Un cactus que pasa el invierno dentro de casa a 21 °C y recibe un vasito de agua cada quince días no va a florecer nunca, por mucho sol que le dé en verano. Ese es el motivo de fondo detrás de tantas plantas que llevan años sin dar una flor, y la buena noticia es que se corrige con una sola decisión: dejar que el cactus pase frío y sed de noviembre a febrero.

La invernada seca y fría es la clave

Los cactus de desierto y de montaña no forman botones florales porque sí. La formación de las yemas de flor se induce en el reposo invernal, y ese reposo necesita dos señales combinadas: temperatura baja y ausencia de agua, mantenidas durante unos dos o tres meses seguidos.

La receta concreta, aplicable a los cactus globulares y columnares de desierto:

Desde primeros de noviembre hasta finales de febrero, ni una gota de agua y una temperatura de entre 5 y 12 °C. Sitios que funcionan: un invernadero frío, un porche cubierto, una galería sin calefacción, un cuarto trastero con ventana, el alféizar exterior de una ventana bajo alero. Lo que no funciona es el salón. La planta se arrugará ligeramente y perderá algo de turgencia durante esos meses; eso no es un problema, es exactamente lo que tiene que pasar.

Sin ese contraste, el cactus sigue en crecimiento vegetativo permanente y produce tallo nuevo blando y ahilado en lugar de flores. Es la explicación de por qué el mismo Mammillaria que florece cada año en la terraza de un vecino lleva un lustro mudo en la repisa de la cocina.

Cactus del género Mammillaria en plena floración

La edad manda: no todos pueden florecer todavía

Antes de cambiar nada del cultivo conviene comprobar si la planta tiene edad para ello. Cada género tiene su umbral y las diferencias son enormes:

Precoces (2 a 4 años). Rebutia, Sulcorebutia, Mammillaria, Gymnocalycium, Parodia (los antiguos Notocactus), Echinopsis. Con estos géneros, si haces bien el invierno, florecen sin más. Un Rebutia del tamaño de una nuez puede cubrirse de flores.

Intermedios (5 a 10 años). Astrophytum, Ferocactus pequeños, Trichocereus, Cleistocactus, muchas Opuntia.

Tardíos (décadas). Echinocactus grusonii, el asiento de suegra, es el caso más claro y el que más frustración genera. No florece hasta que la bola supera holgadamente los 40 cm de diámetro, lo que en maceta significa veinte o treinta años. No hay nada que hacer para acelerarlo. Los ejemplares que se ven florecidos en jardines botánicos son plantas viejas y grandes plantadas en suelo.

Si tu cactus está en el tercer grupo, deja de buscar el fallo en tus cuidados.

Luz: la segunda causa de fracaso

Un cactus necesita un mínimo de cinco o seis horas de sol directo durante la temporada de crecimiento para acumular reservas suficientes. Detrás de una ventana orientada al norte, o a dos metros de una ventana al sur, la luz que llega es una fracción minúscula de la del exterior, aunque a nuestros ojos la habitación parezca luminosa.

Hay una señal inequívoca de luz insuficiente: el ahilamiento. El cactus produce un crecimiento nuevo más estrecho que el resto, de un verde más claro, con espinas cortas y espaciadas, y adopta forma de pera invertida o de columna que se estrecha hacia arriba. Una planta ahilada no va a florecer, y la parte deformada no se corrige nunca; solo puede taparse con el crecimiento posterior si le devuelves las condiciones adecuadas.

Lo ideal en el clima peninsular es sacar los cactus al exterior de abril a octubre, aclimatándolos de forma gradual: dos semanas a media sombra antes del sol pleno, o se quemarán con manchas amarillentas permanentes. La oscilación térmica entre el día y la noche que da el exterior es, además, otro de los estímulos que favorecen la floración.

Abono: menos nitrógeno, más potasio

El abono universal para plantas verdes es rico en nitrógeno, y el nitrógeno da hojas y tallo, no flores. En un cactus se traduce en un cuerpo hinchado, blando, de color verde claro y sin botones.

Lo que hay que usar es un abono bajo en nitrógeno y alto en potasio y fósforo, del tipo 5-10-10 o los específicos para cactus y crasas. A falta de eso, un abono para tomate o para geranios diluido a la mitad de la dosis del envase hace el mismo papel. Se aplica de abril a septiembre, cada tres o cuatro semanas, siempre con la planta ya regada o dentro del agua de un riego completo, nunca sobre sustrato seco.

El potasio es el que interviene en la floración y en la calidad de los tejidos. Con un aporte correcto, además de flores tendrás espinas más gruesas y una epidermis más dura.

La maceta justa, no la maceta grande

Trasplantar a un tiesto enorme "para que crezca más" es contraproducente. Mientras la raíz tenga espacio libre por delante, la planta invierte en raíz; cuando el cepellón está razonablemente ocupado, redirige energía a la reproducción. Un contenedor ajustado, con un par de centímetros de margen alrededor del cepellón, favorece la floración.

