Entre 1.500 y 1.800 especies, según qué autoridad taxonómica se consulte, repartidas en unos 130 géneros: esa es la horquilla en la que se mueve hoy la familia Cactaceae. La cifra baila tanto porque los cactus son un grupo joven en términos evolutivos, con poblaciones muy aisladas entre sí y una enorme variabilidad dentro de cada especie, de modo que lo que un botánico describe como especie nueva otro lo considera una simple variedad local. Para quien cultiva, la pregunta interesante no es el número exacto sino otra: cuántos grupos con necesidades distintas existen, porque de eso depende que la planta viva o se pudra.

Conjunto de cactus de distintos géneros en cultivo

Qué es exactamente un cactus (y qué no lo es)

Un cactus es una planta de la familia Cactaceae, y el rasgo que la define no son las espinas: es la areola. La areola es una yema axilar modificada, un cojincillo de aspecto afieltrado del que brotan las espinas, los pelos, las flores y los nuevos brotes. Ninguna otra familia vegetal la tiene. Si una planta suculenta y espinosa no presenta areolas, no es un cactus por mucho que se le parezca.

Este detalle resuelve una confusión muy extendida. Las Euphorbia columnares africanas —Euphorbia trigona, Euphorbia ingens, la falsa "cactus candelabro"— imitan la forma de un cacto americano por convergencia evolutiva, pero sus espinas nacen directamente del borde de la costilla, sin areola, y al herirlas sueltan un látex blanco irritante que ningún cactus produce. Esa savia lechosa quema la piel y es peligrosa en los ojos: conviene saber qué se tiene en casa antes de podar. Tampoco son cactus los agaves, las áloes, las Haworthia ni las crasuláceas, aunque compartan estantería en el vivero.

Otro dato que sorprende: los cactus son plantas exclusivamente americanas, desde Canadá hasta la Patagonia. La única excepción natural es Rhipsalis baccifera, presente también en África tropical y Madagascar. Todo lo demás que crece silvestre fuera de América —las chumberas de nuestros secarrales, sin ir más lejos— llegó de la mano del hombre.

Los cuatro grandes linajes de la familia

La clasificación moderna reconoce cuatro subfamilias, y entender a cuál pertenece cada planta ahorra muchos disgustos.

Pereskioideae. El género Pereskia (hoy repartido entre Pereskia, Leuenbergeria y Rhodocactus) conserva hojas verdaderas, anchas y persistentes, y tallos leñosos poco suculentos. Parecen rosales espinosos más que cactus. Son la ventana a cómo era el antepasado común de la familia, y necesitan bastante más agua que un cacto de desierto.

Maihuenioideae. Solo dos especies del género Maihuenia, de la Patagonia argentina y chilena. Forman cojines apretados con hojitas diminutas y resisten fríos severos. Rareza de coleccionista, no de vivero.

Opuntioideae. Las chumberas y sus parientes: Opuntia, Cylindropuntia, Austrocylindropuntia, Tephrocactus. Su marca de fábrica son los gloquidios, esos pelillos finísimos y barbados que se clavan al mínimo roce y resultan mucho más molestos que las espinas grandes. Opuntia ficus-indica, la chumbera de los higos chumbos, está naturalizada en todo el litoral mediterráneo español y en Canarias, hasta el punto de considerarse invasora en varias comunidades.

Cactoideae. Aquí está el 80 % largo de la familia y prácticamente todo lo que se vende como cactus ornamental. Es un grupo tan heterogéneo que conviene desmenuzarlo por hábitos de crecimiento.

Los tipos que de verdad importan al cultivar

Más allá de la taxonomía, para el cultivo sirve agrupar los cactus por forma y procedencia, porque eso predice sus exigencias de luz, riego y frío.

Globosos y de barril. Mammillaria (con más de 150 especies, el género más numeroso de la familia), Echinopsis, Gymnocalycium, Rebutia, Parodia, Ferocactus, Echinocactus grusonii. Son los cactus clásicos de maceta pequeña, los de floración más agradecida y los más fáciles de arrancar. Los Gymnocalycium y las Rebutia agradecen algo de sombra en las horas centrales del verano peninsular; los Ferocactus y Echinocactus, en cambio, quieren sol pleno.

Columnares. Cereus, Pachycereus, Cleistocactus, Trichocereus, Espostoa, Oreocereus. Crecen hacia arriba y en el suelo del sureste español pueden superar los tres metros. Necesitan macetas profundas y tutorado los primeros años si se cultivan en interior, donde suelen ahilarse por falta de luz.

