El olor avisa antes que la vista. Cuando un cactus huele a agua estancada al acercar la nariz a la maceta, la infección ya lleva días trabajando por dentro y lo que se ve en la epidermis es solo el final del proceso. Esta segunda entrega se centra en los patógenos que atacan a los cactus una vez que la planta ya está debilitada o herida: hongos del suelo, bacterias de podredumbre blanda, manchas foliares y virus. Y también en algo igual de importante: en aprender a distinguir una enfermedad real de una cicatriz que no necesita ningún tratamiento.
Podredumbre blanda bacteriana
Es la más rápida y la más destructiva. La provocan bacterias del grupo Pectobacterium y Dickeya (las viejas Erwinia), que fabrican enzimas capaces de disolver la pared celular. El resultado es un tejido que pasa de firme a papilla en cuestión de días, con exudado maloliente de color pardo o negruzco y una superficie que se hunde al presionar.
Necesitan dos cosas para entrar: una herida y agua libre. La herida puede ser un pinchazo al trasplantar, la mordedura de un caracol, una picadura de cochinilla o el corte de un hijuelo arrancado. El agua, un riego a destiempo o una lluvia de otoño sobre una planta que ya debería estar en seco.
El tratamiento es quirúrgico y no admite demoras. Con una cuchilla desinfectada con alcohol de 96º, se corta por encima de la zona afectada; hay que seguir cortando en rodajas finas hasta que el corte aparezca completamente limpio, sin puntos ni anillos pardos. Desinfecta la hoja entre corte y corte, o arrastrarás la bacteria hacia el tejido sano. Después, espolvorea la superficie con azufre en polvo o carbón vegetal molido y deja la planta en un sitio seco, aireado y a la sombra hasta que cicatrice: de una a tres semanas según el grosor. No la plantes hasta que el corte esté duro y seco, y no la riegues hasta que emita raíces nuevas.
Si la podredumbre viene de abajo, la operación se llama rescate por decapitación: se salva la corona sana y se enraíza como un esqueje. Un ejemplar de veinte años se puede recuperar así, aunque pierda su forma.
Podredumbres de raíz y cuello por oomicetos
Phytophthora y Pythium no son hongos verdaderos, sino oomicetos, y ese detalle tiene una consecuencia práctica: los fungicidas convencionales no les hacen nada. Sus esporas nadan, así que necesitan sustrato encharcado para desplazarse.
El síntoma clásico es una mancha oscura, húmeda y de contorno difuso justo a la altura del cuello, en el punto donde el tallo toca el sustrato, mientras la parte superior de la planta se arruga como si le faltara agua. Esa contradicción, planta deshidratada en maceta mojada, es la pista: las raíces ya no funcionan.
Contra estos patógenos actúan las materias activas específicas para oomicetos, como el fosetil-Al o el propamocarb, aplicadas en riego al sustrato. Pero sirven de poco si no se corrige la causa: sustrato demasiado retentivo, maceta sin agujeros, plato con agua permanente o riego invernal.
Fusarium y la marchitez vascular
Fusarium oxysporum coloniza los haces conductores y bloquea el paso del agua. Es más lento que la podredumbre bacteriana y por eso confunde: la planta languidece durante semanas, pierde turgencia, adquiere un tono grisáceo o violáceo y no responde al riego. La confirmación llega al cortar transversalmente el tallo: aparece un anillo o unas manchas pardo-rojizas en el tejido vascular, con la carne circundante todavía firme. A veces se ve micelio blanco o rosado en la superficie del corte.
No hay cura fiable una vez instalado. Lo razonable es descartar la planta con su sustrato, no reutilizar la maceta sin desinfectar y revisar los ejemplares vecinos. Afecta con especial frecuencia a Opuntia, Astrophytum y Ariocarpus.
Podredumbre apical de las plántulas
Bipolaris cactivora (antes Helminthosporium cactivorum) entra por el ápice y baja. En semilleros bajo tapa, con humedad al 100 % y poca ventilación, puede arrasar una bandeja entera en pocos días: las plántulas se vuelven translúcidas y se derrumban. En plantas adultas produce una mancha hundida en la corona que avanza hacia abajo.
La prevención es puramente ambiental: ventilar los semilleros a diario a partir de la segunda o tercera semana, no mojar el ápice al regar, y usar sustrato esterilizado. Los injertos también son una vía de entrada frecuente, porque el corte queda expuesto justo en la parte alta.
Botritis y antracnosis
Botrytis cinerea aparece en invernaderos fríos y húmedos durante el invierno, sobre todo en flores marchitas que se quedan pegadas a la planta y sobre restos de tejido dañado. Se reconoce por el fieltro gris ceniciento que la cubre. Retirar flores secas y frutos pasados en cuanto se marchitan elimina el 90 % del problema; el resto lo resuelve la ventilación.
