Buena parte de lo que en el jardín llamamos «hongo» no lo es. El mildiu, la seca de las encinas o la caída de plántulas en semillero están causados por oomicetos, organismos emparentados con las algas pardas y no con las setas, y esa diferencia no es una curiosidad de laboratorio: cambia qué producto funciona y cuál no sirve para nada. Aun así, todos comparten una misma lógica de ataque, y entender esa lógica es lo que permite anticiparse en lugar de correr detrás del problema con un pulverizador.

En este artículo repaso las enfermedades criptogámicas que de verdad aparecen en huertos y jardines de la Península, cómo se reconocen, en qué condiciones estallan y qué se puede hacer con cada una. Y, sobre todo, por qué la prevención no es un consejo de manual sino la única parte del control que funciona de forma fiable.

Cómo trabaja un hongo patógeno

Un hongo fitopatógeno necesita tres cosas a la vez para provocar enfermedad: inóculo (esporas o micelio viables cerca de la planta), una planta susceptible y condiciones ambientales favorables. Esto se conoce como triángulo de la enfermedad y explica por qué el mismo rosal puede pasar cinco años limpio y arruinarse el sexto: el hongo estaba, la planta era la misma, y lo que cambió fue una primavera lluviosa.

La condición ambiental decisiva suele ser el agua libre sobre el tejido. Las esporas necesitan, salvo excepciones, una película de agua para germinar y penetrar, y el tiempo que la hoja permanece mojada —lo que en fitopatología se llama periodo de humectación— es el dato que más pesa. De ahí que regar a las siete de la tarde y dejar el follaje empapado toda la noche sea, en la práctica, una invitación. El oídio es la gran excepción a esta regla y volveré sobre ello.

El segundo factor es la temperatura, que marca la velocidad. Botrytis se mueve bien a 15-20 °C, la alternariosis pide 25-28 °C, muchas royas prefieren los 15-22 °C. Por eso las enfermedades se reparten a lo largo del año en lugar de aparecer todas juntas.

Alternariosis

Producida por hongos del género Alternaria, con especies bastante especializadas: Alternaria solani en tomate y patata, Alternaria dauci en zanahoria, Alternaria porri en cebolla y puerro, Alternaria alternata en un abanico amplísimo de plantas y como colonizador secundario de tejido ya debilitado.

La lesión típica es una mancha parda con anillos concéntricos, como una diana, rodeada de un halo amarillo. Empieza por las hojas más viejas de la base y sube. En tomate, si el ataque avanza, la planta se queda desnuda por abajo y los frutos expuestos se queman al sol. En patata puede confundirse con el mildiu, pero la alternariosis da manchas secas y quebradizas, mientras el mildiu deja lesiones aceitosas con un fieltro blanquecino en el envés.

Aparece con calor y con rocíos o riegos por aspersión, y castiga más a las plantas mal nutridas: un tomate con falta de nitrógeno o de potasio se defiende peor. Se combate eliminando las hojas bajas afectadas en cuanto se ven, ventilando el cultivo, no mojando el follaje y, si el año viene húmedo, con tratamientos preventivos a base de cobre. El rastrojo infectado no se composta en montón frío: mejor retirarlo.

Antracnosis

Bajo el nombre de antracnosis se agrupan enfermedades causadas sobre todo por especies de Colletotrichum. En España la más conocida por su impacto económico es la del olivo, el llamado repilo de la aceituna o aceituna jabonosa, causado por Colletotrichum del complejo acutatum: el fruto se momifica, adquiere un tono ocre y suelta un exudado anaranjado; el aceite resultante sale con acidez alta y pierde categoría.

En el huerto y el jardín se ve en judía, fresa, tomate, pimiento y en frutales como el nogal y el almendro, además de en plantas ornamentales de hoja ancha. La lesión característica es una mancha deprimida, hundida respecto al tejido sano, de bordes definidos y con puntos anaranjados o rosados en el centro cuando hay humedad: esos puntos son masas de esporas.

Se dispersa por salpicadura de gota de lluvia o de riego, lo que significa que avanza de abajo hacia arriba y de planta a planta cuando el follaje está mojado. No se debe tocar ni entutorar judías o tomateras mojadas, porque las manos y la ropa transportan el inóculo. En olivar, las variedades no son iguales: 'Hojiblanca' y 'Picual' son sensibles, mientras otras aguantan bastante mejor.

Botritis o podredumbre gris

Botrytis cinerea es probablemente el hongo más versátil de todos los que veremos. Ataca a más de doscientas especies y su firma es inconfundible: un moho gris ceniciento, polvoriento, que al mover la planta suelta una nube de esporas.

