El árbol que venden en supermercados y centros de jardinería con un tronco hinchado como un tubérculo y la etiqueta de «bonsái ginseng» no tiene ese tronco por edad ni por técnica: eso es una raíz. Se cultiva en vivero tropical, se arranca, se replanta con la raíz principal fuera del sustrato y se le injerta encima una copa de hoja pequeña. Entenderlo cambia bastante la forma de cuidarlo, y explica por qué las ramas que brotan del «tronco» tienen hojas distintas a las de arriba.

Detrás de ese producto de bazar hay una especie seria: Ficus microcarpa, de la familia Moraceae, originaria del sur de Asia, el sudeste asiático y el norte de Australia. Es uno de los higuerones estranguladores, un árbol que en su hábitat germina sobre otro y acaba envolviéndolo con raíces aéreas. En España lo conocemos también en la calle: buena parte de los ejemplares que dan sombra en Valencia, Alicante, Málaga o Santa Cruz de Tenerife bajo el nombre de laurel de Indias son esta especie.

Qué es exactamente y con qué se confunde

La confusión más extendida en el comercio es entre Ficus microcarpa y Ficus retusa. Durante décadas se han vendido como bonsái bajo el segundo nombre árboles que son, botánicamente, el primero. Ficus retusa es una especie distinta y mucho menos frecuente en cultivo. Si has comprado un «ficus retusa» en una tienda española, lo más probable es que tengas un Ficus microcarpa.

Dentro de la especie circulan varias formas de interés para el bonsái. La variedad crassifolia tiene hoja gruesa, corta y muy redondeada, ideal para árboles pequeños. El cultivar 'Tiger Bark' se identifica por la corteza clara con lenticelas marcadas, que da aspecto de vejez antes de tiempo. Y está el llamado 'Ginseng', que no es una variedad de copa sino un método de producción: raíces engrosadas usadas como patrón. Sobre esas raíces se injerta casi siempre crassifolia, y de ahí vienen las dos hojas distintas en el mismo árbol.

Rasgos que definen la especie: hoja perenne, coriácea, de 4 a 10 cm en árbol adulto y mucho menor en cultivo restringido; savia blanca lechosa que rezuma en cada corte; frutos (siconos) pequeños que pasan de verde a rojo oscuro; y una capacidad extraordinaria para emitir raíces aéreas cuando la humedad ambiental es alta. Esas raíces, si llegan al suelo, engrosan y se convierten en troncos secundarios. Es el recurso que se aprovecha para construir bonsáis en estilo banyan, con pilares de raíz sosteniendo una copa ancha.

Ejemplar de Ficus microcarpa cultivado en maceta

Luz, temperatura y ubicación real en España

Es una planta tropical, y eso marca dos límites: no aguanta heladas y no le gusta la oscuridad. El primero es rígido; el segundo se negocia mal.

En temperatura, empieza a sufrir por debajo de 10 °C y se defolia con daños serios cerca de 5 °C. Una helada, aunque sea leve, mata madera. En zonas de invierno suave (litoral mediterráneo sin heladas, Canarias, Cádiz, costa de Málaga y Alicante) puede vivir todo el año fuera. En el interior peninsular, en Castilla, Aragón, Madrid o el norte, debe entrar en casa cuando las mínimas nocturnas bajen de 12 °C, normalmente entre finales de octubre y principios de noviembre.

En luz, lo que hace falta es mucha más de la que se le suele dar. Un ficus dentro de casa necesita estar pegado a una ventana orientada al sur o al este, no a dos metros de ella. La luz cae con el cuadrado de la distancia: en una mesa del salón puede haber una décima parte de la luz que hay en el alféizar. El síntoma clásico de falta de luz no es que se muera, es que se estira: entrenudos largos, hojas grandes y finas, ramas que se desnudan por dentro. Un bonsái en esas condiciones pierde ramificación año tras año y ya no se recupera con poda.

Lo ideal en la mayor parte de España es el régimen mixto: fuera desde abril hasta octubre, en semisombra luminosa o a sol directo si se aclimata poco a poco, y dentro el resto del año junto a la mejor ventana de la casa. El salto de fuera a dentro provoca una caída de hojas en las dos o tres semanas siguientes. Es una respuesta de adaptación a la nueva intensidad lumínica, no una enfermedad; el árbol rebrota con hojas adaptadas a la sombra. Para suavizarlo, haz el cambio de forma gradual y no lo acompañes de poda ni trasplante.

Dos ubicaciones que hay que evitar dentro de casa: encima o cerca de un radiador, y en la corriente de un aparato de aire acondicionado. El aire seco y caliente en invierno es lo que desencadena la mayoría de las plagas de araña roja.

Sustrato y trasplante

El sustrato universal de turba en el que suelen venir estos árboles es el peor enemigo del Ficus microcarpa cultivado en maceta pequeña. Retiene demasiada agua, se compacta y, cuando por fin se seca del todo, se vuelve hidrófobo y el agua resbala por los bordes sin mojar el cepellón.

