La pitahaya llegó a los lineales españoles como una curiosidad cara y fotogénica: una bola rosa fucsia con escamas verdes que se abre en una pulpa blanca salpicada de semillas negras. Lo que casi nadie sabía al comprarla es que ese fruto sale de un cactus trepador, que la flor que lo produce mide treinta centímetros y solo se abre una noche, y que desde hace unos años se cultiva en la costa de Granada, Málaga y Almería con resultados comerciales serios.
Es, de hecho, uno de los pocos cultivos tropicales que ha encajado bien en el litoral subtropical peninsular. Y para el aficionado, una planta agradecida siempre que se entienda una cosa: no es un cactus de desierto, sino una epífita de selva seca, y el riego tiene poco que ver con el de un Echinocactus.
Qué planta es
La pitahaya, o fruta del dragón, es el fruto de varias especies de cactus trepadores del grupo de los Hylocereus, hoy integrados taxonómicamente en el género Selenicereus. Las tres que interesan comercialmente son:
Pitahaya blanca, Selenicereus undatus (durante décadas Hylocereus undatus): piel rosa fuerte y pulpa blanca. Es la más extendida, la más rústica y la que se ve en la mayoría de supermercados. Sabor suave, poco azucarado.
Pitahaya roja, Selenicereus costaricensis y sus híbridos: piel rosa y pulpa de color magenta intenso por su contenido en betalaínas. Más dulce y más apreciada en el mercado actual.
Pitahaya amarilla, Selenicereus megalanthus: piel amarilla con espinas caducas, pulpa blanca. Es la más dulce de todas y la más valorada gastronómicamente, pero también la de manejo más delicado y ciclo más largo.
Todas son cactáceas de tallos triangulares, de tres costillas, articulados en segmentos de 30 a 60 cm, que emiten raíces adventicias por los laterales. En su hábitat original, entre México y Centroamérica en el caso de la blanca, trepan por troncos y rocas usando esas raíces como anclaje. No son parásitas: se apoyan en el árbol, no lo alimentan a su costa.
Las espinas son cortas, de uno a cuatro por areola, y en ejemplares bien nutridos casi insignificantes. Es de los pocos cactus que se pueden manipular sin guantes gruesos.
La flor: una noche y se acabó
La floración de la pitahaya es uno de los espectáculos más notables de la familia. El botón tarda unas tres semanas en desarrollarse y alcanza un tamaño enorme antes de abrir. La flor mide entre 25 y 30 cm de largo, tiene pétalos externos verdosos y amarillentos e internos blanco puro, y despide un perfume intenso.
Abre al anochecer, alcanza su máxima apertura hacia medianoche y se marchita con el sol de la mañana siguiente. Una sola noche. En origen la polinizan murciélagos nectarívoros y polillas esfíngidas; en España no hay polinizadores equivalentes, lo que tiene una consecuencia directa en el cultivo.
La polinización manual es prácticamente obligatoria en muchas variedades. Varias selecciones de pulpa roja son autoincompatibles o de fertilidad muy baja consigo mismas, y necesitan polen de otro clon distinto. La operación consiste en recoger polen de las anteras de una flor con un pincel al caer la tarde y depositarlo sobre el estigma de otra la misma noche, o guardar el polen en frío para usarlo en las noches siguientes. El aumento de cuajado y de calibre respecto a la polinización libre es muy considerable.
La pitahaya blanca S. undatus es en general autofértil y da fruto sin ayuda, aunque también responde bien a la polinización cruzada con mayor tamaño de fruto.
Desde la flor hasta la recolección pasan entre 30 y 50 días, un plazo cortísimo comparado con casi cualquier frutal. En el litoral andaluz la campaña se concentra entre julio y noviembre, con dos, tres o incluso más floraciones escalonadas por temporada.
Dónde se puede cultivar en España
El factor limitante es el frío. La pitahaya sufre daños serios por debajo de 0 ºC y muere con heladas de -2 ºC mantenidas. Su rango óptimo está entre 20 y 30 ºC, y por encima de 38-40 ºC deja de crecer y puede quemarse.
Eso deja un mapa bastante claro. En la costa tropical de Granada y Málaga, en el litoral de Almería, en zonas resguardadas de la costa de Alicante y Murcia, y en Canarias, se puede cultivar al aire libre sin protección. En el resto del Levante y en Baleares es viable en microclimas favorables y con protección puntual en las noches más frías. Tierra adentro y en el norte, solo en invernadero o en maceta grande con invernada resguardada.
Hay un segundo factor que sorprende a mucha gente: la pitahaya no quiere sol pleno todo el día. Bajo el sol de julio en Almería, los tallos amarillean y se queman con facilidad. En cultivo comercial se usa malla de sombreo del 30-50 %, y en jardín particular conviene una ubicación con sol de mañana y sombra en las horas centrales, o la sombra parcial de un árbol. Es el error de partida más común: tratarla como un cactus de desierto.
Soporte y plantación
Al ser una trepadora sin capacidad de sostenerse, necesita una estructura. El sistema estándar en cultivo comercial es un poste vertical de hormigón o madera de 1,6-1,8 m coronado por un aro o una cruceta desde la que los tallos cuelgan. Los brotes se guían atados hasta arriba y, una vez pasado el soporte, se dejan caer.
Esto no es estética: la pitahaya florece sobre tallos maduros en posición colgante o horizontal. Un tallo creciendo verticalmente hacia arriba tiende a seguir creciendo en vez de florecer. En jardín doméstico funciona igual una pérgola, un muro con alambres o incluso un árbol viejo como tutor vivo.
