Un ejemplar adulto de cardón puede pasar de los quince metros de altura y pesar varias toneladas, casi todo agua. Es el cactus más grande del mundo, crece en los desiertos del noroeste de México y, con paciencia, se puede cultivar en buena parte del litoral español. La paciencia no es un detalle menor: la planta que compras en un vivero con veinte centímetros lleva ya tres o cuatro años de vida.

El nombre científico es Pachycereus pringlei, y conviene fijarlo desde el principio porque «cardón» es una de las palabras más ambiguas de la jardinería en español.

Qué se llama cardón y qué no

En Canarias, el cardón es Euphorbia canariensis, que no es un cactus: es una euforbia, tiene látex blanco y venenoso, y sus espinas se disponen en pares sobre las aristas, no en areolas. Si alguien te habla del cardón del Teide o del cardonal, se refiere a esa planta. En Argentina, Bolivia y el norte de Chile, cardón es Echinopsis atacamensis (antes Trichocereus pasacana), el de los valles calchaquíes. Y en México, cardón es Pachycereus pringlei, el gigante de Baja California y Sonora, que es del que trata este artículo.

La distinción es práctica, no pedante: los cuidados de una euforbia arborescente canaria y los de un cactus columnar sonorense no coinciden, y el látex de la primera obliga a usar guantes y gafas al podarla. Cuando compres semillas o un ejemplar, mira la etiqueta científica y no el nombre común.

Cactus columnares de distintos tamaños cultivados en macetas

Cómo es la planta

El cardón forma un tronco leñoso corto y grueso del que salen varias ramas verticales, dando una silueta de candelabro. Los tallos son de un verde azulado o grisáceo, con entre diez y dieciséis costillas marcadas, y llegan a los 40-50 cm de diámetro. Las areolas van muy juntas en los ejemplares jóvenes y llevan espinas cortas y robustas; en la parte alta de las plantas maduras, en cambio, las areolas se vuelven lanosas y las espinas se reducen casi a nada. Es normal: no significa que la planta esté enferma.

Las flores son blancas o crema, de unos 7-8 cm, y se abren de noche, permaneciendo abiertas hasta media mañana. En su ambiente natural las polinizan murciélagos nectarívoros del género Leptonycteris, y por la mañana rematan la faena las abejas y algunas aves. El fruto es esférico, cubierto de espinas caducas, con pulpa roja dulce y muchas semillas negras.

Tiene dos rarezas que merece la pena conocer. La primera es su sistema sexual: en las poblaciones silvestres conviven pies hermafroditas, femeninos y masculinos, algo poco común entre las cactáceas y que explica que un ejemplar aislado pueda florecer año tras año sin cuajar un solo fruto. La segunda es su relación con bacterias fijadoras de nitrógeno asociadas a las raíces, que le permiten instalarse sobre roca casi desnuda y disolverla poco a poco. En cultivo doméstico esto no cambia el manejo, pero sí explica por qué prospera en sustratos increíblemente pobres.

El crecimiento es lento y muy dependiente de la temperatura y del riego. En condiciones buenas, con calor y agua en verano, un ejemplar joven bien plantado hace 10-20 cm al año; en maceta y en un clima fresco, la mitad o menos. Los ejemplares grandes de Sonora tienen más de cien años, y los mayores se estiman en dos siglos.

Dónde puede vivir en España

El factor limitante es el frío húmedo, no el frío a secas. Un cardón adulto, seco de raíz y bien asentado, aguanta heladas puntuales de -2 a -4 ºC sin daño visible. Si esa misma helada le pilla con el sustrato mojado, aparecen manchas blandas que después se necrosan y se abren.

Con eso en la mano, se puede plantar directamente en el suelo en Canarias, en el litoral de Almería, Murcia, Alicante, Málaga y la costa de Granada, y en zonas resguardadas de Valencia, Castellón y el sur de Cataluña. En Sevilla, Córdoba o el interior de Alicante es viable con un microclima favorable: al pie de un muro orientado a sur, en terreno drenante y sin riego de invierno. En Madrid, Zaragoza, Valladolid o toda la cornisa cantábrica, el cultivo es de maceta, con invernada bajo cubierta luminosa y seca.

