A cuatro mil metros de altitud, en la puna del centro de Perú, hiela casi todas las noches del año y a mediodía la radiación ultravioleta es de las más altas del planeta. Ahí, apretado contra el suelo pedregoso y con las espinas peinadas sobre el cuerpo como una malla protectora, crece un cactus achatado que rara vez levanta más de un palmo: Oroya peruviana. Todo lo que hay que saber para cultivarlo bien está contenido en esa descripción del sitio de donde viene.

Es una planta de colección más que de jardinería general, de crecimiento lentísimo y con una debilidad muy concreta —el calor húmedo y nocturno del verano español— que conviene conocer antes de comprarla y no después.

Ejemplar de Oroya peruviana con sus espinas pectinadas

Origen y nombre

El género Oroya fue descrito por Britton y Rose en 1922 y debe su nombre a La Oroya, la localidad minera y ferroviaria del departamento de Junín, en los Andes centrales peruanos, cerca de la cual se recolectaron los primeros ejemplares. Es un género endémico de Perú, muy pequeño: hoy se aceptan de forma general dos especies, Oroya peruviana y Oroya borchersii, esta última de espinas más largas y amarillentas y procedente de Áncash.

La especie que nos ocupa es enormemente variable, y esa variabilidad generó en su día una lista larga de nombres que todavía circula por el comercio: var. depressa, var. neoperuviana, O. baumannii, O. laxiareolata, O. subocculta. La mayor parte de esos nombres se consideran hoy formas o sinónimos de una misma especie polimorfa. Si en una feria le ofrecen tres etiquetas distintas como si fuesen tres plantas diferentes, en realidad está viendo tres poblaciones de la misma.

Su hábitat son las laderas y llanos de la puna entre unos 3.000 y 4.300 metros, sobre suelos minerales, sueltos y pedregosos, muchas veces medio enterrada entre gramíneas duras. El clima allí tiene tres rasgos que definen su cultivo: estación seca marcada de mayo a septiembre, con heladas nocturnas frecuentes y cielos despejados; lluvias concentradas entre noviembre y marzo; y una oscilación térmica diaria brutal, capaz de pasar de veinte grados a mediodía a bajo cero de madrugada. Lo que nunca hay son noches cálidas.

Cómo es la planta

Cuerpo globoso o más bien deprimido, achatado por arriba, solitario, que con los años alcanza de 10 a 20 cm de diámetro y raramente más de 15 cm de altura; en algunas poblaciones puede llegar a los 30 cm de ancho, pero eso son décadas. Con la edad tiende a hundirse ligeramente en el sustrato, como hace en la naturaleza.

Las costillas —entre 12 y más de 30 según la forma— están divididas en tubérculos bajos y anchos dispuestos en espiral, con las areolas alargadas, lanosas cuando son jóvenes. Lo más característico son las espinas: numerosas radiales, pectinadas, es decir, peinadas hacia los lados y aplicadas contra el cuerpo formando una retícula, en tonos que van del amarillo miel al pardo rojizo o casi negro según la población y la exposición al sol. Puede haber una o varias centrales, algo más largas y erguidas, o faltar por completo.

Esa armadura pegada al cuerpo no es decorativa. En la puna cumple tres funciones simultáneas: filtrar la radiación en un sitio donde el UV quema, crear una capa de aire quieto que amortigua la helada nocturna y condensar la humedad del amanecer conduciéndola hacia la base.

Las flores son pequeñas, de 2 a 2,5 cm, diurnas, en forma de embudo corto, y salen de las areolas próximas al ápice formando una corona. El color va del rosa salmón al carmín, con la garganta a menudo amarillenta. Abren solo unas horas al día durante varios días seguidos. El fruto es una baya alargada, verdosa o rojiza, con semillas negras y pequeñas.

Bajo tierra hay un detalle que decide muchas cosas: una raíz principal engrosada, napiforme, a modo de nabo, que sirve de reserva y ancla la planta. Condiciona la maceta, el sustrato y el riego, y es por donde se pierde la planta cuando algo va mal.

La maceta y el sustrato

Por esa raíz pivotante, la Oroya necesita maceta honda, no la típica cazuela ancha y baja que se usa para Mammillaria. Un tiesto de 12-14 cm de profundidad para una planta de 8 cm de diámetro no es exagerado. El barro cocido sin esmaltar ayuda porque evapora por las paredes y acorta el tiempo que el cepellón pasa húmedo; si se usa plástico, hay que espaciar más los riegos.