Su punto de entrada favorito es el tejido muerto o herido: pétalos caídos sobre una hoja, un corte de poda reciente, el resto de la flor pegado al fruto en fresa y tomate, la base de un esqueje. Desde ahí salta al tejido sano. Por eso se le llama patógeno oportunista, y por eso la limpieza de flores marchitas en geranios, ciclámenes, rosales o petunias es un control eficaz por sí mismo.

Necesita humedad relativa muy alta, por encima del 90 %, y temperaturas suaves de 15 a 20 °C. Es la enfermedad del invernadero mal ventilado, del invernadero doméstico cerrado en un día fresco y del otoño lluvioso. Ventilar aunque haga frío —abrir un rato a media mañana, cuando ya no condensa— hace más que cualquier fungicida.

Conviene saber que Botrytis desarrolla resistencia a los fungicidas con una facilidad notable. Si se trata, hay que alternar materias activas de distinto modo de acción y no repetir la misma tres veces seguidas.

Podredumbre gris causada por Botrytis cinerea sobre tejido vegetal

Podredumbres de raíz y cuello

Aquí entra el grupo más traicionero, porque los síntomas se ven en la parte aérea cuando el daño ya está hecho abajo. La planta amarillea, se marchita a las horas centrales aunque el suelo esté húmedo, y termina secándose. El reflejo habitual —regar más, porque «parece sedienta»— empeora las cosas de forma decisiva.

Los causantes son varios. Phytophthora y Pythium son oomicetos, se mueven en el agua mediante zoosporas con flagelo y explotan en suelos encharcados o compactados. Phytophthora cinnamomi está detrás de la seca de encinas y alcornoques en las dehesas del suroeste, y arruina aguacates, coníferas ornamentales y brezos. Pythium es el responsable clásico del damping-off o caída de plántulas: las semillas nacen bien y a los pocos días se doblan por el cuello, como si las hubieran pellizcado.

Armillaria mellea, hongo verdadero, forma unas placas blancas de micelio con olor a champiñón bajo la corteza del cuello y unos cordones negros parecidos a cordones de zapato; mata frutales y árboles adultos en suelos que fueron bosque o en zonas de riego excesivo. Rosellinia necatrix, la podredumbre blanca, es un problema serio en aguacate y frutales de hueso.

Contra este grupo no hay curación práctica en jardinería doméstica. Todo el trabajo es previo: plantar en alto o en caballón, asegurar drenaje real (no una capa de bolas de arcilla en el fondo de la maceta, que empeora el drenaje al crear una capa de retención), no enterrar el cuello de la planta al plantar, espaciar riegos, usar sustratos que no se apelmacen y desinfectar semilleros. En semillero, sembrar en sustrato nuevo y regar por capilaridad desde abajo reduce mucho el damping-off.

Fusarium

Fusarium oxysporum penetra por las raíces y coloniza los vasos del xilema, taponándolos. El resultado es una marchitez vascular: la planta se marchita, a menudo primero por un solo lado o en una sola rama, las hojas amarillean desde abajo y, si se corta el tallo cerca del cuello, se ve un anillo pardo en la madera. Ese anillo es el signo diagnóstico que lo separa de una simple falta de riego.

La especie se divide en formae speciales muy específicas: f. sp. lycopersici solo afecta al tomate, f. sp. melonis al melón, f. sp. dianthi al clavel, f. sp. cubense al banano. Que un tomate se haya muerto de fusariosis no condena, por tanto, a las lechugas del mismo bancal.

Lo que sí condena es el suelo para el mismo cultivo: el hongo forma clamidosporas que sobreviven años sin planta huésped, así que una vez instalado hay que asumir rotaciones largas. La solución realista es doble: variedades resistentes —en catálogo aparecen marcadas como Fol 0,1,2 en tomate, y funcionan de verdad— e injerto sobre patrones resistentes, que es lo que se hace en producción profesional de tomate, sandía y melón. La solarización en verano, cubriendo el suelo húmedo con plástico transparente durante seis u ocho semanas de julio y agosto, reduce el inóculo de forma apreciable en el clima peninsular.

Esclerotinia

Sclerotinia sclerotiorum produce una podredumbre acuosa cubierta por un micelio blanco, denso, de aspecto algodonoso, en el que aparecen unos cuerpos duros y negros del tamaño de un grano de pimienta. Esos cuerpos son los esclerocios y son la clave del problema: caen al suelo, aguantan allí hasta ocho o diez años y germinan cuando las condiciones vuelven a ser buenas.

Afecta a lechuga —la típica planta que se desploma entera desde el cuello—, judía, girasol, colza, zanahoria, y a ornamentales como la dalia o el crisantemo. También pudre bulbos y raíces almacenadas. Prefiere temperaturas frescas de 15 a 20 °C con suelo húmedo, o sea, otoño y final de invierno en gran parte de la Península.

