No es un musgo. Se la vende como musgo, se la describe como musgo en foros y catálogos, y no lo es: Riccia fluitans es una hepática talosa, del grupo de las Marchantiophyta, un linaje vegetal separado de los musgos verdaderos desde hace cientos de millones de años. La diferencia no es una pedantería botánica, porque explica su comportamiento en el acuario y en el estanque. Un musgo acuático como Vesicularia dubyana tiene tallo, hojitas y rizoides con los que se agarra al sustrato. La riccia no tiene nada de eso: es un talo, una cinta verde plana de uno o dos milímetros de ancho que se bifurca una y otra vez en horquilla, sin raíces, sin hojas y sin ningún mecanismo para fijarse a nada. De ahí vienen tanto sus virtudes como el único problema serio que da.

Cómo es y de dónde viene

La riccia es cosmopolita. Está presente de forma natural en los cinco continentes y también en la península ibérica, donde aparece en aguas quietas y poco profundas: charcas, remansos de arroyo, arrozales, acequias, cunetas inundadas. Vive de dos maneras. La forma acuática, que es la que interesa aquí, flota libremente formando esteras enmarañadas de color verde claro. La forma terrestre, sobre barro húmedo cuando la charca se seca, es más compacta, desarrolla rizoides y se pega al suelo.

Un apunte que ahorra confusiones: buena parte de lo que circula en la acuariofilia europea con la etiqueta de Riccia fluitans es en realidad Riccia rhenana, una especie muy próxima, de talo algo más ancho y con más tendencia a flotar. Los cuidados son los mismos y nadie va a notar la diferencia salvo con lupa, pero explica por qué dos lotes comprados en sitios distintos pueden verse desiguales.

Su popularidad en acuarios plantados se la debe a Takashi Amano, que en los años noventa hizo algo que la planta no hace por sí sola: la ató a una piedra para obligarla a vivir sumergida y formar una alfombra. Ese uso, precioso y muy fotografiado, es también el más exigente de todos los que se le pueden dar.

Riccia fluitans formando una masa verde dentro de un acuario

Flotante o sumergida: son dos plantas distintas

Conviene decidir esto antes de comprarla, porque el trabajo que exige cambia por completo.

Flotando en superficie es su estado natural y no requiere nada. Se echa al agua y ahí se queda, formando una capa mullida que puede llegar a tres o cuatro centímetros de espesor. En este modo cumple funciones útiles: da sombra, absorbe nitratos y fosfatos del agua, sirve de refugio a alevines recién nacidos y de anclaje para los nidos de burbujas de bettas y otros laberíntidos. Lo único que hay que hacer es retirar el exceso cada pocas semanas y no ponerla en un acuario donde haga falta que la luz llegue al fondo, porque tapa.

Sumergida y atada es un cultivo forzado. La planta sube sola por flotación positiva, así que hay que sujetarla mecánicamente y, además, luchar contra un fenómeno físico constante: el talo tiene cámaras de aire internas donde se acumula el oxígeno que ella misma produce al fotosintetizar. Con luz fuerte y CO2 inyectado, esas cámaras se llenan, la mata se vuelve cada vez más boyante y acaba arrancándose por trozos de la malla que la sujeta. Las burbujitas plateadas que hacen que la riccia sumergida sea espectacular son exactamente la causa de que se despegue. No es un fallo de montaje: es el funcionamiento normal de la planta, y hay que asumir el mantenimiento que implica.

Cómo fijarla para que aguante

El método clásico y el que mejor funciona es el sándwich de malla. Se corta un trozo de rejilla plástica de acuario o de malla de nylon del tamaño deseado, se extiende sobre él una capa fina de riccia —fina, del grosor de un dedo como mucho— y se cubre con un segundo trozo de malla. Los dos se cosen o se atan por los bordes con hilo de nylon o de algodón. La riccia crece a través de los agujeros y en un par de semanas la malla desaparece bajo el verde. El conjunto se apoya en el sustrato o se sujeta con una piedra pequeña.

