A finales de abril, en un robledal cantábrico o en una vaguada del Sistema Ibérico, aparecen de vez en cuando manchas blancas y rosadas a media altura, entre los troncos. Casi nunca hay dos juntas: son manzanos silvestres, Malus sylvestris, árboles dispersos que nunca forman masa y que pasan inadvertidos el resto del año. Es una de las especies leñosas más escasas y peor conocidas de nuestros bosques, y también una de las más útiles para quien quiere plantar un árbol que dé flor, fruto y vida animal sin pedir nada a cambio.

Ramas de manzano silvestre cubiertas de flores blancas

Cómo es el manzano silvestre

Malus sylvestris es un arbolillo caducifolio de 4 a 10 metros, a menudo con porte de arbusto grande y varios pies desde la base. La copa es irregular y abierta, con ramas retorcidas, y muchos ejemplares presentan ramillas cortas terminadas en punta espinosa, un rasgo que rara vez se ve en el manzano cultivado y que ayuda a identificarlo.

Las hojas son ovaladas, con el borde aserrado, de 3 a 7 cm, y aquí está la clave de identificación más fiable: en el manzano silvestre auténtico el envés de la hoja adulta es lampiño o casi, mientras que en Malus domestica y en sus descendientes asilvestrados está cubierto de un fieltro de pelos blanquecinos que se aprecia al tacto y a contraluz.

Florece entre abril y mayo, según altitud, con flores de cinco pétalos blancos teñidos de rosa por el exterior, agrupadas en corimbos y muy visitadas por abejas y otros polinizadores. El fruto es una pomita de 2 a 3,5 cm, verde amarillenta y a veces sonrosada en la cara soleada, que madura en septiembre y octubre. Cruda es muy ácida, astringente y prácticamente incomible; esa dureza es funcional, porque le permite permanecer en el árbol o en el suelo hasta bien entrado el invierno.

En la península ibérica se reparte por la mitad norte: cornisa cantábrica, Pirineos, Sistema Ibérico, Sistema Central y puntos aislados más al sur en umbrías de montaña. Vive en robledales, hayedos, bosques mixtos, setos y orlas forestales, siempre en suelos frescos y profundos, y siempre en ejemplares aislados o en pequeños grupos.

El equívoco del antepasado

Se repite mucho que el manzano silvestre europeo es el antepasado de la manzana que comemos. Los estudios genéticos de las últimas décadas apuntan en otra dirección: el ancestro principal de Malus domestica es Malus sieversii, un manzano de fruto grande que crece en las montañas de Asia Central, sobre todo en el Tian Shan de Kazajistán, y que viajó hacia el oeste por las rutas comerciales.

Dicho esto, M. sylvestris no es un espectador. Cuando aquellos manzanos asiáticos llegaron a Europa, se cruzaron repetidamente con el silvestre local, y hoy una parte considerable del genoma del manzano cultivado procede de esos cruces. Es decir: no es el padre, pero sí un pariente que aportó mucho por el camino, sobre todo rusticidad y resistencia a enfermedades.

Ese mismo intercambio genético es hoy su principal amenaza. Las semillas de manzanas de mesa germinan en cunetas, linderos y claros, y esos manzanos asilvestrados cruzan con los silvestres auténticos. Las poblaciones puras de Malus sylvestris son cada vez más escasas y varias comunidades autónomas la incluyen en sus catálogos de flora amenazada o de especies de interés. Si se recoge semilla del campo, conviene hacerlo de árboles claramente silvestres, lejos de huertos y de caminos muy transitados.

Para qué sirve plantarlo

El primer motivo es ecológico. Es un árbol de flor temprana y abundante en un momento del año en que el néctar escasea, lo que lo convierte en un recurso de primer orden para abejas, abejorros y sírfidos. Sus frutos, que persisten hasta el invierno, alimentan a zorzales, mirlos, currucas, y en el suelo a jabalíes, corzos, tejones y micromamíferos. En una finca dedicada a fauna, pocos árboles rinden tanto por metro cuadrado.

El segundo es genético y agronómico. Las poblaciones silvestres son un reservorio de resistencia frente a moteado, oídio y fuego bacteriano, y se emplean en programas de mejora de manzano cultivado. También sirve de patrón franco y, plantado en un huerto de manzanos, actúa como polinizador universal: florece largo y abundante, y su polen es compatible con casi cualquier variedad comercial.

El tercero es ornamental y de aprovechamiento. Aguanta bien en setos campestres mixtos junto a majuelo, endrino y avellano, tiene floración vistosa y fructificación decorativa, y su madera, dura y de grano fino, se ha usado tradicionalmente en tornería y en piezas pequeñas. Los frutos, por su altísimo contenido en pectina y ácido málico, son excelentes para gelatinas y para mezclar con frutas que gelifican mal, como la mora o la pera. También se han empleado en sidras para aportar acidez y taninos.

Conviene añadir una aclaración práctica: en viveros, la etiqueta «manzano silvestre» se aplica muchas veces a manzanos ornamentales del género Malus que no son la especie ibérica, como Malus floribunda, ‘Evereste’, ‘Golden Hornet’ o ‘Royalty’. Son buenos árboles de jardín y magníficos polinizadores, pero si lo que se busca es el silvestre autóctono hay que pedirlo por su nombre científico y comprobar la procedencia.

