La flor de la pitahaya abre al anochecer, mide más de veinte centímetros y a media mañana ya está mustia. Ese detalle, que parece anecdótico, condiciona todo el cultivo: si quieres fruta y no solo un cactus trepador bonito, tienes una ventana de pocas horas para que la polinización ocurra. De ahí sale buena parte de lo que hay que saber sobre esta planta, empezando por la primera confusión: no es un cactus de desierto.
Qué planta es exactamente
La pitahaya blanca es Selenicereus undatus, nombre actual de lo que durante décadas se llamó Hylocereus undatus. El género Hylocereus quedó absorbido dentro de Selenicereus en la revisión de 2017, así que ambos nombres apuntan a la misma planta y todavía verás los dos en viveros y etiquetas. En castellano se le dice pitahaya, pitaya y, por influencia del inglés, fruta del dragón.
Es un cactus trepador hemiepífito originario de Mesoamérica, con tallos suculentos de sección triangular, tres costillas onduladas y espinas cortas y escasas. Crece en bosques tropicales estacionalmente secos, agarrándose a los troncos mediante raíces adventicias que salen a lo largo del tallo. Esas raíces son la clave para entender su comportamiento: no explora arena seca, sino la hojarasca húmeda y la corteza del árbol que la sostiene.
De ahí viene el error más extendido: tratarla como a un Ferocactus o un Echinocactus. Sustrato pobrísimo, sol abrasador de mediodía y riego cada mes. Con ese régimen la planta sobrevive, se pone amarillenta y no florece jamás. La pitahaya quiere más agua, más materia orgánica y algo de sombra que un cactus globoso de desierto.
Dónde se puede cultivar en España
Es sensible al frío. Los tallos empiezan a sufrir por debajo de los 2-4 °C y una helada de -1 o -2 °C, aunque sea breve, produce manchas acuosas que después se pudren. Por eso el cultivo al aire libre funciona en la costa tropical de Granada y Málaga, el litoral de Almería, Murcia, Alicante, la franja costera valenciana y Canarias, donde ya hay plantaciones comerciales de cierto tamaño. En Canarias y en la Axarquía es donde mejor se comporta.
Fuera de esas zonas la opción es invernadero, o maceta grande que se recoja en una galería luminosa entre noviembre y marzo, manteniéndola por encima de 8-10 °C y prácticamente seca. En interior de la Península, a la intemperie, se pierde antes o después.
El rango cómodo está entre 20 y 30 °C. Por arriba también hay límite: pasados los 38-40 °C con sol directo, los tallos se queman y aparecen zonas blanquecinas o amarillentas que quedan de por vida. En Almería, Murcia o el interior de Málaga una malla de sombreo del 30-35 % en verano mejora el aspecto de la planta y reduce el estrés en floración. Lo ideal es sol de mañana pleno y sombra tamizada en las horas centrales de julio y agosto.
Sin soporte no hay fruta
Esto es lo que más se descuida en cultivo aficionado. La pitahaya no florece hasta que tiene tallos maduros colgando. Mientras los brotes crecen hacia arriba buscando apoyo, la planta está en fase vegetativa; cuando alcanzan lo alto de un soporte y se vuelcan por su propio peso, empieza a formar botones florales en las areolas de esos tallos péndulos.
El sistema estándar es un poste de 1,5 a 1,8 metros —madera tratada, hormigón o tubo— con una estructura en la cabeza: un aro metálico, un marco de madera o incluso un neumático viejo, sobre el que los tallos se desparraman y cuelgan. Se plantan tres o cuatro esquejes alrededor del poste, se atan al soporte mientras suben y se les elimina cualquier ramificación lateral hasta que llegan arriba. En maceta grande sirve el mismo esquema en miniatura, con un tutor de 1,2-1,5 m.
Una planta bien conducida empieza a dar fruto al segundo año desde esqueje y entra en producción seria hacia el tercero o cuarto. Una plantada sin soporte, arrastrándose por el suelo o enredada en una pared, puede pasarse una década sin una sola flor.
Sustrato, maceta y plantación
Quiere un medio drenante pero con materia orgánica, algo que no es contradictorio: una mezcla de un 50 % de componente mineral (puzolana, pómez, perlita gruesa, arena silícea) y un 50 % de sustrato universal de calidad, compost bien hecho o mantillo. El pH cómodo va de 5,5 a 7; en suelos calizos muy alcalinos, frecuentes en el levante, aparecen clorosis férricas que se corrigen con quelato de hierro.
En suelo, lo importante es que no se encharque. Si el terreno es arcilloso, se planta en caballón o lomo elevado de 30-40 cm y se incorpora arena gruesa y compost. En maceta, mínimo 40-50 litros para una planta que vaya a fructificar; en contenedores pequeños la planta se mantiene, pero no acumula reservas suficientes para florecer bien.
Un acolchado orgánico en la base —paja, restos de poda triturados, corteza— mantiene fresco el sistema radicular, que es superficial y sufre con el suelo recalentado.