El sitio de plantación pide sol directo todo el día, aire y, muy importante, que no reciba el goteo de un aspersor de césped ni el escurrido de un tejado. Los ejemplares muy jóvenes son la excepción: hasta los dos o tres años agradecen media sombra en las horas centrales del verano, porque la epidermis todavía no está endurecida y se quema.

Sustrato, riego y abonado

El sustrato debe ser mayoritariamente mineral. Una mezcla que funciona bien es un tercio de tierra franca o sustrato de cactus, un tercio de arena gruesa de río o granito lavado, y un tercio de árido poroso: pómice, picón, arlita o akadama. La arena de playa no vale por la sal, y la arena fina de miga apelmaza en lugar de drenar. Si el suelo del jardín es arcilloso, hay que plantar sobre un montículo elevado 30-40 cm, no cavar un hoyo: un hoyo relleno de sustrato drenante dentro de arcilla funciona como una bañera.

El riego sigue el ciclo de crecimiento. De abril a septiembre, riego abundante cuando el sustrato esté seco del todo, más o menos cada 10-15 días en maceta y bastante menos en suelo. En octubre se van espaciando, y de noviembre a marzo no se riega nada si la planta pasa el invierno por debajo de 10-12 ºC. Los ejemplares en interior cálido y luminoso pueden llevar un riego ligero cada seis semanas, solo para que las raíces finas no mueran del todo.

El error más repetido con esta planta no es regarla poco, es regarla poco y a menudo. Un chorrito semanal que solo moja los primeros centímetros mantiene el cuello húmedo, favorece la podredumbre y no llega a las raíces profundas. Mejor empapar de verdad y luego dejar secar por completo.

En abono, uno de cactáceas bajo en nitrógeno y con más potasio y fósforo (algo del tipo 5-10-10), a media dosis, una vez al mes de mayo a agosto. El exceso de nitrógeno produce tejido blando, verde claro y propenso a agrietarse, y una planta que se vuelca sola porque el tallo no aguanta su propio peso.

Maceta y trasplante

El cardón hace raíz pivotante desde muy pequeño, así que pide macetas hondas antes que anchas. En barro cocido el sustrato se seca antes y hay menos margen de error, que es justo lo que interesa aquí. El trasplante se hace cada dos o tres años, siempre en primavera, y con el cepellón seco: se saca, se limpian las raíces muertas, se planta y se espera una semana antes de regar para que cicatricen las heridas de raíz.

Los ejemplares que superan el metro en maceta se vuelven muy inestables. Un buen truco es lastrar el fondo con una capa de grava gruesa o de cantos rodados antes de poner el sustrato. Y para manejarlos sin clavarse las espinas, un rollo de espuma de aislamiento o varias capas de papel de periódico enrolladas alrededor del tallo hacen de asa.

Propagación

Lo habitual y lo más agradecido es por semilla. Se siembra de abril a junio, con temperaturas de 22-28 ºC. Se llena un recipiente con sustrato mineral fino previamente humedecido, se esparcen las semillas en superficie sin enterrarlas —necesitan luz para germinar— y se tapa el recipiente con film transparente o una tapa. La germinación arranca en 5-15 días. A partir de ahí, el semillero se ventila cada vez más durante un par de meses hasta destaparlo del todo, sin dejar que se seque de golpe.

Las plántulas son globosas, del tamaño de una lenteja el primer año, y sí necesitan humedad constante y sombra ligera, al contrario que los adultos. El primer trasplante individual se hace al año o al año y medio. Hay que contar con que un cardón de semilla tarda entre veinte y treinta años en florecer, y bastante más en ramificar.

