Ese cactus rojo o amarillo de vivero, encaramado sobre un tallo verde de tres aristas, no es una planta: son dos. Arriba, un Gymnocalycium mihanovichii mutante sin clorofila, incapaz de fotosintetizar y por tanto de vivir por sí mismo. Abajo, un patrón que le da de comer. Ese es el ejemplo más visto de injerto de cactus, y también el que peor acaba, porque el patrón que suele emplearse es tropical y en un piso español rara vez pasa del tercer invierno. Injertar bien empieza por elegir mejor.
Para qué se injerta un cactus
El injerto no es un capricho decorativo. Resuelve cuatro problemas concretos.
Mantener vivo lo que no puede vivir solo. Cultivares sin clorofila (los Gymnocalycium mihanovichii rojos, naranjas o amarillos), variegados extremos y algunas formas monstruosas dependen por completo de un tejido verde que les suministre azúcares.
Acelerar el crecimiento. Un Ariocarpus, un Aztekium o un Blossfeldia de semilla puede tardar diez años en alcanzar por raíz propia el tamaño que sobre un patrón vigoroso consigue en dos. Los viveros de coleccionista trabajan así de forma rutinaria con plántulas de pocas semanas.
Salvar una planta enferma. Cuando una podredumbre basal ha subido por el tallo, cortar por encima del tejido dañado y colocar la parte sana sobre un patrón limpio suele ser la única opción real. Enraizar directamente esa pieza es más lento y más incierto.
Sostener cristatas y especies de raíz delicada. Las formas crestadas se pudren con facilidad si se cultivan sobre sus propias raíces; injertadas, viven cómodamente durante años.
Cómo funciona: el anillo vascular
Aquí está la clave técnica de todo el proceso, y la razón por la que fracasan la mayoría de los intentos de aficionado. Si se corta transversalmente un cactus columnar, se ve en el corte un anillo de haces vasculares más oscuro, situado a medio camino entre la piel y el centro. Ese anillo es el que transporta agua y savia elaborada, y es el único tejido que puede soldarse con el del vástago.
De ahí la regla que gobierna el injerto: los anillos del patrón y del vástago deben tocarse, aunque sea parcialmente. No hace falta que coincidan por completo —casi nunca tienen el mismo diámetro—, pero sí que se crucen en algún punto. Si el vástago es mucho más pequeño, se coloca descentrado, de modo que su anillo cabalgue sobre el del patrón. Poner una pieza pequeña justo en el centro geométrico es el error clásico: queda simétrica, bonita y muerta, porque su anillo se apoya sobre médula y no sobre tejido conductor.
Cuándo hacerlo
En crecimiento activo y con calor. En la Península, de mayo a mediados de septiembre, con temperaturas entre 20 y 30 °C y ambas plantas turgentes y bien hidratadas. Un patrón con sed no suelta savia suficiente y la unión no llega a formarse.
Se evitan los días de más de 35 °C, porque el corte se seca en segundos, y por supuesto el invierno: por debajo de 15 °C el callo de cicatrización no se forma y el injerto se desprende o se pudre. Si se dispone de invernadero con temperatura mínima, la ventana se amplía; a la intemperie, no.
Material
Poco, pero en condiciones:
Cuchilla nueva. Hoja de afeitar o bisturí; los cuchillos de cocina y las tijeras aplastan el tejido. El corte tiene que ser de un solo pase, limpio y sin serrar.
Desinfectante. Alcohol de 96° o lejía diluida al 10 %, para limpiar la hoja antes de empezar y entre corte y corte. Los mucílagos que sueltan los cactus se secan sobre el filo y arrastran hongos de una planta a otra.
Sujeción. Gomas elásticas finas, hilo de algodón, o pinzas de injerto. Con vástagos muy pequeños basta un peso ligero. También se usa cinta de parafilm en injertos de plántula.
Guantes y pinzas si el patrón es espinoso, y un lugar de trabajo a la sombra, sin corriente de aire y sin sol directo sobre los cortes.
Qué patrón elegir
Esta decisión pesa más que la técnica del corte, porque determina cuántos años vivirá el conjunto.
