No hay ni un solo cactus nativo en el Sáhara. Tampoco en Arabia, ni en el Kalahari, ni en los desiertos australianos. Las plantas espinosas y carnosas que crecen en esos sitios y que en las fotografías pasan por cactus son, casi siempre, euforbias: otra familia, otro continente, otra historia evolutiva que terminó pareciéndose por fuera. La familia Cactaceae nació en América y, salvo una excepción muy concreta, siguió siendo americana hasta que los barcos empezaron a moverla.
Entender de dónde salieron los cactus no es un adorno para tertulias. Explica por qué un Copiapoa chileno se pudre en un verano manchego y por qué un Schlumbergera se quema en la terraza donde el Ferocactus está perfecto. Son plantas de la misma familia con orígenes tan distintos como Almería y Galicia.
Una familia americana con una sola excepción
El área natural de los cactus va desde el norte de Canadá hasta la Patagonia. En el extremo septentrional aguanta Opuntia fragilis, que llega hasta cerca del paralelo 56 en Alberta y soporta inviernos de treinta grados bajo cero deshidratándose hasta parecer un montón de arrugas. En el extremo sur están Maihuenia patagonica y varias especies de Austrocactus, en la estepa patagónica. Entre esos dos puntos hay unas 1.500 o 1.800 especies, según el criterio taxonómico que se aplique.
La excepción se llama Rhipsalis baccifera, un cactus epífito de tallos colgantes y filiformes que además de América aparece de forma natural en África tropical, Madagascar y Sri Lanka. Durante mucho tiempo se usó como argumento de una supuesta distribución antigua, heredada de la fractura de Gondwana. No cuadra: la familia es demasiado joven para eso. La explicación más aceptada hoy es un transporte reciente, con sus semillas pegajosas viajando en el plumaje o en el tubo digestivo de aves migratorias. Un accidente afortunado, no una herencia geológica.
El linaje: de dónde procede la familia
Los cactus pertenecen al orden Caryophyllales, el mismo de las remolachas, las acelgas, los claveles y las verdolagas. Su parentesco más próximo está en el grupo de las portulacáceas en sentido amplio: Portulaca, Talinum, Anacampseros. Quien haya visto una verdolaga común arrancada de un bancal —tallos carnosos, hojas suculentas, flor efímera de pétalos satinados— tiene delante, en versión mínima, el tipo de planta del que salieron los cactus.
Hay un rasgo bioquímico que delata el parentesco: los cactus no fabrican antocianinas, los pigmentos rojos habituales del resto de las plantas con flor. Usan betalaínas, la misma familia de pigmentos que tiñe la remolacha y el higo chumbo. Es un marcador compartido con casi todo el orden y una prueba independiente de que el parecido con las euforbias africanas es pura convergencia.
Cuándo aparecieron: el problema de las fechas
Aquí conviene ser honesto: los cactus prácticamente no tienen registro fósil. Son plantas de tejidos blandos, sin madera dura en la mayoría de los casos, que viven en ambientes áridos donde la fosilización es rarísima. No hay un yacimiento con cactus del Mioceno que se pueda visitar. Todo lo que se dice sobre su antigüedad procede de relojes moleculares: se compara el ADN de las especies actuales, se calibra la velocidad de mutación con fósiles de grupos emparentados y se estima hacia atrás.
Con ese método, las estimaciones sitúan el origen de la familia hace unos 30 o 35 millones de años, probablemente en Sudamérica. Pero el dato interesante es otro: la mayoría de los géneros que conocemos —Mammillaria, Echinopsis, Opuntia, Copiapoa— se diversificaron mucho después, hace entre 10 y 5 millones de años. Es decir, los cactus llevaban veinte millones de años existiendo antes de convertirse en lo que hoy nos parece un cactus.
La coincidencia temporal no es casual. Ese periodo es el del levantamiento final de los Andes y la expansión de los climas áridos en América, incluida la instalación del desierto de Atacama y de las zonas secas mexicanas. Los cactus no inventaron el desierto: estaban ahí, con una anatomía que resultó ser la adecuada, cuando el clima se secó.
De planta con hojas a cactus
El antepasado de los cactus era un arbusto leñoso con hojas normales, tallo no suculento y espinas. Todavía existen plantas muy próximas a ese estado: los géneros Pereskia y Leuenbergeria, arbustos y trepadoras de América tropical con hojas anchas y perfectamente reconocibles como hojas. Pereskia aculeata incluso se come en Brasil, donde la llaman ora-pro-nóbis y la aprecian por su contenido en proteína. Verla en flor, con sus pétalos blancos y su porte de zarza, hace pensar en un rosal antes que en un cactus.
