Un saguaro (Carnegiea gigantea) puede pasar medio siglo siendo un poste sin brazos antes de ramificar, y los ejemplares más viejos del desierto de Sonora superan los ciento cincuenta años. Ese ritmo, tan ajeno a lo que entendemos por una planta, explica bastantes de las rarezas que vienen a continuación: las suculentas funcionan con otro reloj, respiran a otra hora y han resuelto problemas de una manera que no se parece al resto del reino vegetal.
Suculenta no es un grupo botánico
Conviene empezar deshaciendo un equívoco. "Suculenta" no designa una familia ni un parentesco: es una descripción de forma de vida. Suculenta es cualquier planta que almacena agua en tejidos engrosados, sea en la hoja, en el tallo o en la raíz. El rasgo ha aparecido por evolución convergente en más de sesenta familias distintas, gente que no tiene nada que ver entre sí.
Los cactus (familia Cactaceae) sí son un grupo natural, y son suculentos, pero constituyen solo una parte del conjunto. Junto a ellos hay crasuláceas (Echeveria, Sedum, Sempervivum, Crassula, Aeonium), asfodeláceas (Aloe, Haworthia, Gasteria), aizoáceas (Lithops, Conophytum, Carpobrotus), euforbiáceas, apocináceas (Adenium, Ceropegia, Stapelia), agaváceas y hasta algunas orquídeas y peperomias.
De ahí sale la confusión más repetida del cultivo: hay euforbias africanas que son clavadas a cactus americanos, con costillas, espinas y porte columnar, y no están emparentadas. La prueba definitiva es doble. Los cactus tienen areolas, unos cojinetes de fieltro de los que salen las espinas, las flores y los brotes; ninguna euforbia las tiene. Y las euforbias sueltan un látex blanco al herirlas, irritante para la piel y peligroso para los ojos; el jugo de un cactus es acuoso o mucilaginoso, nunca lechoso. Solo hay una excepción notable a la regla del látex: el género Mammillaria, en el que muchas especies llevan un látex blanco propio.
Respiran de noche
La curiosidad fisiológica más importante, y la que da sentido a todo lo demás, es el metabolismo CAM (metabolismo ácido de las crasuláceas, bautizado así precisamente por la familia donde se describió).
Una planta corriente abre sus estomas de día para tomar el CO₂ que necesita para fotosintetizar. El problema es que, con los estomas abiertos bajo un sol de 40 °C, pierde cantidades enormes de agua por transpiración. Las suculentas invirtieron el horario: abren los estomas de noche, cuando el aire está fresco y húmedo, capturan el CO₂ y lo almacenan en forma de malato en las vacuolas. Al amanecer cierran herméticamente y, ya de día, liberan ese CO₂ almacenado hacia dentro para fotosintetizar con las estomas cerradas y sin perder una gota.
El resultado se puede comprobar: una hoja de Kalanchoe o de Sedum mordida al amanecer sabe ácida, y la misma hoja por la tarde ya no. Es el malato acumulado durante la noche que se ha ido consumiendo a lo largo del día.
La eficiencia hídrica del CAM es varias veces la de una planta normal, pero se paga cara: el crecimiento es lento, porque el CO₂ que se puede almacenar en una noche tiene un techo. Esa es la razón de fondo por la que un cactus tarda años en hacer lo que una calabaza hace en un mes. También explica algo práctico: en verano conviene regar al atardecer, cuando la planta va a abrir sus estomas, y no al mediodía.
Un detalle poco conocido: hay suculentas que hacen CAM facultativo. Con agua disponible funcionan como plantas normales, de día, y crecen deprisa; cuando llega la sequía cambian de modo. Es el caso de varias Sedum y Portulacaria afra.
Las espinas son hojas
Una espina de cactus no es un pincho epidérmico como el de una zarza o el de un rosal (eso son aguijones, formaciones de la corteza que se arrancan con la uña). La espina del cactus es una hoja modificada, y la areola de la que nace es en realidad una yema axilar reducida. La planta cambió sus hojas por espinas y trasladó la fotosíntesis al tallo, que se volvió verde y carnoso.
Las espinas hacen mucho más que pinchar. Dan sombra: en especies muy espinosas como Mammillaria plumosa o los Oreocereus lanudos de los Andes, la cubierta blanca refleja radiación y baja varios grados la temperatura de la epidermis. Condensan rocío, que resbala por la espina y gotea al pie de la planta. Rompen el viento junto al tallo, creando una capa de aire quieto que reduce la evaporación. Y en algunos casos dispersan: los gloquidios de las Opuntia, esos pelillos finísimos y barbados de las areolas, se clavan en el pelo de un animal y viajan con el segmento entero, que después enraiza donde caiga.
Que no todas las cactáceas hayan renunciado a las hojas es otra sorpresa. El género Pereskia, considerado próximo a las cactáceas ancestrales, tiene hojas anchas y planas de aspecto perfectamente normal, tallos leñosos y porte de arbusto trepador. Parece cualquier cosa menos un cactus, y sin embargo tiene areolas. Las Opuntia también sacan hojitas cónicas y efímeras en los brotes nuevos de primavera, que caen a las pocas semanas: si se observa una chumbera en abril se pueden ver.
