La alfalfa es Medicago sativa, una leguminosa perenne que en España se cultiva sobre todo como forraje, y en superficies grandes: el valle del Ebro, Lleida y buena parte de Castilla viven de ella. No es una hortaliza ni una planta de maceta, y conviene decirlo desde el principio porque el nombre aparece mucho asociado a los germinados que se venden en bandeja, que son otra cosa muy distinta del cultivo de la planta.
Con la alfalfa hay tres usos que no se deben mezclar. Uno es el cultivo forrajero, en parcela, para segar y alimentar ganado. Otro es su papel como abono verde y mejorante del suelo, que sí tiene sentido en un huerto grande. Y el tercero es el germinado casero en tarro, que se hace en la cocina en pocos días y no requiere ni tierra ni maceta. Esta guía trata los tres, porque cada uno pide cosas diferentes.
Cómo es la planta
Es una leguminosa perenne de porte erguido, con tallos finos y ramificados que salen de una corona a ras de suelo, hojas trifoliadas de foliolos alargados y flores pequeñas de color violeta azulado agrupadas en racimos. El fruto es una legumbre curvada en espiral, muy característica del género.
Lo que la define es la raíz: una pivotante profunda que en suelo favorable baja varios metros. De ahí vienen sus dos grandes virtudes agronómicas. Aguanta la sequía mucho mejor que otros forrajes porque va a buscar agua abajo, y estructura el suelo, rompiendo capas compactadas y dejando canales de raíz cuando muere. Además fija nitrógeno atmosférico en asociación con bacterias del género Sinorhizobium, que forman nódulos en las raíces, así que enriquece el terreno en lugar de agotarlo.
Dónde se da bien y dónde no
Aquí no hay margen: la alfalfa es exigente con el suelo y muy poco tolerante con dos cosas.
- La acidez. Quiere suelos neutros o básicos. En terrenos ácidos, como buena parte del norte atlántico y de las zonas graníticas del oeste peninsular, no prospera sin encalado previo, y aun así rinde mal.
- El encharcamiento. Un suelo que se sella o mantiene el agua le pudre la corona y la planta desaparece. Necesita drenaje real, no aparente.
Por eso su terreno clásico son los suelos profundos, calizos y bien drenados del valle del Ebro y de los regadíos del interior. En el litoral mediterráneo funciona con riego. En el interior peninsular es un cultivo de regadío por excelencia, y en secano solo tiene sentido en las zonas más frescas y con menos cortes al año. En el norte atlántico la humedad y la acidez la sustituyen por el raigrás y el trébol, que van mucho mejor.
Cómo se siembra
La alfalfa se siembra en dos ventanas: a final de invierno o principios de primavera, cuando el suelo ya se templa, o a final de verano y principios de otoño, que es la siembra más habitual en regadío porque la planta se implanta con temperaturas suaves y aprovecha las lluvias de otoño. Lo que hay que evitar es sembrar de cara al calor fuerte del verano o justo antes de heladas duras, porque la plántula es débil y no se instala.
La semilla es muy pequeña y se siembra a poca profundidad, apenas cubierta, sobre una cama de siembra fina y bien asentada. Sembrar hondo es el error más común y el que más nascencias arruina. El suelo debe estar mullido pero firme, sin terrones grandes.
Si en la parcela no se ha cultivado alfalfa antes, conviene inocular la semilla con la bacteria adecuada. Sin nódulos no hay fijación de nitrógeno, la planta amarillea y todo el interés del cultivo se pierde. La semilla comercial suele venir ya inoculada o peletizada, pero es un dato que hay que comprobar en el envase.
Manejo del alfalfar
Una plantación de alfalfa dura varios años, normalmente entre cuatro y cinco antes de que convenga levantarla, y durante ese tiempo se hacen varios cortes al año. El número depende del clima y del riego: en regadío del valle del Ebro se hacen bastantes, en secano fresco muchos menos.
El momento del corte marca la calidad. Se siega cuando la planta empieza a mostrar los primeros botones florales o justo al inicio de la floración. Cortar más tarde da más cantidad pero un forraje más basto, con tallos lignificados y menos hoja, que es donde está el valor. Cortar demasiado pronto y demasiado a menudo agota las reservas de la corona y acorta la vida de la plantación. El último corte del año debe dejar a la planta tiempo de rehacer reservas antes del frío.
