«Suculenta» no es un grupo botánico. Es una manera de vivir. No existe una familia de las suculentas ni un parentesco común entre ellas: hay más de sesenta familias de plantas que, cada una por su cuenta y en continentes distintos, han llegado a la misma solución para sobrevivir a la sequía, que es almacenar agua en sus propios tejidos. Entender eso cambia por completo la forma de cuidarlas, porque explica por qué dos plantas que parecen primas hermanas en el vivero necesitan cosas opuestas.

Surtido de plantas suculentas de distintas familias

Un mismo invento repetido muchas veces

La suculencia es un caso de libro de evolución convergente. Las cactáceas la desarrollaron en América; las crasuláceas (Sedum, Echeveria, Crassula, Aeonium, Sempervivum), en buena parte en el Viejo Mundo; las aizoáceas (Lithops, Delosperma, Conophytum), en Sudáfrica; las asfodeláceas (Aloe, Haworthia, Gasteria), también en África; las apocináceas (Adenium, Stapelia, Ceropegia, Hoya) y las euforbiáceas, por su lado; y las asparagáceas dieron los agaves y las sansevierias. Ninguna copió a la otra.

Según dónde guarden el agua se distinguen tres tipos, y la distinción es práctica, no académica:

De hoja: la reserva está en las hojas carnosas. Echeveria, Sedum, Aloe, Haworthia, Crassula. Se marchitan de forma visible cuando les falta agua, arrugándose desde las hojas de abajo, y eso las hace fáciles de leer.

De tallo: el agua está en el cuerpo verde y las hojas han desaparecido o se han convertido en espinas. Casi todos los cactus, muchas euforbias. Avisan tarde: cuando las costillas se hunden, llevan tiempo secas.

De raíz o caudiciformes: acumulan en una base engrosada, el caudex, que a veces está semienterrado. Adenium obesum, Pachypodium, Dioscorea elephantipes. Son las que más fácilmente se pudren si se riegan con el criterio de una planta de hoja.

Cactus, euforbias y áloes: no son lo mismo

Aquí hay un par de confusiones que cuestan plantas y algún susto. Todos los cactus son suculentos, pero la mayor parte de las suculentas no son cactus. Lo que define a un cactus no son las espinas: es la areola, una yema modificada con aspecto de cojincillo afieltrado de la que salen espinas, flores y brotes. Sin areolas no hay cactáceas.

Muchas euforbias suculentas africanas, como Euphorbia trigona o Euphorbia ingens, imitan a los cactus columnares hasta el punto de venderse como tales. Se distinguen por dos cosas: sus espinas nacen en pares directamente del tallo, sin areola, y al hacer un corte sueltan un látex blanco que los cactus no tienen. Ese látex es corrosivo, irrita la piel y es especialmente peligroso en los ojos: si se poda una euforbia hay que hacerlo con guantes y sin llevarse después las manos a la cara.

Áloe y agave también se confunden. La hoja de un áloe se corta con facilidad y está llena de gel; la de un agave es fibrosa, dura y no tiene gel. Además el áloe florece cada año y sigue vivo, mientras que un agave florece una vez y muere.

El metabolismo CAM explica casi todo lo demás

Buena parte de las suculentas usan una vía fotosintética llamada CAM (metabolismo ácido de las crasuláceas). En lugar de abrir los estomas de día como una planta corriente, los abren de noche, cuando el aire está fresco y húmedo, capturan el CO₂ y lo almacenan en forma de ácido málico en las vacuolas. De día mantienen los estomas cerrados y liberan ese carbono internamente para fotosintetizar. Por eso una hoja de Crassula sabe ácida de madrugada y no al atardecer.

La consecuencia es una eficiencia en el uso del agua varias veces mayor que la de una planta normal, pero con un precio: crecen despacio, siempre. Y una segunda consecuencia que rara vez se tiene en cuenta: en una noche cálida y seca de julio, con el sustrato completamente seco, la planta cierra estomas también de noche y entra en un modo de espera en el que ni crece ni gasta. Regarla en ese estado no la despierta; solo moja una raíz que no está trabajando.

El sustrato es donde se pierden más plantas

El «sustrato para cactus y crasas» de saco barato suele ser turba con un poco de arena, y la turba es exactamente lo que no interesa: retiene mucha agua, y cuando por fin se seca del todo se vuelve hidrófoba y el agua le resbala por los lados de la maceta.

