Un peyote de cinco centímetros de diámetro puede tener quince años. Ese dato explica casi todo lo que hay que saber sobre esta planta: por qué es cara, por qué las poblaciones silvestres no se recuperan cuando se arrancan, y por qué basta con tratarla como si creciera al ritmo de un Echinopsis para echar a perder en un solo verano quince años de planta. Quien busque un cactus vistoso y rápido tiene otras cien opciones mejores. Quien quiera una planta que le acompañe treinta años en la misma maceta, ha dado con la correcta.

Ejemplar de Lophophora williamsii con su corona lanosa

Qué es exactamente el peyote

El peyote es Lophophora williamsii, un cactus de la subfamilia Cactoideae originario del desierto chihuahuense: los estados mexicanos de Coahuila, Chihuahua, Nuevo León, San Luis Potosí, Tamaulipas y Zacatecas, y una franja del sur de Texas junto al río Bravo. Crece en suelos calcáreos y pedregosos, casi siempre al abrigo de arbustos nodriza como la gobernadora (Larrea tridentata) o el mezquite (Prosopis), que le filtran el sol del mediodía. Ese detalle del hábitat es una instrucción de cultivo disfrazada, y volveremos a él.

El cuerpo es globoso y aplanado, de un verde grisáceo o azulado ligeramente mate, con la superficie dividida en costillas anchas resueltas en tubérculos poco marcados. Los ejemplares adultos rondan los 5-12 cm de diámetro y apenas sobresalen del suelo: en época seca el tallo se contrae y se hunde, quedando casi a ras de tierra.

Lo más llamativo es la ausencia de espinas. Las areolas están ahí, pero en lugar de producir espinas emiten mechones de tricomas blancos, esa lana algodonosa que se concentra en el ápice. Un peyote adulto no pincha, lo que lo convierte en uno de los pocos cactus que se pueden manipular sin guantes. Las plántulas sí llevan unas espinas diminutas y caducas que pierden en los primeros meses.

Bajo tierra hay una raíz napiforme, engrosada como una zanahoria o un nabo, que a menudo es más larga que la parte visible de la planta. Es un órgano de reserva y es la razón de que el peyote resista sequías largas; también es la razón de que necesite macetas hondas y de que se pudra con facilidad si el sustrato retiene humedad a esa profundidad.

Las flores nacen del vellón apical, miden entre 1 y 2,5 cm, y van del blanco al rosa magenta según el clon. Abren de día, duran dos o tres jornadas y se repiten en tandas desde finales de primavera hasta principios de otoño en ejemplares bien cultivados. El fruto es una baya rosada y alargada que emerge lentamente de la lana semanas o meses después, con unas pocas semillas negras, mates y con testa rugosa.

No todo lo que se vende como peyote es peyote

El género Lophophora tiene varias especies y en el comercio se confunden con alegría. Lophophora diffusa, de Querétaro, es de un verde amarillento más pálido, con el cuerpo más blando, costillas mal definidas y flores blanquecinas; su química es distinta y su cultivo, algo más delicado. Lophophora fricii tiene flores de un rosa intenso y cuerpo más grande. También circulan L. koehresii y L. alberto-vojtechii, esta última minúscula.

Aparte están los cultivares de L. williamsii: la forma caespitosa, que amacolla espontáneamente y forma grupos de cabezas, y las formas crestadas (cristata), que se propagan solo por esqueje o injerto. Un vendedor serio dice qué está vendiendo. Si la etiqueta pone solo «peyote», asuma que no lo sabe.

Luz y ubicación

Aquí está el malentendido más extendido. Se repite que el peyote, por venir del desierto, quiere sol a pleno día todo el año. En su hábitat vive a la sombra parcial de los arbustos y medio enterrado. En el interior peninsular, con 38 °C y sol vertical de julio, un peyote expuesto sin adaptación previa se quema en una tarde: aparecen manchas blanquecinas o pardas que ya no desaparecen, porque el cactus no regenera la epidermis dañada.

