Dos oleadas del mismo hongo, separadas por medio siglo, bastaron para vaciar de olmos adultos las riberas, las plazas y las alamedas de media Europa. En España el proceso fue especialmente visible entre los años ochenta y noventa: pueblos enteros perdieron el olmo de la plaza, y los sotos del Tajo, el Duero o el Ebro se quedaron sin uno de sus árboles más característicos. La enfermedad responsable se llama grafiosis, y conviene entender bien cómo funciona antes de decidir qué hacer con un olmo enfermo, porque las intervenciones que se hacen a destiempo son dinero tirado.
Qué es exactamente la grafiosis
La grafiosis es una traqueomicosis: una enfermedad vascular provocada por hongos que colonizan los vasos conductores de la madera. Los responsables son dos especies del género Ophiostoma. La primera, Ophiostoma ulmi, apareció en Europa hacia 1918 y causó una epidemia grave pero no total; los olmos que sobrevivieron rebrotaron y durante décadas pareció que el problema había pasado. La segunda, Ophiostoma novo-ulmi, mucho más agresiva, se detectó a partir de los años sesenta y setenta y es la que ha causado la mortandad masiva que todavía dura. En España se distinguen dos subespecies de esta última, novo-ulmi y americana, que hibridan entre sí y complican la situación.
El mecanismo es el que explica todo lo demás. El hongo entra en el xilema y produce esporas que se dispersan con la corriente de savia bruta hacia arriba. El árbol reacciona como reaccionaría ante cualquier intruso: taponar. Forma tilosas y gomas que obstruyen los vasos para aislar la infección. El resultado es que el propio árbol se corta el agua a sí mismo. La rama deja de recibir savia, la hoja se marchita y muere. Por eso un olmo con grafiosis no muestra manchas ni podredumbres visibles: muestra sed en medio del verano, con el suelo húmedo.
Las especies afectadas son el olmo común o negrillo (Ulmus minor), el más extendido y el más castigado, y el olmo de montaña (Ulmus glabra), aún más sensible. El olmo temblón (Ulmus laevis), muy escaso en la Península, apenas enferma en campo, no porque el hongo no pueda con él sino porque su corteza contiene compuestos que repelen a los insectos que lo transportan. El olmo siberiano (Ulmus pumila) es tolerante y sobrevive, y ese es justamente el origen de un problema del que hablaremos más abajo.
Cómo viaja la enfermedad: el escarabajo y las raíces
El hongo no se mueve solo. Lo transportan pequeños escolítidos de corteza del género Scolytus: en España, sobre todo Scolytus scolytus, Scolytus multistriatus y Scolytus kirschii. El ciclo merece conocerse porque es donde está la única palanca de control eficaz.
Los adultos emergen en primavera de la madera de olmos muertos o moribundos, donde han criado. Antes de reproducirse necesitan una alimentación de maduración: vuelan a la copa de un olmo sano y roen las axilas de las ramillas jóvenes, de dos o tres años. Si venían de un árbol enfermo, llevan esporas pegadas al cuerpo y las depositan justo en el sitio donde el xilema activo queda expuesto. Ahí empieza la infección. Después buscan un árbol debilitado, recién podado o recién cortado para excavar las galerías de puesta, y el ciclo se cierra. En el interior peninsular suele haber dos generaciones al año, y en el sur puede llegar a tres.
La segunda vía de contagio es más silenciosa y explica por qué en las alineaciones urbanas los olmos caen en fila, uno detrás de otro. Se trata de las anastomosis radicales: las raíces de olmos próximos se sueldan entre sí de forma natural y el hongo pasa de un árbol a otro por debajo del suelo, sin necesidad de insecto. Ocurre con frecuencia cuando la distancia entre pies es inferior a unos diez metros. Es un dato operativo, no una curiosidad: si un olmo de una fila enferma, sus vecinos inmediatos ya pueden estar infectados aunque estén verdes.
