Los cactus se han convertido en el símbolo visual del desierto en todo el mundo, hasta el punto de que aparecen en ilustraciones del Sáhara o de Arabia donde jamás ha crecido ninguno de forma natural. La familia Cactaceae es americana de principio a fin, con una única excepción notable, y su historia evolutiva es bastante más reciente de lo que sugiere su aspecto prehistórico.
Entender de dónde vienen no es un adorno erudito: explica casi todo lo que hay que saber sobre cómo cultivarlos. Un cactus no es una planta que «no necesita agua», sino una planta que ha desarrollado un conjunto de soluciones muy concretas para sobrevivir a la sequía y que, cuando llega el agua, la usa con avidez. Buena parte de los cactus que mueren en las casas españolas lo hacen por una lectura equivocada de esa idea.
Qué es un cactus y qué no lo es
La familia Cactaceae pertenece al orden Caryophyllales, el mismo de las quenopodiáceas, las amarantáceas o los claveles. Reúne en torno a 1.500 a 1.800 especies, según el criterio taxonómico, repartidas en más de un centenar de géneros.
El rasgo que define a la familia, y que no comparte ninguna otra, es la areola. Se trata de una yema axilar muy modificada y comprimida, una especie de almohadilla fieltrosa de la que brotan las espinas, los pelos, los brotes laterales y las flores. Si una planta suculenta tiene areolas, es un cactus. Si no las tiene, no lo es, por mucho que se le parezca.
Esto resuelve una confusión muy extendida. Muchas Euphorbia africanas —Euphorbia canariensis, Euphorbia trigona, Euphorbia ingens— tienen tallos suculentos, costillas y espinas, y se venden y se cuidan como cactus. No lo son: pertenecen a una familia completamente distinta, carecen de areolas y, al herirlas, exudan un látex blanco irritante que en algunas especies es peligroso para los ojos. La semejanza es un caso de libro de convergencia evolutiva: dos linajes sin parentesco cercano que, sometidos a las mismas presiones ambientales en continentes distintos, llegan a soluciones anatómicas casi idénticas.
Origen: un linaje americano y relativamente joven
Los cactus son originarios exclusivamente del continente americano, desde el sur de Canadá, donde Opuntia fragilis alcanza latitudes sorprendentemente altas, hasta la Patagonia argentina y chilena. Ocupan desiertos, matorrales espinosos, praderas, alta montaña andina por encima de los 4.000 metros y también selvas húmedas, donde crecen como epífitas sobre los árboles.
La única excepción a esa exclusividad americana es Rhipsalis baccifera, un cactus epífito de tallos colgantes que aparece de forma natural en África tropical, Madagascar y Sri Lanka. La explicación más aceptada es una dispersión relativamente reciente a través del océano, probablemente por aves migratorias que transportaron las semillas contenidas en sus frutos pegajosos. Todo lo demás en la familia es americano.
Reconstruir la historia temprana del grupo es difícil porque los cactus prácticamente no dejan fósiles: son tejidos blandos y acuosos, sin madera densa ni estructuras duras que se preserven. Prácticamente todo lo que sabemos procede de la filogenia molecular, es decir, de comparar el ADN de las especies actuales y calibrar las tasas de mutación.
Esos estudios sitúan la separación del linaje de los cactus del resto de las cariofilales hace unas decenas de millones de años, pero coinciden en algo más interesante: la gran diversificación de la familia es reciente, de los últimos cinco a diez millones de años. Coincide con la expansión global de los ambientes áridos y semiáridos y con el descenso de la concentración de CO2 atmosférico, un contexto que favoreció a las plantas con metabolismo eficiente en el uso del agua. La mayoría de los cactus que conocemos son, en términos geológicos, novedades.
Evolución: cómo se construye un cactus
La familia conserva pistas vivas de su propia transformación, y es una de las razones por las que resulta tan didáctica.