La ubicación correcta es muy luminosa, con sol directo de mañana y sombra o luz filtrada en las horas centrales del verano. Una malla de sombreo del 40-50 % de junio a septiembre resuelve el problema en Madrid, Zaragoza o Sevilla. En la costa mediterránea y en el norte, con menos radiación y más humedad ambiental, tolera bastante más sol directo. En invierno, cuanta más luz mejor.

Si lo cultiva en interior, el mejor sitio es una ventana orientada al sur o al este, pegado al cristal. Detrás de un visillo y a un metro de la ventana el peyote no muere, pero se etiola: se estira, pierde el aplanamiento característico, se vuelve verde claro y no florece. Cualquier cambio de ubicación hacia más sol debe hacerse de forma gradual, en dos o tres semanas.

Sustrato y maceta

Mineral, drenante y con algo de fondo. Una mezcla que funciona bien: 70 % de material mineral y 30 % de materia orgánica. En la parte mineral, pómice, akadama, zeolita, gravilla volcánica o arena silícea de grano grueso (2-5 mm, nunca arena de playa ni arena fina de obra, que compactan). En la orgánica, turba rubia o fibra de coco bien descompuesta, o un sustrato comercial de cactus de calidad.

Como crece sobre suelos calizos, agradece un puñado de caliza triturada o dolomita en la mezcla, y no le molesta el agua dura del grifo de buena parte de España. Es de los pocos cactus a los que la cal no perjudica.

La maceta debe ser más alta que ancha, por la raíz napiforme. Una maceta baja obliga a la raíz a doblarse y ese doblez es el punto por donde suele empezar la podredumbre. El barro cocido seca antes que el plástico y perdona mejor los riegos de más; el plástico exige más disciplina. Cubrir la superficie con un centímetro de grava fina o pómice mantiene el cuello seco y evita salpicaduras de tierra en la lana.

Riego: el punto donde se pierde la mayoría de ejemplares

El sistema es el de empapar y secar: cuando se riega, se riega a fondo hasta que drena por los agujeros; y no se vuelve a regar hasta que el cepellón está seco por completo, no solo en la superficie. Con maceta de 10-12 cm en exterior, eso son entre 10 y 20 días en primavera y otoño.

Lo que sorprende a quien viene de otros cactus es que el peyote se para en pleno verano. Por encima de unos 35 °C detiene el crecimiento y entra en un letargo estival: en la primera quincena de agosto conviene espaciar los riegos, no intensificarlos. Los meses de crecimiento real son abril-junio y septiembre-octubre, y ahí es cuando el agua se aprovecha.

Desde noviembre hasta finales de febrero, sequía total. Ni un riego. El cactus se arruga, se hunde en la maceta y parece que se muere: es exactamente lo que tiene que hacer. Esa deshidratación invernal es lo que le permite aguantar el frío y lo que induce la floración de la primavera siguiente. Un peyote regado en invierno es un peyote que se pudre o que no florece nunca.

Riegue por la mañana y evite mojar la corona lanosa si vienen días frescos: el agua retenida en el vellón apical, a baja temperatura, es una puerta de entrada para los hongos. El primer riego de primavera se da cuando las mínimas se estabilizan por encima de 10-12 °C, normalmente a lo largo de marzo.

Abonado

Poco y flojo. Un abono específico de cactus, con nitrógeno bajo y potasio alto (del estilo 5-10-10 u 8-16-24), a la mitad de la dosis de la etiqueta, una vez al mes de abril a junio y otra vez en septiembre. Nada más.

El exceso de nitrógeno produce un tejido hinchado, blando y acuoso que se agrieta: aparecen cicatrices corchosas en los flancos que se quedan de por vida, y la planta se vuelve mucho más vulnerable a la podredumbre. Un peyote bien cultivado es duro al tacto, no esponjoso.

Trasplante

Cada tres o cuatro años basta, y siempre en primavera. Se hace con el sustrato seco, nunca con la planta recién regada. Sacuda las raíces, revise si hay cochinilla, recorte con una cuchilla limpia las raicillas muertas y, si ha cortado algo de grosor en la raíz principal, deje secar la herida de tres a siete días a la sombra antes de plantar.

