Entre cortar el patrón y apoyar encima el vástago no debería pasar más de medio minuto. En ese detalle —que suena a manía— se juega buena parte del resultado, porque la savia de un cactus recién seccionado empieza a secarse de inmediato y forma una película que impide la soldadura. Quien prepara el injerto con calma, va a buscar las gomas y vuelve tres minutos después, suele preguntarse luego por qué no ha pegado.

Este artículo entra en la ejecución: cómo se elige el patrón, cómo se corta, qué tipos de injerto hay, cómo se sujeta y qué hacer las semanas siguientes, que es donde se pierden la mitad de los injertos que sí habían soldado bien.

Por qué se injerta un cactus

Hay cuatro motivos, y conviene tenerlos claros porque determinan el tipo de injerto que interesa.

Acelerar plántulas lentas. Un Ariocarpus o un Aztekium de semilla necesita años para alcanzar un tamaño manejable. Injertado a los pocos meses sobre un patrón vigoroso, ese mismo plantón puede multiplicar su tamaño en una sola temporada.

Mantener plantas que no pueden vivir por sí solas. Las formas sin clorofila —los Gymnocalycium mihanovichii var. friedrichii rojos, naranjas y amarillos que se venden en cualquier centro de jardinería— carecen de la capacidad de fotosintetizar y solo sobreviven sobre un patrón que las alimente. Lo mismo vale para muchas formas crestadas y monstruosas de raíz débil.

Salvar un ejemplar podrido. Si la pudrición sube desde el cuello, se corta por encima buscando tejido totalmente limpio, sin manchas ni vetas pardas, y se injerta la parte sana. Es un rescate de urgencia y a menudo la única salida.

Producir hijuelos y flor antes. Un cactus injertado suele ramificar más y florecer uno o dos años antes que el mismo clon a raíz franca, lo que interesa cuando se busca material para multiplicar o polen para hibridar.

Cactus injertado sobre patrón, con la unión ya cicatrizada

El patrón manda

El portainjertos aporta raíces, vigor y, sin que muchos lo tengan en cuenta, sus propias exigencias de clima. Un injerto que va perfecto en septiembre puede morir en enero por culpa del patrón, no del vástago.

Hylocereus undatus —el cactus de la pitahaya— es el patrón más utilizado en producción comercial: crece rápido, empuja muchísimo y se corta con facilidad. Su problema es que es friolero: por debajo de 8-10 °C sufre y se mancha, y su vida útil como patrón es corta, de tres a cinco años, tras los cuales se estrangula y el injerto se desploma. En la Península solo se comporta bien en invernadero o en interior cálido; en un alféizar de Burgos no pasa el invierno.

Myrtillocactus geometrizans es más lento pero mucho más duradero y bastante más resistente al frío, y da uniones sólidas y de larga vida. Echinopsis y los antiguos Trichocereus (Echinopsis pachanoi, Echinopsis spachiana) son el compromiso más razonable para cultivo en España: aguantan sin daño heladas ligeras, se consiguen en cualquier parte y sueldan bien. Harrisia jusbertii tiene mucha fama entre coleccionistas por su compatibilidad amplia y su longevidad. Selenicereus y Cereus peruvianus también sirven; este último es fácil de encontrar y muy vigoroso, aunque tiende a engrosar y a deformar la unión con los años.

Para plántulas de pocos milímetros el patrón es otro: Pereskiopsis spathulata, un cactus atípico con hojas verdaderas, tallo fino y crecimiento vertiginoso. Sobre él se injertan semillas germinadas de semanas, y en unos meses el plantón alcanza un tamaño que a raíz franca habría tardado años.

Una condición innegociable: el patrón debe estar en crecimiento activo, bien hidratado y regado un par de días antes. Un patrón deshidratado o parado no tiene savia circulando y no suelda.

Cuándo injertar

De mayo a septiembre en la mayor parte de España, con temperaturas estables entre 20 y 30 °C, que es cuando el tejido cicatriza en días. Por debajo de 15 °C la soldadura se ralentiza tanto que da tiempo a que se instale la pudrición. En zonas de litoral mediterráneo la ventana se estira hasta primeros de octubre; en el interior peninsular conviene no pasar de mediados de septiembre para que la unión esté firme antes del primer fresco.