La antracnosis (Colletotrichum) da manchas blandas de color pardo claro, algo hundidas, sobre las que aparecen puntitos anaranjados o rosados cuando hay humedad: son las masas de esporas. Es habitual en Opuntia, Echinopsis y Mammillaria en zonas de verano húmedo o tras tormentas. Se corta la zona afectada con margen de tejido sano y se trata con un fungicida de cobre, aunque conviene saber que el cobre puede dejar manchas azuladas permanentes sobre la epidermis de algunos cactus glaucos.
En las palas de Opuntia es frecuente además la mancha negra causada por Phyllosticta concava: lesiones circulares oscuras, secas, con borde definido. No suele matar a la planta, pero afea permanentemente las palas, que ya no se recuperan.
Virosis: sin cura y sin síntomas evidentes
El virus X del cactus (CVX) y sus parientes están mucho más extendidos de lo que la gente supone en las colecciones aficionadas. Producen moteados o mosaicos cloróticos, jaspeados amarillentos, deformaciones leves y un vigor discretamente menor, síntomas tan sutiles que a menudo se achacan a la nutrición. En Schlumbergera y Opuntia son especialmente comunes.
No existe tratamiento. Y aquí está el dato práctico: se transmiten sobre todo por savia, es decir, por injerto y por herramientas de corte compartidas. Flamear o desinfectar la cuchilla entre planta y planta no es una manía de coleccionista maniático, es lo único que impide propagar una virosis por toda una colección en una tarde de injertos.
Lo que parece enfermedad y no lo es
Aquí se cometen muchos errores por exceso de celo. Tres cuadros se confunden a diario con infecciones:
Corchosis o costra corchosa. Placas pardas, secas, rugosas y duras al tacto, normalmente en la base o en la cara más expuesta. Es un desorden fisiológico ligado a exceso de agua con poca luz y temperaturas bajas, no un patógeno. No se extiende de forma húmeda ni huele. No hay que cortar nada; lo que hay que corregir es el riego y la iluminación. El tejido ya corchificado no se regenera.
Quemadura solar. Zonas blanquecinas, amarillentas o color hueso que aparecen en abril o mayo, cuando una planta que ha pasado el invierno en interior sale de golpe al sol pleno. Se previene aclimatando de forma progresiva durante dos o tres semanas, con malla de sombreo del 40-50 % al principio. La cicatriz se queda para siempre.
Etiolación. Crecimiento estrecho, pálido y alargado en el ápice, con espinas más cortas. Es falta de luz, no una enfermedad. Basta con dar más sol, aunque la parte deformada no volverá a engordar.
La regla para separar un cuadro fisiológico de una infección: si está seco, firme y estabilizado, no es podredumbre. Si está blando, húmedo, cambia de tamaño de una semana a otra o huele, sí lo es y hay que actuar.
Prevención: lo que de verdad cambia las estadísticas
Sustrato mineral y drenante. Al menos un 50-70 % de material inerte: pómez, akadama, arena silícea gruesa, picón. La turba pura retiene demasiada agua y es la primera causa indirecta de podredumbre.
Riego seco en invierno. Por debajo de 10 ºC, un cactus de invierno frío no debe recibir agua. La combinación frío más humedad es la que abre la puerta a Phytophthora y a las bacterias. En la costa mediterránea, con inviernos suaves y lluviosos, esto significa proteger las plantas de la lluvia, no solo dejar de regar.
Regar por la mañana y no mojar el cuerpo. Así la planta y la superficie del sustrato se secan durante el día.
Cuarentena de un mes para toda planta nueva, apartada del resto y revisando raíces y axilas. La mayoría de las infecciones y de las cochinillas entran en una colección dentro de una maceta comprada.
Herramienta desinfectada con alcohol o llama entre planta y planta, sin excepciones.
Ventilación. El aire en movimiento seca la superficie y reduce el tiempo de humectación, que es el factor que gobierna la germinación de las esporas.
Un apunte sobre remedios caseros: la canela en polvo se recomienda por todas partes como fungicida para cortes de cactus, y su eficacia real es marginal. Funciona en parte porque absorbe humedad y mantiene el corte seco, igual que el azufre o el carbón vegetal, que son más fiables. Lo que salva la planta es cortar hasta tejido limpio y secar bien, no el polvo que le eches encima.
En resumen
Las enfermedades graves de los cactus son casi siempre consecuencia de una herida más un exceso de humedad, no de mala suerte. La podredumbre bacteriana exige cirugía inmediata hasta tejido limpio; los oomicetos del suelo requieren productos específicos y, sobre todo, corregir el drenaje; el Fusarium no tiene cura y obliga a descartar la planta; las virosis se propagan por la cuchilla. Y antes de coger el bisturí, conviene mirar dos veces: una mancha seca y firme suele ser corchosis o una vieja quemadura solar, y en ese caso lo único que hay que cambiar es la forma de regar.