La albahaca es Ocimum basilicum, una planta anual de la familia de la menta, de hoja tierna y aroma intenso, y probablemente la aromática más cultivada en macetas de balcón en España. Es fácil de tener, pero se muere con una facilidad pasmosa cuando se la trata como una planta de interior cualquiera, y casi siempre por las mismas tres razones: poca luz, riego mal hecho y dejarla florecer.
Lo primero que hay que saber es que en nuestro clima la albahaca es una planta anual de temporada cálida. No es una mata perenne como el romero: nace en primavera, produce todo el verano y se acaba con el frío. Pretender que la maceta de albahaca dure años lleva a la frustración; lo que se hace es sembrar cada primavera, o esquejar en verano para tener plantas nuevas.
Qué variedad elegir
La más habitual y la que se busca para la cocina italiana es la genovesa, de hoja grande, abombada y muy aromática. La albahaca fina o de hoja pequeña forma matas compactas y redondeadas, aguanta bien la maceta y es muy resistente. La de hoja de lechuga tiene hojas enormes y algo rizadas, vistosas y de sabor más suave.
Están además las moradas, de hoja púrpura, más ornamentales y con un punto anisado; la albahaca tailandesa, de tallo violeta y aroma marcado a anís, que es la que se usa en la cocina del sudeste asiático; y la albahaca limón, un híbrido con un claro aroma cítrico. Aparte queda el tulsí o albahaca sagrada, que es otra especie del mismo género y no un tipo de albahaca común.
Cuándo sembrar
La albahaca es muy sensible al frío: por debajo de cierta temperatura se para, ennegrece y se pudre. Por eso no se siembra hasta que el tiempo esté claramente templado. En el litoral mediterráneo y el sur, de marzo en adelante. En el interior peninsular, a partir de abril en semillero protegido y a finales de abril o mayo en el exterior. En el norte atlántico, en mayo, y allí funciona especialmente bien en un lugar resguardado, junto a una pared que dé calor.
Si siembras en interior, junto a una ventana muy luminosa, puedes adelantar unas semanas y sacar la planta al exterior cuando el tiempo acompañe, aclimatándola poco a poco durante unos días.
Siembra y trasplante
La semilla es pequeña y se siembra superficial, cubierta apenas con unos milímetros de sustrato fino, en bandeja o en macetita. Riega con pulverizador para no arrastrarla y mantén el sustrato húmedo y templado hasta la nascencia, que es rápida con calor.
Cuando las plantitas tengan dos o tres pares de hojas verdaderas, trasplántalas a su maceta definitiva o al bancal, dejando bastante espacio entre ellas. Aquí está uno de los fallos más habituales del cultivo doméstico: la albahaca necesita aire alrededor. Apretada, se queda raquítica y coge hongos.
La maceta del supermercado
Merece capítulo aparte, porque es como llega la albahaca a la mayoría de las casas. Esa maceta no contiene una planta, sino decenas de plántulas sembradas juntas en un pan de turba, cultivadas para venderse y consumirse en pocos días. Tal cual, colapsa en una o dos semanas.
Para salvarla, sácala del tiesto, separa el cepellón en tres o cuatro grupos con cuidado de romper lo mínimo las raíces, y planta cada grupo en una maceta propia con sustrato nuevo. Riega bien y déjala unos días protegida del sol fuerte mientras se recupera. Con eso, y con luz suficiente, pasa de durar dos semanas a durar toda la temporada.
Luz, sustrato y riego
Quiere mucha luz: sol directo durante buena parte del día, con la salvedad de que en el interior y el sur, en pleno agosto, agradece sombra en las horas centrales para que no se le quemen las hojas. Dentro de casa, junto a la ventana más luminosa que tengas; con poca luz se estira, hace tallos largos y hojas pequeñas y pierde aroma.
El sustrato debe ser rico pero que drene: sustrato de calidad con compost y un puñado de perlita. La maceta, con agujeros y sin plato con agua estancada. La albahaca es de las pocas aromáticas que sí quiere humedad constante, pero no encharcamiento: riega cuando la superficie empiece a secarse, a fondo, y deja escurrir.