Quién poliniza estas flores
La floración de las suculentas está repleta de tratos cerrados con animales muy concretos, y la forma de la flor delata al socio.
Murciélagos. Las flores grandes, blancas, robustas, sin apenas perfume dulce pero con olor a fermentado o a col, que abren de noche y producen néctar a chorro, están hechas para murciélagos nectarívoros. Es el caso del saguaro y de varios Pachycereus y Stenocereus. El murciélago se posa o queda suspendido y sale con la cabeza rebozada en polen.
Polillas y esfinges. La Selenicereus grandiflorus, la reina de la noche, abre una flor de veinte centímetros, intensamente perfumada, una sola noche al año en cada botón: se abre al anochecer y a media mañana está marchita para siempre. Esa fragancia potente y ese tubo floral larguísimo apuntan a esfíngidos de trompa larga. Muchos Echinopsis siguen el mismo esquema.
Colibríes. Las flores tubulares, rojas o anaranjadas, sin olor apreciable y con néctar abundante, son de aves. Los Cleistocactus son el ejemplo de manual: el tubo apenas se abre, y solo un pico largo entra. En los Aloe africanos el papel lo hacen los suimangas o nectarínidos.
Abejas. Las flores diurnas, amarillas o magenta, ampliamente abiertas y con muchísimos estambres, de Mammillaria, Echinocereus, Opuntia o Ferocactus, van a abejas. Algunas Opuntia tienen estambres táctiles: al posarse el insecto, los filamentos se pliegan hacia el centro en cuestión de segundos y lo empolvan.
Moscas. Y luego está el capítulo desagradable. Las Stapelia, Huernia y Orbea, suculentas africanas de la familia de las apocináceas, producen flores estrelladas, peludas, de color carne o hígado, que huelen a carroña. Algunas Stapelia gigantea pasan de los 25 centímetros de diámetro. Las moscas acuden convencidas de encontrar un cadáver, incluso llegan a poner huevos en la flor, y las larvas mueren allí sin nada que comer. La planta no da nada a cambio: es un engaño puro.
Y una nota práctica para el cultivador: muchas cactáceas son autoincompatibles. Un ejemplar solo, por muy bien que florezca, no dará semilla viable con su propio polen; hacen falta dos plantas de la misma especie genéticamente distintas, es decir, no dos esquejes del mismo pie.
Camuflaje, ventanas y otras rarezas de diseño
Las Lithops, las piedras vivas de Sudáfrica y Namibia, son quizá la solución más extravagante del grupo. Cada planta se reduce a dos hojas fusionadas enterradas casi por completo, con la superficie superior a ras de suelo, jaspeada y coloreada para imitar los guijarros del entorno. Pasan desapercibidas a los herbívoros hasta que florecen, y entonces sacan una margarita amarilla o blanca más grande que la propia planta.
Esa cara superior no es solo camuflaje: es una ventana. El tejido es translúcido y deja pasar la luz al interior del cuerpo enterrado, donde está la clorofila. Con eso la planta fotosintetiza estando bajo tierra, protegida del sol y de la desecación. Lo mismo hacen las Fenestraria y las Haworthia del grupo de las cooperi y truncata, que en su hábitat viven sepultadas hasta el borde de las hojas.
Las Lithops añaden un ciclo desconcertante para quien las cultiva: cada año se comen a sí mismas. Un par de hojas nuevas crece dentro del par viejo y lo consume desde el interior hasta dejarlo en dos pieles de papel. Ese relevo ocurre entre finales de invierno y primavera, y durante todo el proceso no se riega. Regar una Lithops en muda es la forma estándar de reventarla.
En el capítulo de rarezas de forma están también las crestas y los monstruosos. Una cresta se produce cuando el punto de crecimiento, en vez de ser un punto, se convierte en una línea, y el tallo crece en abanico ondulado; un monstruoso surge cuando aparecen puntos de crecimiento múltiples y desordenados, y la planta se llena de bultos. Son mutaciones somáticas, aparecen espontáneamente y no se transmiten por semilla, así que las formas crestadas del comercio se mantienen por esqueje o por injerto. Los Gymnocalycium sin clorofila, esas bolas rojas o amarillas vendidas encima de un patrón verde, son otra mutación: no pueden vivir por su cuenta porque carecen de clorofila, y dependen del injerto para siempre.
Hasta dónde llega de verdad su resistencia a la sequía
Aquí conviene matizar el tópico. Las suculentas resisten la sequía de forma extraordinaria, pero no del modo que se supone.