Del arbusto con hojas al globo espinoso
Los géneros considerados más basales, agrupados tradicionalmente en la subfamilia Pereskioideae —Pereskia, y las especies hoy segregadas en Leuenbergeria—, no parecen cactus en absoluto. Son arbustos o pequeños árboles trepadores con tallos leñosos poco suculentos y hojas verdaderas, anchas y planas, que realizan la fotosíntesis de forma convencional. Pereskia aculeata, el grosellero de Barbados, es el ejemplo típico: una planta con aspecto de zarza, hojas carnosas comestibles y espinas en las areolas.
A partir de ese punto de partida, la evolución del grupo consiste en una serie de cambios encadenados:
La hoja desaparece y su función pasa al tallo. El tallo se engrosa, acumula parénquima acuífero y asume la fotosíntesis. Reducir la superficie foliar reduce drásticamente la pérdida de agua por transpiración, porque la relación entre superficie y volumen cae en picado: una esfera es la forma geométrica que menos superficie expone para un volumen dado, y de ahí la tendencia al porte globoso en los ambientes más áridos.
Las hojas se transforman en espinas. Las espinas de un cactus son homólogas de hojas, no excrecencias de la corteza como las de un rosal. Cumplen varias funciones a la vez: defensa frente a herbívoros, sombreado parcial del cuerpo, ruptura del flujo de aire junto a la epidermis —lo que reduce la evaporación—, condensación del rocío y su conducción hacia la base de la planta, y en las Opuntia también dispersión, porque los gloquidios se enganchan a los animales.
Aparecen las costillas y los tubérculos. Las costillas verticales funcionan como un fuelle de acordeón: permiten que el cuerpo se contraiga durante la sequía y se expanda tras una lluvia sin que la epidermis se desgarre. Un Ferocactus deshidratado tiene las costillas cerradas y marcadas; tras un riego copioso se abren visiblemente en cuestión de días.
La epidermis se blinda. Cutícula gruesa, ceras superficiales que dan el aspecto glauco de muchas especies, estomas escasos y hundidos en criptas. Todo orientado a que no se escape una molécula de agua de más.
La raíz se extiende en superficie. Muchos cactus tienen sistemas radiculares muy amplios y poco profundos, capaces de captar el agua de una lluvia ligera antes de que se evapore. Algunas especies producen «raíces de lluvia», raicillas efímeras que se forman en horas tras una precipitación y mueren cuando el suelo se seca. Otras, sobre todo las de zonas con periodos secos muy largos, desarrollan raíces napiformes engrosadas que almacenan reservas.
El metabolismo CAM
La innovación fisiológica más importante es el metabolismo ácido de las crasuláceas, o CAM por sus siglas en inglés. En una planta normal los estomas se abren de día para captar CO2, justo cuando el calor y la sequedad del aire provocan la máxima pérdida de agua.
Un cactus hace lo contrario: abre los estomas de noche, cuando la temperatura ha bajado y la humedad relativa ha subido, fija el CO2 en forma de ácido málico y lo almacena en las vacuolas. Al amanecer cierra los estomas herméticamente y, durante el día, libera internamente ese CO2 almacenado para realizar la fotosíntesis a puerta cerrada.
El resultado es una eficiencia en el uso del agua varias veces superior a la de una planta convencional. La contrapartida es la lentitud: el CAM limita la cantidad de carbono que se puede fijar por día, y de ahí que la mayoría de los cactus crezcan despacio. También explica un detalle práctico que sorprende a mucha gente: en pleno verano, un cactus trabaja de noche, y por eso el riego al atardecer le resulta más provechoso que el del mediodía.
Las grandes ramas de la familia
Además de las Pereskia y afines, la clasificación reconoce tres grupos principales. Los Opuntioideae incluyen las chumberas y los cilindropuntias: se distinguen por sus tallos articulados en segmentos, hojas efímeras que caen enseguida y, sobre todo, por los gloquidios, mechones de espinillas diminutas y barbadas que se desprenden al menor roce y son la pesadilla de cualquiera que haya recogido higos chumbos. Los Maihuenioideae son un grupo minúsculo de la Patagonia, con hojas persistentes y porte almohadillado. Y los Cactoideae agrupan a la inmensa mayoría de las especies: globosos, columnares, epífitos, todo lo que se identifica popularmente como cactus.