La variante rápida es atarla a una piedra plana o a una raíz con hilo de algodón, dando vueltas apretadas. El algodón se pudre y se deshace en tres o cuatro semanas, tiempo suficiente para que la mata se haya afianzado en las irregularidades de la piedra. Con superficies lisas no aguanta y hay que usar hilo de pesca fino, que no se degrada.

Dos errores frecuentes en este paso. El primero, poner demasiada riccia de golpe entre las mallas: la capa interior se queda sin luz, se pudre, y al pudrirse suelta toda la placa. Es mejor empezar con poca cantidad y dejar que rellene. El segundo, usar pegamento de cianoacrilato directamente sobre el talo; agarra unos días y luego se desprende con una lámina de tejido muerto pegada, porque la riccia no tiene ningún órgano de fijación al que el pegamento pueda sujetarse de forma duradera.

Luz, CO2 y nutrientes

Luz. Media a alta. Con iluminación floja crece igual, pero laxa, oscura y desmadejada, con talos separados; con luz fuerte se compacta y coge ese verde claro brillante que es su sello. Como orientación práctica, en un acuario plantado con LED, lo que sirve para un tapizante exigente sirve para la riccia.

CO2. No es obligatorio, y aquí hay otra idea repetida que conviene matizar: la riccia vive perfectamente sin inyección de CO2. Lo que ocurre es que el aspecto denso, apretado y perlado de las fotos de concurso depende del CO2. Sin él, tendrás una planta sana pero más suelta y de crecimiento lento. Es una elección estética, no de supervivencia.

Nutrientes. Este es el punto donde su anatomía manda. Al no tener raíces, la riccia absorbe todo por la superficie del talo, directamente de la columna de agua. El abono en sustrato o las tabletas enterradas no le sirven de nada. Necesita fertilización líquida y, sobre todo, necesita que el agua no esté vacía de nitratos: en acuarios mantenidos en cero absoluto de NO3 —una moda que ha hecho daño— amarillea, se vuelve translúcida y se deshace. Una franja de 10 a 20 mg/L de nitrato y algo de fosfato y micronutrientes con hierro la mantiene verde.

Agua. Temperatura entre 15 y 28 °C, con el óptimo en 20-26. Por encima de 28 °C sostenidos empieza a degradarse desde el interior de la mata. Es indiferente al pH dentro del rango habitual, entre 6 y 8, y aguanta bien las aguas duras de media España.

Poda: la única tarea que de verdad importa

Si hay que quedarse con una sola idea de todo el artículo, es esta. La riccia crece hacia fuera y hacia la luz, y la capa que queda debajo se muere por sombreado propio. Cuando esa capa muerta alcanza cierto grosor, la placa entera pierde adherencia y se levanta en pedazos que van a la superficie. Prácticamente todos los fracasos con alfombras de riccia son este, y no un problema de agua ni de luz.

La prevención es aclarar cada dos o tres semanas. El procedimiento: se saca la placa del acuario, se retira la mitad superior con tijeras o simplemente se separa a mano la capa verde viva, se descarta todo lo pardo y blando del interior, y se vuelve a montar una capa fina con el material sano. Dicho de otro modo, la riccia sumergida no se poda: se rehace. Quien no está dispuesto a hacer eso cada quince días hará mejor en dejarla flotando o elegir un tapizante con raíces.

En cultivo flotante el mantenimiento es trivial: se retira con un colador el exceso cuando cubre más de la mitad de la superficie, para que llegue luz al resto del acuario.

Riccia en el estanque de exterior

Fuera del acuario cambia el planteamiento. En un estanque de jardín solo tiene sentido el uso flotante: nadie va a estar rehaciendo mallas sumergidas al aire libre.