Hylocereus undatus (hoy Selenicereus undatus, la pitaya). Es el que trae de fábrica el cactus injertado de supermercado. Crece rápido y empuja mucho, pero es tropical: sufre por debajo de 10 °C, no soporta el invierno en una terraza peninsular y su tejido es blando y proclive a la podredumbre. Sirve para producir en masa; no sirve para conservar una planta a largo plazo.
Myrtillocactus geometrizans. El mejor compromiso para el clima español: vigoroso, tejido firme, tolera algún grado bajo cero en seco y sostiene un injerto durante muchos años. Si hay que reinjertar un Gymnocalycium de colores, este es el destino recomendable.
Echinopsis columnares (E. pachanoi, E. spachiana) y Trichocereus en general. Rústicos, fáciles de conseguir y de reproducir por esqueje, con anillo vascular ancho. Muy buena opción para injertos grandes.
Harrisia jusbertii. Clásico de coleccionista: no es el más rápido, pero es discreto, longevo y no deforma tanto el vástago con crecimientos exagerados.
Pereskiopsis spathulata. Reservado a plántulas de pocos milímetros. Es un patrón de crecimiento explosivo que multiplica por diez la velocidad de una siembra, pero exige calor constante y humedad alta, y no es un alojamiento definitivo: pasados unos meses hay que reinjertar sobre un patrón estable o poner el vástago en raíz.
En todos los casos, el patrón debe estar bien enraizado y en plena actividad, no recién trasplantado ni recién comprado.
Injerto plano, paso a paso
Es el más útil y el que conviene aprender primero. Se emplea con vástagos globosos —Gymnocalycium, Astrophytum, Lophophora, Mammillaria— sobre patrón columnar.
1. Preparar todo antes de cortar. Gomas cortadas a medida, cuchilla desinfectada, ambas plantas a mano. Desde que se hace el primer corte hasta que las dos superficies están en contacto no deberían pasar más de treinta o cuarenta segundos: la savia expuesta empieza a oxidarse y a formar una película que impide la soldadura.
2. Decapitar el patrón. Corte horizontal limpio, a 10-15 cm del sustrato para un patrón columnar. Es importante no cortar demasiado bajo: la parte más leñosa de la base suelda peor.
3. Biselar el borde. Con la cuchilla, rebajar en chaflán el canto exterior del corte del patrón, sin tocar el anillo vascular. Este paso se salta con frecuencia y es determinante: el tejido cortical exterior contiene más agua y se contrae al secarse; si queda a ras, al encogerse tira del vástago hacia arriba y lo despega en unas horas. Con el bisel, el centro queda ligeramente elevado y la presión se mantiene.
4. Cortar el vástago. Corte transversal a la altura en que el diámetro sea suficiente para que el anillo tenga buen tamaño. En un cactus globoso, eso significa eliminar toda la parte inferior y quedarse con la mitad superior; cuanto más arriba se corte, más pequeño es el anillo y menos superficie de contacto queda.
5. Refrescar las superficies. Justo antes de unir, retirar de cada corte una rodaja finísima, casi transparente. Se trabaja sobre tejido recién expuesto, sin mucílago seco.
6. Unir. Colocar el vástago sobre el patrón alineando los anillos y girarlo un par de milímetros con una leve presión, para expulsar las burbujas de aire. El aire atrapado es una de las causas más frecuentes de fallo. Si el vástago es más pequeño, se descentra para que los anillos se crucen.
7. Sujetar. Dos gomas elásticas cruzadas por encima del vástago y pasadas por debajo de la maceta, o alrededor de una base rígida. La presión debe ser firme pero suave: lo justo para que no se mueva. Apretar de más hunde el vástago, aplasta el tejido y arruina el injerto. En piezas muy pequeñas, un algodón y el peso de una tuerca bastan.
8. Los diez días siguientes. Sombra luminosa, entre 20 y 30 °C, sin corrientes. Nada de agua sobre la unión y nada de pulverizar. El sustrato del patrón se mantiene apenas húmedo: no se riega los tres o cuatro primeros días y después, poco. Las gomas se retiran a los 7-14 días, tirando con suavidad; si el vástago se mueve, se vuelven a poner y se espera otra semana. Un injerto prendido está firme y en tres o cuatro semanas ya muestra crecimiento nuevo.
