Un cactus no se cuida igual en marzo que en noviembre, y esa es la diferencia entre una planta que crece y florece y una que lleva cinco años exactamente igual de grande. El cactus de desierto tiene dos estados muy marcados: una temporada de crecimiento en primavera y verano, en la que bebe, engorda y responde al abono, y un reposo de otoño e invierno en el que no hace nada y en el que regarlo solo le perjudica.
Casi todo el cuidado consiste en respetar ese ciclo. Lo que sigue es el año entero: qué hacer en cada estación, cómo se provoca la floración, cuándo se trasplanta y se poda, qué plagas aparecen y qué precauciones hay que tener con las plantas que se venden como cactus y no lo son.
Primavera: despertar y empezar a regar
Cuando las temperaturas suben y los días se alargan, el cactus reanuda el crecimiento. El primer riego de la temporada conviene darlo suave, no un empapado completo, para que las raíces que han estado meses secas se rehidraten sin romperse. A partir del segundo o tercer riego ya se pasa al método normal: mojar a fondo hasta que salga agua por el agujero y esperar a que el sustrato se seque entero.
La primavera es también el momento de sacar al exterior las plantas que han invernado dentro, y aquí hay que ir despacio. Un cactus que viene de meses en interior se quema con el sol directo de mayo en pocos días, y esas manchas pardas ya no se quitan. Dos o tres semanas de aclimatación, empezando por luz clara sin sol directo y siguiendo con sol de mañana, evitan el estropicio.
Verano: el máximo de agua y el riesgo del cristal
Es la estación de más consumo. En maceta y con calor de julio, un cactus puede necesitar agua cada pocos días, siempre con el mismo criterio: a fondo y solo con el sustrato seco. Lo que no hay que hacer nunca es regar poquito y a menudo, ni dejar agua en el plato.
En verano español hay dos matices que el consejo internacional se salta. El primero es el cristal: un cactus detrás de una ventana cerrada al sol de agosto está en un horno sin ventilación, y se cuece aunque la especie sea de pleno sol. El segundo es que en las zonas más tórridas del interior y del sur, muchas cactáceas hacen una pequeña parada estival con calor extremo y dejan de crecer: si ves que en agosto no mueve nada, no fuerces el riego.
Para el agua, si la de tu grifo es muy dura, acabarás viendo un cerco blanquecino de cal en la base y en el sustrato. Agua de lluvia recogida o agua descalcificada lo evita. Lo que no tiene sentido es pulverizar un cactus de desierto para "darle humedad ambiental": no le hace falta y favorece manchas.
Abonado: poco y solo en temporada
Un cactus crece despacio y consume poco, así que el abonado es un complemento, nunca un motor. Se abona únicamente durante la temporada de crecimiento, de primavera a final del verano, y se suspende del todo en otoño e invierno.
Lo adecuado es un abono bajo en nitrógeno y con más fósforo y potasio, que es lo que se vende como abono específico para cactáceas. La razón no es caprichosa: mucho nitrógeno produce crecimiento rápido y aguado, con la epidermis blanda, que se agrieta y que se infecta con facilidad. Y ante la duda, quédate corto: aplicar la mitad de la dosis que indica el envase es más seguro que la dosis completa, y una sobredosis no se puede deshacer.
Otoño e invierno: el reposo que da las flores
Este es el apartado que casi nadie aplica y el que más cambia los resultados. Muchos cactus de desierto necesitan un invierno fresco y seco para florecer en primavera. Sin ese periodo de reposo, la planta sigue vegetando y no forma botones.
La forma de dárselo es sencilla: a partir del otoño se van espaciando los riegos hasta suspenderlos, y se busca para la planta un sitio fresco y muy luminoso, una galería sin calefacción o una habitación fría. Un salón caldeado a veinte y pico grados con poca luz es lo peor de los dos mundos, porque la planta permanece activa sin luz suficiente y sale del invierno estirada y pálida.
Al llegar la primavera se devuelve al calor y al sol y se reanuda el riego. Ese contraste es el detonante. Conviene saber además que algunas cactáceas monocárpicas mueren tras florecer, y que en ese caso no has hecho nada mal, es su ciclo.
Sobre el frío, mucho cuidado con lo que se lee por ahí. Hay géneros rústicos que pasan heladas fuera sin daño, pero la mayoría de lo que se vende como cactus de interior no aguanta bajo cero, y lo que de verdad mata no es el termómetro sino la combinación de frío y sustrato húmedo. Un cactus completamente seco resiste bastante más frío que el mismo cactus con las raíces mojadas.
