botrytis elliptica) aparece en primaveras húmedas como manchas ovaladas de color pardo con halo, primero en las hojas bajas. Se previene con espaciado amplio entre plantas, riego al pie sin mojar el follaje y retirada de los restos vegetales en otoño.

Podredumbre basal por Fusarium en suelos encharcados: el bulbo se deshace en escamas blandas y de olor desagradable. No tiene cura, solo prevención mediante drenaje.

Y en jardines con conejos o corzos, los brotes tiernos de lirio son de sus favoritos: una malla los primeros centímetros de crecimiento salva la temporada.

Una advertencia si hay gatos en casa

Este punto se desconoce con demasiada frecuencia. Todas las partes de las plantas del género Lilium, y también las del género Hemerocallis, son gravemente tóxicas para los gatos. Provocan insuficiencia renal aguda, y la dosis necesaria es mínima: basta con que el animal mordisquee una hoja, lama el polen que se le ha quedado adherido al pelo o beba el agua del jarrón. Sin tratamiento veterinario inmediato, el desenlace suele ser mortal.

En perros y personas el efecto es mucho menor, limitado a molestias digestivas, pero con gatos en casa lo prudente es no tener lirios cortados en interiores ni plantarlos donde el animal salga. Los Iris y los Lycoris también son tóxicos, aunque por otros mecanismos y con menos gravedad.

Cultivo en maceta

Los lirios rojos van muy bien en contenedor, y en zonas de suelo calizo o pesado es a menudo la mejor opción. Requisitos concretos: maceta de al menos 30 cm de profundidad, porque hay que dejar 15 cm de sustrato sobre el bulbo y otros tantos por debajo, y buenos agujeros de drenaje.

En una maceta de 30 cm de diámetro caben tres bulbos. El sustrato adecuado es una mezcla de tierra de jardín, compost y un 30 % de arena gruesa o perlita; para variedades orientales, sustrato para acidófilas.

Como la maceta se calienta y se seca mucho más rápido que el suelo, conviene colocarla donde el tiesto quede a la sombra aunque la planta reciba sol, y regar con constancia. En invierno, la maceta se retira a un rincón resguardado de la lluvia continua, sin regar apenas: el frío no mata al bulbo, pero el sustrato empapado durante tres meses sí.

En resumen

Los lirios rojos de jardín son casi siempre híbridos asiáticos u orientales de Lilium, y su cultivo depende de cuatro decisiones tomadas el día de la plantación: profundidad de 15 a 20 cm para que se formen las raíces caulinares, drenaje impecable, pH compatible con la variedad —los orientales exigen suelo ácido y en terreno calizo hay que llevarlos a maceta— y una ubicación con sol arriba y pie sombreado. Después basta con riego regular durante el crecimiento, abono potásico y, sobre todo, dejar el tallo con sus hojas hasta que se seque solo en otoño: ahí es donde se juega la floración del año siguiente. Vigilar el criocero rojo desde marzo evita el único daño realmente destructivo, y si hay gatos en casa conviene saber que estas plantas son mortales para ellos.


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