Un injerto hecho en pleno agosto con 38 °C tampoco es buena idea: el corte se deseca demasiado deprisa. Las primeras horas de la mañana son el mejor momento.

El anillo vascular, que es de lo que va todo esto

Al cortar transversalmente un cactus se ve, en el corte, un círculo o un arco de puntos ligeramente distintos del resto del tejido: son los haces vasculares, el xilema y el floema que transportan agua y savia elaborada. La soldadura ocurre solo donde esos haces del patrón coinciden con los del vástago. El resto de la superficie de contacto no aporta nada salvo sujeción.

De ahí se deducen dos cosas prácticas. Primera: los diámetros no tienen por qué coincidir, pero los anillos sí deben cruzarse en algún punto. Si el vástago es mucho más pequeño que el patrón, se coloca descentrado, de manera que su anillo pise el del patrón, en lugar de dejarlo bonito en el centro y sin contacto vascular. Es el error más frecuente y el más fácil de evitar.

Segunda: cuanto más superpuestos estén ambos anillos, mejor y más rápida será la unión. Con anillos de tamaño parecido, un injerto puede estar soldado en cinco o seis días.

Injerto plano u horizontal

Es el tipo estándar, el que sirve para cactus globosos sobre patrón columnar, y el que hay que dominar primero.

Se prepara todo antes de tocar la planta: cuchilla nueva o bisturí, alcohol de 96° para desinfectar, gomas o pesas listas, y la mesa despejada. El material se limpia entre corte y corte, porque los virus de los cactus se transmiten precisamente por la hoja.

Se decapita el patrón a la altura elegida —normalmente entre cinco y quince centímetros de suelo, dejando bastante cuerpo bajo el corte— con un tajo horizontal y limpio, de una sola pasada. Después se biselan los cantos del patrón, rebajando el borde exterior en chaflán todo alrededor. Este paso se salta mucha gente y luego paga las consecuencias: al secarse, el tejido del borde se contrae y, si no está biselado, hace de anillo rígido que levanta y expulsa el vástago durante los primeros días.

Sin perder tiempo, se corta el vástago por su base, también en plano y buscando la altura donde su anillo vascular sea más ancho. Se descartan las primeras rodajas si el corte no queda limpio. Y se apoya inmediatamente sobre el patrón, girándolo un poco al posarlo para expulsar las burbujas de aire, que son otra causa habitual de fallo, y ajustando la posición hasta que los anillos se crucen.

Si por lo que sea ha pasado demasiado tiempo y la superficie ya se ve mate y seca, se refresca cortando una rodaja fina de un milímetro a cada parte y se vuelve a intentar.

La presión: firme, no brutal

El contacto debe mantenerse constante mientras suelda, pero un cactus es tejido blando y se corta o se estrangula con facilidad. Lo habitual es cruzar dos gomas elásticas por encima del vástago y por debajo de la maceta, formando una equis, con tensión suave: si el vástago se hunde o el patrón se marca, sobra tensión. Sobre las espinas conviene interponer un trocito de papel o de gomaespuma para que la goma no las arranque.

En vástagos muy pequeños o de espinación delicada, un peso ligero apoyado encima —una tuerca, una moneda, una bolsita de arena— basta y es más suave. Para injertos sobre Pereskiopsis, con plántulas de dos o tres milímetros, no hace falta ninguna sujeción: la tensión superficial del propio jugo mantiene la plántula en su sitio; como mucho se protege el conjunto con una campana o una bolsa transparente para evitar que se deseque, y se ventila a diario.

La presión se retira a los siete o diez días en verano, algo más si la temperatura es más baja. Antes de quitarla, comprobar con cuidado: si el vástago está firme y no se mueve, ha soldado.

Injerto de cuña y injerto lateral

El injerto de cuña o de hendidura es el que se usa para vástagos de tallo aplanado o segmentado: Schlumbergera, Rhipsalidopsis, Epiphyllum, Disocactus. Se hace una incisión vertical en el ápice del patrón —típicamente un Pereskia, un Selenicereus o un Hylocereus—, se afila el segmento del vástago en forma de cuña por sus dos caras hasta dejar el tejido vascular expuesto, y se introduce en la hendidura. Se sujeta atravesando la unión con una o dos espinas largas de cactus, con un alfiler entomológico o con una púa de madera fina, y se protege con cinta durante un par de semanas. Es el sistema con el que se fabrican esos cactus de Navidad de porte llorón sobre tronco.