Distinguirla de Botrytis es fácil una vez que se sabe: el moho de Botrytis es gris y pulverulento, el de Sclerotinia es blanco puro y algodonoso, y solo este último forma esclerocios negros. La planta afectada se saca del bancal con su cepellón, no arrancándola en seco, para no dejar los esclerocios en el suelo, y no va nunca al compost.

Negrilla o fumagina

Este caso merece una aclaración, porque se trata mal con mucha frecuencia. La negrilla es una capa negra, como hollín, que recubre hojas y ramas de cítricos, adelfas, laureles, olivos o camelias, y que se puede rascar con la uña. La forman hongos saprófitos —Capnodium, Cladosporium, Alternaria entre otros— que no parasitan a la planta: viven sobre la melaza azucarada que excretan insectos chupadores.

Dicho de otro modo: la negrilla es un síntoma, no la enfermedad. Debajo hay pulgón, mosca blanca, cochinilla o psila. Aplicar un fungicida sobre la negrilla es tirar el producto, porque en cuanto el insecto siga produciendo melaza el hollín vuelve. El daño real es indirecto, por bloqueo de la luz y reducción de la fotosíntesis, y por depreciación del fruto.

El tratamiento correcto consiste en eliminar el insecto productor de melaza —jabón potásico, aceite de parafina, sueltas de auxiliares, revisión de las hormigas que protegen a los pulgones— y después lavar el follaje con agua y un poco de jabón potásico para arrastrar la costra. Si el insecto se controla, la negrilla desaparece sola con las lluvias en unas semanas.

Oídio

El polvo blanco harinoso sobre el haz de las hojas es la enfermedad más reconocible del jardín. Lo causan hongos del orden Erysiphales, con especies muy ligadas a su huésped: Podosphaera xanthii en calabacín, pepino y melón, Erysiphe necator en la vid, Podosphaera pannosa en el rosal, Leveillula taurica en tomate y pimiento.

Aquí está la creencia más extendida y más equivocada sobre hongos: que el oídio aparece por exceso de humedad. Es al revés en un punto esencial. El oídio no necesita agua libre para germinar; el agua sobre la hoja incluso le perjudica. Lo que le va bien es humedad ambiental moderada o alta con hojas secas, temperaturas de 20 a 26 °C y variaciones fuertes entre día y noche. Por eso estalla en mayo-junio y otra vez en septiembre, en jardines mediterráneos donde el mildiu no tiene ninguna opción. Es también el motivo de que sea la única enfermedad fúngica que un jardín seco de interior padece con frecuencia.

La otra confusión habitual es con Leveillula taurica en tomate y pimiento: este oídio es endoparásito, crece dentro de la hoja y su primer síntoma son manchas amarillas difusas en el haz, con el polvo blanco en el envés. Muchos jardineros lo diagnostican como carencia de magnesio y abonan, cuando lo que necesitan es tratar.

El azufre en polvo o mojable sigue siendo el control más eficaz y barato, y es el único fungicida con efecto curativo apreciable sobre las colonias jóvenes. Dos advertencias: no aplicar azufre por encima de 30 °C, porque quema el follaje, y dejar como mínimo tres semanas entre azufre y aceites minerales, ya que la mezcla es fitotóxica. El bicarbonato potásico funciona, con eficacia menor y persistencia corta, y hay variedades resistentes de calabacín y pepino que resuelven el problema de raíz.

Hojas de tomatera cubiertas por el polvo blanco característico del oídio

Roya

Las royas son hongos del orden Pucciniales y se identifican por las pústulas pulverulentas de color naranja, ocre o pardo rojizo que rompen la epidermis, por lo general en el envés de la hoja, dejando en el haz una mancha amarilla justo encima. Si se pasa el dedo, mancha como el polvo del pimentón.

Hay una roya para cada planta: Phragmidium mucronatum en rosales, Puccinia allii en ajo y puerro, Uromyces appendiculatus en judía, Puccinia horiana en crisantemo —esta última es plaga de cuarentena en la UE—, Melampsora en chopos y sauces, y las royas del cereal. El geranio sufre la suya, Puccinia pelargonii-zonalis, con pústulas en círculos concéntricos muy características.

Su ciclo puede ser complejo, con hasta cinco tipos de espora y, en algunas especies, dos huéspedes distintos. Para el jardinero, lo operativo es más simple: necesitan agua sobre la hoja durante varias horas y temperaturas templadas, de 15 a 22 °C. Riego por goteo en lugar de aspersión, retirada de la hojarasca infectada al final de la temporada —ahí es donde inverna— y aclareo de la vegetación para que el aire circule. En rosal, plantar variedades sanas y no amontonarlas contra un muro resuelve más que ningún tratamiento.

