Una flor de amapola vive entre uno y tres días. Abre por la mañana, pierde los pétalos con el primer viento fuerte y se acabó. Que un campo entero parezca rojo durante seis semanas seguidas no significa que las flores duren: significa que cada planta está abriendo capullos nuevos todos los días y que hay miles de plantas desfasadas entre sí. Entender eso explica de golpe casi todo lo demás, desde por qué no sirven como flor cortada convencional hasta por qué hay que sembrarlas a voleo y muy juntas.
Qué es una amapola y cuáles se cultivan aquí
Con el nombre de amapola se designa a las especies del género Papaver, familia de las papaveráceas. Todas comparten una estructura floral peculiar: dos sépalos que se caen en el momento de abrir la flor (por eso el capullo va colgando y se endereza justo antes), cuatro pétalos arrugados como papel de seda, un anillo denso de estambres y un ovario que se convierte en una cápsula. Todas segregan látex al cortarlas, blanco o amarillento según la especie.
La cápsula madura no se abre de arriba abajo, sino por una corona de poros diminutos bajo el disco superior. La planta seca funciona entonces como un salero que va sembrando cada vez que la mece el viento. Es un mecanismo de dispersión enormemente eficaz, y es la razón de que una sola amapola tolerada en un rincón se convierta en una colonia en dos temporadas.
Las que interesan en un jardín español son básicamente cinco:
Papaver rhoeas, la amapola común o ababol. Anual, 30-70 cm, hoja verde muy dividida y áspera al tacto, flor roja de unos 6-8 cm con mancha negra basal. Es la de los cereales, la que se naturaliza sola y la única que en la práctica se puede sembrar por hectáreas sin pensarlo. La serie de jardín 'Shirley', obtenida en el siglo XIX, da la misma planta en rosa, salmón, blanco y bicolor, sin la mancha oscura.
Papaver somniferum, la adormidera o amapola real. Anual de mayor porte, hasta 150 cm, con hoja glauca, azulada y lampiña, flores de 10 cm y cápsulas grandes muy decorativas. Aquí hay que decirlo aunque incomode: su cultivo en España está sujeto a autorización administrativa por la legislación de estupefacientes, aunque su semilla se venda sin restricción en sobres y en la sección de alimentación.
Papaver orientale, la amapola oriental. Esta sí es vivaz, la única del grupo que dura años. Mata de hoja peluda de la que salen flores de 12-15 cm en mayo y junio, en rojo naranja intenso, salmón o blanco. Después de florecer se seca entera y desaparece en verano, lo que asusta a quien no lo espera; rebrota con las lluvias de otoño.
Papaver nudicaule, la amapola de Islandia. Vivaz de vida corta, cultivada casi siempre como bienal o anual. Flores de colores pastel sobre tallos delgados y desnudos, muy apreciada como flor cortada. Sufre con los veranos del interior peninsular; funciona mejor en clima atlántico o como cultivo de invierno en el Mediterráneo.
Y una aclaración que hace falta: la llamada amapola de California no es una amapola. Es Eschscholzia californica, otro género de la misma familia, con flores anaranjadas en forma de copa, hoja finamente dividida de aspecto plumoso y una cápsula alargada que se abre en dos valvas retorcidas. Se cultiva igual de fácil, pero ni es Papaver ni tiene sus mismas propiedades.
Siembra
Aquí se decide el éxito o el fracaso. Las amapolas tienen raíz pivotante y se siembran directamente en su sitio definitivo, a voleo, nunca en semillero para trasplantar después.
La época en la península es otoño, de octubre a noviembre. La semilla germina con las lluvias, la planta pasa el invierno como roseta pegada al suelo y en primavera arranca con la raíz ya profunda: florece antes, más alta y durante más tiempo. La siembra de febrero-marzo es el plan B, válido en zonas de invierno muy frío o cuando se pasó la fecha, pero da plantas menores y una floración más corta que el calor de junio corta en seco.
La semilla es diminuta, comparable al polvo, y necesita luz para germinar: no se entierra. Se rastrilla la superficie, se esparce la semilla mezclada con arena seca —de otro modo es imposible repartirla y salen matas apelotonadas y zonas vacías— y se afirma pisando o pasando un rodillo. Un riego suave a lluvia fina, nunca a chorro, o la semilla acaba arrastrada al desagüe.
Emerge en 10-20 días con suelo entre 8 y 15 °C. Después toca aclarar: dejar una planta cada 15-20 cm en rhoeas y cada 25-30 cm en somniferum. Es la tarea que más se salta la gente y la que más se paga, porque en espesura salen tallos finos que se tumban y flores pequeñas.
Para una pradera florida no hace falta aclarar tanto: ahí interesa la masa, y la propia competencia mantiene las plantas bajas y compactas. Lo que sí hace falta es suelo pobre. En terreno rico y abonado, las gramíneas y las malas hierbas ahogan a las amapolas antes de que florezcan.
