Trátalo como a un cactus de desierto y no florecerá nunca. El Santamaría lleva espinas y guarda agua en sus tallos, sí, pero no viene de un arenal soleado: viene de las ramas de los árboles y de las rocas musgosas de los bosques de montaña mexicanos, y sus necesidades se parecen mucho más a las de un epifilo que a las de un Echinocactus.
Su nombre científico actual es Disocactus speciosus, aunque durante décadas se catalogó como Heliocereus speciosus y así aparece todavía en buena parte de las etiquetas de vivero y en los catálogos de coleccionista. En castellano se le llama Santamaría, flor de Santamaría, junco o pitaya de agosto según la zona.
Origen y características
Es originario del centro y sur de México, con poblaciones en los estados de Hidalgo, Querétaro, Michoacán, Morelos, Puebla y Oaxaca, y llega hasta Guatemala. Crece entre los 1.000 y los 2.500 metros de altitud, en bosques de encino y pino-encino, como planta epífita (sobre los troncos y las ramas de los árboles) y a menudo también como litófita, agarrada a paredones rocosos y a coladas de lava.
Ese origen explica su comportamiento en cultivo: en su hábitat recibe luz filtrada por el dosel del bosque, humedad ambiental alta durante la estación de lluvias, un sustrato de hojarasca y musgo que retiene poco agua pero se moja con frecuencia, y noches frescas todo el año por la altitud. Nada que ver con la insolación brutal y la sequía de meses de un cactus columnar del norte.
Los tallos son alargados y flexibles, de 1 a 3 cm de grosor y hasta un metro o metro y medio de longitud. Los brotes jóvenes suelen ser cilíndricos y de tono rojizo o purpúreo, y al madurar se aplanan o adoptan de tres a cinco costillas bien marcadas, con areolas espaciadas de las que salen espinas cortas, finas y amarillentas. La planta no forma un porte erguido: los tallos crecen, se arquean por su propio peso y acaban colgando, de ahí que sea una candidata natural para maceta colgante o para un muro por el que descolgarse.
Las flores son el motivo por el que se cultiva. Miden de 10 a 15 cm de diámetro, son escarlata intenso, con los tépalos exteriores más estrechos y algo tornasolados, y muestran en el centro un reflejo violáceo o azulado, con estambres numerosos y un estigma prominente. Aparecen entre abril y junio en el clima español, brotando de las areolas de los tallos maduros del año anterior.
Un detalle que lo distingue de sus parientes: es de floración diurna. Los Selenicereus y los Epiphyllum auténticos abren de noche y se cierran de madrugada; el Santamaría abre por la mañana y permanece abierto dos o tres días seguidos, cerrándose al anochecer y volviéndose a abrir. En su hábitat lo polinizan colibríes, lo que encaja con el color rojo, la forma de la corola y el horario. El género Heliocereus, hoy desmantelado, significaba precisamente "cirio del sol".
Merece la pena saber que esta especie es uno de los progenitores de la mayoría de los híbridos de epifilo de flor roja y rosa que se venden como "cactus orquídea". El rojo puro de los epifilos modernos procede en gran medida de Disocactus speciosus, cruzado desde el siglo XIX con Epiphyllum de flor blanca y nocturna.
Luz: ni sombra ni sol de mediodía
Quiere mucha claridad pero poco sol directo. La ubicación ideal en España es una orientación este, con sol de mañana hasta las once o doce, o bajo la sombra ligera de un árbol de hoja caduca o de una malla de sombreo. En el interior de casa, junto a una ventana muy luminosa, nunca en el fondo de la habitación.
El sol directo de junio a agosto en la Península quema los tallos: primero se vuelven amarillentos o rojizos de forma generalizada, luego aparecen manchas blanquecinas y hundidas que no se recuperan. Al otro extremo, en sombra franca la planta sobrevive, produce tallos largos, blandos y de un verde oscuro poco natural, y no florece. La falta de luz suficiente es, junto con la falta de reposo invernal, la causa habitual de que un ejemplar sano lleve años sin dar una sola flor.
El enrojecimiento moderado de los tallos, en cambio, no siempre es un problema: en exposiciones luminosas la planta se pigmenta como protección y esos ejemplares suelen florecer mejor que los verde oscuro criados a la sombra.
Sustrato
Olvida el sustrato mineral de cactáceas. Al ser epífito necesita una mezcla aireada, con materia orgánica y muy suelta, algo ácida (pH 5,5-6,5). Una combinación que funciona bien:
Cuatro partes de sustrato para plantas de interior o de fibra de coco, dos partes de corteza de pino de calibre pequeño, dos partes de perlita o pómice y una parte de humus de lombriz. También sirve directamente un sustrato para orquídeas de grano fino mezclado a partes iguales con turba rubia. Lo que se busca es un medio que se empape rápido, drene en segundos y conserve algo de humedad sin llegar a compactarse.
La maceta debe ser más bien estrecha: sus raíces son finas y poco profundas, y un tiesto grande con exceso de sustrato húmedo alrededor es un problema. Además, el Santamaría florece mejor cuando está algo estrecho de raíz. Colgante o alta, para que los tallos caigan sin apoyarse.
Riego y humedad
Riega bastante más que a un cactus del desierto y bastante menos que a una planta de interior. En primavera y verano, cuando los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos: en la práctica, cada tres o cuatro días en pleno julio en el Levante, cada semana en climas más suaves. Empapa hasta que salga agua por el drenaje y tira lo que quede en el plato.
