Empecemos por la corrección que ordena todo lo demás: la planta que más quemaduras químicas provoca en los alféizares españoles, la que manda gente a urgencias oftalmológicas cada verano, no es un cactus. Es una euforbia, se vende junto a los cactus, se parece a un cactus y se cuida como un cactus, pero pertenece a otra familia y su savia es cáustica. Buena parte de las búsquedas sobre cactus venenosos nacen de esa confusión.

Dicho eso, la respuesta corta a la pregunta del título es tranquilizadora: entre las cactáceas verdaderas no existen especies con toxicidad grave por contacto, y las que contienen principios activos relevantes lo hacen por ingestión y en un puñado de géneros muy concretos. El peligro real de un cactus es mecánico: espinas y gloquidios. Vamos por partes.

Qué es y qué no es un cactus

Todas las cactáceas comparten una estructura que ninguna otra familia tiene: la areola, esa almohadilla afieltrada de la que salen espinas, pelos y flores. Si las espinas nacen de un cojinete lanoso, es un cactus. Si salen directamente del tallo, en pares junto a una cicatriz, o si son simples aguijones sobre las costillas, no lo es.

El segundo test es aún más rápido, aunque hay que hacerlo con guantes: corta un trocito de la punta de una espina o raspa el tallo. Si mana un látex blanco lechoso, tienes una euforbia. Las cactáceas tienen savia acuosa, en ocasiones mucilaginosa, pero no ese jugo blanco y pegajoso. Ese detalle, que cuesta diez segundos, resuelve casi todos los sustos.

Las euforbias: el peligro que sí existe

Los ejemplares que la gente tiene en casa creyendo que son cactus incluyen Euphorbia trigona (la falsa cactus africana de tallos triangulares), Euphorbia ingens, Euphorbia lactea, Euphorbia tirucalli (el "palo de fuego" o "planta lápiz") y, en Canarias y en jardinería mediterránea, Euphorbia canariensis y Euphorbia resinifera. Su látex contiene ésteres de forbol, compuestos irritantes de verdad.

Lo que provocan: en piel, escozor, enrojecimiento y en exposiciones prolongadas ampollas y quemaduras químicas que tardan días en curar. En mucosas y sobre todo en el ojo, queratoconjuntivitis intensa con dolor, fotofobia y visión borrosa, que puede durar varios días y requiere valoración oftalmológica. Por ingestión, vómitos, dolor abdominal y edema de labios y lengua. Todo esto es especialmente relevante al podar: una gota que salta del corte al ojo, o el gesto automático de frotarse la cara con la mano manchada, es el mecanismo típico.

Reglas prácticas: poda euforbias siempre con guantes y gafas, corta con la planta lejos de la cara, ten agua a mano y no toques nada más hasta lavarte con agua y jabón. Si te salpica un ojo, lava con agua abundante durante 15 minutos y acude a urgencias; no esperes a ver cómo evoluciona. Y no dejes los esquejes ni los recortes al alcance de niños o mascotas.

Cactáceas con principios activos

Aquí sí hay unas cuantas cactáceas que merecen mención, aunque el término "venenoso" les queda grande. Contienen alcaloides feniletilamínicos, en especial mescalina, que es un alucinógeno.

El caso más conocido es el peyote (Lophophora williamsii), un cactus globoso sin espinas, de tubérculos redondeados y penachos de lana blanca, originario del norte de México. También el San Pedro (Echinopsis pachanoi, antes Trichocereus pachanoi), el Echinopsis peruviana y el Trichocereus terscheckii, columnares andinos que se cultivan como ornamentales en muchos jardines y viveros españoles sin ningún problema.

Conviene subrayar dos cosas. Primera: tocarlos, regarlos o tenerlos en casa no supone ningún riesgo; los alcaloides no atraviesan la piel ni se emiten al aire. Segunda: la mescalina es una sustancia fiscalizada, de modo que su extracción o su consumo tienen implicaciones legales, mientras que el cultivo de las plantas como ornamentales es habitual. Ingerirlos, además de ilegal en cuanto al principio activo, provoca náuseas y vómitos intensos y episodios de alteración de la percepción que pueden acabar en urgencias.

Otras cactáceas contienen alcaloides menores sin interés recreativo ni toxicidad práctica, como Ariocarpus, Pelecyphora o algunos Coryphantha. Y en el extremo opuesto están las abiertamente comestibles: los higos chumbos de Opuntia ficus-indica, las pitahayas de Selenicereus (antes Hylocereus) y los frutos rojos de muchas Mammillaria, que son inofensivos aunque insípidos.

Espinas y gloquidios: el riesgo real

Lo que de verdad hace daño en una colección de cactus son las espinas, y no porque estén envenenadas —no lo están— sino por lo que arrastran consigo y por dónde acaban.

Las espinas rígidas de un Echinocactus grusonii, un Ferocactus o un Echinocereus pueden atravesar un guante fino, alcanzar una articulación o romperse dentro del tejido dejando un fragmento. Las de algunas especies llevan barbillas microscópicas que impiden que salgan tirando en línea recta.

Echinocactus grusonii con sus espinas rígidas amarillas

Pero los peores no son los grandes: son los gloquidios. Se trata de las cerdas diminutas, de uno o dos milímetros, agrupadas en las areolas de las Opuntia y Cylindropuntia. La Opuntia microdasys, esa chumbera enana de aspecto aterciopelado que se vende como "orejas de conejo" y que parece completamente inofensiva, es la campeona indiscutible de las visitas al centro de salud. Sus gloquidios se desprenden al mínimo roce, incluso con una corriente de aire, se clavan por cientos, son casi invisibles y están cubiertos de escamas retrógradas que actúan como un arpón: cuanto más los rozas, más se hunden.