El sustrato debe ser predominantemente mineral, del orden de un 70-80 % de árido y un 20-30 % de materia orgánica. Una mezcla que funciona bien en España:

Dos partes de pómice o picón volcánico de grano 3-6 mm, una parte de arena silícea gruesa de río lavada (nunca arena de playa ni arena fina de construcción), una parte de gravilla caliza o akadama, y una parte escasa de mantillo o fibra de coco bien descompuesta. El pH ideal es neutro o ligeramente ácido.

Encima, un acolchado de 1 cm de gravilla mantiene seco el cuello de la planta, que es el punto por donde entra la podredumbre. Este detalle, que parece cosmético, evita más pérdidas que ningún fungicida.

El error clásico es comprar un saco de "sustrato para cactus" del supermercado, que suele ser turba con un poco de arena, y plantar directamente en él. Retiene agua alrededor de la raíz napiforme durante días, y en un cactus de puna eso acaba en pudrición basal.

Luz, calor y frío en clima español

Quiere sol directo, y mucho. En el norte peninsular y en la meseta, pleno sol todo el año. En Andalucía, Extremadura, Murcia o el valle del Ebro conviene matizar: durante julio y agosto, con temperaturas por encima de 38-40 ºC, una malla de sombreo del 30-40 % en las horas centrales previene quemaduras en el ápice, sobre todo si la planta viene de invernadero y no está aclimatada.

Ahora bien, el problema real en España no es el sol, es el calor nocturno. Una planta que evolucionó con noches de 2 ºC entra en un estrés considerable cuando pasa semanas sin bajar de 25 ºC. Se para, deja de tomar agua y, si el sustrato está húmedo, se pudre. De ahí las dos medidas que más importan en verano: ventilación constante —nada de invernadero cerrado ni de rincón sin aire— y riegos muy espaciados durante la ola de calor. Un ejemplar seco y algo arrugado en agosto sobrevive; uno regado a diario, no.

En invierno pide justo lo contrario: frío y sequedad absoluta. Mantenida totalmente seca desde octubre, aguanta con holgura los 0 ºC y tolera heladas de varios grados bajo cero; se le atribuyen resistencias de hasta -8 o -10 ºC en seco, aunque contar con esa cifra en el jardín es arriesgado porque depende del tamaño, del estado de la planta y de cuántas horas dure la helada. Lo sensato en la Península es dejarla en un invernadero frío, galería o porche sin calefacción, protegida de la lluvia, con temperaturas de entre 2 y 10 ºC.

Ese invierno frío y seco no es un mal necesario: es la condición para que florezca. Una Oroya mantenida caliente y regada dentro de casa todo el invierno crece blanda, se estira, pierde el aspecto compacto y no da flor nunca.

El riego, mes a mes

El calendario que mejor funciona en clima peninsular es este:

De noviembre a marzo: seco total. Ni una gota. La planta se arruga y se hunde un poco: es lo normal y lo que la protege de la helada, no una señal de sed. Regar en enero porque "está deshidratada" es uno de los modos más eficaces de matarla.

Marzo-abril: primer riego de la temporada, cuando las noches se estabilicen por encima de 8-10 ºC. Empape a fondo, hasta que salga agua por el drenaje, y luego deje secar del todo.

De abril a junio y de septiembre a octubre: es su periodo de crecimiento real. Riego generoso cada 10-15 días, siempre esperando a que el sustrato esté seco por completo. Mejor a primera hora de la mañana.

Julio y agosto: reducir. Cada 20-25 días, o menos si hay ola de calor. En pleno bochorno es preferible saltarse un riego.

Octubre: último riego ligero y a cerrar el grifo.

Siempre por abajo o dirigiendo el chorro al sustrato, sin mojar el cuerpo ni la lana del ápice: el agua estancada entre las espinas al sol produce manchas permanentes y facilita hongos. Si el agua del grifo es muy caliza —lo habitual en gran parte de España— conviene alternar con agua de lluvia o acidularla ligeramente para evitar que se formen costras blancas y que el pH del sustrato suba con los años.

Abonado y trasplante

Abone poco. Dos o tres aportes durante toda la temporada de crecimiento, con un fertilizante específico de cactus bajo en nitrógeno y alto en potasio, a mitad de la dosis indicada en el envase, diluido en el agua de riego. El exceso de nitrógeno produce un crecimiento hinchado, de epidermis blanda y espinas débiles, que además es un imán para los ataques de araña roja.

El trasplante toca cada dos o tres años, en primavera. Saque la planta con el cepellón seco, retire con cuidado el sustrato viejo de la raíz napiforme, revise que no haya cochinilla algodonosa entre las raíces —es una plaga silenciosa que solo se ve al desenmacetar—, recorte con hoja limpia las raicillas secas o dañadas y deje secar la herida uno o dos días a la sombra. Replante en sustrato seco y no riegue hasta pasada una semana. Regar sobre raíces recién manipuladas es la vía directa a la pudrición.