En otoño se van espaciando los riegos y en invierno se reducen al mínimo: uno cada tres o cuatro semanas, solo lo justo para que los tallos no se arruguen. Este reposo invernal seco y fresco es innegociable si quieres flores, y aquí está el error más frecuente con esta planta. Un Santamaría que pasa el invierno en un salón caldeado a 21 °C y con riego regular se mantiene verde y aparentemente sano, pero no ha recibido ninguna señal estacional y en primavera saca tallos nuevos en vez de botones florales.
Agradece la humedad ambiental. Pulverizar los tallos en las tardes secas de verano le sienta bien, sobre todo en el interior peninsular, donde el aire baja del 30 % de humedad relativa. No pulverices las flores abiertas ni lo hagas con sol dando de pleno.
Abonado
De marzo a septiembre, un abono líquido cada dos semanas. Durante el arranque de la primavera vale un fertilizante equilibrado, pero desde febrero-marzo conviene pasar a uno alto en potasio y bajo en nitrógeno: sirve perfectamente un abono de tomateras o de plantas de flor, a media dosis. El nitrógeno en exceso produce tallos largos y blandos a costa de las flores, y además los hace más apetecibles para la cochinilla.
De octubre a febrero, ni una gota de abono. Está descansando.
Multiplicación
Por esqueje de tallo, y es de las plantas más agradecidas que hay en esto. Corta con una cuchilla limpia un trozo de tallo maduro de 15 a 25 cm, preferiblemente por una constricción natural entre segmentos. La mejor época va de mayo a julio, justo después de la floración.
Deja el esqueje secando en un sitio aireado y a la sombra entre cinco y diez días, hasta que el corte forme una costra dura. Este paso no se salta: un esqueje plantado en fresco se pudre por la base casi siempre. Después, entiérralo tres o cuatro centímetros en sustrato ligeramente húmedo, sujétalo con un tutor si tiende a caerse y mantenlo a media sombra, a 20-25 °C, pulverizando de vez en cuando pero regando poco hasta que veas brotación nueva. Enraíza en tres o cuatro semanas.
La semilla es viable pero lenta y solo tiene sentido si buscas hacer cruces: la planta necesita polinización cruzada con otro ejemplar genéticamente distinto para cuajar fruto, y desde la siembra hasta la primera flor pueden pasar tres o cuatro años.
Trasplante y poda
Trasplanta cada dos o tres años, en primavera y siempre después de la floración, nunca con botones formados o abiertos: cualquier movimiento fuerte durante la floración provoca la caída de los capullos. Sube solo un par de centímetros de diámetro de maceta y renueva el sustrato, que con el tiempo se degrada y se compacta, que es justo lo que esta planta no quiere.
Podar no es obligatorio, pero ayuda. Recortar las puntas de los tallos más largos en primavera fuerza ramificación desde las areolas laterales y da una planta más densa y con más superficie para florecer. Elimina también los tallos viejos, leñosos por la base y desprovistos de areolas activas, porque ya no van a producir nada.
Rusticidad y plagas
Resiste el frío mejor de lo que se supone gracias a su origen de montaña, pero no tolera heladas. El límite práctico está en torno a los 2 °C; por debajo de cero aparecen manchas acuosas translúcidas que acaban en podredumbre. El invierno ideal para él son entre 8 y 12 °C con sustrato casi seco: en la costa mediterránea, Canarias o el sur puede quedarse fuera en un lugar protegido; en el resto de España hay que meterlo en una galería, un porche cerrado o un invernadero frío. Una habitación sin calefacción es mucho mejor sitio que un salón caliente.
Sus problemas más habituales son la cochinilla algodonosa, que se esconde en las areolas y en la base de los tallos, y la cochinilla de las raíces, que aparece al trasplantar como polvillo blanco entre el cepellón. Ambas se tratan con jabón potásico o aceite de neem, repitiendo cada semana durante tres semanas. En verano seco puede coger araña roja, que se combate subiendo la humedad ambiental. Y los caracoles y babosas hacen mordiscos en los tallos jóvenes y en los botones si la planta está a nivel del suelo en el jardín.
Si un tallo se vuelve blando, translúcido y amarillento desde la base, es podredumbre por exceso de agua o por frío húmedo. La única salida es cortar por encima de la zona afectada, comprobar que el tejido interior está blanco y firme, y enraizar la parte sana como esqueje.
En resumen
El Santamaría, Disocactus speciosus, es un cactus epífito mexicano de tallos colgantes y flores escarlata de 10 a 15 cm que se abren de día entre abril y junio. Se cultiva con luz intensa filtrada y sin sol de mediodía, sustrato orgánico muy aireado tipo epifilo en maceta más bien estrecha, riegos regulares en primavera y verano cuando la capa superior se seca, y abono potásico cada quince días de marzo a septiembre.
Las dos claves para que florezca son la luz suficiente y un invierno fresco de 8 a 12 °C, casi sin riego y sin abono. No aguanta heladas, se multiplica sin dificultad por esquejes secados unos días antes de plantarlos, y su enemigo doméstico número uno es la cochinilla algodonosa entre las areolas. Todo lo demás sobra: cuanto menos se parezca su cuidado al de un cactus de desierto, mejor le irá.