Cleistocactus es un género de cactáceas columnares de los Andes, con tallos delgados cubiertos por completo de espinas finas y flores tubulares que apenas llegan a abrirse. Ese detalle de la flor es el que da nombre al género: procede del griego kleistós, cerrado. Son plantas rápidas para lo que suele ser un cactus, generosas de floración y sin exigencias raras, lo que las convierte en una de las mejores entradas a los columnares.
Lo que hay que tener claro desde el principio es que aquí conviven dos hábitos de crecimiento muy distintos. Están las especies erectas, que forman columnas rígidas y ramifican desde la base, como Cleistocactus strausii; y están las de tallos flexibles y colgantes, como Cleistocactus winteri, que piden maceta alta o cesta. Los cuidados de fondo son los mismos, pero el sitio donde las pones no lo es en absoluto.
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Cómo son estas plantas
Los tallos son cilíndricos y estrechos, de pocos centímetros de diámetro, con un número alto de costillas poco marcadas y areolas muy juntas. De cada areola salen espinas numerosas, cortas, a menudo finas como cerdas, que en algunas especies cubren el tallo hasta el punto de que la planta parece blanca o dorada en vez de verde. En las erectas, las columnas se mantienen tiesas y ramifican formando grupos; en las rastreras y colgantes los tallos se doblan bajo su propio peso.
La flor es lo más característico. Es tubular, estrecha, ligeramente curvada, con los pétalos apenas separados en la punta, y aparece lateralmente en el tallo, no en el ápice. Los colores van del rojo y el naranja al rosa, el amarillo o el verdoso, y hay especies con flores de dos tonos. Se abren de día y su forma, un tubo estrecho con néctar al fondo, corresponde a la polinización por colibríes. El fruto es una baya pequeña y globosa.
El género se distribuye por Bolivia, Perú, Argentina, Paraguay y Uruguay, en zonas de matorral seco y bosque semiárido, desde cotas bajas hasta altitudes considerables en la vertiente andina. Esa procedencia de montaña explica dos cosas del cultivo: aguantan sol fuerte y aguantan noches frescas mucho mejor que los cactus de tierras bajas.
Conviene saber que los límites del género se han movido bastante con los estudios moleculares de las últimas décadas, y varias plantas que aparecen en catálogos y libros antiguos bajo otros nombres genéricos hoy se tratan como Cleistocactus, o al revés. Si buscas una especie concreta y no la encuentras, prueba con el sinónimo.
Las especies que más se ven
Cleistocactus strausii es la más difundida, conocida como antorcha plateada. Es boliviana, forma columnas erectas de varios metros en su hábitat y bastante menos en maceta, y está cubierta de espinas blancas muy densas que le dan un aspecto lanoso. Florece en rojo oscuro, con flores horizontales que salen del lateral de la columna. Es también la más resistente al frío del género.
Cleistocactus winteri tiene el hábito contrario: tallos delgados y colgantes, cubiertos de espinas doradas finas, con flores anaranjadas grandes para el género. Se cultiva en cesta colgante o en maceta elevada, y es la que mejor funciona en una terraza o en un balcón con buena luz.
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Además circulan por viveros varias especies de tallos más gruesos y espinas doradas o rojizas, y bastantes híbridos. Para el cultivo doméstico las diferencias entre ellas son menores: lo que cambia es el porte y el color de la espina.
Luz, temperatura y ubicación en España
Sol directo, cuanto más mejor. Con poca luz el tallo se estira, se adelgaza, pierde el color de la espina y no florece, y ese estiramiento no se corrige después. En interior necesitan la ventana más luminosa de la casa y aun así rara vez florecen; su sitio natural en España es el exterior.
En el litoral mediterráneo y en el sur viven al aire libre todo el año sin más cuidado. En el interior peninsular, con heladas de varios días, la solución práctica es tenerlas en maceta y meterlas en un porche, galería o invernadero frío durante el invierno. El punto que hay que entender es que el frío seco lo llevan bastante bien y el frío con el sustrato mojado no lo llevan en absoluto: la combinación de temperatura baja y raíz húmeda es lo que las pudre.