Riego y abonado
Durante la temporada de crecimiento, de abril a octubre, se riega con regularidad, dejando que se seque la capa superior del sustrato pero sin llegar a la sequía completa. En maceta, en pleno verano costero, eso suele traducirse en dos o tres riegos por semana; en suelo, con goteo, en aportes frecuentes y moderados. La planta responde muy mal tanto al encharcamiento —pudrición basal casi segura— como a la sequía prolongada, que hace que los tallos se afilen y abandonen frutos cuajados.
En invierno se reduce drásticamente: un riego cada tres o cuatro semanas basta, y en plantas resguardadas a menos de 12 °C, casi nada. Agua sobre un tallo frío y en reposo es la receta de la podredumbre.
Es una planta exigente en nutrientes comparada con otros cactus. Un abono equilibrado tipo 12-12-17 o similar, cada tres o cuatro semanas de primavera a final de verano, funciona bien. En cuanto aparecen los botones florales conviene pasar a una fórmula más rica en potasio, que mejora el tamaño y el dulzor del fruto. El exceso de nitrógeno produce tallos gruesos, blandos, muy verdes y sin flores, además de hacerlos más apetecibles para las plagas. Una aportación anual de compost o estiércol muy hecho en la base, en marzo, cubre buena parte de las necesidades.
La flor y la polinización a mano
Entre junio y octubre se suceden varias oleadas de floración, normalmente con un intervalo de tres a cinco semanas. El botón tarda unos 15-20 días desde que es visible hasta que abre. La flor es blanca, enorme, muy perfumada, y en su hábitat la polinizan polillas nocturnas y murciélagos. Aquí no hay ni unas ni otros haciendo ese trabajo de forma fiable, así que la fecundación queda a merced de la casualidad.
La solución es sencilla: polinización manual. Con la flor abierta, entre las 22:00 y las 8:00 de la mañana siguiente, se recoge polen de las anteras con un pincel suave o con el dedo y se reparte sobre el estigma, ese conjunto de lóbulos en el extremo del estilo. Un minuto por flor. El resultado son frutos más grandes, mejor formados y con menos abortos.
Sobre la autofertilidad hay bastante confusión. Muchas selecciones de pulpa blanca de S. undatus cuajan con su propio polen, pero incluso esas dan fruta claramente mayor con polen de otro clon. En cambio, varios cultivares de pulpa roja son autoincompatibles y no darán nada si están solos, por muy bien que se cuiden. Si compras una planta para producir fruta, pregunta por el cultivar y, si tienes espacio, planta dos genotipos distintos. Es la diferencia entre cosechar y no cosechar.
Un apunte de manejo: la pitahaya florece mejor con días largos. Las plantaciones comerciales alargan artificialmente el fotoperiodo con luz nocturna para adelantar o extender la campaña, algo que en un jardín no tiene sentido, pero explica por qué la floración se concentra en pleno verano.
Del cuajado a la cosecha
Desde que la flor se marchita hasta que el fruto está listo pasan aproximadamente 30 a 40 días, algo más si el verano es fresco. La piel vira de verde a rosa o rojo intenso y las brácteas —las escamas de la superficie— empiezan a secarse por la punta. Ese es el indicador fiable: brácteas puntualmente marchitas y color uniforme.
Aquí hay otra creencia que conviene desmontar. La pitahaya tiene fama de ser una fruta bonita y sosa, y el motivo casi siempre es que se ha comido verde. Es un fruto no climatérico: una vez cortado no gana azúcar. Lo que se recolecta pronto para aguantar transporte y almacén llega insípido a la frutería y ya no mejora en el frutero de casa. La misma variedad madurada en la planta, dos o tres días más, tiene un sabor dulce y limpio que no se parece nada a eso. Es, probablemente, el mejor argumento para cultivarla uno mismo.
Se corta con tijera dejando un trozo de pedúnculo, sin tirar. Aguanta una semana o diez días en nevera.
Poda y formación
La poda tiene dos momentos. Durante la formación se eliminan todos los brotes laterales del tallo principal para que la planta invierta en llegar arriba cuanto antes. Una vez formada la copa, se poda después de la cosecha, entre octubre y noviembre en zonas suaves, aclarando el amasijo de tallos: se quitan los que crecen hacia dentro, los que se cruzan, los muy viejos y agrietados y los que tocan el suelo.
El objetivo es que entre luz y aire en el centro. Una copa cerrada y húmeda es donde empiezan casi todas las enfermedades fúngicas. Los cortes se hacen con herramienta desinfectada y se dejan secar al aire; no hace falta sellarlos, pero conviene no podar justo antes de un episodio de lluvias.
Multiplicación
Por esqueje, sin discusión. Se corta un segmento de tallo maduro de 30 a 50 cm, se deja cicatrizar en sombra y seco entre 5 y 10 días hasta que la herida forme costra —saltarse este paso es la causa habitual de que el esqueje se pudra— y se entierra unos 5 cm en sustrato apenas húmedo, respetando la orientación original: el extremo que estaba abajo, abajo. Enraíza en tres o cuatro semanas con temperaturas de 22-28 °C. La mejor época en España es de abril a junio.