Trasplante
La regla corta: las amapolas anuales no se trasplantan. Al romper o doblar la raíz principal la planta se detiene, sube a flor de forma prematura y da una flor pobre. Si por lo que sea hay que producirlas en maceta, la única forma que funciona es en macetas de turba o de papel biodegradables, sembrando dos o tres semillas por unidad y plantando el envase entero sin tocar el cepellón, cuando la plántula no pasa de cuatro hojas. Cualquier retraso sobre ese punto ya se nota.
Las que sí se compran en maceta y se plantan sin drama son la amapola oriental y la de Islandia, que llegan de vivero con cepellón hecho. La oriental se planta en otoño o a principios de primavera, dejando el punto de crecimiento a ras de suelo y no enterrado, con 50-60 cm entre plantas porque forma matas anchas. Detesta que la muevan una vez establecida: si hay que dividirla, se hace en agosto o septiembre, con la planta en reposo, cortando trozos de raíz de un palmo con yema.
Ubicación
Pleno sol. Las amapolas son plantas de campo abierto y con menos de seis horas de sol directo se ahílan, se tuercen y florecen la mitad. En zonas muy calurosas del sur, la amapola de Islandia y la oriental agradecen algo de sombra a partir de las tres de la tarde en verano, pero el resto quiere sol de la mañana a la noche.
Toleran bien el viento gracias a los tallos flexibles, aunque las variedades de flor doble se vencen con la lluvia. Y aguantan el frío sin problema: una roseta de amapola común soporta heladas de varios grados bajo cero sin inmutarse. El calor extremo, en cambio, las liquida: en el interior peninsular, a partir de mediados de junio, las anuales están secas y no hay riego que lo evite.
Suelo o sustrato
Lo único innegociable es el drenaje. Prosperan en suelos francos, arenosos, pedregosos e incluso calizos —crecen espontáneamente en terrenos con caliza activa sin dar síntomas de clorosis—, y su rango de pH cómodo va de 6,5 a 8. Los suelos ácidos les sientan peor.
No hay que enriquecerlos. Un suelo pobre da plantas más compactas, con más flor y menos tendencia a tumbarse. En tierras arcillosas y compactas, donde el agua de invierno se queda estancada y les pudre el cuello, la solución es levantar el bancal 15-20 cm y mezclar arena gruesa o grava fina en el horizonte superficial.
En maceta —solo tiene sentido con nudicaule o con variedades enanas de rhoeas— hace falta un recipiente profundo, de 25 cm como mínimo, por la raíz pivotante, y un sustrato de turba o fibra de coco con un 30 % de perlita o arena.
Riego
Menos del que se piensa. En la mitad norte y en el interior, una siembra de otoño no necesita prácticamente riego: se cría con las lluvias. En el litoral mediterráneo hay que asegurar la nascencia si el otoño viene seco y luego regar puntualmente en primavera si se prolonga la sequía durante el encañado.
Siempre al pie y nunca por aspersión. Mojar el follaje es la vía directa al mildiu, que en primavera húmeda deforma los brotes y arruina la floración. Y el exceso de agua produce el efecto contrario al que se busca: follaje exuberante, tallos blandos y pocas flores.
La amapola oriental tiene un calendario propio. Necesita agua en primavera, durante su crecimiento y floración, y luego se le corta el riego en verano, cuando entra en reposo y pierde la hoja. Regar una amapola oriental aparentemente seca en julio es una forma común de matarla por podredumbre de raíz.
Abonado
Prácticamente ninguno para las anuales. Con incorporar compost bien maduro al preparar el terreno, 2-3 kg por metro cuadrado, sobra. Añadir nitrógeno es contraproducente: da tallos acuosos que se doblan, retrasa la floración y multiplica el pulgón.
La oriental, que sí es vivaz y agota el terreno, admite un aporte anual: compost o un abono de liberación lenta equilibrado al final del invierno, cuando rebrota, y nada más en todo el año.
Poda
En las anuales la única operación útil es quitar las flores marchitas antes de que engorde la cápsula. Mientras la planta no consigue formar semilla sigue produciendo capullos, de manera que un despunte semanal puede alargar la floración tres o cuatro semanas. El precio es evidente: sin cápsulas no hay resiembra. Lo razonable es despuntar durante casi toda la temporada y dejar sin cortar las últimas flores para que se autosiembren.
En la amapola oriental, cuando termina de florecer y la hoja amarillea, se corta la mata a ras de suelo. Aparte de limpiar el arriate, favorece un rebrote de hoja limpia en otoño y, en algunas variedades, una segunda floración menor. El hueco que deja en verano se cubre bien plantando al lado algo de floración tardía —gypsophila, agapantos, gauras— que ocupe ese espacio.
Plagas y enfermedades
Pulgón. Colonias apretadas en la parte alta del tallo y bajo los capullos. Suele bastar agua a presión o jabón potásico aplicado al atardecer; conviene no dejarlo correr porque además transmite virus.