Por esqueje solo tiene sentido si dispones de una rama, algo poco frecuente. Se corta con hoja limpia y desinfectada, se deja secar en vertical, a la sombra y ventilado, entre dos y cuatro semanas —hasta que el corte forme un callo duro y seco— y luego se planta enterrando solo unos centímetros, sujeto con tutores, sin regar durante las tres primeras semanas. Un esqueje plantado en fresco se pudre casi siempre.

Cactus de distintos tamaños cultivados bajo invernadero

Plagas, enfermedades y daños fisiológicos

Cochinilla algodonosa (Planococcus spp., Pseudococcus spp.). Se instala en el fondo de las costillas y en las areolas, con aspecto de motas de algodón. En pocos ejemplares se elimina con un bastoncillo mojado en alcohol de 70º y después un lavado con jabón potásico; en infestaciones grandes hace falta un tratamiento sistémico. Revisa siempre la cara del tallo que da a la pared, que es donde se esconde.

Cochinilla de las raíces (Rhizoecus spp.). Más traicionera, porque la planta solo se ve parada y apagada. Se detecta al trasplantar: polvillo blanco pegado a las raíces y a las paredes del cepellón. Se limpian las raíces bajo el grifo, se recorta lo dañado y se replanta en sustrato nuevo y maceta desinfectada.

Araña roja (Tetranychus urticae). Prospera con calor seco y aire parado, y deja en el ápice un moteado que después se convierte en cicatrices corchosas permanentes. El daño estético no se revierte nunca, así que aquí importa la prevención: aumentar la ventilación y revisar en junio y julio.

Podredumbres. Phytophthora y Fusarium entran por la base con exceso de agua y aparecen como una mancha oscura y blanda que asciende por el tallo. Si el tejido interior sigue firme por encima, se corta en sano por bastante margen, se deja cicatrizar y se enraiza la parte sana como esqueje. No hay fungicida que salve un tallo ya reblandecido.

Quemaduras solares. Una planta que ha pasado el invierno en interior y se saca de golpe al sol de mayo desarrolla manchas blanquecinas o amarillentas irreversibles en la cara expuesta. La aclimatación se hace en dos o tres semanas, empezando en sombra luminosa. El mismo cuidado vale al girar una planta que siempre ha tenido una cara al norte.

Etiolación. Si el tallo nuevo sale más estrecho que el viejo y de un verde más claro, falta luz. No se corrige, pero el crecimiento posterior vuelve a engrosar si se mejora la exposición; la cintura queda como testigo del año malo.

Usos

En jardinería, el papel del cardón es el de ejemplar aislado y estructural en jardines secos: aporta verticalidad donde casi ninguna otra planta la da sin riego. Combina bien con agaves, Dasylirion, aloes y gravas de tonos claros. Como es de crecimiento lentísimo, quien lo planta pequeño está diseñando para dentro de veinte años, y conviene dejarle sitio: un adulto necesita tres o cuatro metros libres alrededor y estar lejos de zonas de paso, porque las espinas de la mitad inferior son serias.

En su tierra tiene usos que aquí no se le dan pero que explican su importancia: el pueblo comcaac (seri) de Sonora aprovecha los frutos frescos, seca la pulpa y muele las semillas para obtener una harina rica en aceite, y las costillas leñosas de los ejemplares muertos se han usado tradicionalmente como material de construcción y para cercados. El cardonal, además, es hábitat y despensa de murciélagos, aves y reptiles del desierto.

En resumen

Pachycereus pringlei es un cactus columnar gigante, longevo y de crecimiento lento que se cultiva bien en el litoral mediterráneo y en Canarias, y en maceta en el resto de España. Pide sol pleno, sustrato mineral con drenaje real, riegos abundantes y espaciados de abril a septiembre y sequía total en invierno. Se multiplica sobre todo por semilla, con germinación fácil y desarrollo muy lento. Los problemas serios vienen casi siempre del agua en la estación fría y de la cochinilla; los estéticos, del sol mal aclimatado y de la falta de luz. Y antes de comprar nada, comprueba que el «cardón» de la etiqueta es este y no la euforbia canaria ni el cactus andino que comparten nombre.


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