Epífitos y de selva. Schlumbergera (el cactus de Navidad), Rhipsalidopsis, Rhipsalis, Epiphyllum, Hylocereus (la pitaya). Viven encaramados a los árboles en bosques húmedos centroamericanos y brasileños, no en el desierto. Estos cactus no quieren sol directo ni sequía prolongada: piden luz filtrada, riegos regulares y humedad ambiental. Tratar una Schlumbergera como un Ferocactus es el error más frecuente que se comete con los cactus en España, y por lo general acaba con la planta arrugada y sin flor.

Geófitos y raíz napiforme. Ariocarpus, Lophophora, Astrophytum asterias, muchas Turbinicarpus. Crecen medio enterrados, engordan una raíz gruesa a modo de despensa y tienen un crecimiento lentísimo. Son los más sensibles al exceso de agua de toda la familia y necesitan sustratos casi puramente minerales.

Opuntias y cilindropuntias. Rústicas, de crecimiento rápido y con gloquidios. Muy resistentes al frío algunas de ellas —Opuntia phaeacantha u Opuntia humifusa aguantan inviernos de meseta sin problema—, pero conviene informarse antes de plantarlas en el jardín: varias especies figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras.

Ejemplar de Ferocactus con espinación gruesa

El sustrato: donde se ganan o se pierden

Si hay un punto en el que merece la pena invertir esfuerzo, es este. Los cactus rara vez mueren de sed; mueren de asfixia radicular y de la podredumbre que viene después. Un sustrato correcto debe drenar en segundos y secarse en pocos días.

Los "sustratos para cactus y crasas" que se venden en grandes superficies suelen ser turba con un poco de arena, y retienen demasiada agua. La mezcla que funciona en el clima español lleva una proporción alta de material mineral: en torno a un 60-70 % de árido y un 30-40 % de materia orgánica. Como árido sirven la pómez, la picón canaria, la arlita machacada, la akadama, la zeolita o la arena de sílice de grano grueso (0,5-3 mm). Nunca arena de playa, que aporta sales, ni arena fina de obra, que compacta y sella el sustrato como cemento.

Para los géneros de raíz napiforme —Ariocarpus, Lophophora, Aztekium— conviene subir el mineral hasta el 80-90 %. Para los epífitos, en cambio, la receta se invierte: fibra de coco, corteza de pino de calibre pequeño y perlita, con muy poco mineral pesado.

La maceta importa tanto como el sustrato. El barro sin esmaltar transpira por las paredes y perdona un riego de más; el plástico y la cerámica esmaltada retienen la humedad mucho más tiempo. Y agujero de drenaje siempre: un cactus en maceta cerrada, por bonita que sea, tiene los días contados. La capa de gravilla en el fondo, por cierto, no mejora el drenaje —la física de los medios porosos hace justo lo contrario, elevando la franja saturada—; lo que drena es la mezcla entera.

Riego: la regla del año hidrológico

Olvide el calendario fijo de "una vez a la semana". Lo que gobierna el riego es la temperatura, la luz y el estado del sustrato.

De marzo a octubre, con la planta en crecimiento activo, se riega a fondo, empapando todo el cepellón hasta que salga agua por el agujero, y después no se vuelve a tocar hasta que el sustrato esté completamente seco. En una terraza de Sevilla en julio eso pueden ser tres o cuatro días; en un alféizar de Bilbao en abril, dos semanas. Se comprueba con el dedo, con una varilla de madera o simplemente levantando la maceta: pesa mucho menos cuando está seca.

De noviembre a febrero los cactus de desierto entran en reposo y se riegan muy poco o nada. Un ejemplar globoso en una habitación fresca puede pasar todo el invierno sin una gota. Y aquí está la clave que suele quedar sin explicar: el frío no mata a los cactus, el frío con el sustrato húmedo sí. Un Echinopsis seco aguanta -5 °C sin inmutarse; el mismo ejemplar regado en diciembre se pudre a 5 °C. Por eso los cactus de exterior en la meseta o en la zona norte deben resguardarse de la lluvia invernal más que del termómetro.

Los epífitos siguen otro ritmo: riego regular todo el año, algo reducido tras la floración, y nunca sequía total.

Luz, temperatura y aclimatación

Los cactus de desierto quieren sol directo, cuantas más horas mejor, con la salvedad de los géneros de sotobosque como Gymnocalycium y algunos Mammillaria muy espinosos, que en pleno agosto manchego agradecen un 30 % de sombreo.

Ahora bien, sacar de golpe al sol un ejemplar comprado en un invernadero o que ha pasado el invierno dentro provoca quemaduras: manchas amarillentas o blanquecinas que se vuelven pardas y no desaparecen jamás, porque la epidermis del cactus no se regenera. La aclimatación se hace en dos o tres semanas, empezando con sol de primera hora de la mañana e incrementando la exposición poco a poco. Es el mismo principio que aplicaríamos a nuestra propia piel en mayo.