Dos detalles que marcan la diferencia: riega al pie y no sobre las hojas, y hazlo por la mañana, para que la planta llegue seca a la noche. La hoja mojada durante horas es la puerta de entrada de los hongos que matan la albahaca.
Pinzado: lo que convierte una vara en una mata
Esta es la operación clave y la que casi nadie hace. Cuando la planta tiene tres o cuatro pares de hojas, córtale la punta justo por encima de un par de hojas. De esas axilas saldrán dos brotes nuevos, y repitiendo la operación en cada brote conforme crecen, la planta se convierte en una mata ancha y frondosa en lugar de un tallo alto y desnudo.
La segunda parte es quitar las flores. En cuanto asoma una espiga floral, córtala con un trozo de tallo. Si la dejas florecer, la albahaca considera cumplido su ciclo: las hojas se vuelven pequeñas y duras, el sabor cambia y la planta empieza a apagarse. Quitando flores sin descanso, alargas la producción semanas o meses.
Cosecha y conservación
Se cosecha cortando ramas por encima de un par de hojas, nunca arrancando hojas sueltas de aquí y de allá: cada corte es a la vez cosecha y pinzado. Coge de la parte alta y deja siempre suficiente hoja para que la planta siga funcionando.
La albahaca se conserva mal seca: pierde casi todo el aroma. Las vías buenas son otras. Congelarla picada en cubiteras con un poco de aceite o de agua funciona bien. Hacer pesto y congelarlo en porciones es probablemente la mejor manera de guardar una cosecha grande. Recién cortada, aguanta unos días en un vaso con agua a temperatura ambiente, nunca en la nevera, porque el frío la ennegrece.
Plagas y problemas frecuentes
El problema más serio hoy es el mildiu de la albahaca: amarilleo entre los nervios visto por el haz y, al girar la hoja, un afieltrado grisáceo o violáceo en el envés. Avanza deprisa en ambiente húmedo y templado y no tiene arreglo doméstico, así que todo es prevención: plantas separadas, buena ventilación, riego al pie y por la mañana, y retirada inmediata de las hojas afectadas.
Después están las podredumbres de cuello por exceso de agua, que hacen que la planta se venga abajo de golpe con el sustrato empapado; los pulgones en los brotes tiernos; las babosas y caracoles, que se comen las plántulas recién trasplantadas en una noche; y la araña roja en terrazas muy secas y calurosas.
Y el problema clásico de interior: la albahaca que se estira, palidece y va perdiendo hojas de abajo. Eso no es una plaga, es falta de luz. Sácala fuera o ponla en la ventana más clara que tengas.
Multiplicación por esqueje
Es rapidísima y una buena manera de renovar plantas a mitad de temporada. Corta un tallo de un palmo sin flores, quita las hojas de la mitad inferior y ponlo en un vaso con agua en un sitio luminoso. En una o dos semanas salen raíces blancas, y cuando tengan varios centímetros se planta en maceta con sustrato, regando bien los primeros días.
También enraíza clavando el esqueje directamente en sustrato húmedo. Con esta técnica puedes multiplicar la variedad que te guste sin volver a comprar semilla, y tener plantas jóvenes y productivas en agosto, cuando las de primavera empiezan a cansarse.
En resumen
La albahaca es una anual de calor que quiere mucha luz, sustrato que drene, riego al pie por la mañana y sitio de sobra alrededor. Se siembra en primavera, cuando ya no hace frío, y se acaba con el otoño: es normal, no lo has hecho mal. Si compras la maceta del supermercado, sepárala en tres o cuatro grupos y replántala el mismo día.
Lo que decide si tienes una mata productiva o un palo con cuatro hojas es el pinzado: corta las puntas por encima de un par de hojas desde que la planta es pequeña, cosecha siempre cortando ramas y elimina cada espiga floral en cuanto aparezca. Vigila el mildiu, riega sin mojar la hoja y, si quieres guardar la cosecha, congélala o hazla pesto, porque seca no vale casi nada.