Hay otra razón práctica: en una maceta grande el sustrato tarda semanas en secarse y las raíces permanecen húmedas demasiado tiempo, con el riesgo de podredumbre que eso conlleva. El sustrato debe ser mayoritariamente mineral, con al menos la mitad de arena gruesa, puzolana, picón o pómice, y drenaje libre.

Cómo despertarlo en primavera sin estropearlo

La transición de febrero a abril es donde se pierden muchas floraciones que ya estaban en marcha.

No riegues a fondo de golpe. A finales de febrero o principios de marzo, según la zona, da un primer riego ligero y espera dos semanas. A partir de ahí, riegos completos espaciados: empapar hasta que salga agua por el drenaje y dejar secar por completo antes del siguiente. En pleno verano eso puede ser cada 7 u 8 días; en marzo, cada tres semanas.

Una vez que aparecen los botones, no toques nada. Cambiar la planta de sitio, girarla respecto al sol, trasplantarla o alterar el ritmo de riego son las causas típicas del aborto de botones, que se secan y caen sin llegar a abrir. Si tienes que girar la maceta para que crezca recta, hazlo en verano, no en abril.

No trasplantes un cactus con botones. El trasplante se hace en primavera, sí, pero antes de que asomen las yemas o después de que hayan pasado las flores.

Distinguir un botón floral de un hijuelo

Confundirlos es habitual y lleva a tomar decisiones equivocadas. Un botón floral es puntiagudo, sale de la areola o de la axila entre tubérculos, suele tener aspecto lanoso o escamoso y se alarga rápido, en cuestión de días. Un hijuelo es redondeado desde el principio, tiene ya sus propias espinas visibles y crece con lentitud.

Cada género tiene además su punto de emisión: las Mammillaria florecen en corona, formando un anillo de flores pequeñas alrededor del ápice; los Gymnocalycium y Astrophytum, en el ápice mismo; los Echinopsis, desde el lateral, con un largo tubo peludo que se estira durante una semana antes de abrir.

Cactus globular con flores abiertas en el ápice

Los epífitos van por otro camino

El cactus de Navidad (Schlumbergera), el de Pascua (Rhipsalidopsis) y los Epiphyllum no son plantas de desierto: viven sobre árboles en selvas húmedas de Brasil y aplicarles la invernada seca los mata o los deja pelados.

Su floración se induce por días cortos y temperaturas frescas. Para la Schlumbergera, unas seis semanas a partir de octubre con temperaturas nocturnas de 12 a 16 °C y oscuridad completa durante al menos doce o trece horas diarias. Ese último punto es el que se incumple sin darse cuenta: una lámpara encendida por la noche en la misma habitación basta para bloquear la inducción. Durante ese periodo se riega poco, pero no se suspende el riego, y nunca se deja secar el sustrato del todo. Tampoco toleran el sol directo de mediodía en verano.

Dos mitos que conviene enterrar

"Los cactus florecen una vez cada cien años y luego mueren." Falso, y viene de una confusión con los agaves, que sí son monocárpicos: florecen una sola vez, tras muchos años, y mueren después. Los cactus florecen todos los años una vez alcanzada la madurez, algunos varias veces por temporada, y siguen viviendo. Las flores duran poco (de un día en los Echinopsis nocturnos a una semana en las Mammillaria), y esa brevedad ha alimentado la leyenda.

Las flores de colores chillones pegadas en el ápice. Buena parte de los cactus de bandeja de supermercado llevan una flor seca de siempreviva teñida de fucsia o naranja, sujeta con una gota de cola caliente. No es una flor de la planta. Hay que despegarla con cuidado en cuanto se compra la planta, porque el pegamento daña el tejido de la zona de crecimiento, que es justo donde la planta necesita estar intacta para florecer de verdad algún día.

Calendario de una temporada

Noviembre a febrero: sin riego, entre 5 y 12 °C, mucha luz aunque no crezca. Es el periodo que determina si habrá flores.

Marzo: primer riego ligero, aumentar la luz de forma gradual. Trasplantes, si hacen falta, ahora y antes de que aparezcan botones.

Abril a junio: riegos completos y espaciados, abono bajo en nitrógeno cada tres o cuatro semanas, salida al exterior con aclimatación progresiva. Floración de los géneros más habituales. No mover las plantas con botones.

Julio y agosto: riego más frecuente, sombreo en las horas centrales en el interior peninsular y el sur, donde el sol de mediodía llega a quemar incluso a un cactus.

Septiembre y octubre: último abonado a principios de septiembre, espaciar riegos progresivamente, entrar las plantas bajo cubierto antes de las lluvias de otoño.

En resumen

Para que un cactus florezca hacen falta cuatro cosas y ninguna es un truco: que la planta tenga edad suficiente para su género, que reciba sol directo abundante en verano, que se abone con un producto bajo en nitrógeno y alto en potasio de abril a septiembre, y sobre todo que pase un invierno de tres meses sin agua y a menos de 12 °C. Ese reposo invernal es lo que induce los botones y es lo que casi nadie hace en casa. Cuando los botones aparezcan, no muevas la planta ni cambies el riego. Y si tienes un Echinocactus grusonii de veinte centímetros, ten paciencia: le faltan un par de décadas, y no es culpa tuya.


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