Sus raíces son superficiales y muy extensas, no profundas. Un saguaro adulto tiene el grueso de su sistema radicular en los primeros 10-15 centímetros de suelo, extendiéndose en radio hasta una distancia comparable a su altura. La estrategia no es buscar agua profunda, sino barrer deprisa el agua de una lluvia breve antes de que se evapore. Muchas cactáceas producen además raíces de lluvia: raicillas finas que emiten en días tras un aguacero y que reabsorben cuando el suelo se seca.
Ese diseño tiene una consecuencia directa en maceta: maceta ancha y baja antes que profunda, y sustrato que se seque rápido en todo su volumen. Una maceta honda mantiene un fondo húmedo que las raíces no exploran y que acaba pudriéndose.
El aguante en seco es real y espectacular. Un Lithops pasa el verano sin una gota y una Echeveria sobrevive semanas consumiendo sus hojas inferiores, que se arrugan y se vacían mientras el centro sigue tieso. Pero resistente a la sequía no significa que le convenga la sequía. En su hábitat estas plantas tienen una estación de lluvias, y crecen entonces. Una suculenta regada correctamente durante su estación de crecimiento crece compacta, colorida y sana; una mantenida siempre a sed se queda raquítica. El riego que las mata no es el abundante, es el frecuente sobre sustrato que no llega a secarse.
La otra media verdad es la del frío. La sequía la soportan sin apuros; el frío, no. En clima peninsular hay especies que pasan el invierno a la intemperie sin problema: Sempervivum, que resiste bajo nieve, muchos Sedum, Opuntia de varias especies y Agave resistentes. Pero Echeveria, Aeonium, Kalanchoe, Adenium o el grueso de los cactus globosos de colección quieren estar por encima de 5 °C, y sobre todo secos: muchas cactáceas toleran temperaturas bastante más bajas si el sustrato está completamente seco que si tiene humedad. Frío más agua es la combinación letal.
Suculentas que no viven en el desierto
Otra idea que conviene desmontar: no todas vienen de arenales. Los Rhipsalis, Schlumbergera (el cactus de Navidad) y Epiphyllum son cactáceas epífitas de selvas húmedas de Brasil, que viven colgadas de las ramas de los árboles, sin espinas apreciables, a media sombra y con humedad ambiental alta. Su suculencia les sirve para aguantar los intervalos secos de una rama en alto, no la sequía de un desierto. Tratarlos como a un Ferocactus, a pleno sol y con riego mínimo, es garantía de fracaso; agradecen sustrato con materia orgánica y riegos regulares. Rhipsalis baccifera, además, es la única cactácea que crece de forma natural fuera de América, con poblaciones en África tropical, Madagascar y Sri Lanka.
En sentido contrario, España tiene suculentas nativas que nadie cuenta como tales: los Sedum de tejados y roquedos, los Sempervivum de la alta montaña, las Umbilicus rupestris (ombligo de Venus) de los muros húmedos del norte, y los Aeonium canarios, un grupo espectacular por su radiación en el archipiélago, con decenas de especies surgidas de un antepasado común en pocos millones de años.
Sabor, uso y algún récord
El higo chumbo de Opuntia ficus-indica es una suculenta de consumo corriente en toda la mitad sur peninsular, y sus paletas tiernas se comen como verdura en México con el nombre de nopales. El Aloe vera lleva milenios en la farmacopea. La Hylocereus da la pitahaya del supermercado. Y la Stevia, por cierto, no es suculenta, aunque a veces se cuele en la lista.
En cuanto a marcas: el mayor cactus del mundo por altura es el Pachycereus pringlei, que puede superar los 19 metros; el Ferocactus y el Echinocactus platyacanthus están entre los más pesados, con ejemplares de cientos de kilos. En el otro extremo, Blossfeldia liliputana apenas pasa del centímetro de diámetro en estado adulto y es la cactácea más pequeña que se conoce; tolera además una desecación extrema, capaz de perder la mayor parte de su agua y rehidratarse después, algo casi único entre las plantas vasculares.
Sobre la costumbre de "beber de un cactus" en caso de emergencia, tan repetida en el cine: el líquido interno de la mayoría de cactáceas contiene alcaloides y ácidos que provocan vómitos y diarrea, y en una situación de deshidratación eso empeora las cosas en lugar de arreglarlas. El agua de un cactus no es agua potable.
En resumen
Las suculentas no forman una familia sino una estrategia repetida por convergencia en más de sesenta linajes distintos, y de esa estrategia salen todas sus rarezas: el metabolismo CAM las obliga a abrir los estomas de noche y a crecer despacio; las espinas son hojas transformadas que dan sombra, condensan rocío y viajan pegadas a los animales; las flores están talladas a medida de murciélagos, esfinges, colibríes, abejas o moscas engañadas con olor a carroña; y hay soluciones tan extremas como las ventanas translúcidas de Lithops y Haworthia o los tallos crestados. En el cultivo, dos correcciones valen más que todas las anécdotas: la raíz es superficial y quiere maceta ancha y drenaje, no profundidad; y aguantar la sequía no equivale a preferirla, porque estas plantas crecen cuando llueve, y lo que de verdad las mata es la combinación de frío y sustrato húmedo.