Una mezcla que funciona lleva entre un 50 y un 70 % de componente mineral. Sirven la pómice, la picón o gravilla volcánica, la akadama, la arlita machacada, la perlita gruesa o la arena silícea de granulometría de 2 a 5 mm. El resto puede ser fibra de coco o turba, más como soporte que como despensa.

Dos precisiones que importan: la arena de playa no vale (sales, y grano demasiado fino), y la arena fina de construcción tampoco, porque mezclada con turba forma una pasta que se compacta como el cemento. Y la capa de bolas de arcilla en el fondo de la maceta no drena: por el efecto de la interfaz entre dos materiales de distinta porosidad, lo que hace es elevar la zona saturada dentro del cepellón. Es peor que no ponerla. Lo que drena es el agujero del fondo y la mezcla en su conjunto.

Sobre la maceta: el barro sin esmaltar seca antes que el plástico y perdona errores de riego, a costa de exigir más riegos en verano. Sin agujero de drenaje no hay suculenta que viva, por bonito que sea el recipiente.

Riego: empapar y secar

El sistema correcto se llama soak and dry: cuando toca regar, se empapa hasta que sale agua por el fondo, y después no se vuelve a regar hasta que el sustrato está seco por completo, del todo, incluida la parte de abajo. Con un mineral suelto, en pleno verano peninsular y a pleno sol, eso puede ser cada siete o diez días; en invierno, en una casa fría, cada seis semanas o ninguna vez.

Lo que no funciona es el pulverizador. Rociar las hojas no lleva agua a la raíz, mantiene el cuello húmedo y favorece hongos y podredumbres. Tampoco los «chorritos» frecuentes: mojan los tres centímetros superiores, la raíz profunda nunca bebe y el sustrato jamás llega a secar. Y el plato con agua permanente debajo mata más suculentas que el olvido.

Para saber cuándo toca, mejor que un calendario: el peso de la maceta, un palillo de madera hasta el fondo, o simplemente mirar las hojas inferiores. Una Echeveria con las hojas de abajo ligeramente flácidas está pidiendo agua y aún va sobrada de margen. Una que las tiene blandas, translúcidas y amarillentas desde la base del tallo no tiene sed: se está pudriendo, y regarla más la remata.

El riego por inmersión funciona, pero si se usa siempre acumula sales, sobre todo con las aguas duras de gran parte de España. Conviene alternarlo con un riego desde arriba abundante que lave el cepellón.

Luz: el problema real en interior

Se venden como plantas de interior y muy pocas lo son de verdad. Proceden casi siempre de lugares con radiación altísima, y dentro de una casa reciben una fracción de esa luz. El resultado es la etiolación: el tallo se estira, las hojas se separan y se vuelven más pequeñas y pálidas, y la roseta compacta se transforma en una torre desgarbada. Ese estiramiento no se corrige; solo se puede decapitar la planta, enraizar la punta y volver a empezar con más luz.

Con luz suficiente pasa lo contrario y es señal de buena salud: muchas Echeveria, Sedum, Crassula o Aloe desarrollan tonos rojizos, morados o anaranjados como protección frente a la radiación. Una crasa completamente verde y estirada está peor que una enrojecida.

El error inverso también existe. Sacar en junio a pleno sol una planta que ha pasado el invierno junto a una ventana produce quemaduras irreversibles, manchas blanquecinas o pardas que ya no desaparecen. La aclimatación se hace en primavera, en dos o tres semanas, empezando por sombra luminosa y sol de mañana. Y las especies con pruina, esa capa cerosa blanquecina de muchas Echeveria, no deben manosearse: la cera es su protector solar y no se regenera.

Los calendarios de crecimiento no coinciden

Este es probablemente el punto que más plantas salva. No todas las suculentas crecen en la misma estación, y regar a una planta que está en reposo es la vía más rápida a la podredumbre.

Las de crecimiento estival —el grueso de los cactus, Echeveria, Crassula ovata, Euphorbia, Adenium— trabajan de primavera a otoño y descansan en invierno: entonces se reduce el riego drásticamente o se suprime.