Usos de las cactáceas
Más allá del ornamento, los cactus tienen una historia económica considerable, y en España mucho más de lo que se suele pensar.
Alimentación. Opuntia ficus-indica, la chumbera, se introdujo en Europa poco después de los primeros viajes a América y se naturalizó ampliamente en el Mediterráneo. Sus frutos, los higos chumbos, siguen siendo un producto de temporada en Andalucía, Murcia, Levante y las islas. Sus palas tiernas, los nopalitos, se consumen como verdura en México. La pitahaya, de los géneros Selenicereus e Hylocereus, ha pasado de curiosidad a cultivo comercial en la costa tropical de Granada y Málaga.
Colorante. La cochinilla del carmín, Dactylopius coccus, es un insecto que parasita las chumberas y del que se extrae el ácido carmínico, un colorante rojo de enorme valor histórico. Fue durante siglos una de las exportaciones más rentables de la América española, y su cultivo se estableció en Canarias, especialmente en Lanzarote, donde todavía se mantiene de forma testimonial. Hoy el carmín sigue empleándose en alimentación y cosmética con el código E-120.
Forraje y uso agrícola. Las palas de Opuntia sin espinas se emplean como alimento para el ganado en zonas áridas, y la propia chumbera se ha usado tradicionalmente como seto vivo defensivo y para fijar taludes. Conviene apuntar aquí una cara menos amable: la Opuntia ha resultado ser una invasora agresiva en varios países, con el caso australiano como ejemplo extremo de plaga vegetal, y en España varias especies del género figuran en el catálogo de exóticas invasoras.
Etnobotánica. El peyote, Lophophora williamsii, contiene mescalina y ocupa un lugar central en rituales de pueblos indígenas del norte de México. Su recolección masiva para el mercado ha puesto en riesgo sus poblaciones naturales.
Construcción y artesanía. El esqueleto leñoso de los grandes columnares, como el saguaro Carnegiea gigantea o los cardones, se ha empleado tradicionalmente como material de construcción ligero en zonas desérticas.
Cactus amenazados
La familia Cactaceae figura entre los grupos de plantas con mayor proporción de especies amenazadas del planeta. Una evaluación global publicada en 2015 estimó que alrededor de un tercio de las especies de cactus se encuentran en alguna categoría de amenaza, una cifra que las coloca por encima de grupos tan mediáticos como los mamíferos o las aves.
Las causas principales son la transformación del hábitat para agricultura y ganadería, la urbanización, la minería y, de manera muy destacada, la recolección ilegal de ejemplares silvestres para el comercio de coleccionistas y la horticultura ornamental. Muchos géneros muy buscados —Ariocarpus, Astrophytum, Turbinicarpus, Melocactus, Discocactus, Copiapoa— tienen poblaciones minúsculas y muy localizadas, y una sola visita de un expoliador puede eliminar una población entera.
Por eso toda la familia Cactaceae está incluida en CITES, el convenio internacional que regula el comercio de especies amenazadas, con la mayoría de las especies en el Apéndice II y las más comprometidas en el Apéndice I. En la práctica esto significa que el comercio internacional de cactus requiere documentación, y que comprar un ejemplar de procedencia dudosa puede ser sencillamente un delito.
La conclusión para el aficionado es directa: compra siempre plantas de vivero, propagadas por semilla o esqueje, y desconfía de ejemplares grandes de especies raras a precios inverosímiles, con aspecto irregular, cicatrices de campo o raíces recortadas. La afición a los cactus no tiene por qué contribuir al vaciado de sus hábitats, y la propagación en cultivo funciona perfectamente para casi todos los géneros.
Cuidados de los cactus
Con la biología en la cabeza, el cultivo se vuelve razonablemente lógico. Estas pautas valen para la mayoría de los cactus de desierto; los epífitos de selva, como Schlumbergera, Rhipsalis o Epiphyllum, tienen requisitos distintos y bastante más parecidos a los de una planta de interior.