La plantación se hace de esqueje, casi nunca de semilla. Se toman segmentos de 30 a 50 cm de un tallo maduro, se dejan cicatrizar en sombra durante una o dos semanas hasta que el corte esté completamente seco, y se plantan enterrando unos 5-10 cm en sustrato drenante. Enraízan en tres o cuatro semanas con calor. Un esqueje bien manejado empieza a producir fruto al segundo o tercer año, mientras que de semilla harían falta cinco o seis y el resultado sería genéticamente impredecible.
En maceta se puede cultivar perfectamente, con recipientes de al menos 40-50 litros para plantas productivas, sustrato con un 40-50 % de material drenante y el resto materia orgánica, y una caña o enrejado como soporte.
Riego y abonado
Aquí es donde la pitahaya se aparta del manual del cactus. Es una planta de raíces superficiales que necesita humedad regular durante toda la temporada de crecimiento y fructificación. Un cultivo comercial en Andalucía se riega por goteo con frecuencia alta y volúmenes moderados, manteniendo el bulbo húmedo pero nunca saturado.
En jardín, de abril a octubre eso significa riegos frecuentes, cada dos o tres días en pleno verano en suelo bien drenado, con la precaución de no encharcar. La sequía prolongada durante la floración provoca aborto de botones florales y frutos pequeños; el encharcamiento provoca podredumbre de raíz y de la base del tallo con la misma rapidez que en cualquier otro cactus.
En invierno, con la planta parada por temperatura, el riego se reduce mucho: lo justo para que el sustrato no se seque por completo, una o dos veces al mes según la zona.
En cuanto al abonado, la pitahaya es exigente comparada con otros cactus. Durante el crecimiento vegetativo agradece un equilibrado con nitrógeno; al entrar en floración conviene virar hacia formulaciones ricas en potasio y fósforo, que mejoran cuajado, calibre y contenido en azúcares. La materia orgánica en el suelo, en forma de estiércol bien compostado aportado en invierno, es un aporte muy valorado en las fincas del sur.
El pH del suelo debe estar entre 5,5 y 7. Los suelos calizos con pH por encima de 8, frecuentes en Almería y Murcia, provocan clorosis férrica que hay que corregir con quelatos de hierro.
Poda
Sin poda, una pitahaya se convierte en una maraña de tallos donde no entra la luz y la producción se hunde. Los criterios son sencillos: eliminar los tallos que crecen hacia el interior de la mata, retirar los que se hayan dañado o hayan producido durante varias campañas, y limitar el número de brotes colgantes por planta para que cada uno reciba luz.
La poda de formación se hace guiando un único tallo hasta el soporte y suprimiendo los brotes laterales que salgan por el camino, para que la planta invierta en llegar arriba. Una vez arriba, se dejan desarrollar de tres a seis brazos principales.
El momento de podar es después de la cosecha, en otoño, o a principios de primavera antes de la brotación. Los restos de poda de más de 30 cm son esquejes válidos.
Plagas y enfermedades
El problema fitosanitario dominante son las manchas foliares y podredumbres causadas por hongos del complejo Colletotrichum (antracnosis) y por Bipolaris, que producen lesiones circulares hundidas en tallos y frutos. Se ven favorecidas por humedad ambiental alta, riego por aspersión y falta de ventilación en el interior de la mata. La poda de aclareo, el riego localizado y los tratamientos preventivos con cobre en otoño son la base del control.
Las bacteriosis producen podredumbres blandas y malolientes que licúan el tallo. La única respuesta eficaz es cortar por debajo de la zona afectada, retirar el material y desinfectar la herramienta.
Entre las plagas, cochinilla algodonosa y caracoles son las más habituales en el litoral. Los pájaros pueden picotear los frutos maduros.
Recolección y consumo
El fruto se cosecha cuando la piel ha virado completamente al color de la variedad y las brácteas empiezan a arrugarse en la punta, entre 30 y 45 días tras la floración según variedad y temperatura. La pitahaya no madura significativamente después de cortada: es un fruto no climatérico, así que cogerla verde para que madure en casa no funciona, solo se ablanda sin ganar azúcar. Esa es, dicho sea de paso, la razón de que la pitahaya de importación que se vende en España resulte tantas veces insípida.
Se come cruda, partida por la mitad y tomada con cuchara, o pelada y troceada. La piel no es comestible. Aporta unas 50 kcal por cada 100 gramos, es rica en agua, tiene un contenido moderado de fibra y vitamina C, y las variedades de pulpa roja contienen betalaínas con actividad antioxidante. Las semillas negras son perfectamente comestibles y aportan ácidos grasos.
En fresco aguanta bien una o dos semanas en refrigeración a 7-10 ºC. Por debajo de 5 ºC sufre daño por frío y la piel se mancha.
En resumen
La pitahaya procede de cactus trepadores del género Selenicereus, antes Hylocereus, con flores nocturnas gigantes que duran una sola noche y frutos que maduran en poco más de un mes. En España se cultiva con éxito en la costa tropical de Granada y Málaga, el litoral almeriense, zonas resguardadas del Levante y Canarias, siempre que no haya heladas. Necesita soporte vertical, sombreo parcial en verano, riego regular sin encharcamiento y abonado con giro hacia el potasio en floración. Muchas variedades de pulpa roja son autoincompatibles y exigen polinización manual nocturna para dar cosecha. Se propaga por esquejes de 30-50 cm previamente cicatrizados, que producen al segundo o tercer año. Y como es un fruto no climatérico, se recolecta solo cuando ha alcanzado color pleno: cortado verde ya no gana dulzor.