Mildiu (Peronospora). Manchas amarillentas en el haz con un fieltro grisáceo o violáceo en el envés, brotes deformados y flores abortadas. Es el problema serio de las primaveras lluviosas. Se combate con prevención: siembra aclarada, riego al pie, y arrancar y retirar las plantas afectadas en cuanto se detectan.
Oídio. Polvo blanco en la hoja al final de la temporada. Estéticamente feo, poco grave en plantas que ya están terminando su ciclo.
Botritis y podredumbres de cuello y raíz. Casi siempre por exceso de humedad, densidad de siembra o suelo mal drenado. Se corrigen con cultivo, no con producto.
Caracoles y babosas. El enemigo número uno de las plántulas de otoño, capaces de eliminar una siembra entera en unas pocas noches húmedas. Una vez la roseta alcanza el tamaño de una mano, el riesgo cae mucho.
Usos de las amapolas
Ornamental y praderas floridas. Es su papel principal. Mezclada con centaurea, neguilla, cosmos y gramíneas anuales, la amapola común cubre bancales, taludes y márgenes durante toda la primavera con un mantenimiento próximo a cero. Para naturalizar en el jardín no hay técnica mejor que sembrar una vez en otoño y dejar que se resiembre sola.
Flor cortada. Se pueden cortar, con condiciones. Se corta de madrugada, en capullo ya coloreado y a punto de abrir, nunca la flor abierta, y hay que sellar el corte del tallo porque el látex lo tapona en minutos: cinco segundos de llama o diez segundos en agua hirviendo, y luego al agua fría. Sin ese paso el ramo se derrumba la misma tarde; con él, aguanta tres o cuatro días.
Cápsulas secas. Cortadas cuando suenan a semilla y han virado a pajizo, y secadas boca abajo en manojo a la sombra, duran años en composiciones secas.
Culinario. Las semillas de adormidera son las de repostería y panadería. En Aragón, Castilla y otras zonas, las rosetas tiernas de amapola común recogidas antes de subir a flor se han comido tradicionalmente cocidas o en revueltos; es un uso local documentado, ligado a la hoja joven, no a la planta en flor. Los pétalos de rhoeas dan además un colorante rojo que en Francia se usa para el clásico jarabe de amapola.
Simbólico. El uso de la amapola roja como emblema del recuerdo de los caídos en la Primera Guerra Mundial en el mundo anglosajón viene de que Papaver rhoeas colonizó masivamente los suelos removidos de los campos de batalla de Flandes: es una especie pionera cuya semilla, enterrada, permanece viable décadas y germina en cuanto se remueve la tierra y le llega la luz.
¿Tienen propiedades medicinales?
Sí, y son dos historias muy distintas que conviene no mezclar.
El látex de Papaver somniferum es el opio, del que se extraen la morfina y la codeína. Son fármacos de primer orden en medicina, pero también sustancias fiscalizadas y peligrosas fuera de control médico, y de ahí las restricciones al cultivo de la especie. No es materia de remedio casero bajo ninguna circunstancia.
Los pétalos de Papaver rhoeas son otra cosa. No contienen morfina; sus alcaloides principales, del grupo de la readina, tienen una actividad mucho más suave, y la infusión de pétalos figura en la tradición europea como sedante ligero y calmante de la tos irritativa. Ahora bien, "suave" no es sinónimo de inocuo: se han descrito casos de intoxicación en niños pequeños a los que se administraron preparados de amapola para dormir, con somnolencia intensa y depresión respiratoria, motivo por el cual no debe darse a lactantes ni a niños. Tampoco durante el embarazo y la lactancia.
Y una precisión más, sobre algo que aparece con frecuencia: las semillas de adormidera de panadería no producen efectos, pero pueden arrastrar trazas de alcaloides adheridas y dar positivo en un análisis de opiáceos durante uno o dos días tras un consumo abundante. Es un falso positivo bien documentado y conviene tenerlo presente antes de una prueba laboral o deportiva.
Cualquier uso terapéutico real debe consultarse con un profesional sanitario. Este apartado describe usos tradicionales y datos generales, no recomendaciones de tratamiento.
En resumen
Las amapolas son plantas de sol, suelo pobre y drenante y poca agua, que se siembran a voleo en otoño, en superficie y sin enterrar la semilla, y que no admiten trasplante por su raíz pivotante. La flor dura uno o dos días y el efecto se consigue por acumulación, así que interesa la masa y no el ejemplar aislado. Abonar mucho, regar por aspersión y no aclarar las plántulas son los tres errores que más floraciones estropean. Papaver rhoeas es la opción libre, fácil y que se naturaliza sola; Papaver orientale aporta la versión vivaz y de flor grande, con su reposo estival característico; Papaver somniferum es la de cápsulas espectaculares, pero su cultivo está regulado en España. Y la amapola de California, pese al nombre, pertenece a otro género.