Síntomas: qué se ve y cuándo se ve
El síntoma característico se llama banderas. A finales de primavera o durante el verano, una o varias ramas de la copa amarillean y se marchitan de golpe mientras el resto del árbol sigue verde. Las hojas secas no se caen: quedan colgando, pardas y arrolladas, y ese detalle es importante porque distingue la grafiosis de una simple sequía o de un golpe de calor, en los que la hoja acaba desprendiéndose.
El segundo indicio son los brotes terminales curvados en forma de cayado o báculo, doblados hacia abajo por la pérdida de turgencia. Y el tercero, el definitivo, está dentro de la madera.
Para confirmarlo hay que cortar una rama afectada de entre dos y cinco centímetros de grosor, tomada de la zona de transición entre lo marchito y lo verde. En el corte transversal aparece un anillo o arco de puntos pardos en el último anillo de crecimiento, justo bajo la corteza. Si se levanta la corteza, se ven estrías longitudinales oscuras siguiendo la veta. Ese punteado pardo en madera del año es prácticamente diagnóstico. Conviene añadir un matiz: hongos como Verticillium pueden dar decoloraciones parecidas en otras especies, y en olmo la confirmación segura pasa por un laboratorio de sanidad vegetal, que aísla el hongo en pocos días.
La velocidad depende del momento de la infección. Un olmo infectado en primavera por alimentación de escolítidos puede secarse por completo el mismo verano si es sensible y el año viene seco y caluroso; otros aguantan dos o tres campañas rebrotando desde la base antes de morir. Las infecciones tardías, de agosto o septiembre, a veces pasan desapercibidas hasta la primavera siguiente, cuando el árbol brota mal o directamente no brota.
Qué se puede hacer y qué no funciona
Empecemos por lo incómodo: no existe cura para un olmo con la infección generalizada. Cuando el hongo ha bajado al tronco y ha alcanzado el sistema radical, no hay tratamiento, ni químico ni de otro tipo, que lo recupere. Todo el manejo eficaz es preventivo o de contención temprana.
Saneamiento. Es la medida más rentable y la más descuidada. Los olmos muertos y moribundos son la fábrica de escolítidos de la zona. Hay que apearlos y eliminar la madera con corteza antes de que los adultos emerjan, es decir, durante el invierno y siempre antes de marzo. Eliminar significa descortezar, astillar o quemar según lo permita la normativa local; no vale apilar troncos de olmo con corteza detrás de la caseta, porque eso es exactamente el criadero que buscan. Tampoco vale guardar leña de olmo sin descortezar de un año para otro.
Corte de raíces. En alineaciones y grupos, abrir una zanja de un metro de profundidad entre el árbol enfermo y sus vecinos rompe las anastomosis e impide el paso subterráneo del hongo. Hay que hacerlo antes de apear el enfermo, no después.
Poda sanitaria. Tiene sentido en un caso concreto y solo en uno: infección muy reciente, detectada pronto, que afecta a menos de un 5 % de la copa, con la rama afectada en la periferia. Se corta entre dos y tres metros por debajo del último punto donde se ve decoloración en la madera. Si al cortar sigue apareciendo el punteado pardo, hay que seguir bajando; si llega al tronco, ya no procede. Las herramientas se desinfectan entre árbol y árbol con alcohol de 70º o lejía diluida.
Cuándo podar. Nunca en primavera ni en verano. Las heridas frescas y el olor de la madera recién cortada atraen a los escolítidos adultos. La poda de olmo se hace en pleno reposo invernal, de diciembre a febrero.
Inyecciones fungicidas. Existen tratamientos endoterápicos que se inyectan a presión en la base del tronco y distribuyen fungicida sistémico por el xilema; los ingredientes activos clásicos en este uso son el tiabendazol y el propiconazol. Son preventivos: protegen entre uno y tres años y hay que repetirlos. Son caros, invasivos y solo se justifican en ejemplares singulares o de alto valor patrimonial. En España la aplicación debe hacerla un profesional con carné, con productos autorizados para ese uso en el Registro de Productos Fitosanitarios; conviene comprobarlo antes de contratar nada, porque las autorizaciones cambian.