El riego se ajusta a los ciclos de corte, y el suelo no debe secarse del todo entre riegos ni quedar saturado. La alfalfa se abona sobre todo con fósforo y potasio; el nitrógeno lo pone ella.
Plagas y problemas frecuentes
- Cuca de la alfalfa (Colaspidema atrum). Escarabajo cuyas larvas defolian rápidamente los primeros cortes de primavera.
- Gusano verde (Hypera). Roe hojas y brotes tiernos, sobre todo en los primeros cortes.
- Pulgones. Varias especies colonizan el cultivo y debilitan la planta.
- Cuscuta. Una planta parásita sin clorofila que se enrolla en los tallos y chupa la savia formando manchas amarillentas que se extienden en círculo. Es de los peores problemas del alfalfar y se combate sobre todo con semilla limpia y certificada.
- Enfermedades de suelo y de corona. Aparecen con encharcamiento y en plantaciones viejas, y son la razón habitual de que un alfalfar se levante.
Alfalfa como abono verde en el huerto
En un huerto de tamaño medio o grande la alfalfa tiene sentido en una parcela que vayas a dejar en descanso una o varias temporadas. Se siembra al voleo, se deja crecer, se siega antes de que lignifique y la siega se deja sobre el suelo como acolchado o se incorpora superficialmente. El beneficio real no es tanto el nitrógeno como el trabajo que hace la raíz: descompacta, aporta materia orgánica en profundidad y mejora la estructura del terreno.
En un huerto pequeño o en bancales de terraza no compensa. Ocupa demasiado tiempo el espacio para lo que devuelve, y para descompactar un bancal hay opciones más rápidas.
Germinados de alfalfa en casa
Este es el único uso realmente doméstico y no tiene nada que ver con plantar. Se hace en un tarro de cristal con tapa de malla o en un germinador:
- Usa semilla vendida expresamente para germinar, no semilla de siembra agrícola, que puede estar tratada con productos fitosanitarios y no es apta para consumo.
- Pon una cucharada en el tarro, cúbrela de agua y déjala en remojo unas horas.
- Escurre bien, deja el tarro inclinado boca abajo para que no quede agua estancada, y a partir de ahí enjuaga y escurre dos o tres veces al día.
- En pocos días tienes los brotes listos. Al final se pueden dejar unas horas con luz indirecta para que verdeen.
Sobre la seguridad hay que ser claro: los germinados se producen en condiciones de humedad y temperatura templada, que son también las que favorecen el crecimiento bacteriano, y han estado implicados en brotes alimentarios. Enjuaga con frecuencia, no dejes agua estancada en el fondo, descarta el lote a la mínima señal de olor raro, viscosidad o moho, consérvalos en frío y consúmelos en pocos días. Las personas con el sistema inmunitario comprometido, las embarazadas, los niños pequeños y las personas mayores deberían tomarlos cocinados o evitarlos.
Una advertencia sobre el consumo en verde
La alfalfa fresca en cantidad provoca meteorismo en rumiantes, un problema serio y bien conocido en ganadería que obliga a manejar con cuidado el pastoreo directo del alfalfar. No es una planta que se coma en verde como una verdura de hoja: su destino es el forraje, seco o ensilado, y en la cocina el germinado.
En resumen
La alfalfa es un cultivo de parcela, no de maceta. Pide suelo profundo, neutro o calizo y bien drenado, se siembra superficial a final de invierno o a final de verano, conviene inocularla si el terreno no la ha llevado antes, y da varios cortes al año durante cuatro o cinco campañas. En el norte atlántico, con suelos ácidos y húmedos, es mejor buscar otro forraje.
En un huerto tiene sentido como abono verde en parcelas de descanso, por el trabajo que hace su raíz en profundidad. Y en casa, lo que de verdad se puede hacer es germinarla en un tarro, con semilla apta para consumo, enjuagues frecuentes y las precauciones de higiene que exige cualquier germinado.