En el Knersvlakte, una meseta de guijarros de cuarzo blanco al norte de Ciudad del Cabo, caen entre 80 y 150 mm de lluvia al año, y esa lluvia llega en invierno. Ahí viven, medio enterradas entre las piedras, algunas de las suculentas más pequeñas y extrañas del planeta: plantas de dos hojas fusionadas que imitan un canto rodado, otras rematadas por ventanas translúcidas, otras de un gris azulado que parece esmalte. Son mesembs, miembros de la familia Aizoaceae, y en España se venden en macetas de cinco centímetros junto a los cactus, con la misma etiqueta genérica de riego que llevan las Echeveria. Ese detalle explica casi todas las que se mueren.

Este artículo repasa los géneros africanos enanos que de verdad se pueden cultivar aquí, qué ciclo siguen y cómo se traduce ese ciclo al calendario peninsular.

El dato que lo ordena todo: crecen en invierno

El suroeste de Sudáfrica y el sur de Namibia tienen un clima de lluvias invernales muy parecido en el reparto al mediterráneo, pero con veranos larguísimos y absolutamente secos. Las plantas de esas zonas —Lithops, Conophytum, Argyroderma, Fenestraria, Dinteranthus— han invertido el calendario respecto a lo que uno espera de una suculenta: crecen y florecen de finales de verano a primavera, y pasan el verano en reposo, sin raíces activas.

De ahí se deduce en qué mes un riego bienintencionado acaba matando la planta. Un riego generoso en julio, con el sustrato caliente y la planta dormida, no la alimenta: le pudre el cuello. Y al revés, dejarlas totalmente secas de octubre a marzo "porque son cactus" las deja sin la única temporada de crecimiento que tienen. El riego no se decide por la estación del año en abstracto, sino por si la planta está en actividad.

Conviene también quitarse de encima la idea de que son plantas frágiles. No lo son. Aguantan sequías de cinco meses, radiación brutal y oscilaciones térmicas de 25 grados en un día. Lo que no toleran es agua fuera de tiempo y sustrato que retiene humedad.

Piedras vivientes: Lithops

El género Lithops reúne unas 35 especies, todas con la misma arquitectura: un par de hojas gruesas soldadas casi por completo, con una fisura en medio por la que salen la flor y las hojas nuevas. Lo que se ve por encima del sustrato es la punta de las hojas; el resto del cuerpo, más la raíz principal, va por debajo. Las manchas y ventanas de la cara superior son tejido translúcido que deja pasar la luz hasta el interior, donde está la clorofila.

Lithops fulviceps, piedra viviente africana, mostrando el par de hojas fusionadas con la cara superior moteada

El ciclo anual manda sobre todo lo demás:

De septiembre a noviembre es cuando despiertan. Sale la flor, blanca o amarilla según la especie, de un tamaño desproporcionado respecto a la planta, y se abre a media tarde. Aquí se riega: a fondo, empapando la maceta, y no se vuelve a tocar hasta que el sustrato esté seco por completo, lo que en octubre en interior puede ser una semana y media o dos.

De diciembre a enero se va reduciendo. Dentro del par de hojas viejas ya se está formando el nuevo.

De febrero a abril, nada de agua. Este es el punto donde se pierden más ejemplares. Durante la renovación foliar, el par nuevo se alimenta consumiendo el viejo, que se va arrugando hasta quedar como papel. Si se riega en ese periodo, la planta absorbe agua, las hojas viejas no se secan y acaba con dos pares superpuestos, un cuerpo hinchado y agrietado y una tendencia a pudrirse por la base. Un Lithops sano en marzo parece medio muerto: eso es lo normal.

En mayo, cuando las hojas viejas ya son una cáscara seca que se desprende sola, se puede dar un riego ligero si el tiempo es suave.

De junio a agosto, reposo seco. En una ola de calor larga, con el termómetro por encima de 35 °C, un pulverizado nocturno del sustrato sin llegar a mojar el cuerpo evita que la raíz se deshidrate del todo. Nada más.

La otra causa frecuente de fracaso es la luz. Con poca luz el cuerpo se estira, pierde el dibujo de la cara superior y se vuelve blando; en un alféizar orientado al sur, con sol directo de la mañana, se mantienen compactos. En el interior peninsular, en julio y agosto, el sol de las tres de la tarde detrás de un cristal los quema: media sombra o malla del 40 % esos dos meses.