Las de crecimiento invernal son la trampa. Los Aeonium, canarios, crecen en otoño e invierno y en pleno verano cierran las rosetas en forma de puño, sueltan hojas y parecen enfermos. No lo están: están estivando. Regarlos con generosidad en agosto para «recuperarlos» es lo que acaba con ellos. Lo mismo vale para muchos Senecio y para las aizoáceas suculentas.

Los Lithops tienen un calendario propio y estricto: durante el invierno están renovando el par de hojas a costa de las viejas, que se van consumiendo, y en ese periodo no se riegan en absoluto. Un riego en pleno cambio de hojas provoca que la planta reviente literalmente.

Plantas crasas cultivadas en maceta

Frío: qué aguanta cada una en España

La regla que resume todo: lo que mata no es el frío, es el frío con humedad. Una suculenta seca a 0 °C sobrevive; la misma planta encharcada a 5 °C se pudre. En el interior peninsular, un tejadillo que impida la lluvia invernal vale más que cualquier manta térmica.

Con ese matiz, y siempre en sustrato seco: Sempervivum, Sedum rústicos y Delosperma aguantan por debajo de -15 °C y son perfectos para rocallas en Castilla o Aragón. Los Aeonium resisten heladas ligeras de uno o dos grados bajo cero, pero no más. Las Echeveria toleran roces con el cero según especie y conviene protegerlas. Kalanchoe, Adenium y Euphorbia tropicales quieren no bajar de 8 o 10 °C y en la mitad norte deben entrar en casa.

Multiplicación: lo que funciona y lo que no

El truco de la hoja suelta que echa raíces circula como si valiera para todo, y no es así. Funciona en crasuláceas de hoja carnosa y base limpia: Echeveria, Sedum, Graptopetalum, Pachyphytum, Kalanchoe. La hoja se desprende girándola con cuidado para llevarse la yema de la base —si se rompe, no brotará nunca—, se deja secar unos días sobre sustrato seco y se espera sin regar hasta que aparezcan raicillas.

No funciona con Aeonium, Aloe, Haworthia, Gasteria ni agaves: sus hojas pueden llegar a enraizar, pero no generan brote y acaban secándose. Esos géneros se multiplican por esqueje de tallo (los aeonios enraízan con facilidad cortando una roseta con cinco centímetros de tallo) o separando los hijuelos de la base. Los cactus, por esquejes de segmento o por semilla, que es lenta pero da plantas mucho mejor formadas.

En todos los casos, la regla común: dejar cicatrizar el corte antes de plantar, de tres días a dos semanas según el grosor, y no regar hasta que haya raíz.

Plagas y problemas frecuentes

La cochinilla algodonosa es la plaga número uno: motitas blancas algodonosas en las axilas de las hojas y en el envés. Se trata con alcohol isopropílico aplicado con un bastoncillo en focos pequeños, o con jabón potásico y aceite de neem en infestaciones mayores, repitiendo cada semana durante tres o cuatro semanas para pillar las generaciones sucesivas.

Peor es su variante de raíz, que no se ve: la planta se estanca sin motivo aparente y al desenmacetar aparecen polvillo blanco y grumos algodonosos entre las raíces. Hay que lavar la raíz, cortar lo dañado y replantar en sustrato nuevo y maceta desinfectada.

La araña roja ataca sobre todo a cactus en ambientes secos y cálidos, dejando un moteado plateado o herrumbroso permanente. Y la podredumbre basal por hongos del suelo empieza con un ennegrecimiento blando en el cuello: si se coge a tiempo, se corta por encima de la zona sana, se deja cicatrizar la parte superior y se reenraiza. Si la mancha ha subido por el interior del tallo, no hay rescate.

En resumen

Suculenta describe una estrategia, no un parentesco: son plantas de familias muy distintas que coincidieron en almacenar agua, y por eso comparten necesidades básicas pero no calendarios. Todos los cactus son suculentos y se reconocen por las areolas; las euforbias que los imitan sueltan látex irritante. Lo esencial es un sustrato con más de la mitad de mineral, riego de empapar y secar por completo sin pulverizadores ni platos con agua, mucha más luz de la que reciben en interior, y saber si la planta que tienes crece en verano o en invierno antes de decidir cuándo la riegas. En frío, seco por encima de todo: la humedad invernal mata mucho antes que el termómetro.


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