La otra señal a vigilar es el ahilamiento o etiolación: cuando falta luz, el cactus pierde el diámetro y emite un ápice estrecho y pálido, con espinas cortas y débiles. Ese estrechamiento no se corrige; el tallo deformado se queda así de por vida. Lo único que se puede hacer es mover la planta a más luz para que el crecimiento nuevo salga con calibre normal, o decapitarla y enraizar la parte sana.

Toleran sin problema hasta 40 °C si hay ventilación. Por debajo de 0 °C solo aguantan los géneros de altura y latitud alta: Opuntia del norte de México y EE. UU., Echinocereus, Escobaria, Maihuenia, algunos Trichocereus. Los tropicales y los epífitos sufren ya por debajo de 8-10 °C.

Abonado, trasplante y floración

Los cactus crecen despacio, pero no viven del aire. Durante la temporada de crecimiento conviene abonar cada tres o cuatro semanas con un fertilizante bajo en nitrógeno y alto en potasio y fósforo; sirven los específicos para cactus o un abono de tomateras diluido a la mitad de la dosis. Exceso de nitrógeno equivale a tejidos blandos, aguados, propensos a la podredumbre y a la cochinilla, y a plantas que no florecen. Del abonado se descansa por completo en otoño e invierno.

El trasplante se hace cada dos o tres años, a finales de invierno o principios de primavera, subiendo un solo número de maceta. Se saca la planta con el cepellón seco, se sacuden las raíces viejas, se recorta lo dañado y se replanta en sustrato también seco. Y aquí va otra idea contraria a la intuición: no se riega hasta pasada al menos una semana, para que cicatricen las heridas de las raíces. Regar de inmediato es la vía directa a la podredumbre basal.

Sobre la floración, la creencia de que "los cactus florecen cada cien años" es falsa de principio a fin —viene de confundirlos con el agave, que florece una sola vez y muere—. Rebutia, Mammillaria, Parodia y Echinopsis pueden florecer al segundo o tercer año desde semilla. Lo que necesitan para hacerlo es sol abundante en verano y, sobre todo, un invierno frío y seco: sin ese reposo de tres meses a 5-12 °C, la planta vegeta pero no induce yemas florales. Un cactus en un salón calefactado a 22 °C todo el año rara vez florece, y esa es la causa real de la mayoría de las decepciones.

Problemas más habituales

La cochinilla algodonosa (Planococcus, Pseudococcus) aparece como motitas blancas entre las costillas y en el cuello de la planta; hay una variante de raíz que solo se descubre al desenmacetar. Se trata con alcohol isopropílico aplicado con bastoncillo en focos pequeños o con jabón potásico y aceite de neem en infestaciones mayores.

La araña roja deja un moteado bronceado en el ápice, típico de ambientes secos y cálidos con poca ventilación. El chinche gris o cochinilla algodonosa de tallo y los nematodos son menos frecuentes en casa.

La podredumbre basal es el problema serio: la base se vuelve blanda, oscura y maloliente. No hay fungicida que la revierta una vez avanzada. La única opción es cortar por encima del tejido afectado hasta encontrar carne blanca y firme, dejar cicatrizar el corte al aire una o dos semanas y enraizar el trozo sano en sustrato seco. Si el corte deja anillos pardos en el interior, hay que seguir subiendo.

Y un problema estético que asusta sin motivo: el corchado o suberificación de la base en ejemplares viejos, que se vuelve marrón, seca y dura. Es envejecimiento normal del tejido, no una enfermedad. Se distingue de la podredumbre porque está seco y firme al tacto.

En resumen

La familia Cactaceae reúne del orden de 1.500 a 1.800 especies en unos 130 géneros, todas americanas salvo Rhipsalis baccifera, y todas reconocibles por las areolas. A efectos prácticos basta distinguir cinco grupos de cultivo: globosos, columnares, epífitos de selva, geófitos de raíz napiforme y opuntias. Los cuatro primeros grupos comparten un núcleo de cuidados —sustrato con 60-70 % de mineral, riego a fondo solo cuando la tierra está seca, reposo invernal frío y seco, abono pobre en nitrógeno en primavera y verano, trasplante cada dos o tres años sin regar después— y el quinto, los epífitos, exige justo lo contrario: sombra parcial, sustrato orgánico y humedad constante. Confundir esos dos regímenes explica buena parte de los cactus que se pierden en las casas españolas, y el reposo invernal fresco explica los que nunca llegan a florecer.


Contenidos relacionados