Hay cactus que florecen cada primavera sin que hagas nada y cactus que no dan una flor en veinte años. Entre medias está lo interesante: un puñado de especies poco vistas en los viveros corrientes cuya floración compensa la espera, desde flores gigantes que se abren una sola noche y se cierran al amanecer hasta plantas que fabrican una especie de sombrero de lana antes de poder florecer.
Antes de nada, un dato que ahorra decepciones: no se conoce ninguna cactácea con flor azul verdadera. La familia da blancos, amarillos, naranjas, rojos, rosas y púrpuras, a veces con reflejos casi turquesa en la garganta, pero el azul de las fotos que circulan por internet es retoque o tinte. Si un vendedor te ofrece semillas de cactus de flor azul, ya sabes de qué va.
Selenicereus grandiflorus, la reina de la noche
Es probablemente la floración más espectacular de la familia. Selenicereus grandiflorus es un cactus trepador de tallos delgados y angulosos, nada lucido el resto del año, que produce flores enormes, blancas, de aroma intenso y dulce. Se abren al caer la noche, están abiertas unas horas y al amanecer ya se han marchitado. Una sola noche al año, a veces dos.
Esa flor nocturna y blanca tiene explicación: en su hábitat centroamericano y caribeño la polinizan murciélagos y polillas nocturnas, y el color pálido y el perfume son el reclamo. En cultivo necesita espacio y algo a lo que agarrarse, luz abundante sin sol abrasador y unos años de paciencia antes de la primera flor. En el interior peninsular hay que resguardarla en invierno, porque es tropical y no tolera la helada.
Lobivia y Echinopsis: flores más grandes que la planta
El cactus de la foto de arriba se vende como Lobivia winteriana. Conviene saber que Lobivia estuvo durante años incluida en Echinopsis y que los catálogos siguen usando los dos nombres para las mismas plantas, así que no te extrañe encontrarla etiquetada de las dos maneras.
Lo que las hace destacar es la desproporción: son cactus globosos pequeños, del tamaño de un puño o menos, que se abren en flores rojas, naranjas o amarillas casi tan anchas como el cuerpo entero. Duran uno o dos días, pero una planta adulta va abriendo tandas a lo largo de semanas. Son andinas, de Bolivia y Argentina, y esa procedencia de montaña las hace de las más agradecidas del grupo: florecen jóvenes y aguantan bien el frío si pasan el invierno secas.
Melocactus, el cactus con gorro
Los Melocactus hacen algo que casi ningún otro cactus hace: cuando alcanzan la madurez dejan de crecer en tamaño y desarrollan en el ápice un cefalio, una estructura densa de lana y cerdas, a menudo de color rojizo, que parece un gorro pegado encima. Solo desde ese cefalio salen las flores, minúsculas y rosas, seguidas de frutos rosados alargados que asoman como dedos.
Esa es también su dificultad. Son plantas de zonas cálidas del Caribe, Brasil y el norte de Sudamérica que no toleran el frío ni los inviernos húmedos: quieren temperaturas templadas todo el año. En España se llevan bien en terrazas resguardadas del sur y del litoral, pero en el interior necesitan interior con luz en invierno. Además, una vez formado el cefalio, la planta ya no crece más.
Discocactus y Ariocarpus, floración rara de coleccionista
Los Discocactus, brasileños, también forman cefalio, y desde él abren flores blancas nocturnas de perfume muy intenso, desproporcionadas para una planta tan discreta. Los Ariocarpus mexicanos son directamente otra cosa: plantas aplanadas, de tubérculos triangulares duros, que parecen rocas y crecen a una lentitud extrema. Florecen en otoño, con flores grandes rosas, magentas o blancas que salen del centro lanoso y que parecen pertenecer a otra planta.
Los dos géneros son delicados en cultivo y muy lentos, y los dos figuran en el apéndice más restrictivo de CITES. De eso conviene hablar antes de comprar nada.
Rarezas y papeles: el aviso que importa
Toda la familia Cactaceae está incluida en los apéndices de CITES, el convenio internacional sobre comercio de especies amenazadas, y en la Unión Europea eso se aplica a través del Reglamento (CE) 338/97. La mayoría de las especies están en el apéndice general, pero varios géneros muy buscados por coleccionistas (Ariocarpus, Discocactus, Aztekium, Turbinicarpus o Pelecyphora, entre otros) están en el apéndice más estricto, precisamente porque el expolio de sus poblaciones silvestres ha sido y sigue siendo un problema serio.
En la práctica: compra en viveros especializados que acrediten que la planta es de reproducción artificial y guarda la documentación que te den. Desconfía de ejemplares adultos de especies lentas vendidos por particulares sin origen, sobre todo por internet. Una planta arrancada del campo suele además morirse en casa, porque ha perdido la raíz principal y trae hongos del suelo.
Los epífitos, la excepción fácil
Si lo que quieres es flor y no rareza, el atajo son los cactus epífitos de selva. La Schlumbergera de la foto, el cactus de Navidad, florece cada año sin drama y en pleno invierno, cuando ningún otro cactus da nada. No es Zygocactus, nombre antiguo que aún se ve en las etiquetas, ni Epiphyllum, que es otro género de epífitos con flores enormes, muchas de ellas nocturnas.
La clave con estos es entender que no son cactus de desierto. Vienen de la selva brasileña, viven encaramados a los árboles y quieren luz filtrada en lugar de sol directo, sustrato aireado con materia orgánica en lugar de arena pura, agua poco calcárea y riego regular durante el crecimiento. Tratados como un cactus de arena, se arrugan y no florecen.
Cómo conseguir que un cactus florezca
Casi todas las cactáceas de desierto necesitan lo mismo, y la mayoría de los cactus de piso no florecen porque les falta una de estas cuatro cosas.
- Un invierno de verdad. Un reposo fresco y completamente seco de noviembre a febrero es lo que dispara la formación de botones en primavera. Un cactus que pasa el invierno a veintidós grados junto a un radiador y con riego no florece.
- Luz, mucha. Ventana orientada al sur o al este, y mejor terraza de mayo a octubre, aclimatándolos poco a poco para que no se quemen.
- Edad. Unas especies florecen a los tres años y otras tardan décadas. Ninguna técnica acelera eso.
- No moverlos cuando aparecen los botones. Varios géneros, y los epífitos de manera notoria, abortan los capullos si les cambias la orientación respecto a la luz en pleno desarrollo. Marca el lado que da a la ventana y devuélvelo siempre igual.
Un apunte sobre abono: durante el crecimiento, un fertilizante para cactáceas bajo en nitrógeno y con más fósforo y potasio ayuda a la floración; el exceso de nitrógeno da tejido blando, aguado y propenso a pudrirse. Y nada de abonar en el reposo invernal.
En resumen
Los cactus de floración más extraordinaria no suelen ser los más vistosos el resto del año: Selenicereus grandiflorus es un manojo de tallos hasta la noche en que se abre, los Melocactus y Discocactus esconden sus flores en un cefalio de lana, y los Ariocarpus parecen piedras hasta que revientan en rosa en otoño. Las Lobivia son la opción razonable para empezar, porque florecen jóvenes y son enormes en proporción a la planta.
Todo eso pasa por dos condiciones. La primera, dar a la planta un invierno fresco y seco y toda la luz posible, que es lo que de verdad decide si hay flores. La segunda, comprar en sitios con documentación, porque muchas de estas rarezas están protegidas por CITES y por el Reglamento (CE) 338/97 y su comercio ilegal es la razón de que escaseen en el campo.