Conophytum, el relevo estricto del invierno

Conophytum tiene más de cien especies y es todavía más tajante en su calendario que Lithops. Pasa el verano cubierto por una funda de restos secos de la temporada anterior, que actúa de aislante, y despierta a finales de agosto o septiembre. El primer riego de la temporada, cuando empiezan a asomar los cuerpos nuevos bajo la funda, es la señal de arranque; a partir de ahí se riega con regularidad durante todo el otoño y el invierno, y se corta en abril.

Florecen en otoño, muchos de ellos de noche o al atardecer y con perfume. Hay especies de cuerpos globosos diminutos, de tres milímetros, y otras bilobuladas con aspecto de pezuña. Son plantas de sombra parcial: en su hábitat crecen en grietas de roca orientadas al sur, y el sol directo del verano peninsular las achicharra aunque estén secas.

Fenestraria y el mito de la planta enterrada

Fenestraria rhopalophylla, con su subespecie aurantiaca, es la que más llama la atención de todas: hojas cilíndricas, apretadas en macollas, cada una rematada por una ventana translúcida plana. En las arenas costeras de Namibia crece prácticamente sepultada, con solo las ventanas al nivel de la arena, y la luz llega al tejido fotosintético a través de ellas.

De esa descripción sale una recomendación repetida que conviene desmontar: no hay que enterrarla en cultivo. En la naturaleza está enterrada en arena de duna, un medio que drena en segundos y que se seca por completo entre lluvias. En una maceta con sustrato de vivero, enterrar las hojas equivale a mantenerlas en contacto permanente con humedad y garantiza la podredumbre. Se cultiva con el cuello a nivel de superficie y un acolchado de gravilla, y punto.

El segundo aviso es el reventón. Fenestraria agradece más agua que Lithops durante el crecimiento, pero si tras un periodo seco recibe un riego copioso, las hojas absorben más de lo que la epidermis soporta y se agrietan longitudinalmente. La grieta no se cura; la hoja se pierde. Riegos moderados y regulares de octubre a abril, sequía en verano.

Argyroderma, la planta de plata de los campos de cuarzo

Argyroderma —del griego, "piel de plata"— es prácticamente endémico del Knersvlakte y vive sobre las llanuras de cuarzo blanco. Son cuerpos de dos hojas semiesféricas o alargadas, de un gris azulado casi metálico, que se abren en forma de V. Las flores, amarillas, magenta o blancas según la especie, salen entre finales de otoño e invierno.

Argyroderma de piel gris azulada creciendo entre gravilla de cuarzo

Es, con diferencia, el género más sensible al exceso de agua de este grupo. En hábitat recibe lluvias de invierno de pocos milímetros y el resto del año depende de las nieblas costeras. En cultivo se comporta como un Lithops pero con menos margen: riegos espaciados de septiembre a marzo, corte total en cuanto empieza a apretar el calor y sustrato con un 80 % de mineral. Un Argyroderma regado en verano se raja por el centro en cuestión de días.

Los de hoja gruesa, más indulgentes

Si es la primera vez que se cultivan mesembs, hay géneros africanos igual de curiosos y bastante menos exigentes, buenos para aprender el ritmo antes de gastarse el dinero en un Conophytum de colección:

Pleiospilos nelii, el "cactus partido", forma un par de hojas hemisféricas gruesas y moteadas y da flores anaranjadas grandes. Perdona algún riego a destiempo, aunque tampoco conviene abusar.

Faucaria tigrina y sus parientes tienen hojas triangulares enfrentadas con dientes marginales blandos, como una mandíbula. Crecen en otoño e invierno, florecen amarillo y toleran riegos ocasionales fuera de temporada.

Titanopsis calcarea lleva la punta de las hojas cubierta de tubérculos calcáreos que la camuflan sobre la roca caliza. Aguanta el frío seco mejor que la media.

Frithia pulchra es la falsa Fenestraria: mismas hojas con ventana, pero es una Aizoaceae de la zona de lluvias de verano, en Sudáfrica interior. Su calendario está invertido respecto a todo lo anterior, riega en verano y descansa en invierno. Vale la pena saberlo antes de meterla en la misma bandeja.

