El arsenito sódico, el único producto que llegó a frenar de verdad la yesca, está prohibido en la Unión Europea desde 2003 por su toxicidad para el aplicador y su persistencia en el suelo. Desde entonces no existe ningún tratamiento curativo para una cepa enferma, y todo lo que se puede hacer contra esta enfermedad se decide antes de que aparezca: en el vivero, en la tijera de poda y en el calendario.

El nombre viene del aspecto de la madera atacada. Al abrir un tronco viejo con yesca avanzada aparece en el centro una masa blanca, blanda y esponjosa que se deshace entre los dedos y que recuerda a la yesca con la que antiguamente se prendía fuego. Esa pudrición es la fase final de un proceso que lleva años avanzando en silencio.

Cepa de vid con síntomas de yesca en las hojas

No es un hongo, son varios trabajando por turnos

La yesca forma parte de lo que se agrupa como enfermedades de la madera de la vid, y no la causa un patógeno único sino una sucesión de ellos que se relevan dentro del tronco a lo largo de los años.

Los primeros en entrar suelen ser Phaeomoniella chlamydospora y Phaeoacremonium minimum, ascomicetos que colonizan los vasos y dejan puntuaciones y estrías pardo-negruzcas en la sección del tronco, además de una exudación oscura al cortar. Estos dos son también los responsables de la enfermedad de Petri, la forma que afecta a plantaciones jóvenes de dos a seis años, con brotación débil, entrenudos cortos y plantas que se quedan paradas sin razón aparente.

Años después llega el basidiomiceto Fomitiporia mediterranea, que es quien produce la pudrición blanca característica. Degrada la lignina del duramen y deja esa madera blanquecina y fofa, rodeada por una línea oscura de demarcación que separa la zona podrida del tejido todavía sano.

La consecuencia práctica de esto es que una cepa con síntomas foliares lleva ya muchos años infectada. La infección entró por una herida de poda de una campaña lejana, no por la lluvia del mes pasado.

Los dos rostros de la enfermedad

La yesca se manifiesta de dos maneras muy distintas, y confundirlas lleva a diagnósticos equivocados.

La forma lenta o crónica se ve en las hojas a partir de junio y sobre todo en julio. Entre los nervios aparecen manchas cloróticas amarillentas en variedades blancas, o rojizas y vinosas en tintas, que después necrosan por el centro. Queda una banda verde pegada al nervio y otra en el margen, y el conjunto dibuja el patrón que en el campo se llama tigrado u hoja atigrada. En el fruto aparecen puntos pequeños oscuros y hundidos sobre la piel de la baya, el llamado sarampión negro, y el racimo se queda pequeño, desigual y con hollejo agrietado. El vino que sale de esas cepas pierde grado y estructura, aunque el daño mayor es la caída de producción de la planta año tras año.

La forma severa o apoplejía es otra cosa. La cepa entera, o uno de sus brazos, se seca en cuestión de días, normalmente en pleno julio o agosto, tras un golpe de calor o justo después de una tormenta que rompe una racha seca. Las hojas se marchitan de golpe, quedan colgando pegadas al sarmiento sin caer, y los racimos se pasifican en la planta. Es una imagen que parece un envenenamiento o un fallo del riego, y de ahí sale la idea de que la yesca «mata en pocos días». Mata en pocos días la parte aérea, pero llevaba años vaciando el tronco: lo que ocurre en esas cuarenta y ocho horas es que el sistema conductor, ya reducido a una fracción de su sección útil, no da abasto con la demanda de agua de un día de cuarenta grados y la planta colapsa.

Hay un tercer comportamiento que despista mucho: los síntomas foliares son erráticos. Una cepa puede aparecer tigrada un año, presentarse limpia el siguiente y volver a expresar la enfermedad al tercero. El hongo sigue ahí en los tres. Ese vaivén es el motivo por el que cualquier producto aplicado en verano parece funcionar la campaña siguiente, cuando lo único que ha pasado es que ese año la cepa no ha expresado los síntomas. Antes de creer en un remedio hay que contar cepas marcadas durante varias campañas seguidas.

Distinguirla de la eutipiosis y del estrés hídrico

La eutipiosis, causada por Eutypa lata, es la otra gran enfermedad de madera y se confunde con la yesca porque también seca brazos. La diferencia está en el momento y en el aspecto del brote: la eutipiosis se ve en primavera, con brotes raquíticos de entrenudos muy cortos y hojas pequeñas, deformadas, cloróticas y con el borde arrugado. La yesca no toca la brotación de primavera; su tigrado llega en pleno verano sobre hojas de tamaño normal.

El estrés hídrico puro, por su parte, seca primero las hojas basales y de forma más o menos homogénea en toda la parcela, siguiendo el mapa del suelo. La yesca golpea cepas sueltas y salteadas entre vecinas perfectamente verdes. Ese patrón de tablero, con plantas enfermas aisladas y sin ninguna lógica de suelo o de riego, es una de las pistas de campo más fiables.

La confirmación definitiva pasa por cortar el tronco transversalmente con una motosierra en invierno. Si aparece el círculo de madera blanca esponjosa, los sectores necróticos oscuros y la línea negra que los delimita, no hay más que discutir.

Qué favorece la infección

Las esporas de los hongos implicados se liberan con la lluvia y necesitan una herida fresca para entrar. En clima peninsular hay liberación de inóculo desde el otoño hasta la primavera, con picos claros tras cada episodio de lluvia. Los cortes de poda mantienen la susceptibilidad durante semanas, y los más grandes, los que llegan a madera vieja, cicatrizan mal y quedan abiertos mucho más tiempo.