Lo que convirtió a aquel arbusto en un cactus fueron tres transformaciones encadenadas:
La areola. Es el rasgo que define la familia y el único carácter que comparten absolutamente todos los cactus, incluidos los que tienen hojas. Se trata de una yema axilar transformada en un cojinete lanoso del que brotan espinas, pelos, flores y ramas. Si una planta suculenta tiene areolas, es un cactus; si sus espinas salen directamente de la piel o de un reborde continuo del tallo, no lo es. Este es el criterio de campo que resuelve el noventa por ciento de las confusiones.
El traslado de la fotosíntesis al tallo. La hoja es un órgano estupendo para captar luz y pésimo para retener agua: mucha superficie, muchos estomas. Los cactus la redujeron hasta hacerla desaparecer y pasaron el trabajo al tallo, que se engrosó, se llenó de parénquima acuífero y adquirió costillas o tubérculos. Las costillas funcionan como el fuelle de un acordeón: permiten hincharse tras la lluvia y encogerse en la sequía sin desgarrar la epidermis, y además crean sombra sobre sí mismas a mediodía.
El metabolismo CAM. Los cactus abren los estomas de noche, cuando el aire está frío y húmedo, capturan el CO₂ y lo almacenan en forma de ácido málico. Al día siguiente, con los poros herméticamente cerrados, lo liberan dentro de la planta para hacer la fotosíntesis. El coste es una lentitud enorme de crecimiento; el beneficio, una eficiencia en el uso del agua varias veces superior a la de una planta normal. De ahí viene lo de que un cactus grande crezca un centímetro al año.
Las espinas, por cierto, son hojas transformadas, no púas de la corteza. Y su función no se agota en la defensa: rompen el viento junto a la superficie, reducen la evaporación, dan sombra parcial y, en las especies muy pelosas de alta montaña, actúan como abrigo contra la helada nocturna.
Dónde hay más cactus hoy
La familia no está repartida de manera uniforme. Hay tres grandes focos de diversidad:
México concentra alrededor de un tercio de todas las especies, con enorme endemismo en el desierto chihuahuense y en el valle de Tehuacán-Cuicatlán. De ahí salen los géneros más presentes en el comercio: Mammillaria, Astrophytum, Ferocactus, Echinocactus, Ariocarpus. El saguaro, Carnegiea gigantea, es del desierto de Sonora, entre México y Arizona; supera los quince metros, vive dos siglos y no suele echar el primer brazo hasta pasados los cincuenta o setenta años.
Los Andes centrales y meridionales, con Perú, Bolivia, el norte de Chile y el noroeste de Argentina, son el otro gran centro. Aquí hay dos ambientes muy distintos y con exigencias opuestas: la puna de alta montaña, entre 3.000 y 4.500 metros, con sol brutal, heladas nocturnas y lluvia estival (Rebutia, Lobivia, Oroya, Matucana), y la costa hiperárida del Atacama, donde puede no llover en años pero cada mañana entra del mar la niebla de la camanchaca (Copiapoa, Eriosyce). Los cactus del Atacama viven literalmente del rocío.
El este de Brasil, sobre todo la caatinga y los campos rupestres, aporta un tercer bloque con Melocactus, Discocactus, Uebelmannia y buena parte de los cactus epífitos. Son plantas de clima cálido todo el año, sin invierno frío, y eso hay que tenerlo en cuenta antes de dejar un Melocactus en un balcón de Burgos en enero.
Los cactus que no viven en el desierto
La imagen del cactus como planta de arena y sequía deja fuera a un grupo entero. Los cactus epífitos —Rhipsalis, Epiphyllum, Lepismium, Hatiora, Schlumbergera, Selenicereus— viven sobre las ramas de los árboles en bosques húmedos, con sombra, aire cargado de vapor y materia orgánica en descomposición alrededor de las raíces.
El caso doméstico más conocido es el cactus de Navidad, Schlumbergera truncata y sus híbridos, originario de las sierras costeras del sureste de Brasil, a 1.300 o 1.500 metros de altitud, en bosque atlántico nublado y fresco. Cuando alguien lo pone a pleno sol de agosto en Sevilla porque "es un cactus", lo que hace es cocerlo. Necesita justo lo contrario: sombra luminosa, sustrato con corteza y fibra, riegos regulares en crecimiento y un otoño fresco con noches largas para que induzca flor.
Otro tanto ocurre con la pitahaya, Selenicereus undatus, que es un cactus trepador de selva y no una planta de secano, por mucho que se venda como cultivo de zona árida.
Cómo llegaron los cactus a España
En Europa no hubo cactus hasta después de 1492. Los primeros en llegar fueron las chumberas, sobre todo Opuntia ficus-indica, traídas por su fruto y por su papel en la cría de la cochinilla del carmín, Dactylopius coccus, un insecto del que se obtenía el tinte rojo más valioso del mundo antes de los colorantes sintéticos. Canarias vivió de ese negocio durante buena parte del siglo XIX.