Sustrato, maceta y frío

La mezcla que funciona es mayoritariamente mineral: entre un 70 y un 80 % de árido —pómez, arena silícea gruesa de 2 a 5 mm, gravilla volcánica, akadama— y el resto de materia orgánica muy descompuesta. Nada de turba suelta ni de sustrato de cactus de supermercado usado tal cual, que se compacta y tarda días en secar. Encima, una capa de gravilla de un centímetro para que el cuello no toque nunca material húmedo.

La maceta debe ser honda, no ancha. Lithops, Argyroderma y Fenestraria tienen una raíz principal pivotante que baja bastante: diez o doce centímetros de profundidad como mínimo. La típica cazuelita plana de tres centímetros que traen los invernaderos es una sentencia a plazo fijo.

En cuanto al frío, secas soportan bastante más de lo que se les supone —algunas especies llegan sin daño a temperaturas ligeramente bajo cero—, pero el peligro real en la Península no es el termómetro, es la lluvia. Un invierno atlántico o una racha de borrascas en el interior las mata por combinación de agua y frío. Bajo cubierta, en un porche acristalado, invernadero frío o galería, con mínimas por encima de 5 °C, pasan el invierno perfectamente y con la luz que necesitan.

Composiciones: la mezcla que casi nunca funciona

Se venden como piezas para arreglos de suculentas y visualmente lo son: la escala diminuta y las texturas de piedra quedan muy bien sobre un lecho de cuarzo. El problema es fisiológico. Meter Lithops en el mismo cuenco que Echeveria, Sedum o Crassula obliga a regar en verano —cuando las de roseta crecen— y a mantener seco en invierno, exactamente lo contrario de lo que necesitan los mesembs. La composición dura una temporada y luego quedan los huecos.

La solución no es renunciar al arreglo, sino agrupar por calendario. Una bandeja con Lithops, Argyroderma, Conophytum, Fenestraria y Dinteranthus, cada uno en su maceta individual hundida en un lecho de gravilla, se ve como una sola composición, se riega en bloque y permite sacar de la bandeja al que dé problemas. Si se plantan directamente juntos, que sean todos del mismo grupo de lluvias invernales.

Sembrar: la vía barata y la más segura

Estas plantas se multiplican bien por semilla y así se consiguen ejemplares adaptados desde el principio a las condiciones de casa. La época en España es de septiembre a octubre, con las temperaturas ya bajando.

La semilla es finísima y se siembra en superficie, sin enterrar, sobre sustrato mineral tamizado y previamente humedecido, con un espolvoreo mínimo de arena fina por encima. A 18-22 °C germina en unos cinco a diez días. Durante las primeras semanas hay que mantener humedad constante, que es lo único de todo su cultivo que se parece a una planta normal, y a partir del segundo mes se van espaciando los riegos y ventilando el semillero para evitar algas y hongos. El primer año no se trasplanta ni se someten a sequía estival estricta: son cuerpos de dos o tres milímetros sin reservas. A partir del segundo o tercer año ya siguen el ciclo adulto, y la floración suele llegar entre el tercero y el cuarto.

Un último apunte de sanidad: la plaga más habitual y la que menos se detecta es la cochinilla de raíz (Rhizoecus), motas blancas algodonosas pegadas a las raíces y a las paredes del cepellón. Cada vez que se saque una planta de la maceta conviene mirarle la raíz. Si aparece, se lava el cepellón, se deja secar dos o tres días y se replanta en sustrato nuevo.

En resumen

Las suculentas enanas del suroeste africano no piden cuidados delicados, piden un calendario invertido. Crecen y florecen del final del verano a la primavera, y el verano lo pasan dormidas y secas. Con sustrato mineral, maceta honda, mucha luz filtrada en los meses de más calor y protección frente a la lluvia invernal, Lithops, Conophytum, Argyroderma y Fenestraria son plantas longevas, de las que duran décadas en la misma maceta. Los dos errores que concentran las bajas son regar en pleno verano y regar durante la renovación foliar de febrero a abril; evitados esos dos, el resto es cuestión de paciencia y de no mezclarlas con suculentas de calendario contrario.


Contenidos relacionados