El tallo floral de una pita puede alargarse diez centímetros en un solo día. Quien tiene una en el jardín lo nota de una semana para otra: del centro de la roseta asoma algo que parece un espárrago gigantesco y que en dos meses supera la altura de la casa. Es un espectáculo, y también una sentencia, porque esa floración es lo último que hace la planta.

La pita, pitera o agave es Agave americana, originaria del noreste de México y naturalizada en todo el litoral mediterráneo español desde hace siglos. Forma rosetas de hojas gruesas, de color verde azulado o glauco, que en un ejemplar adulto miden entre uno y dos metros de largo y dan a la planta tres o cuatro metros de diámetro. No es un cactus, aunque comparta con ellos el jardín y la fama: pertenece a las asparagáceas, la misma familia que el espárrago y la Sansevieria.

Roseta de pita, Agave americana, con sus hojas glaucas y dentadas

Qué tiene de especial esa floración

La pita es una planta monocárpica: florece una sola vez en su vida y muere después. No es un accidente ni un agotamiento imprevisto, es su programa. Durante años acumula almidones y azúcares en la base de las hojas, y cuando llega el momento moviliza esa reserva entera para levantar el escapo floral, que en Agave americana alcanza con frecuencia entre seis y nueve metros.

El escapo emerge normalmente en primavera y se ramifica en la parte alta en brazos horizontales, formando una panícula que recuerda a un candelabro. Las flores son tubulares, de color amarillo verdoso, muy nectaríferas, y abren en verano atrayendo a abejas y avispas en cantidades notables. En su área de origen las polinizan murciélagos nectarívoros; aquí, sin ellos, la semilla cuaja mal, pero la planta tiene un plan B: produce en la propia panícula centenares de bulbilos, plantitas completas en miniatura que caen al suelo y arraigan solas.

Terminada la floración, la roseta se va secando desde fuera hacia dentro a lo largo de varios meses. El esqueleto seco se mantiene en pie mucho tiempo; en los pueblos del sur y del Levante esos escapos secos se han usado siempre como varas, tutores y vigas ligeras.

El mito de los cien años

En inglés se la llama century plant y en castellano se repite que florece a los cien años o a los cuarenta. No es cierto. En el litoral mediterráneo español, con inviernos suaves y sol abundante, una pita plantada en suelo florece habitualmente entre los diez y los quince años. En zonas más frescas o en cultivo en maceta, donde crece con lentitud, puede tardar veinte o veinticinco. La cifra no depende del calendario, sino de la velocidad a la que la planta acumula reserva.

De ahí sale una consecuencia contraintuitiva: cuanto mejor la trates, antes se te muere. Riego generoso, suelo fértil y abonado adelantan la floración, porque adelantan el momento en que la planta alcanza la masa crítica. Si lo que quieres es tener la roseta muchos años, dale sequía y suelo pobre.

Otra creencia extendida es que cortando el escapo en cuanto asoma se salva la planta. No funciona. Cuando el tallo se hace visible, la movilización de reservas ya está en marcha y es irreversible; cortarlo evita la molestia de las semillas y las abejas, pero la roseta muere igual. Lo único que gana el jardín es tiempo para preparar el relevo.

El relevo: hijuelos y bulbilos

La pita muere, pero la mata no. Alrededor de la roseta madre brotan hijuelos a partir de rizomas subterráneos, a veces a uno o dos metros de distancia, y con la floración se disparan. Ese es el momento de decidir: separar uno o dos para continuar la planta y eliminar el resto, o quedarse sin sitio en tres años.

Para separarlos, lo mejor es finales de primavera o principios de verano. Se desentierran con un poco de raíz, se recortan las hojas dañadas y se dejan secar a la sombra de una a dos semanas, hasta que la herida forme callo. Plantados en seco y sin regar durante los primeros diez o quince días, enraízan sin problema. Los bulbilos de la panícula se recogen cuando se desprenden solos y se tratan igual, aunque tardan más en hacerse grandes.

Cómo se cultiva

Sol directo, todo el que haya. A media sombra la roseta se abre, las hojas se alargan y pierde la forma compacta. Tolera suelos pobres, pedregosos y calizos, y aguanta bien la salinidad y el viento marino, lo que la convierte en una planta de primera línea de costa.