La chumbera se naturalizó tan bien en el litoral mediterráneo, en el sureste peninsular y en las islas que hoy forma parte del paisaje y, a la vez, figura como especie exótica invasora: desplaza vegetación autóctona en matorrales costeros y es difícil de erradicar porque cada pala caída enraíza. La ironía es que ahora está siendo diezmada por otra cochinilla emparentada, Dactylopius opuntiae, introducida accidentalmente, que ha arrasado chumberales enteros en Murcia, Andalucía y Levante en los últimos años.
El resto de los cactus llegaron como plantas de colección, primero en los invernaderos botánicos de los siglos XVIII y XIX y después, ya en el XX, como planta de interior barata. Ninguno es autóctono, y merece la pena recordarlo cuando se plantea plantar cactus en un jardín seco: son xerófitas eficaces, pero no forman parte de nuestra flora ni sustituyen ecológicamente a un romero o a un lentisco.
Por qué el origen cambia el cultivo
Esta es la parte práctica, y donde más colecciones se pierden. Decir "es un cactus" no dice nada sobre sus cuidados; hay que saber de qué rincón de América viene.
Cactus mexicanos de desierto cálido (Ferocactus, Echinocactus, Astrophytum, muchas Mammillaria): toleran bien el verano peninsular, incluso el interior, con pleno sol y riegos espaciados de abril a septiembre. Invierno seco y a resguardo de heladas fuertes.
Cactus andinos de altura (Rebutia, Sulcorebutia, Lobivia, Oroya): aguantan frío seco sorprendentemente bien, pero sufren con noches tropicales de 25 ºC y aire quieto. En julio y agosto agradecen media sombra en el sur y, sobre todo, ventilación. El error típico aquí es interpretar su parón estival como falta de agua y regarlos más.
Cactus del Atacama (Copiapoa, Eriosyce): están adaptados a humedad atmosférica alta con suelo seco, una combinación difícil de reproducir. Sustrato casi todo mineral, macetas que se sequen deprisa y riegos muy contados. Son los primeros en pudrirse con un sustrato turboso.
Epífitos de bosque (Rhipsalis, Schlumbergera, Epiphyllum): sombra, sustrato aireado con componente orgánico, riego frecuente en crecimiento. Nada de pleno sol.
Una regla que funciona: antes de comprar un cactus, buscar su procedencia geográfica y su altitud. Con esos dos datos se deduce casi todo lo demás —cuándo riega la naturaleza, cuánto frío pasa, cuánta radiación recibe— y se acierta mucho más que siguiendo la etiqueta genérica del vivero.
Dos confusiones que conviene deshacer
Cactus no es sinónimo de suculenta. Suculenta es cualquier planta que almacena agua en tejidos carnosos, y eso incluye familias sin ningún parentesco: crasuláceas (Sedum, Echeveria, Crassula), aizoáceas, asfodeláceas (Aloe, Haworthia), apocináceas (Stapelia) y euforbiáceas. Todos los cactus son suculentos; casi ninguna suculenta es un cactus.
La euforbia no es un cactus. Euphorbia canariensis, el cardón de Canarias, y las euforbias columnares africanas parecen cactus columnares porque el mismo problema —sequía, sol, herbívoros— produjo soluciones parecidas en linajes independientes. La distinción es inmediata y sin margen de error: la euforbia suelta látex blanco irritante al cortarla y carece de areolas; el cactus tiene savia acuosa y areolas lanosas. Si hay leche, no es cactus.
En resumen
Las cactáceas son una familia exclusivamente americana, con Rhipsalis baccifera como única excepción natural y probablemente por dispersión reciente mediante aves. Surgieron en Sudamérica hace unos 30-35 millones de años a partir de arbustos con hojas emparentados con las verdolagas, y se diversificaron de forma explosiva hace 10-5 millones de años, cuando el levantamiento de los Andes secó buena parte del continente. Su innovación decisiva fue la areola, acompañada del traslado de la fotosíntesis al tallo suculento y del metabolismo CAM nocturno.
Hoy sus focos de diversidad son México, los Andes centrales y el este de Brasil, con ambientes tan distintos como el Atacama sin lluvia y la selva atlántica húmeda donde viven los epífitos. En España no hay cactus nativos: llegaron tras el descubrimiento, empezando por la chumbera, que se naturalizó hasta volverse invasora. Y en el cultivo, la conclusión práctica es sencilla: la etiqueta "cactus" no sirve de guía. Lo que sirve es saber de qué punto de América procede cada planta.