De ahí se deducen los factores de riesgo reales: podar en pleno invierno lluvioso y con la parcela mojada; hacer cortes gruesos y perpendiculares sobre el tronco; formar cepas con muchas heridas acumuladas en la cabeza; y plantar material de vivero ya colonizado. La edad también cuenta, la incidencia empieza a notarse a partir de los ocho o diez años y crece con la parcela. Y la sensibilidad varía con la variedad: Cabernet Sauvignon está entre las más castigadas en los viñedos donde se ha seguido el problema.

Viñedo en espaldera con cepas en producción

Control: todo se juega en la prevención

Conviene decirlo sin rodeos antes de seguir: no hay producto fitosanitario que cure una cepa enferma. El arsenito sódico está prohibido, es un compuesto arsenical de alta toxicidad y su uso es ilegal en cualquier viñedo europeo. Lo que queda es un conjunto de prácticas que reducen las infecciones nuevas y alargan la vida de las cepas ya afectadas.

Podar tarde y en seco. Retrasar la poda a finales de invierno, cuando la vid está cerca de entrar en actividad, acorta el tiempo que la herida permanece receptiva porque la cicatrización arranca antes. Elegir días secos y con previsión de al menos dos o tres días sin lluvia después del corte es igual de importante que la fecha del calendario.

Cortar pensando en el flujo de savia. Las heridas pequeñas, alejadas del eje principal y hechas sobre madera de un año cicatrizan bien; las grandes sobre madera vieja abren un cono de desecación que penetra hacia el interior del tronco y sirve de autopista a los hongos. Dejar un tocón de dos o tres centímetros por encima de la yema y evitar cortes enfrentados en el mismo lado del brazo reduce mucho el volumen de madera muerta acumulada. Es la lógica de las podas respetuosas con el flujo de savia que se han extendido en los últimos años.

Proteger los cortes. Existen mastics selladores y productos biológicos a base de Trichoderma atroviride autorizados para aplicar sobre la herida de poda; colonizan el corte y compiten con los patógenos. Funcionan si se aplican el mismo día del corte, no una semana después, cuando la infección ya ha podido ocurrir.

Ordenar el trabajo de poda. Podar primero las parcelas jóvenes y sanas y dejar para el final las cepas con síntomas. Desinfectar la tijera con alcohol al pasar entre plantas afectadas es barato y no cuesta tiempo, aunque la vía principal de contagio sea la espora que llega con la lluvia y no la herramienta.

Sacar el inóculo de la parcela. Los troncos arrancados, los brazos secos y los tocones viejos abandonados en las lindes son donde Fomitiporia fructifica y produce esporas. Quemarlos o retirarlos, no dejarlos apilados al borde del viñedo.

Empezar con planta sana. Buena parte de las infecciones tempranas llegan del vivero, en el injerto o en el patrón. Comprar planta certificada y valorar el tratamiento con agua caliente del material de plantación, un baño en torno a 50 °C durante unos cuarenta y cinco minutos, que reduce la carga de Phaeomoniella antes de que la planta llegue al suelo.

Marcar en verano lo que se va a tratar en invierno. El tigrado solo se ve entre junio y agosto; en enero, con la cepa desnuda, no hay manera de saber cuál estaba enferma. Una cinta de color atada en julio a cada planta con síntomas permite después decidir sobre ella con criterio.

Qué hacer con una cepa que ya está enferma

Arrancar y reponer no siempre es la mejor opción: la marra tarda años en producir y arrastra el problema del hueco en la fila. Hay dos intervenciones que permiten recuperar buena parte de esas plantas.

El curetaje o despalmado consiste en abrir el tronco en invierno y retirar con motosierra pequeña toda la madera blanca podrida, hasta llegar al tejido sano delimitado por la línea negra. Se deja la cepa abierta, en forma de canal, para que seque. La cepa sigue funcionando con la parte de vasos que conserva y se prolonga su vida productiva varias campañas. No es una curación —los hongos siguen presentes en el resto del tronco— pero retira la masa de madera degradada y frena la apoplejía.

La reconstrucción desde un chupón es la alternativa cuando el tronco está muy comprometido. Se selecciona un brote vigoroso nacido de la base, por debajo de la zona podrida y siempre por encima del punto de injerto, se conduce como nuevo tronco durante una temporada y al invierno siguiente se elimina la estructura vieja. La planta pierde una cosecha, pero se reforma sobre madera limpia sin necesidad de replantar.

Sobre las cepas en apoplejía en pleno agosto no hay nada útil que hacer en ese momento. Marcarlas, esperar al invierno y decidir entonces entre curetaje, reconstrucción o arranque.

En resumen

La yesca es un complejo de hongos de madera —Phaeomoniella chlamydospora y Phaeoacremonium minimum primero, Fomitiporia mediterranea después— que entra por las heridas de poda y tarda años en manifestarse. Se reconoce por el tigrado de las hojas en verano, el sarampión negro en la baya y, en su forma severa, por el colapso repentino de la cepa en un golpe de calor. La madera del tronco muestra pudrición blanca esponjosa rodeada de una línea oscura.

No existe cura: el arsenito sódico está prohibido desde 2003 y ningún producto actual erradica la infección. El control efectivo consiste en podar tarde y con tiempo seco, hacer cortes pequeños y respetuosos con el flujo de savia, proteger las heridas el mismo día, retirar la madera muerta de la parcela y plantar material sano. En cepas ya afectadas, el curetaje invernal y la reconstrucción desde un chupón permiten recuperar plantas que de otro modo habría que arrancar. Y ante cualquier remedio que parezca funcionar, conviene recordar que los síntomas van y vienen solos de un año a otro.


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