Lo innegociable es el drenaje. Aguanta la sequía durante meses, pero un suelo que encharca en invierno le pudre el cuello. En terrenos arcillosos conviene plantarla en un caballón o montículo elevado unos treinta centímetros, mezclando grava gruesa o zahorra con la tierra de plantación.

Riego: el primer verano, un riego copioso cada dos o tres semanas para que enraíce. A partir del segundo año, en el litoral y en buena parte del interior peninsular, ninguno. Abonado: tampoco lo necesita, y ya se ha visto lo que hace.

En cuanto al frío, resiste bien hasta unos -8 °C si está seca. La combinación que la mata no es el frío solo, sino frío con suelo húmedo, típica del interior peninsular en enero. Las heladas dejan manchas pardas irreversibles en las hojas, que ya no se recuperan porque en un agave la hoja dura años.

Las variedades de jardín

Además de la especie tipo, se cultivan varias formas variegadas más contenidas de tamaño y más decorativas: Agave americana 'Marginata', con banda amarilla en el borde de la hoja; 'Mediopicta Alba', con una franja blanca central; y 'Variegata'. Todas son algo más delicadas al frío y crecen más despacio, lo que retrasa también su floración.

Conviene no confundirla con Agave attenuata, el agave sin espinas o cola de zorro, muy usado en jardinería mediterránea precisamente porque no pincha; ni con los áloes, que tienen hojas carnosas llenas de gel y no fibrosas, y que además florecen todos los años sin morirse.

Precauciones que hay que tomar en serio

Las hojas terminan en una espina apical dura de tres a cinco centímetros, capaz de atravesar ropa y llegar al hueso, y llevan dientes ganchudos en los bordes. Nunca se planta al borde de un camino, de una piscina o de una zona por donde corran niños: hay que dejar al menos tres metros libres. Si ya está plantada demasiado cerca, la solución habitual es despuntar la espina terminal de las hojas que dan al paso.

La savia es irritante. Contiene saponinas y rafidios de oxalato cálcico, y el contacto produce una dermatitis que muchas veces no aparece en el momento, sino varias horas después, con picor, enrojecimiento y a veces ampollas. Para podar o arrancar una pita: guantes, manga larga y gafas de protección, sin excepciones.

El picudo del agave

El problema sanitario serio de estas plantas en España es Scyphophorus acupunctatus, el picudo negro del agave, un curculiónido introducido que se ha extendido por Canarias y por buena parte del litoral mediterráneo. La hembra pone en la base de las hojas, las larvas excavan galerías en el corazón de la planta e introducen bacterias y hongos que licuan los tejidos.

Los síntomas: las hojas centrales se desprenden con un tirón suave, aparecen orificios y exudados oscuros en la base, y se percibe un olor agrio a fermentado. Cuando la roseta se desploma, ya no hay nada que hacer. La gestión razonable es vigilar, retirar y destruir de inmediato los ejemplares afectados sin dejar restos vegetales tirados en el jardín, y no trasplantar agaves de procedencia dudosa.

Retirar una pita muerta

Una roseta adulta muerta pesa mucho más de lo que parece y sigue pinchando aunque esté seca. Se trocea por hojas, empezando por fuera, con machete o sierra de podar, y se acaba desenterrando la base leñosa. El error clásico es dejar los rizomas: durante dos o tres años seguirán apareciendo hijuelos donde no se los quiere.

Un apunte que conviene tener presente antes de plantarla: Agave americana está considerada especie exótica invasora en el territorio español, con restricciones que varían según la comunidad autónoma y que afectan sobre todo a los archipiélagos. Antes de introducirla en un jardín nuevo, y desde luego antes de dejar que se escape a un entorno natural, merece la pena comprobar la normativa local.

En resumen

La pita florece una vez y muere, no a los cien años sino a los diez o quince en el litoral español, y muere antes cuanto mejor la cuidas. El escapo de hasta nueve metros no se puede detener cortándolo, pero la planta deja hijuelos y bulbilos con los que continuar. Necesita sol pleno, drenaje real y prácticamente ningún riego a partir del segundo año, aguanta hasta unos -8 °C en seco y no debe plantarse cerca de un paso por sus espinas y su savia irritante. Vigila el picudo del agave, y comprueba la normativa autonómica antes de plantarla, porque figura entre las especies exóticas invasoras.


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