Opuntia microdasys, la chumbera de gloquidios conocida como orejas de conejo

Cómo quitar espinas de la piel

Para espinas grandes y visibles: lava la zona con agua y jabón, ilumina bien, usa unas pinzas de punta fina —mejor de depilar que de cocina— y tira en el mismo ángulo de entrada, sin retorcer, para que no se rompa. Una lupa ayuda más de lo que parece. Después, desinfecta y observa la zona durante unos días.

Para gloquidios, olvídate de las pinzas: son demasiados y demasiado pequeños. Lo que funciona, por orden de eficacia:

Cola blanca de carpintero (PVA). Extiende una capa generosa sobre la piel afectada, coloca encima una gasa fina para que haga de refuerzo, deja secar por completo unos treinta minutos y despega la película de un tirón. Es el método más eficaz que existe a nivel doméstico y retira casi todas las cerdas en una sola pasada.

Cinta adhesiva ancha o cera depilatoria fría. Menos eficaz que la cola, pero inmediata. Aplica y retira con firmeza, y cambia de trozo de cinta cada vez para no reimplantarlos.

Y lo que no hay que hacer: frotar la zona, rascarse, pasar la mano por encima para "quitarlos", sacárselos con los dientes o soplar. Todo eso los rompe, los hunde más y los reparte por labios, lengua y otra mano. Tampoco sirve el agua a presión.

En la ropa, la primera regla es no meter la prenda en la lavadora: los gloquidios se sueltan y aparecen luego en toda la colada. Sacude la prenda al aire libre, pásale cinta adhesiva por ambas caras o un rodillo quitapelusas, y si son telas gruesas, mete la prenda en una bolsa en el congelador unas horas y luego cepíllala con firmeza, porque las cerdas se vuelven quebradizas y se desprenden mejor. En alfombras y tapicerías, aspirador con la boquilla estrecha y después cinta.

La prevención vale más que todo lo anterior: manipula opuntias con guantes de cuero, sujeta los ejemplares grandes con una tira de gomaespuma o periódico enrollado, usa pinzas de cocina largas para trasplantar y no coloques estas plantas a la altura de los brazos en pasillos, sofás o zonas de paso de niños.

Cactus y mascotas

Las cactáceas ornamentales corrientes no figuran como tóxicas para perros y gatos; el problema con ellas es traumático, con espinas clavadas en morro, lengua o almohadillas, algo que suele requerir sedación en la clínica para extraerlas bien. Las euforbias, en cambio, sí son tóxicas por contacto e ingestión, igual que el aloe (que tampoco es un cactus) por su contenido en aloína, laxante y emético en animales. Si tienes gato curioso, la decisión sensata es sacar las euforbias de su alcance y colocar las opuntias en estantes altos.

Cuándo consultar con el médico

La mayor parte de los pinchazos se resuelve en casa, pero hay situaciones que sí requieren atención sanitaria:

Si la espina se ha roto dentro y no consigues extraerla, o notas un cuerpo extraño al presionar. Un fragmento retenido puede provocar un granuloma o una inflamación persistente que exige extracción con material adecuado.

Si aparecen signos de infección a partir del segundo día: enrojecimiento que se extiende, calor, hinchazón, dolor creciente, pus, líneas rojas ascendentes o fiebre. Las espinas arrastran tierra y microorganismos del sustrato, y hay infecciones descritas por bacterias y hongos del suelo tras pinchazos aparentemente banales.

Si el pinchazo es profundo, en una articulación, en la palma de la mano, en la planta del pie o cerca de un tendón, y también si afecta a la cara o al ojo. Cualquier proyección de espinas, gloquidios o savia en el ojo es motivo de consulta oftalmológica el mismo día.

Si la persona no tiene la vacuna antitetánica al día, si es diabética, está inmunodeprimida o tiene mala circulación periférica, en cuyo caso el umbral para consultar debe ser mucho más bajo.

Y por supuesto, ante ingestión de cualquier parte de una euforbia o de un cactus desconocido, sobre todo por parte de un niño, o ante reacción alérgica con hinchazón de labios, dificultad para respirar o urticaria extensa. En España el Servicio de Información Toxicológica atiende las 24 horas en el 91 562 04 20, y conviene tener localizada la etiqueta o una foto de la planta al llamar.

En resumen

Los cactus venenosos, entendidos como plantas que envenenan al tocarlas, básicamente no existen. Ninguna cactácea tiene savia cáustica ni toxicidad por contacto, y las pocas con principios activos —peyote, San Pedro y otros Echinopsis columnares— solo los manifiestan por ingestión, con implicaciones legales añadidas por la mescalina.

El riesgo verdadero está en dos sitios. Uno, las euforbias suculentas que se confunden con cactus: su látex blanco quema la piel y daña seriamente el ojo, y se identifican porque no tienen areolas y sueltan leche al cortarlas. Dos, las espinas y sobre todo los gloquidios de Opuntia, con la Opuntia microdasys a la cabeza, que se clavan por cientos y se retiran con cola blanca o cinta adhesiva, nunca frotando ni con la boca.

Con guantes de cuero, gafas al podar euforbias, las opuntias fuera de las zonas de paso y el teléfono de toxicología apuntado, una colección de cactáceas es una de las aficiones más seguras que hay.


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