Riego
Aquí está el mito que más plantas mata: «los cactus casi no se riegan». La formulación correcta es que los cactus necesitan ciclos completos de empapado y secado total.
De abril a septiembre, riega a fondo hasta que salga agua por el drenaje y no vuelvas a hacerlo hasta que el sustrato esté seco por completo, comprobándolo con un palito o por el peso de la maceta. En una terraza soleada del interior peninsular eso suele significar cada cinco u ocho días en pleno verano, y cada diez o quince en primavera y otoño. Regar poca cantidad con frecuencia es peor que no regar: moja solo la superficie, no llega a la zona radicular profunda y favorece la acumulación de sales.
De noviembre a febrero, la mayoría de los cactus deben permanecer completamente secos. No es un capricho: la sequía invernal es lo que les permite resistir el frío sin que los tejidos revienten, y lo que induce la floración de la primavera siguiente. Las excepciones son los géneros de origen tropical, como Melocactus o Discocactus, que necesitan algo de humedad y calor durante todo el año.
Riega preferiblemente por la mañana temprano o al atardecer, nunca con la planta al sol de mediodía. Y si el agua de tu zona es muy dura, mézclala con agua de lluvia o de ósmosis, porque la caliza acumulada sube el pH del sustrato y acaba bloqueando la absorción de hierro.
Clima y luz
La inmensa mayoría de los cactus quieren la máxima luz posible. Un cactus dentro de casa, sobre un mueble alejado de la ventana, recibe una fracción ridícula de lo que necesita y responde con etiolación: crece estrecho y pálido hacia la luz, pierde las costillas marcadas y nunca florece. La deformación es permanente.
Su sitio natural en España es una terraza, un balcón o el jardín. Ahora bien, la aclimatación es obligatoria: un ejemplar procedente de invernadero o que ha pasado el invierno resguardado se quema en dos días si se saca de golpe al sol de junio. Dos o tres semanas de transición, de sombra luminosa a sol de mañana y de ahí a exposición plena.
En cuanto al frío, hay enorme variación. Especies de origen mexicano de altura, patagónicas o de los Andes soportan heladas de varios grados bajo cero si están secas; Opuntia de zonas frías y algunos Echinocereus aguantan inviernos de meseta castellana sin protección. En el extremo opuesto, los géneros caribeños y brasileños mueren por debajo de 5-10 ºC. La regla general para la colección media es mantenerse por encima de 3-5 ºC, y en cualquier caso siempre en seco: la misma temperatura que un cactus seco tolera sin daño destruye a uno con el sustrato húmedo.
En el norte húmedo peninsular el problema no es la temperatura, sino la lluvia continua de noviembre a marzo. Allí lo determinante es cubrir las plantas de la precipitación, aunque sigan al aire libre.
Tipo de sustrato
Los sustratos comerciales etiquetados «para cactus» que se venden en grandes superficies suelen ser turba rubia con algo de arena. Retienen demasiada agua y, al secarse por completo, se apelmazan y repelen el riego.
Una mezcla que funciona para casi todo: 50-60 % de material mineral grueso (puzolana, pómez, gravilla silícea de 2-5 mm, akadama o arlita machacada), 20 % de arena silícea gruesa lavada y 20-25 % de sustrato universal, turba o compost maduro.
Dos advertencias contra creencias muy asentadas. La arena que se añade debe ser gruesa, de río o silícea: la arena fina de playa o de construcción mezclada con turba sella los poros y empeora el drenaje, además de aportar sales. Y la clásica capa de bolas de arcilla en el fondo de la maceta no mejora nada: por un efecto de tensión superficial en la frontera entre dos materiales de granulometría distinta, el sustrato inmediatamente superior a esa capa retiene más agua, no menos. Es preferible una mezcla homogénea y un buen orificio de salida.