Trasplante, limpieza y poda
Se trasplanta cuando la maceta se queda pequeña o cuando el sustrato lleva años y se ha degradado, que suele ser cada dos o tres años y no antes. Los cactus toleran bien estar algo justos de maceta. El momento es la primavera o el principio del verano, con el sustrato seco, subiendo poco de diámetro, y sin regar durante la semana siguiente.
Para manipular ejemplares espinosos, la solución práctica no son los guantes sino una tira de papel de periódico doblado varias veces alrededor del cuerpo, que hace de asa. Con las Opuntia hay un motivo extra: además de las espinas grandes tienen gloquidios, unos pelillos diminutos con arponcillos que se clavan en la piel, se ven mal y cuesta sacarlos.
Podar, en general, no. Cortar un cactus deja una cicatriz corchosa permanente y solo se hace por necesidad: eliminar tejido podrido, reducir un ejemplar que ya no cabe, o tomar esquejes. Cuando toque, hoja limpia y dejar secar la herida al aire, sin aplicarle nada encima. Limpiar el polvo, en cambio, sí conviene: una brocha blanda entre las costillas mejora la fotosíntesis y es la ocasión perfecta para inspeccionar la planta de cerca.
Plagas y podredumbres
La cochinilla algodonosa es la habitual: motas blancas de aspecto lanoso entre las espinas y en las axilas de las costillas, y a veces también en las raíces, donde se detecta al trasplantar. Con pocos focos, un bastoncillo mojado en alcohol resuelve. La cochinilla de escudo deja costras pardas adheridas al cuerpo que se levantan con la uña. Y con aire muy seco pueden aparecer arañuelas.
Cuando hay que tratar, el jabón potásico y el aceite de neem funcionan, aplicados a la caída del sol para no quemar la epidermis y repitiendo a los pocos días para alcanzar a los que van naciendo. Todo producto empleado como fitosanitario en España tiene que estar inscrito en el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio de Agricultura, y para uso doméstico debe estar autorizado para jardinería exterior doméstica.
La podredumbre no es una plaga sino la consecuencia del exceso de agua. Empieza en la base, que se ablanda y se oscurece. No se cura: se corta por encima del tejido sano, se deja cicatrizar y se enraiza lo que queda.
Ojo: no todo lo que se vende como cactus es un cactus
Buena parte de los "cactus" de interior son euforbias, y eso importa por seguridad. Euphorbia trigona, Euphorbia ingens y parientes tienen aspecto de columnar espinosa, pero sueltan al cortarlas un látex blanco que es irritante para la piel y los ojos y tóxico por ingestión. Guantes al manipularlas, lavarse después, y si salpica a un ojo, al médico.
Distinguirlas es fácil: las cactáceas tienen areolas, esos cojincillos de los que brotan las espinas y las flores, y las euforbias no las tienen. Y si al cortar sale leche blanca, ya está resuelta la duda, porque los cactus no la tienen. De paso, conviene deshacer otra confusión: todos los cactus son suculentas, no son categorías opuestas. Lo que define a la familia Cactaceae es la areola.
Tres cactus que vas a encontrar en cualquier vivero
Echinocactus grusonii, el asiento de suegra, es el globoso amarillo de espinas doradas que se ve en todas partes. Aguanta muy bien el sol directo (sus espinas hacen de filtro) y es lento. Curiosamente, pese a lo común que es en cultivo, en su área natural de México está amenazado.
Las chumberas del género Opuntia, de paletas aplanadas, son las más rústicas al frío y las más fáciles de multiplicar, pero tienen dos peros en España: varias especies figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013), así que antes de plantar una fuera de maceta conviene comprobar qué especie es, y en el litoral mediterráneo y en Canarias sufren el ataque de la cochinilla del carmín, que las cubre de un polvillo blanco y llega a matarlas.
Las columnares del género Echinopsis, incluido el cactus de San Pedro, crecen rápido, casi no pinchan y dan flores blancas nocturnas grandes cuando alcanzan tamaño. Son de las más agradecidas para exterior en clima mediterráneo.
En resumen
El calendario del cactus se resume en dos mitades del año que se tratan de forma opuesta: de primavera a verano, sol, riego a fondo cada vez que el sustrato se seca y algo de abono bajo en nitrógeno; de otoño a invierno, riego suspendido, frío y mucha luz. El invierno seco y fresco no es un descuido: es la condición para que florezca.
El resto son intervenciones puntuales. Trasplantar cada dos o tres años en primavera, no podar salvo por necesidad, quitar el polvo aprovechando para inspeccionar plagas, y tener presente que si al cortar la planta sale látex blanco no estás ante un cactus sino ante una euforbia, con las precauciones que eso exige.