Una mezcla que funciona bien: akadama, pumita (o piedra pómez) y corteza de pino compostada a partes aproximadamente iguales, con granulometría de 3 a 6 mm según el tamaño de la maceta. Quien no quiera akadama por precio puede sustituirla por arcilla expandida machacada o por sustratos de arcilla calcinada tipo áridos absorbentes, que en climas cálidos y secos como el del centro y sur peninsular aguantan mejor que la akadama, que se degrada rápido cuando hay muchos ciclos de mojado y secado.

El trasplante se hace en primavera, cuando las temperaturas nocturnas ya no bajan de 15 °C y el árbol empieza a mover yema: en la Península, entre finales de marzo y mayo. A diferencia de las especies templadas, el ficus tolera trasplante en pleno verano si se le mantiene en semisombra, porque su ventana de raíz activa es larga y cálida. Lo que no admite es trasplante en invierno dentro de casa, con poca luz y poco calor: las raíces cortadas no cicatrizan y se pudren.

La frecuencia: cada dos años en árboles jóvenes o en formación, cada tres a cinco en ejemplares hechos con maceta llena de ramificación fina. Se recorta entre un cuarto y un tercio de la masa radicular, se deshace el cepellón con un gancho desde fuera hacia dentro y se aprovecha para colocar bien el nebari, la base de raíces superficiales. El ficus es de los pocos árboles con los que se puede ser franco en la poda de raíz sin consecuencias graves, siempre que después haya calor.

Riego y abonado

No hay calendario de riego válido. Hay un criterio: regar cuando la capa superior del sustrato, uno o dos centímetros, esté seca al tacto, y hacerlo hasta que salga agua por los agujeros de drenaje. Después, vaciar el plato. Un plato con agua permanente asfixia las raíces en una semana.

Traducido a la práctica española, eso significa regar a diario o casi en julio y agosto en un exterior de Sevilla o Zaragoza, y quizá una vez cada cinco o siete días en un interior de enero. El error que más ficus mata no es la sequía, es el riego de mantenimiento: seguir echando el mismo vaso de agua cada domingo en pleno invierno, cuando la planta apenas transpira. El síntoma engaña porque el exceso de agua también produce hojas amarillas y caída, igual que la falta. Ante la duda, mete un palillo de madera en el sustrato, déjalo un minuto y sácalo: si sale húmedo y oscuro, no riegues.

El agua muy calcárea, habitual en gran parte de España, va dejando una costra blanca y sube el pH del sustrato. Se corrige alternando con agua de lluvia o de ósmosis, o acidificando ligeramente el agua de riego.

Sobre la pulverización conviene aclarar algo: mojar las hojas con un vaporizador no aumenta de forma apreciable la humedad ambiental, dura minutos. Sirve para limpiar el polvo de la hoja, que sí importa porque tapona los estomas, y poco más. Si quieres humedad estable, usa una bandeja con arlita húmeda bajo la maceta, sin que el agua toque los agujeros, o agrupa varias plantas.

El abonado acompaña al crecimiento. De marzo a octubre, abono líquido equilibrado cada quince días a dosis normal, o abono orgánico sólido de liberación lenta sobre el sustrato cada cuatro o seis semanas. Si el árbol pasa el invierno dentro de casa con buena luz y calefacción, sigue creciendo lentamente y agradece un abonado mensual a media dosis. Si está en un sitio fresco y parado, se suspende. En árboles ya formados se baja el nitrógeno para no engordar la hoja.

Poda, pinzado y alambrado

El Ficus microcarpa es de brotación fácil y perdona errores. Rebrota de madera vieja sin problema, incluso de un tocón, lo que permite reconstruir un árbol desde casi cero.

La poda estructural, la de cortar ramas gruesas, se hace a finales de invierno o a principios de primavera, justo antes del arranque. Corta con alicate cóncavo para que la herida quede hundida y cierre plana. Saldrá abundante látex blanco: es normal, no es savia perdida en cantidad preocupante, y deja de manar en pocos minutos. Se puede sellar con pasta cicatrizante, aunque en esta especie los cortes cierran solos con notable rapidez si el árbol tiene vigor.

El pinzado es lo que construye la ramificación. La regla operativa: deja que el brote extienda seis u ocho hojas y córtalo dejando dos. Repetido durante la temporada de crecimiento, acorta entrenudos y multiplica los puntos de brotación. Si en vez de eso se recorta la copa entera con tijera de setos dos veces al año, se obtiene una bola de hojas sin estructura interna.

La defoliación total, quitando todas las hojas y dejando los peciolos, se usa en verano para reducir el tamaño de la hoja y forzar una brotación más densa. Solo en árboles sanos, bien enraizados, con luz y calor abundantes, y como mucho una vez al año. Un árbol de interior debilitado no se defolia.

En alambrado, la particularidad de esta especie es que la corteza es tierna y engorda deprisa: un alambre puesto en mayo puede estar marcando la rama en seis o siete semanas. Hay que revisarlo con frecuencia y retirarlo en cuanto empiece a hincarse, porque las cicatrices en espiral en corteza clara tardan años en desaparecer. Para ramas gruesas es preferible usar tensores con almohadillas de goma que alambre enrollado.