Vacuna biológica. En varios países europeos se emplea la inoculación anual con una cepa de Verticillium albo-atrum que activa las defensas del olmo sin enfermarlo. Los resultados en arbolado urbano bien mantenido son buenos, pero exige repetir cada año y su disponibilidad comercial en España ha sido irregular.
Insecticidas contra el escarabajo. Pulverizar la copa para matar escolítidos adultos no ha funcionado nunca a escala real: la ventana de alimentación es corta y dispersa, y basta un solo insecto para infectar un árbol. Como estrategia única, es tirar el producto.
Olmos resistentes: la vía que sí ha avanzado
La salida a largo plazo no está en curar, sino en replantar con material tolerante. El Programa Español de Conservación y Mejora de los Olmos, desarrollado durante décadas por la administración forestal y la Escuela de Montes de Madrid, rastreó miles de olmos supervivientes por toda España, los inoculó artificialmente y seleccionó los que aguantaban. En 2012 se registraron los primeros clones de olmo ibérico (Ulmus minor) tolerantes a la grafiosis, con nombres como 'Ademuz', 'Majadahonda' o 'Dehesa de la Villa'. Que sean clones autóctonos importa: mantienen el porte, la fenología y el papel ecológico del olmo de aquí, cosa que no hacen los híbridos de origen asiático.
Aquí conviene deshacer una idea muy repetida: plantar olmo siberiano (Ulmus pumila) no es la solución. Es cierto que tolera la enfermedad y sobrevive, pero eso lo convierte en un reservorio permanente de escolítidos que siguen circulando; además hibrida con facilidad con el olmo común, contaminando genéticamente las poblaciones autóctonas, y su porte, su longevidad y su madera son muy inferiores. Se plantó a mansalva en los años ochenta como sustituto y hoy se considera un problema en sí mismo en muchas riberas.
Otra creencia frecuente que conviene corregir: los olmos que se ven rebrotando en cunetas y linderos no son ejemplares resistentes. Son raíces vivas que rebrotan una y otra vez; en cuanto el tallo alcanza el grosor suficiente para que los escolítidos lo colonicen, unos cinco a diez centímetros de diámetro, vuelve a infectarse y muere. Por eso el olmo no ha desaparecido del paisaje como especie, pero sí como árbol adulto.
Rutina razonable si tiene olmos a su cargo
En junio y julio, recorrer los olmos buscando banderas en la copa. Ante la menor duda, cortar una ramilla y mirar el corte. Si hay punteado pardo, avisar al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma y planificar el apeo para el invierno, no para agosto. Retirar toda la madera con corteza antes de marzo. Podar solo en reposo. No plantar olmos nuevos junto a los viejos ni en marcos apretados, y si se replanta, hacerlo con clones tolerantes certificados. Y cuidar el vigor del arbolado que queda: un olmo bien regado y sin compactación en el alcorque no es inmune, pero resiste mejor y muere más despacio, lo que a veces da tiempo a reaccionar.
En resumen
La grafiosis la causan los hongos Ophiostoma ulmi y, sobre todo, Ophiostoma novo-ulmi, que taponan los vasos conductores del olmo hasta secarlo. La transportan escolítidos del género Scolytus cuando se alimentan en las ramillas jóvenes, y también salta de árbol a árbol por las raíces soldadas. Se reconoce por ramas marchitas en verano con la hoja seca colgando y por el punteado pardo en el anillo de madera del año. No tiene cura una vez generalizada: lo que funciona es eliminar la madera infestada antes de marzo, cortar las raíces entre pies próximos, podar solo en invierno, reservar la endoterapia para ejemplares valiosos y replantar con clones de Ulmus minor tolerantes en lugar de recurrir al olmo siberiano.