Por semilla es fácil pero poco práctico. Las semillas del fruto germinan en una o dos semanas sobre sustrato fino y húmedo, y hacer el experimento con una pitahaya de supermercado es entretenido. Ahora bien, las plantas resultantes tardan de cuatro a siete años en fructificar, salen genéticamente variables y muchas darán fruta peor que la del padre. Para producir, esqueje de un cultivar conocido.
Plagas y enfermedades
Caracoles y babosas. El problema número uno en plantas jóvenes: se comen los brotes tiernos y la epidermis en una sola noche húmeda. Revisión nocturna y barreras físicas.
Hormigas y cochinilla. Las hormigas roen los botones florales y las areolas, y transportan cochinilla algodonosa, que se instala en las axilas de las costillas. Se controla con jabón potásico o aceite de neem en las primeras fases.
Pudrición basal. Provocada por Fusarium y otros hongos de suelo cuando hay encharcamiento. El tallo se ablanda y se vuelve pardo desde la base. Se corta muy por encima de la zona afectada y se rehace la planta con la parte sana como esqueje.
Antracnosis y manchas de tallo. Manchas hundidas, oscuras o de bordes amarillentos, causadas por Colletotrichum; en años húmedos también aparece el cancro por Neoscytalidium dimidiatum, con puntos naranjas característicos. Se previenen aclarando la copa, evitando el riego por aspersión y no abonando en exceso con nitrógeno. Los tallos muy afectados se eliminan y se queman o se tiran, no se compostan.
Quemaduras solares. No son una enfermedad, pero se confunden con ella: zonas amarillo pálido en la cara expuesta al sol de poniente, que después se agrietan. Se corrigen con sombreo, no con fungicida.
Usos: cocina y lo que se dice de sus propiedades
La pulpa es de sabor suave, algo entre el melón y el kiwi según el cultivar, con textura cremosa y semillas diminutas y crujientes que se comen. Se toma fresca y fría, partida por la mitad y con cuchara, o en cubos en ensaladas de fruta, batidos y sorbetes. Aguanta mal el calor: cocinada pierde textura y aroma. Combina bien con lima, que le levanta el punto ácido que le falta.
Nutricionalmente aporta en torno a 50 kcal por 100 gramos, es rica en agua, tiene una cantidad apreciable de fibra y aporta algo de vitamina C, magnesio y hierro. Las variedades de pulpa roja deben su color a betalaínas, pigmentos con actividad antioxidante en laboratorio.
Sobre los usos medicinales conviene ser honesto: circulan afirmaciones sobre control de la diabetes, del colesterol o del tránsito intestinal que no cuentan con evidencia clínica sólida en humanos. Es una fruta sana, hidratante y con poco azúcar comparada con otras tropicales, y eso ya es bastante; no es un medicamento. Un dato práctico y real: comer bastante cantidad de pitahaya de pulpa roja puede teñir la orina y las heces de rosado durante un día. Es el pigmento, es inofensivo y asusta a quien no lo sabe.
En lo ornamental, una planta bien conducida sobre un poste o cubriendo un muro es espectacular por sí misma, y la floración nocturna de verano —flores de veinticinco centímetros que se abren en una tarde y se marchitan al día siguiente— justifica el cultivo aunque nunca llegara a dar fruta.
Variedades a tener en cuenta
Piel roja y pulpa blanca (Selenicereus undatus): la clásica, la más rústica y la más fácil de encontrar. Sabor moderado, buena productividad.
Piel roja y pulpa roja (S. costaricensis, S. monacanthus e híbridos como 'Red Jaina' o 'American Beauty'): más dulces y vistosas, pero muchas necesitan polen de otro clon.
Piel amarilla y pulpa blanca (S. megalanthus, la pitahaya amarilla): la más dulce de las tres, con fruto más pequeño y espinoso, ciclo de maduración más largo y algo más de exigencia de cultivo.
Si el objetivo es producir en una zona límite, empieza por la de pulpa blanca; si el clima acompaña y hay sitio para dos plantas, la combinación de una blanca y una roja da mejor cuajado y mejor fruta en ambas.
En resumen
La pitahaya (Selenicereus undatus, antes Hylocereus undatus) es un cactus trepador de bosque tropical, no de desierto, y se cultiva bien en el litoral mediterráneo y en Canarias, o en maceta resguardada del frío por encima de 8-10 °C. Necesita un soporte de metro y medio sobre el que sus tallos cuelguen, porque sin tallos péndulos no hay flores; sustrato drenante pero con materia orgánica; riego regular en primavera y verano y casi nulo en invierno; y abonado rico en potasio durante la floración. La polinización manual nocturna es lo que separa una planta decorativa de una planta productiva, y en los cultivares de pulpa roja suele hacer falta un segundo clon. Se multiplica por esqueje curado unos días al aire, fructifica al segundo o tercer año y se cosecha entre 30 y 40 días después de la flor, siempre madura en la planta: cortada verde ya no mejora, y ahí está el origen de su injusta fama de fruta sin sabor.