Un detalle propio del género: las ramas y raíces de Ficus se fusionan entre sí cuando se mantienen en contacto firme. Es la base de los injertos por aproximación, muy sencillos aquí, y de los troncos hechos con varios esquejes atados que acaban formando un solo cuerpo. También es la vía para arreglar un nebari desequilibrado: se injerta un esqueje enraizado en el hueco y en dos temporadas está integrado.

Bonsái de Ficus microcarpa con nebari desarrollado

Cómo hacer que emita raíces aéreas

Las raíces aéreas no salen por regar más. Salen cuando la humedad relativa alrededor del tronco se mantiene muy alta durante semanas, por encima del 80 o el 90 %, y hay calor. En un piso español con 40 % de humedad no aparecerán nunca.

El método que funciona es encerrar el árbol: una bolsa transparente, un acuario viejo o una campana de plástico sobre el ejemplar, en un sitio muy luminoso pero sin sol directo que lo cueza dentro, durante los meses cálidos. Al cabo de varias semanas empiezan a asomar filamentos blancos del tronco y las ramas. Se conducen hasta el sustrato dentro de tubos de plástico o pajitas para que engorden rectos, y una vez tocan tierra engrosan solos. Hay que retirar la campana de forma progresiva, porque un cambio brusco de humedad seca las raíces jóvenes.

Plagas y problemas frecuentes

Cochinilla algodonosa (Planococcus citri): masas blancas algodonosas en las axilas de las hojas y en el envés. Es la plaga número uno del ficus de interior. En focos pequeños se elimina con un bastoncillo mojado en alcohol; en ataques extendidos, jabón potásico o aceite de parafina, repitiendo cada diez días porque los huevos escapan a la primera aplicación.

Cochinillas de escudo y coma (Coccus hesperidum, Lepidosaphes): escudos marrones pegados al nervio central y a las ramas jóvenes, con melaza pegajosa y negrilla encima. Se rascan a mano y se tratan con aceite mineral fuera de las horas de sol.

Araña roja (Tetranychus urticae): ácaro que prolifera con aire seco y caliente, típicamente en invierno con calefacción. Da un punteado amarillento fino en el haz y telarañas mínimas en los brotes. Se combate subiendo la humedad, lavando el envés con agua a presión y aplicando acaricida específico si el foco está establecido; los insecticidas normales no lo tocan.

Trips del laurel de Indias (Gynaikothrips ficorum): esta es la plaga específica de la especie, y en el litoral mediterráneo español es muy común porque hay arbolado urbano de la misma especie actuando de reservorio. Ataca solo hojas tiernas y hace que se plieguen sobre sí mismas formando bolsas o agallas, dentro de las cuales vive la colonia. Como el insecto queda protegido dentro del pliegue, los tratamientos de contacto fallan; hay que cortar y destruir las hojas afectadas en cuanto aparecen y tratar los brotes nuevos.

Pudrición de raíz: no es un patógeno inicial sino una consecuencia de sustrato encharcado. Hojas amarillas que caen sin marchitarse, sustrato con olor agrio, tronco blando en la base. Se saca el árbol, se retiran las raíces negras y blandas, se cambia todo el sustrato por uno drenante y se deja en semisombra sin abonar hasta que rebrote.

Y el problema más consultado, que no es plaga: caída masiva de hojas. Casi siempre responde a un cambio de condiciones, entrar en casa en otoño, un traslado, una corriente fría, o a un exceso de riego mantenido. Si las ramas siguen flexibles y verdes al rascar la corteza, el árbol está vivo. Corrige la causa, reduce el riego mientras no haya hojas que transpiren y espera: rebrota.

Una advertencia sobre el ficus fuera de la maceta

Conviene saberlo antes de plantar uno en el jardín en zona costera: Ficus microcarpa está catalogado como especie invasora en varias regiones del mundo. En España, la llegada de su avispa polinizadora específica (Eupristina verticillata) permitió que los ejemplares urbanos produjeran semilla viable, y desde entonces germinan plántulas en muros, tejados, alcantarillas y grietas de edificios en Canarias y en puntos del litoral mediterráneo. Sus raíces levantan aceras y dañan estructuras. Como bonsái en maceta no plantea ningún problema; como árbol de jardín en clima cálido, plantéatelo dos veces.

En resumen

Ficus microcarpa es probablemente el mejor árbol para empezar en bonsái en España: rebrota de madera vieja, tolera podas de raíz severas, cicatriza rápido, se fusiona consigo mismo y perdona los descuidos. A cambio exige tres cosas innegociables: nada de frío por debajo de 10 °C, mucha más luz de la que suele recibir en un interior, y un sustrato que drene de verdad en lugar de la turba de origen.

Si lo que tienes es el ejemplar de tronco abultado, recuerda que estás cuidando un injerto sobre raíz engrosada. Puede vivir décadas y llegar a ser un árbol digno, pero para eso hay que empezar por sacarlo de la turba, ponerlo junto a la ventana más luminosa de la casa y pinzar en lugar de recortar.


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