El injerto lateral o de bisel se hace cortando en oblicuo tanto el patrón como el vástago y casándolos por la superficie inclinada. Sirve cuando no se quiere decapitar el patrón, cuando los diámetros son muy dispares o para injertar hijuelos pequeños en el lateral de una columna. Requiere más pulso, porque la superficie de contacto tiene que ser plana y coincidente.

Detalle de la unión entre patrón y vástago en un cactus injertado

Los días siguientes

La fase crítica no es la operación, es la semana posterior.

Nada de agua sobre la unión. Ni riego por aspersión, ni pulverizaciones, ni dejar la planta a la intemperie con previsión de tormenta. Una gota que entre entre las dos superficies introduce bacterias y arruina el injerto en 48 horas. El sustrato se mantiene apenas húmedo, regando muy poco por el borde de la maceta, y no se riega en absoluto los tres o cuatro primeros días.

Sombra clara y calor. Nada de sol directo hasta que la unión esté hecha; después, aclimatación progresiva a lo largo de dos o tres semanas. El vástago no tiene todavía suministro de agua garantizado y se quema con una facilidad pasmosa.

Ambiente seco y ventilado. Salvo en los injertos sobre Pereskiopsis, que sí piden humedad ambiente alta para que la plántula no se deshidrate, el resto agradece aire seco: la humedad estancada favorece los hongos justo en la herida.

Desbrotar el patrón. Un cactus decapitado reacciona emitiendo hijuelos por las areolas de debajo del corte. Si se dejan, se llevan el vigor y el injerto se estanca. Hay que ir retirándolos en cuanto asoman, apretando con el dedo o con unas pinzas. Es tarea recurrente durante toda la vida de la planta injertada.

Señales de que ha fallado: el vástago se arruga y pierde turgencia, cambia a un tono amarillento o pardo, o se separa al menor roce. En ese caso conviene retirarlo, refrescar ambos cortes y repetir cuanto antes, mientras la temporada lo permita.

Vivir con un cactus injertado

Una planta injertada crece a otro ritmo, y eso tiene consecuencias que no siempre se explican al venderla.

El vigor extra suele producir un cuerpo más grande, más blando y de espinación más débil que el del mismo clon a raíz franca. Un Astrophytum injertado engorda deprisa pero pierde parte del aspecto compacto que se le busca. Muchos coleccionistas injertan solo los primeros años y luego desinjertan: cortan el vástago por encima de la unión cuando ya es grande, dejan callar el corte una o dos semanas y lo ponen a enraizar sobre sustrato mineral seco, como un esqueje cualquiera. Se pierde velocidad, se gana forma y se elimina la dependencia del patrón.

El riego también cambia. El patrón manda: un Hylocereus pide más agua y más calor que el Ariocarpus que lleva encima, así que el régimen de riego se ajusta al portainjertos, no al vástago. Y el invierno se decide por el eslabón más sensible: con patrón de Hylocereus, no bajar de 10 °C.

Sobre esos cactus de colores del supermercado hay que decir dos cosas. La primera, que no son plantas enfermas ni teñidas: son mutantes sin clorofila, reales, injertados desde plántula. La segunda, que su duración es limitada por diseño; cuando el patrón se agota, la cabeza roja no puede pasar a raíz propia porque no fotosintetiza, y la única continuidad posible es reinjertarla sobre un patrón nuevo.

En resumen

Un injerto de cactus sale bien cuando se cumplen cinco condiciones: patrón adecuado al clima y en pleno crecimiento, temperatura de 20 a 30 °C, cortes limpios con cuchilla desinfectada y unidos en segundos, anillos vasculares cruzados aunque el vástago quede descentrado, y presión suave durante una semana. Después, sombra, ambiente seco, cero agua sobre la unión y desbrotado constante del patrón. Los dos fallos que más injertos arruinan son dejar que el corte se seque antes de juntar las piezas y centrar el vástago por estética sin que los haces coincidan. Corregidos esos dos, el injerto deja de ser una técnica de expertos y se convierte en algo que se hace en una tarde de junio con un cutter y dos gomas.


Contenidos relacionados