Las macetas deben ser anchas más que profundas para la mayoría de globosos, ajustadas al tamaño de la planta, y siempre con drenaje. El trasplante toca cada dos o tres años, en primavera, con el sustrato seco y sin regar hasta pasada al menos una semana.
Abono
Los cactus vienen de suelos minerales y pobres, y responden mal a la sobrealimentación. De abril a agosto, un fertilizante específico de cactus —bajo en nitrógeno, con proporción alta de fósforo y potasio— cada tres o cuatro semanas y a media dosis de la que indique la etiqueta.
El exceso de nitrógeno produce plantas hinchadas, de verde pálido, con la epidermis tensa que llega a agrietarse, espinas mal formadas y una vulnerabilidad muy aumentada a hongos y cochinillas. A partir de septiembre no se abona: el tejido tierno producido en otoño es el primero en sufrir con las heladas.
El compost o el estiércol muy compostado se pueden incorporar en pequeña proporción a la mezcla en el trasplante, pero nunca material fresco en contacto con las raíces.
Plagas y enfermedades
Cochinilla algodonosa. La plaga número uno. Aparece como motas blancas algodonosas en areolas, entre costillas y en la base. Existe además una variante radicular que vive en el cepellón y pasa desapercibida hasta que la planta se detiene sin motivo aparente; por eso conviene revisar las raíces en cada trasplante. Tratamiento: alcohol de 70º con bastoncillo en focos pequeños, aceite de neem o un insecticida sistémico en infestaciones extensas, siempre aplicado sin sol directo.
Araña roja. Ácaro favorecido por calor y sequedad ambiental. Produce un punteado amarillento y un aspecto plateado o herrumbroso en la epidermis, con daño permanente. Se trata con acaricida específico.
Cochinilla del carmín, Dactylopius opuntiae. Merece mención aparte por su impacto reciente en España: desde su detección en el sureste peninsular se ha extendido con rapidez y ha diezmado las poblaciones de chumbera de Andalucía, Murcia y el Levante, con paisajes enteros de Opuntia muertas cubiertas de un polvo blanco algodonoso. Es un problema de escala territorial, no solo de jardín.
Caracoles y babosas. Roen la epidermis de plántulas y de la base de ejemplares en jardín, dejando cicatrices corchosas.
Podredumbres fúngicas. Causadas por Fusarium, Phytophthora, Pythium o Rhizoctonia, siempre asociadas a exceso de humedad, mal drenaje o heridas. Se manifiestan como zonas blandas y oscuras que avanzan desde la base. El único tratamiento eficaz es cortar en tejido sano, dejar cicatrizar en seco durante semanas y reenraizar.
Trastornos no biológicos. Las quemaduras solares producen manchas blanquecinas secas que no avanzan; el daño por helada, zonas traslúcidas y aguadas; la falta de luz, crecimiento estirado; y la corchificación de la base en ejemplares adultos es un envejecimiento normal que se confunde con enfermedad. Distinguirlas de una podredumbre es sencillo: la podredumbre está blanda, todo lo demás está duro o seco.
En resumen
Las cactáceas son una familia exclusivamente americana —salvo Rhipsalis baccifera— definida por la areola, una yema modificada de la que brotan espinas y flores. Su diversificación es geológicamente reciente y su anatomía es un catálogo de adaptaciones a la sequía: hojas convertidas en espinas, tallo suculento y fotosintético, costillas plegables, epidermis blindada, raíces superficiales y metabolismo CAM, que fija el CO2 de noche para no perder agua de día. Han dado alimento, colorante, forraje y ornamento, y hoy figuran entre los grupos vegetales más amenazados del mundo, con toda la familia protegida por CITES, lo que hace obligatorio comprar solo plantas de vivero. En cultivo, la clave está en riegos abundantes con secado total entre ellos de abril a septiembre, sequía completa en invierno para casi todas las especies, sustrato mayoritariamente mineral, mucha luz con aclimatación gradual y abonado escaso y bajo en nitrógeno. El error que más ejemplares se lleva por delante no es olvidar el riego, sino mantener el sustrato húmedo cuando llega el frío.