Después del trasplante, no riegue durante una o dos semanas. Es el error clásico: plantar y regar acto seguido, con las heridas de la raíz abiertas. Plante a la profundidad original o algo más alto, de modo que el cuello quede al nivel de la grava superficial y nunca enterrado.

Plagas y problemas

Cochinilla algodonosa de raíz (Rhizoecus): la plaga que más peyotes arruina y la más difícil de ver. Se manifiesta como un polvillo blanco entre las raíces y en las paredes internas de la maceta, y la planta simplemente deja de crecer y pierde turgencia sin motivo aparente. Se detecta desenmacetando. El tratamiento que mejor funciona es mecánico: lavar la raíz a chorro, sumergirla diez minutos en agua a 45-50 °C, dejar secar unos días y replantar en sustrato y maceta nuevos, tirando el sustrato viejo.

Cochinilla algodonosa aérea (Planococcus, Pseudococcus): se esconde en la lana del ápice, donde es cómoda y casi invisible. Se retira con un pincel mojado en alcohol isopropílico y se trata con jabón potásico o aceite de neem, repitiendo cada diez días.

Araña roja (Tetranychus urticae): aparece en ambientes secos y calurosos y deja un moteado pardo y rugoso, sobre todo en la zona apical. El daño es irreversible aunque se elimine el ácaro, así que hay que cogerla pronto. Un ambiente algo más húmedo y acaricidas autorizados o azufre en polvo la controlan.

Podredumbre (Fusarium, Phytophthora, Pythium): casi siempre es consecuencia de riego en frío, sustrato compactado o herida sin cicatrizar. Empieza por el cuello o por la raíz y sube. Si se detecta a tiempo, la única salida es cortar por encima del tejido afectado hasta ver carne blanca y limpia, dejar secar la sección varias semanas y enraizar el resto como esqueje. Si el ápice ya está blando, no hay nada que hacer.

Corchificación: manchas marrones y secas en la base que se van extendiendo. A veces es envejecimiento normal en ejemplares viejos, y a veces es respuesta a riegos irregulares o daño mecánico. No es contagiosa y no mata, pero es antiestética y no revierte.

Rusticidad y el invierno español

Completamente seco y bien enraizado, un peyote aguanta heladas cortas de hasta unos -5 °C. Con humedad en el sustrato, muere a 0 °C. Como el margen depende por completo de esa condición, lo prudente es mantenerlo por encima de 0-2 °C y absolutamente seco.

En el litoral mediterráneo y en el sur puede invernar fuera siempre que esté a cubierto de la lluvia: un alero, un invernadero frío sin calefacción o una marquesina. En Madrid, Castilla y León, Aragón o el interior de Cataluña, lo razonable es entrarlo a un porche cerrado, un invernadero frío o una habitación luminosa y sin calefacción entre noviembre y marzo. Frío seco y luz, esa es la combinación. Una casa a 22 °C todo el invierno le va peor que un trastero a 6 °C, porque el calor sin agua ni luz suficiente lo deshidrata sin dejarle descansar.

Cómo se multiplica

Por semilla

Es la vía normal y la más satisfactoria, con la única pega de la paciencia. Se siembra de marzo a mayo, con temperaturas de 22-28 °C de día y algo menos de noche. La técnica que mejor resultado da es la de recipiente cerrado: un tarro o una tarrina transparente con tapa, sustrato mineral fino esterilizado (se puede pasar por el microondas húmedo, o regarlo con agua hirviendo), semillas repartidas en superficie sin enterrar, pulverización hasta empapar y cierre hermético.

El tarro se coloca en luz brillante indirecta, nunca a sol directo, que lo convertiría en un horno. La germinación empieza a los 5-15 días. Las plántulas son bolitas verdes con dos cotiledones apenas insinuados. Se mantienen en el recipiente cerrado varios meses, y a partir del sexto se empieza a airear progresivamente, primero unos minutos al día, hasta destaparlo del todo hacia el año. Un destape brusco a los tres meses las mata por deshidratación en una tarde.