Otras variantes útiles
Injerto de cuña o en hendidura. Para vástagos delgados y para cristatas. Se practica una hendidura en V en el ápice del patrón y se talla el vástago en forma de cuña; encaja a presión y se sujeta con una espina o con hilo. Da más superficie de contacto lateral en tallos estrechos, donde un corte plano ofrecería muy poca.
Injerto lateral o de flanco. Corte oblicuo en el costado del patrón, sin decapitarlo. Se usa cuando interesa conservar el ápice del portainjerto o cuando el vástago es una rama, y también para colocar varias piezas en un mismo tallo.
Injerto de plántula sobre Pereskiopsis. Se decapita la Pereskiopsis, se le retiran las hojas superiores y se posa encima la plántula, de dos o tres milímetros, previamente cortada por su base. La tensión superficial del propio jugo la mantiene en su sitio; no hace falta sujeción, o basta un trocito de parafilm. Se cubre con un vaso transparente unos días para conservar la humedad. Es la técnica que permite ver florecer en año y medio una especie que por raíz propia tardaría una década.
Injertar euforbias no es lo mismo
Las Euphorbia suculentas se injertan también entre sí, pero su látex blanco complica el trabajo: coagula de inmediato y sella el corte con una película impermeable. La forma de resolverlo es enjuagar ambas superficies con agua fría, o pulverizarlas, hasta que dejan de exudar, secarlas con cuidado y unirlas entonces. El látex es además irritante para la piel y peligroso en los ojos, así que guantes y gafas. Y no se mezclan familias: un cactus no prende sobre una euforbia ni al revés.
Errores frecuentes
Centrar el vástago pequeño. Ya se ha dicho, pero es el fallo número uno: si los anillos no se tocan, no hay injerto.
No biselar el patrón. El segundo en frecuencia. Aparentemente todo va bien y a las pocas horas el vástago está suelto.
Cuchilla sucia o reutilizada. El mucílago seco actúa de barrera y de vehículo para hongos. Desinfectar entre cortes cuesta cinco segundos.
Regar o pulverizar la unión. El agua entre las dos superficies impide el contacto y provoca podredumbre justo en la zona crítica.
Injertar fuera de temporada. En octubre puede parecer que todavía hace bueno, pero las noches ya bajan y la cicatrización se detiene.
Olvidar los chupones. El patrón reacciona a la decapitación emitiendo brotes laterales que compiten con el injerto y acaban dominándolo. Hay que retirarlos en cuanto asoman, durante toda la vida de la planta.
Dar por perdido lo que no lo está. Si el vástago se despega al retirar las gomas pero sigue firme y verde, se puede repetir la operación con cortes frescos. No se pierde nada por intentarlo.
Después: convivencia y desinjerto
Un injerto prendido crece más rápido y más blando que la misma especie por raíz propia: espinas más cortas, cuerpo más hinchado, colores menos intensos. Es el precio de la velocidad. Para moderarlo, sol pleno una vez consolidado, riegos comedidos y ningún abono nitrogenado.
Muchos coleccionistas usan el injerto solo como fase de engorde. Pasados uno o dos años, cortan el vástago con un poco de tejido del patrón adherido, dejan cicatrizar la herida una o dos semanas en seco y a la sombra, y lo ponen a enraizar sobre sustrato mineral apenas húmedo, en primavera. El resultado es una planta de aspecto natural en una fracción del tiempo. Conviene saber, eso sí, que un vástago acostumbrado al chorro de savia del patrón tarda en adaptarse y crecerá mucho más despacio a partir de entonces.
En resumen
Injertar un cactus consiste en poner en contacto dos anillos vasculares, en pleno verano, con una cuchilla limpia y sin dejar aire entre medias. El resto son detalles que suman: un patrón adecuado al clima —Myrtillocactus o Echinopsis antes que Hylocereus—, el bisel en el borde del corte, una presión suave durante una o dos semanas y ni una gota de agua sobre la unión. Hecho así, la tasa de éxito es alta incluso en el primer intento, y abre la puerta a cultivar especies que de otro modo tardarían años en llegar a algo.