De los cactus se sabe lo de siempre: que pinchan, que aguantan la sequía y que no hay que regarlos mucho. Pero la familia tiene rarezas que no salen en las etiquetas del vivero, y algunas explican cosas muy concretas que te has encontrado sin saber qué eran, como esos cactus de colores imposibles pegados encima de otro o esas plantas con forma de abanico retorcido.
Aquí van siete datos que cambian bastante la idea que uno tiene de estas plantas: un órgano que no tiene ninguna otra planta del mundo, un cactus que crece silvestre en África, otro que sí tiene hojas de verdad, flores que duran una noche y ejemplares que superan de largo la vida de una persona.

1. Tienen un órgano que no existe en ninguna otra planta
Las espinas no definen a un cactus. Hay cactus sin espinas y hay montones de plantas espinosas que no son cactus. Lo que sí es exclusivo de la familia Cactaceae es la areola: ese cojincillo lanoso, ligeramente elevado, del que salen las espinas, los pelos, las flores y los brotes nuevos.
Botánicamente es una yema modificada, o sea, el sitio donde en otra planta nacería una rama. Ninguna otra familia vegetal tiene nada equivalente, y por eso una euforbia africana con pinta de cactus se delata en cuanto la miras de cerca: sus espinas salen directamente del tallo, sin cojinete. Es el mejor truco para no equivocarse en un vivero, y funciona sin flores ni fruto.
2. Hay un cactus que crece silvestre fuera de América
La familia es americana de arriba abajo, desde el sur de Canadá hasta la Patagonia. Todas las cactáceas que conoces son originarias de ese continente, por mucho que la chumbera parezca parte del paisaje mediterráneo de toda la vida (llegó tras el contacto con América y aquí se naturalizó).
Hay una sola excepción real. Rhipsalis baccifera crece de forma silvestre en África tropical, Madagascar y Sri Lanka, además de en América. Es un cactus epífito de tallos colgantes y finos, sin espinas, de los que dan frutos blancos parecidos al muérdago. Cómo llegó allí sigue siendo discutido, y la hipótesis que más se maneja es la dispersión de sus semillas por aves migratorias, no un origen anterior a la separación de los continentes.

3. Existen cactus con hojas de verdad
El tópico dice que un cactus no tiene hojas, y para la inmensa mayoría es cierto. Pero el género Pereskia, junto con otros géneros próximos, conserva hojas anchas, planas y bien reconocibles, sobre tallos leñosos con aspecto de arbusto o de trepadora. Parecen cualquier cosa menos un cactus, hasta que te fijas en que las espinas salen de areolas.
Son plantas clave para entender el origen de la familia, porque muestran el punto de partida: un arbusto con hojas normales que, por distintos caminos evolutivos, acabó pasándole todo el trabajo al tallo. Las opuntias jóvenes también sacan hojas pequeñas y cilíndricas en cada pala nueva, que se caen al poco tiempo. Si tienes una chumbera o unas orejas de conejo en primavera, mira los brotes tiernos antes de que las pierdan.
4. Muchos florecen de noche y solo durante unas horas
Entre las cactáceas hay un grupo notable de especies cuyas flores se abren al anochecer y están cerradas y mustias a media mañana del día siguiente. Son flores grandes, blancas o muy pálidas y con perfume intenso, y el conjunto de rasgos no es casual: el blanco se ve en la penumbra y el olor guía a los polinizadores nocturnos.
El caso más famoso es Selenicereus grandiflorus, la reina de la noche, un cactus trepador de tallos delgados que pasa el año desapercibido y una noche de verano abre una flor enorme. Varias Echinopsis y algunos cactus columnares hacen algo parecido. Si cultivas alguna, merece la pena vigilar el botón floral los días previos, porque ese espectáculo no te espera al día siguiente.

5. Un saguaro tarda décadas en sacar el primer brazo
El saguaro (Carnegiea gigantea), el cactus columnar del desierto de Sonora que sale en todas las películas del oeste, es una de las plantas longevas del continente: los ejemplares grandes superan el siglo y medio de vida con facilidad. Y crece tan despacio que su desarrollo se mide en décadas, no en temporadas.
Los brazos laterales, que son la imagen icónica de la especie, no aparecen hasta que la planta lleva muchísimos años en pie, de modo que un saguaro ramificado es siempre un ejemplar viejo. El detalle interesante es que, mientras tanto, ese tronco hace de bloque de pisos para la fauna del desierto: pájaros carpinteros excavan nidos en su interior y otras aves ocupan después las cavidades, que la planta aísla formando una costra interna. Cuando el cactus muere y se descompone, esas cavidades endurecidas quedan en el suelo.
6. Los cactus de colores viven injertados y no tienen clorofila
Ese cactus pequeño con una bola roja, naranja o amarilla encima de un tallo verde es una de las plantas más vendidas del mundo, y casi nadie sabe qué está comprando. La bola de color es Gymnocalycium mihanovichii en una forma mutante que carece de clorofila. Sin clorofila no puede hacer la fotosíntesis, y sin fotosíntesis no puede vivir por sí misma.
Por eso va injertada. El tallo verde de abajo, normalmente un Hylocereus, es el patrón, y es quien realmente alimenta al conjunto. La consecuencia práctica es importante: cuando alguien compra uno de estos pensando que es un cactus normal y lo trata como tal, lo que suele fallar primero es el patrón, y al morir el patrón muere también la bola de color, que no tiene manera de sobrevivir sola. No es una planta eterna, es una planta compuesta y tiene la vida útil del injerto. Lo mismo vale para las variedades sin clorofila de otros géneros.
7. Las formas de abanico no son especies, son una anomalía

Los cactus con forma de cresta de gallo, de abanico ondulado o de masa retorcida se venden a menudo como si fueran especies distintas, con nombres llamativos. No lo son. Son ejemplares normales cuyo punto de crecimiento, en lugar de seguir siendo un punto, se ha alargado en una línea. El tallo entonces no crece en cilindro sino en lámina ondulada, y al conjunto se le llama forma crestada o fasciada.
Hay una variante parecida, la forma monstruosa, en la que el crecimiento se desordena en muchos puntos a la vez y la planta sale como una acumulación irregular de bultos. Ambas alteraciones son espontáneas, pueden aparecer en casi cualquier género y no se transmiten de forma fiable por semilla, así que se multiplican por esqueje o por injerto. Un ejemplar crestado puede además revertir en parte y sacar de pronto un brote normal, que conviene quitar si quieres conservar la forma.
En resumen
La familia de los cactus es mucho más rara y más variada de lo que sugiere la imagen del cactus de maceta. Tienen un órgano propio que no comparte nadie más, la areola; una excepción geográfica que crece silvestre en África y Asia; un puñado de géneros que todavía conservan hojas de verdad; flores que duran una noche, y gigantes que llevan más de un siglo en el mismo sitio.
Y dos de esas rarezas están, probablemente, en la tienda de tu barrio. El cactus de bola roja no tiene clorofila y depende del tallo sobre el que va injertado. El cactus con forma de abanico no es una especie exótica, es una anomalía del punto de crecimiento. Saberlo cambia la manera de comprarlos y, sobre todo, las expectativas sobre cuánto van a durar.