Floración: qué esperar

Paciencia. Desde semilla suele tardar entre seis y diez años en florecer por primera vez, y necesita un tamaño mínimo de unos 6-8 cm de diámetro. La floración llega a finales de primavera y principios de verano, en mayo y junio en la mayor parte de España, con varias flores pequeñas abriéndose en anillo alrededor del ápice.

Si una planta adulta y sana no florece, la causa casi siempre está en el invierno: le falta el reposo frío y seco. La segunda causa es la falta de luz. La tercera, el exceso de abono nitrogenado. En ese orden.

Oroya peruviana var. depressa, de cuerpo achatado

Multiplicación

Al ser una planta solitaria que rara vez emite hijuelos, la vía normal es la semilla. Se siembra en primavera, de abril a mayo, cuando se pueden mantener 20-25 ºC de día y algo menos de noche; ese salto térmico favorece la germinación.

Use un recipiente con drenaje, sustrato mineral fino previamente humedecido y, si es posible, esterilizado en el microondas o con agua hirviendo para evitar el hongo del semillero. Distribuya las semillas por la superficie sin enterrarlas, ya que necesitan luz para germinar, y espolvoree encima una capa finísima de arena. Riegue por capilaridad, colocando la maceta en un plato con agua, y cubra con plástico transparente o una bolsa para mantener la humedad. En luz indirecta y con esas temperaturas, germinan en una o tres semanas.

A partir de ahí se airea progresivamente durante un par de meses para endurecer las plántulas. El primer trasplante individual llega al año o año y medio. Es un cactus de crecimiento muy lento: no espere plantas de tamaño reconocible antes del tercer o cuarto año.

El injerto sobre Trichocereus pachanoi o Echinopsis acelera enormemente el desarrollo, y es la razón de que en el comercio se vean ejemplares jóvenes con un tamaño impropio de su edad. Tiene un coste: la planta injertada crece más hinchada, con costillas y espinación menos definidas, pierde el porte deprimido característico y su longevidad depende del patrón. Como recurso para salvar una planta con la raíz podrida es muy útil; como método de cultivo habitual, desvirtúa la especie.

Problemas frecuentes

Araña roja. La plaga número uno en estos cactus de montaña, favorecida por el aire seco y quieto del interior o del invernadero cerrado en verano. Produce un moteado rojizo u oxidado en la epidermis, sobre todo cerca del ápice. El daño es irreversible: la cicatriz se queda para siempre, aunque se elimine la plaga. Se combate con acaricida específico y, preventivamente, con ventilación y con humedad ambiental algo mayor en el entorno, sin mojar la planta.

Cochinilla algodonosa de raíz. Nidos blancos algodonosos entre las raíces. La planta se para sin motivo aparente y pierde turgencia. Se detecta al trasplantar; se trata lavando las raíces y aplicando un insecticida sistémico al sustrato.

Pudrición basal. Reblandecimiento oscuro por el cuello o por la raíz napiforme. Casi siempre es agua en exceso, riego invernal o sustrato demasiado orgánico. Si se coge a tiempo, se desenmaceta, se corta en tejido sano hasta que la sección aparezca limpia, se deja cicatrizar varias semanas en seco y se intenta reenraizar. Si ha llegado al ápice, no hay solución.

Estiolamiento. Si la planta pierde su forma achatada y se estira hacia arriba, con espinas más cortas y color pálido, le falta luz. El tejido deformado no se recupera; solo cabe corregir la ubicación para que el crecimiento nuevo vuelva a ser compacto.

Corcho en la base. Una zona parda y endurecida en el nivel del sustrato en ejemplares viejos es envejecimiento normal del tejido, no enfermedad. No se trata.

En resumen

Oroya peruviana es un cactus globoso y achatado, endémico de la puna peruana entre los 3.000 y los 4.300 metros, reconocible por sus espinas pectinadas aplicadas contra el cuerpo y por su corona de flores pequeñas rosadas o carmín en primavera. Bajo tierra tiene una raíz engrosada que exige maceta honda y sustrato muy mineral.

Su cultivo en España se resume en cuatro decisiones: sol abundante con sombreo ligero en el sur durante la canícula, ventilación permanente porque el enemigo real es el calor nocturno, riegos generosos pero espaciados solo de abril a octubre, e invierno completamente seco y frío entre 2 y 10 ºC. Ese reposo invernal no es opcional: es lo que mantiene el porte compacto y lo que provoca la floración.

Crece muy despacio, tarda entre seis y diez años en florecer desde semilla y no perdona el exceso de agua. A cambio, es longeva, ocupa poco y no exige atención constante. Un ejemplar en su maceta de barro, en una repisa soleada y aireada, puede acompañar durante décadas.


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