El mildiu, que no es un hongo

Merece apartado propio precisamente porque se lista siempre entre los hongos y no lo es. Los mildius —Plasmopara viticola en la vid, Peronospora en cebolla y espinaca, Plasmopara halstedii en girasol, Bremia lactucae en lechuga, y Phytophthora infestans en patata y tomate, que aunque se llame mildiu tardío pertenece a otro género— son oomicetos.

La consecuencia práctica es directa: los fungicidas específicos contra hongos verdaderos no funcionan contra ellos. El azufre no hace nada contra el mildiu. Los productos que sí actúan son otros: cobre, y materias activas concretas para oomicetos. Al revés también: los antimildiu no controlan el oídio.

Se reconoce por manchas de aspecto aceitoso en el haz, translúcidas a contraluz, con un fieltro blanco grisáceo en el envés justo debajo. Requiere agua líquida y temperaturas suaves. En la vid, la regla clásica de los tres dieces —brote de diez centímetros, diez milímetros de lluvia y diez grados de temperatura— sigue siendo un aviso razonable para el primer tratamiento preventivo.

Cómo prevenir los hongos

La prevención en fitopatología no es un adorno: es la mayor parte del control real. Un fungicida de contacto forma una barrera sobre el tejido sano, no repara la lesión existente. Cuando la mancha ya se ve, el hongo lleva días o semanas dentro. Esta es la idea que más cambia resultados.

Riega el suelo, no la planta. El goteo y la manguera a ras de tierra eliminan de golpe la mitad del problema. Si hay que usar aspersión, que sea a primera hora de la mañana, para que el follaje se seque antes del mediodía.

Da aire. Respetar los marcos de plantación, aclarar la copa de los frutales, quitar las hojas basales de la tomatera hasta el primer ramillete y ventilar el invernadero incluso en invierno reduce el tiempo de humectación mejor que cualquier otra medida.

No abones de más con nitrógeno. El tejido joven, tierno y suculento que produce un exceso de nitrógeno es el preferido de oídio, botritis y royas. Un aporte equilibrado, con potasio suficiente, da paredes celulares más resistentes.

Limpia. Hojas caídas, frutos momificados, restos de poda y plantas muertas son el almacén de inóculo para el año siguiente. Ese material no va al compost doméstico, que rara vez alcanza la temperatura necesaria para inactivar esclerocios y clamidosporas.

Desinfecta la herramienta. Alcohol de 70° o lejía diluida entre planta y planta cuando se poda material sospechoso. Y poda en seco, nunca con el follaje mojado.

Rota los cultivos con ciclos de tres o cuatro años, sin repetir familia botánica en el mismo bancal, y elige variedades resistentes cuando existan: es la herramienta más infravalorada y a la vez la más eficaz.

En cuanto a productos, el cobre y el azufre siguen siendo la base en jardinería doméstica y ecológica, cada uno para lo suyo: cobre para oomicetos y bacterias, azufre para oídio. Conviene recordar que el cobre no es inocuo —se acumula en el suelo y afecta a la fauna edáfica, por lo que la normativa europea limita su uso a un máximo de 28 kg/ha en periodos de siete años— y que ninguno de los dos es sistémico. También hay preparados biológicos a base de Trichoderma o Bacillus subtilis que colonizan la rizosfera y compiten con los patógenos de suelo; funcionan como preventivos aplicados desde el trasplante, no como remedio de urgencia.

Y una advertencia sobre lo doméstico: la canela, la cola de caballo o la leche diluida tienen efectos marginales y, sobre todo, no sustituyen a corregir el riego y la ventilación. Si el manejo está mal, ningún preparado casero lo compensa.

En resumen

Los hongos que atacan a las plantas se agrupan en unas pocas familias de comportamiento reconocible: manchas foliares como la alternariosis y la antracnosis, podredumbres oportunistas como la botritis y la esclerotinia, marchiteces vasculares como el fusarium, podredumbres de raíz por Phytophthora, Pythium, Armillaria o Rosellinia, y parásitos obligados de la hoja como el oídio y la roya. La negrilla no es ninguna de estas cosas: es una consecuencia de tener pulgón o cochinilla, y se trata matando al insecto.

La distinción entre hongos verdaderos y oomicetos importa porque determina qué producto sirve, y el diagnóstico correcto —¿el polvo es blanco o gris?, ¿la mancha está hundida?, ¿hay anillo pardo en el tallo?, ¿el moho lleva esclerocios negros?— vale más que cualquier tratamiento aplicado a ciegas. El agua sobre la hoja es el denominador común de casi todas ellas, con el oídio como excepción notable. Ajustar cómo y cuándo se riega, dar aire y retirar los restos infectados evita más enfermedades que el armario de fungicidas mejor surtido.


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