Use semilla fresca: la viabilidad cae bastante a partir del segundo año. Y calcule los tiempos con realismo: un centímetro al año de diámetro es un ritmo bueno.

Por vástagos

Solo es posible en las formas cespitosas o en ejemplares que han amacollado tras un daño en el ápice. Se separa el hijuelo con una cuchilla limpia lo más cerca posible de su base, se deja secar una o dos semanas a la sombra hasta que la herida forme un callo duro, y se apoya sobre sustrato mineral seco sin enterrar, en primavera. Sin riego hasta que emitan raíces, momento en el que la planta deja de moverse al tocarla. A partir de ahí, riegos muy espaciados. Es un clon de la madre, lo que interesa cuando se quiere conservar un color de flor concreto.

Sobre el injerto

Injertar peyote sobre Myrtillocactus geometrizans, Echinopsis pachanoi o Pereskiopsis multiplica la velocidad de crecimiento por cinco o por diez. También cambia la planta: el ejemplar injertado sale hinchado, de un verde claro poco natural, con costillas marcadas y tejido acuoso, y no se parece al peyote compacto y grisáceo de un cultivo lento en raíz propia. Es una técnica útil para salvar una plántula débil o para rescatar una crestada, no para producir ejemplares bonitos. Se puede desinjertar más adelante y enraizar la cabeza, aunque tarda en recuperar el aspecto normal.

Flor rosada de peyote abierta en el ápice del cactus

El peyote tiene una historia cultural larga y documentada. Los pueblos wixárika (huicholes) y náayeri del occidente mexicano lo utilizan ritualmente desde hace siglos, con peregrinaciones anuales a Wirikuta, en San Luis Potosí, y en Estados Unidos su uso ceremonial está reconocido para los miembros de la Native American Church. Su alcaloide principal es la mescalina, una feniletilamina psicoactiva.

Eso tiene dos consecuencias prácticas para quien lo cultiva en España. La primera es legal: la mescalina figura en las listas de sustancias fiscalizadas del Convenio de 1971, y aunque la planta viva no aparece como tal en esas listas, cualquier manipulación destinada a obtener o consumir el alcaloide sale del terreno de la jardinería y entra en el del derecho penal. Este artículo trata del cultivo ornamental y de colección, que es como se cultiva en los jardines botánicos y en las colecciones de cactáceas de todo el país. Si le interesa el detalle jurídico, consúltelo con quien corresponda, no en un blog de plantas.

La segunda es de conservación, y es la que debería pesar más al comprar. Todas las cactáceas están en el Apéndice II de CITES, y Lophophora williamsii está catalogada como amenazada por la recolección masiva en su hábitat. Una planta que tarda una década en alcanzar el tamaño de recolección no repuebla lo que se arranca. Compre siempre ejemplares de semilla, criados en vivero, con su documentación. Un peyote grande y barato, con la raíz cortada en seco y tierra de campo, es casi con seguridad una planta arrancada del desierto. Se reconocen por la base con cicatrices irregulares, la ausencia de raíz fina y el aspecto de haber pasado meses sin sustrato.

En resumen

Lophophora williamsii es un cactus globoso, sin espinas, de crecimiento muy lento y raíz napiforme, que en cultivo pide sustrato mineral en maceta honda, sol de mañana con sombreo en las horas centrales del verano, riegos de empapar y secar de marzo a octubre con una pausa en pleno agosto, y sequía absoluta y frío seco entre noviembre y febrero. Abono bajo en nitrógeno y a media dosis, trasplante cada tres o cuatro años sin regar después, y vigilancia constante de la cochinilla de raíz.

Los tres fallos que se llevan por delante más ejemplares son el riego invernal, la maceta baja y el nitrógeno de sobra. Y la mejor decisión que puede tomar un aficionado se toma antes de cultivar nada: comprar planta de semilla y no material recolectado en el desierto.


Contenidos relacionados