Empecemos por lo que no es una flor: esa margarita rosa chillón pegada con silicona caliente en la coronilla del cactus del supermercado. Es una siempreviva seca (Xerochrysum bracteatum) teñida, y bajo ella hay una gota de pegamento que está quemando la epidermis del cactus. Se retira tirando con cuidado y se deja el punto de cola al aire para que se seque; lo que no se debe hacer es rascar ni escarbar, porque la herida abierta en tejido tierno es una invitación a la podredumbre. Dicho eso, hablemos de las flores de verdad, que son bastante más interesantes.
De dónde sale una flor de cactus
La areola es la estructura que define a la familia Cactaceae y funciona como una yema axilar modificada. De ella salen las espinas, los pelos, los brotes laterales y también las flores. Por eso una flor de cactus nunca aparece en un sitio cualquiera del tallo: sale exactamente de una areola, o de una estructura derivada de ella.
La familia ha ido complicando ese esquema. En Mammillaria la areola está partida en dos: la parte que lleva las espinas queda en la punta del tubérculo y la parte florífera se sitúa en la axila, entre tubérculos. De ahí que estos cactus florezcan formando una corona perfecta alrededor del ápice, y no en el centro. En Melocactus, la planta adulta deja de crecer en anchura y produce un cefalio, una especie de gorro de lana y cerdas del que brotan flores diminutas durante años. Espostoa y algunos cereus desarrollan un pseudocefalio lateral, una banda lanosa en el flanco del tallo por donde florecen.
La flor en sí es sésil, sin pedúnculo verdadero, con el ovario ínfero hundido dentro del tejido del propio tallo. No hay separación clara entre sépalos y pétalos: se llaman tépalos y forman una gradación continua desde las escamas exteriores hasta las piezas coloreadas del interior. Los estambres son numerosos, a menudo cientos, y en algunas especies (Opuntia, muchos Parodia) son sensibles al tacto y se cierran sobre el insecto que se posa, un mecanismo para embadurnarlo de polen.
Un mito que conviene enterrar
La idea de que un cactus florece una sola vez cada cien años y después muere es un cruce de cables con el agave. Los agaves no son cactus, son asparagáceas, y sí son monocárpicos: florecen una vez, gastan toda su reserva en el escapo y mueren. Los cactus son policárpicos: florecen todos los años una vez alcanzan la madurez, y muchos lo hacen dos y tres veces por temporada. Una Rebutia comprada este año puede estar floreciendo la primavera que viene.
El segundo mito, más moderno, viaja por las tiendas de internet: las semillas de «cactus de flor azul» o «arcoíris», con fotos de ejemplares turquesa y violeta eléctrico. No existen cactáceas con flores azules. El género no dispone de las delfinidinas necesarias; su pigmentación va por la vía de las betalaínas, que producen amarillos, naranjas, rojos y magentas, y ni un solo azul. Las fotos están retocadas y las semillas, cuando germinan, dan lo que dé la gana.
Las que abren de día y las que abren de noche
La hora de apertura no es un capricho: la marca el polinizador.
Las flores diurnas, polinizadas por abejas y otros himenópteros, suelen ser cortas, abiertas y de colores saturados. Es el caso de Rebutia, Mammillaria, Gymnocalycium, Parodia, Ferocactus, Opuntia y Echinocereus. Abren a media mañana con el calor y muchas se cierran al atardecer para volver a abrir al día siguiente.
Las nocturnas, polinizadas por esfíngidos o murciélagos, son grandes, blancas o crema, con un tubo floral largo y estrecho y un perfume intenso que solo se percibe de noche. Selenicereus grandiflorus, la reina de la noche, y Epiphyllum oxypetalum, la dama de noche, abren al anochecer y están marchitas al amanecer: una flor espectacular de doce centímetros que dura una sola noche. Hylocereus, el cactus de la pitaya, funciona igual, y por eso en cultivo doméstico casi nunca cuaja fruto salvo que se polinice a mano con un pincel antes de que amanezca.
En medio están los Echinopsis, que abren de madrugada, aguantan la mañana entera y se deshacen a lo largo del día siguiente. Sus híbridos, seleccionados durante décadas por aficionados, dan flores de quince centímetros en rojos, naranjas y rosas imposibles sobre plantas que caben en una maceta de doce.
Calendario de floración en España
El grueso de las cactáceas florece de abril a junio, cuando la temperatura sube pero la radiación aún no achicharra. Las Rebutia y Sulcorebutia son las más tempranas y en el sur pueden abrir ya en marzo, cubriéndose de flores hasta ocultar el cuerpo. Las Mammillaria siguen en abril con su corona característica, y muchas repiten en septiembre. Los Echinopsis y sus híbridos entran en mayo y junio, y si se les da un riego generoso tras un par de semanas secas de agosto, sueltan una segunda tanda a principios de septiembre.
Aparte van los epífitos, que llevan otro reloj. Schlumbergera (el cactus de Navidad) es una planta de día corto: forma botones cuando las noches pasan de once o doce horas de oscuridad ininterrumpida y la temperatura ronda los 12-16 °C, es decir, en octubre y noviembre. Una Schlumbergera en un salón con la lámpara encendida hasta medianoche no florece jamás, y ese es el motivo real de tantos fracasos con esta planta. Rhipsalidopsis o Hatiora gaertneri, el cactus de Pascua, hace lo propio y abre en marzo y abril tras un invierno fresco y seco.
Por qué el suyo no florece
Cuatro causas explican prácticamente todos los casos.