Ahí hace un buen papel como planta de superficie en estanques pequeños, tinajas y depósitos. Sombrea, consume nutrientes que de otro modo alimentarían al alga filamentosa y ofrece cobijo a alevines. Compite en el mismo nicho que la lenteja de agua (Lemna minor), con una ventaja notable: la riccia se retira con colador en un momento y no vuelve a invadirlo todo a partir de tres individuos, cosa que la lenteja hace sin falta.

Sus dos límites en España son el calor y los peces. El calor: un estanque somero en la meseta o en el sur con el agua a más de 30 °C en julio la funde; en superficie, además, recibe el sol directo sin la amortiguación del agua. Si tu estanque se calienta así, o la sitúas en la zona sombreada, o cuentas con perderla en verano. Los peces: las carpas doradas y los koi la comen y la desmenuzan con gusto; en un estanque con carpas, la riccia dura días. Con gambas Neocaridina, caracoles y peces pequeños convive sin problema, y de hecho el enmarañado del talo es una despensa de microfauna para ellos.

En invierno, en el litoral y en el sur, sobrevive hundiéndose al fondo y rebrotando en primavera. En zonas de heladas fuertes lo seguro es guardar un puñado en un tarro de agua en interior, con algo de luz, y devolverlo al estanque en abril.

Cuarentena y polizones

La riccia es una maraña de talos finísimos, es decir, el escondite perfecto. Con un lote comprado o regalado pueden entrar hidras, planarias, caracoles no deseados, huevos de caracol y algas filamentosas, y estas últimas son especialmente molestas porque, una vez enredadas en el talo, resulta casi imposible separarlas sin destruir la planta.

La rutina sensata es tenerla dos o tres semanas en un recipiente aparte con luz, revisando el cristal. Antes de eso, un aclarado abundante bajo el grifo y una revisión visual eliminan lo más gordo. Los baños desinfectantes con lejía diluida se emplean con otras plantas, pero la riccia es delicada y tiene mucha relación superficie-volumen, así que se daña con facilidad; si la alternativa es tirar el lote, mejor tirar el lote.

Problemas más habituales

Se pone marrón por dentro y se desprende a trozos. Mata demasiado gruesa. No es enfermedad: es sombreado propio. Aclarar y rehacer.

Amarillea y se vuelve casi transparente. Falta de nutrientes en la columna de agua, típicamente nitrógeno. Corrige la fertilización líquida.

Crece suelta, oscura, con talos largos y separados. Poca luz, o poco CO2 si buscabas el aspecto compacto.

Se llena de alga de pelo verde. Exceso de luz en relación con los nutrientes o el CO2 disponibles. Reducir el fotoperiodo suele bastar; la parte afectada rara vez se recupera y conviene descartarla.

Se derrite en verano. Temperatura por encima de 28-30 °C. Es el límite fisiológico de la especie y no hay abono que lo arregle.

Una advertencia que se olvida

Se multiplica solo por fragmentación, y con una eficacia notable: un trozo de talo de pocos milímetros basta para colonizar. Eso, unido a que la especie es cosmopolita y que en Europa se dispersa con facilidad, obliga a la regla básica de cualquier planta acuática. Ni la planta ni el agua del acuario o del estanque se vierten a un río, una acequia, una charca o el desagüe pluvial. Los excedentes van a la basura orgánica o al compost, y el agua al desagüe de saneamiento.

En resumen

Riccia fluitans es una hepática flotante sin raíces que absorbe todo lo que necesita por la superficie del talo. Flotando es de las plantas más fáciles que existen y aporta sombra, refugio para alevines y consumo de nitratos. Sumergida y atada a una malla es un cultivo de mantenimiento alto: la flotabilidad de sus cámaras de aire la despega y el sombreado propio le pudre la capa interior, así que hay que rehacer la placa cada dos o tres semanas con material fino y sano. Quiere luz media-alta, agua entre 20 y 26 °C, nitratos y fosfatos presentes en el agua, y agradece el CO2 sin exigirlo. En estanque exterior funciona bien salvo con carpas, que se la comen, y salvo con agua por encima de 30 °C, que la funde. Y no la sueltes nunca en el medio natural.


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