En el verano peninsular más duro, con varias semanas por encima de 35 grados, un ejemplar recién comprado en un invernadero de vivero puede quemarse si lo sacas al sol de golpe. La adaptación se hace en dos o tres semanas, dándole sol de mañana primero y ampliando después.
Sustrato y riego
El sustrato tiene que drenar rápido. Una mezcla que funciona bien es aproximadamente mitad de sustrato para cactáceas o turba de calidad y mitad de material mineral grueso: arena de río lavada de grano grueso, pómez, picón o arlita fina. La proporción exacta importa menos que el resultado: al regar, el agua debe salir por el desagüe casi enseguida, y la mezcla no debe quedar compacta ni encharcada. Si tienes dudas sobre la fórmula, en la guía de tierra para macetas de cactus está desarrollada.
La maceta, con agujeros de drenaje siempre, y preferiblemente profunda en las especies erectas, porque una columna alta en una maceta baja acaba volcando.
El riego se organiza por temporada, no por días fijos. De primavera a principios de otoño, en pleno crecimiento, se riega cuando el sustrato está seco en profundidad, empapando bien y dejando escurrir. Con calor fuerte eso puede significar una vez por semana; con tiempo fresco y nublado, cada dos o tres semanas. En otoño se van espaciando los riegos, y desde que la temperatura baja de forma estable hasta la primavera siguiente se mantienen secas.
Ese reposo seco de invierno no es opcional ni es una crueldad: es la condición para que florezcan y es lo que evita la pudrición de raíz. El error que mata a estas plantas no es la sed, es el agua de invierno sobre un sustrato que la retiene.
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Abonado, trasplante y multiplicación
Con un abono específico para cactáceas, bajo en nitrógeno y con más potasio, aplicado durante el periodo de crecimiento activo según lo que indique el envase, es suficiente. Un exceso de nitrógeno da tallos blandos, hinchados y propensos a pudrirse. En invierno no se abona.
El trasplante se hace cada dos o tres años, o antes si la planta ha llenado la maceta, siempre en primavera y con el sustrato seco. Después del trasplante conviene esperar una semana antes del primer riego, para que las raicillas rotas cicatricen.
Se multiplican bien de dos maneras. Por esqueje de tallo: se corta un segmento con hoja limpia y afilada, se deja secar en sombra y ventilado hasta que forme callo, y solo entonces se planta en sustrato apenas humedecido. En las especies erectas el corte deja una cicatriz visible en la planta madre para siempre, así que si la estética importa conviene tomar los esquejes de ramas bajas o aprovechar los brotes basales. Por semilla también funcionan, con germinación relativamente rápida para ser cactáceas, aunque el camino hasta tener un ejemplar de tamaño es largo.
Problemas frecuentes
La cochinilla algodonosa se instala entre las espinas, donde es difícil de ver hasta que ya hay colonia, y la cochinilla de raíz aparece al trasplantar, como un polvillo blanco pegado a las raíces. En una colección pequeña la revisión periódica y la retirada manual resuelven la mayoría de los casos, y en el trasplante se aprovecha para limpiar bien el cepellón.
Las manchas blandas y oscuras en la base son pudrición, casi siempre por exceso de agua o por frío húmedo. Cuando aparecen hay poco que hacer en la parte afectada: lo práctico es cortar por encima, en tejido sano, dejar secar y enraizar la parte buena como esqueje.
Un último apunte que aplica a todo el género: las cactáceas están incluidas en el Apéndice II de CITES, aplicado en la Unión Europea mediante el Reglamento (CE) 338/97. En la práctica esto no afecta a comprar una planta cultivada en un vivero español, pero sí significa que no se recolectan ejemplares del medio natural y que las plantas que cruzan fronteras necesitan documentación.
En resumen
Cleistocactus es un género de columnares andinos de tallo delgado y espinación densa, con flores tubulares casi cerradas polinizadas por colibríes. Hay especies erectas, como la antorcha plateada, y especies colgantes, como C. winteri, y la elección entre unas y otras determina dónde las vas a colocar.
El cultivo se resume en sol directo, sustrato mineral que drene rápido, riego generoso pero espaciado en la temporada de crecimiento y sequía completa en invierno. Con eso crecen deprisa y florecen. Sin el descanso seco de invierno, ni florecen ni duran.