No ha tenido invierno. Es la razón número uno y la que menos se sospecha. La inducción floral de casi cualquier cactus de desierto depende de un reposo invernal frío y seco: entre noviembre y finales de febrero, sin una gota de agua y a 5-12 °C. Un cactus que pasa el invierno a 21 °C en el salón, con riegos cada dos semanas, sigue vegetando, se estira, produce un crecimiento pálido y estrecho, y en primavera no tiene ninguna señal fisiológica que le diga que ha empezado una estación nueva. Sacarlo a una galería sin calefacción o a un porche cubierto, y cortar el agua, cambia el resultado del año siguiente por completo.
Le falta luz. Los botones florales se financian con las reservas del año anterior, y esas reservas se hacen con sol. Un cactus a un metro de la ventana sobrevive, pero no acumula lo suficiente para florecer. Necesita el sitio más luminoso de la casa o, mejor, el exterior de marzo a octubre, aclimatándolo de forma progresiva.
Es demasiado joven. Cada especie tiene su edad de madurez y las diferencias son enormes. Las Rebutia y muchas Mammillaria florecen a los dos o tres años desde semilla; los Echinopsis y Gymnocalycium, hacia los tres o cuatro; los Ferocactus pueden pedir quince años y un buen tamaño. El Echinocactus grusonii, el famoso asiento de suegra, no suele florecer hasta pasar los 40 cm de diámetro y superar las dos décadas, y por eso casi nadie lo ve en flor en una terraza. No es que esté mal cultivado: es que le faltan años.
Sobra nitrógeno. Un abono universal de plantas verdes empuja tejido nuevo y blando a costa de la floración. Desde marzo hay que pasar a un abono de cactus bajo en nitrógeno y alto en potasio y fósforo, a media dosis, y suspenderlo en agosto.
Cuando ya hay botones
Un botón floral y un hijuelo se parecen bastante al principio. La diferencia práctica: el botón sale con escamas apretadas y punta más o menos aguda, y crece deprisa, milímetros por día; el hijuelo es una bolita redondeada con sus propias areolas, y crece con lentitud.
Desde que se ven los botones hasta que abren, la regla es no cambiar nada. Nada de trasplantar, nada de mover la planta a otra habitación, nada de dejar que el cepellón se seque del todo. Un cactus con botones necesita riego regular: si pasa sed en ese momento, aborta los botones y los deja caer secos, y ya no los repone hasta el año siguiente. Con Schlumbergera la sensibilidad es todavía mayor y basta un cambio brusco de temperatura o de humedad, o una corriente de aire de la puerta del balcón, para que suelte todos los botones de golpe.
Después de la floración, retire las flores marchitas si no busca semilla. En un otoño húmedo, los restos florales secos retenidos en el ápice son un foco de Botrytis que puede pasar al tallo. Se tira suavemente cuando están completamente secos y salen solos; si ofrecen resistencia, se cortan con tijera y se deja el tocón.
De la flor a la semilla
Pocas cactáceas se autofecundan; la regla en la familia es la autoincompatibilidad: una flor no fecunda a otra flor de la misma planta, ni de otra planta que sea un clon suyo. Para obtener semilla hacen falta dos ejemplares de la misma especie con origen genético distinto, florecidos a la vez. Con dos plantas compradas en el mismo lote, procedentes de esquejes del mismo pie, no habrá fruto por mucho pincel que se emplee.
La polinización manual se hace con un pincel fino o con la punta de un bastoncillo, pasando el polen de los estambres de una flor al estigma de la otra, a media mañana y con la flor bien abierta. Si cuaja, el ovario empieza a engordar en unos días. El fruto puede ser una baya carnosa que madura en semanas (Gymnocalycium, Opuntia) o una cápsula seca que se abre por la base (Astrophytum, Ariocarpus). Las semillas se limpian de pulpa, se secan a la sombra y se guardan en frío y seco; conviene sembrarlas en la primavera siguiente, porque la viabilidad de muchas especies cae con rapidez pasados uno o dos años.
Especies para empezar si lo que quiere son flores
Si el objetivo es tener flor pronto y sin drama, hay géneros claramente más agradecidos que otros:
Rebutia y Sulcorebutia: floración temprana, abundante, en plantas pequeñas y de tres años. Agradecen algo de sombra en el verano peninsular, porque vienen de altitud.
Mammillaria (M. zeilmanniana, M. bombycina, M. hahniana): coronas de flores fiables cada primavera, cultivo fácil y buena tolerancia al sol.
Gymnocalycium: flores grandes en relación al cuerpo, blancas o rosadas, y toleran menos luz que la media, lo que las hace prácticas en interior.
Parodia (antiguos Notocactus): amarillos intensos y sedosos, plantas resistentes y de crecimiento razonable.
Echinopsis e híbridos: las flores más espectaculares del grupo, sobre plantas baratas y casi indestructibles que amacollan sin parar.
Epiphyllum y Schlumbergera: para interior y sombra, con otras reglas de juego (sustrato más orgánico, más humedad, nada de sol directo).
Al otro extremo, si compra Ariocarpus, Astrophytum asterias de calidad, Ferocactus o Echinocactus, cómprelos por la planta, no por la flor: llegará, pero no este año ni el que viene.
En resumen
Las flores de los cactus nacen de la areola o de estructuras derivadas de ella, tienen el ovario hundido en el tallo, no distinguen sépalos de pétalos y se reparten entre diurnas de colores vivos y nocturnas blancas y perfumadas según quién las polinice. No hay flores azules, y florecer no mata a la planta: eso es cosa de los agaves.
Para conseguir flor en casa hacen falta cuatro cosas: sol abundante de marzo a octubre, un invierno frío y absolutamente seco entre noviembre y febrero, abono bajo en nitrógeno en primavera y la paciencia de esperar a que la especie tenga edad. Y una quinta, cuando ya hay botones: no tocar nada, no trasplantar y no dejar que la planta pase sed hasta que la flor haya abierto.