Cultivo del manzano silvestre

Clima. Es muy rústico. Soporta sin daño temperaturas por debajo de -20 °C y necesita un invierno frío real para brotar y florecer con normalidad; en el litoral mediterráneo cálido y en el sur peninsular seco se comporta mal, no por el frío sino por su falta y por la sequía estival. Su terreno natural son climas atlánticos y de montaña media.

Suelo y ubicación. Prefiere suelos frescos, profundos y con materia orgánica, de reacción ligeramente ácida a neutra. Tolera arcillas si no se encharcan, pero le sientan mal tanto el agua estancada en invierno como los suelos calizos secos y superficiales. Acepta media sombra —en el bosque vive así—, aunque a pleno sol florece y fructifica mucho más.

Plantación. Lo lógico es plantarlo a raíz desnuda entre noviembre y febrero, con el árbol en reposo, en hoyo amplio y sin enterrar el cuello. Si se planta en contenedor, mejor en otoño. Deja entre 6 y 8 metros a otros árboles si va aislado, o 2 a 3 metros si forma parte de un seto campestre. Un acolchado de paja o astillas ayuda mucho los primeros años.

Riego. Adulto se sostiene solo en su área natural. Los dos o tres primeros veranos, en cambio, hay que regarlo: en el clima peninsular la mortalidad de plantaciones forestales se concentra casi siempre en el segundo verano, cuando el riego se ha abandonado y la raíz aún no ha llegado a profundidad.

Poda. Muy poca. Solo formación en los primeros años para levantar la cruz y eliminar ramas cruzadas, y después limpieza de seco o dañado a finales de invierno. No tiene sentido aplicarle podas de fructificación de frutal: la producción no es el objetivo, y el árbol responde a la poda severa con brotes verticales y con mayor sensibilidad a chancros.

Multiplicación. Por semilla es lo habitual y lo más recomendable si se busca diversidad genética. Las pepitas necesitan estratificación en frío húmedo durante unos 90 a 120 días a 3-5 °C, en arena o vermiculita, antes de sembrar en primavera; sin ese frío la germinación es errática. Sembradas al aire libre en otoño, el invierno hace el trabajo. También se propaga por injerto de escudete en verano o de púa en invierno sobre patrón franco de manzano. Un árbol de semilla empieza a florecer hacia el quinto u octavo año.

Abonado. Prácticamente ninguno. Un aporte de compost maduro en superficie cada dos o tres años es más que suficiente. Los abonados nitrogenados le provocan crecimientos blandos que atraen pulgón y favorecen el fuego bacteriano.

Manzano silvestre cargado de pequeños frutos rojizos

Plagas y enfermedades

Al compartir género con el manzano cultivado, comparte también sus problemas, aunque los tolera bastante mejor. En un árbol plantado por su valor ornamental o ecológico, el criterio debe ser distinto del de un frutal comercial: una hoja manchada o un fruto agusanado no son un motivo para tratar.

Moteado (Venturia inaequalis). El hongo más frecuente en zonas húmedas: manchas pardo oliváceas en hoja y costras en el fruto, favorecidas por primaveras lluviosas. La medida más eficaz y más barata es retirar y destruir la hojarasca caída, donde el hongo pasa el invierno, y airear la copa.

Oídio (Podosphaera leucotricha). Polvillo blanco en brotes y hojas jóvenes en primaveras secas y templadas. Se controla cortando los brotes afectados en cuanto aparecen; azufre solo si la infestación es fuerte y nunca por encima de 30 °C.

Fuego bacteriano (Erwinia amylovora). El problema serio. Provoca marchitez repentina de flores y brotes, que se ennegrecen y se curvan en forma de báculo sin caerse. No tiene cura y en España es de declaración obligatoria: ante una sospecha hay que avisar al servicio de sanidad vegetal de la comunidad autónoma y no ir podando por libre, porque las tijeras contaminadas lo extienden.

Chancro del manzano (Neonectria ditissima). Heridas hundidas en ramas y tronco, con bordes concéntricos, típicas de suelos húmedos y mal drenados. Se corta por debajo de la lesión en tiempo seco y se mejora el drenaje.

Pulgón lanígero (Eriosoma lanigerum). Colonias con aspecto de algodón en cuellos de rama y heridas de poda. En árboles no productivos suele bastar con la fauna auxiliar; su parasitoide Aphelinus mali lo controla razonablemente si no se aplican insecticidas de amplio espectro.

Carpocapsa (Cydia pomonella). La oruga que taladra el fruto. En un manzano silvestre carece de importancia, y los frutos afectados terminan igualmente en el suelo alimentando a alguien. Si molesta, las trampas de feromona y la retirada de fruta caída reducen la población del año siguiente.

A esto se suman orugas defoliadoras primaverales y, en momentos puntuales, ácaros. Ninguno compromete la vida del árbol. Lo que sí la compromete es el encharcamiento prolongado, las heridas mal cicatrizadas en el tronco y las podas fuertes en época húmeda.

En resumen

Malus sylvestris es un arbolillo de 4 a 10 metros propio de la mitad norte peninsular, reconocible por sus ramillas espinosas, su hoja lampiña por el envés y sus manzanitas ácidas de 2 a 3 cm. No es el antepasado directo de la manzana de mesa —ese papel corresponde a Malus sieversii—, pero sí un pariente que aportó rusticidad al cultivo y que hoy está amenazado precisamente por hibridar con manzanos asilvestrados. Plantarlo exige poco: suelo fresco, un invierno frío de verdad, riego los primeros veranos y una poda mínima. A cambio da flor temprana para los polinizadores, fruto invernal para la fauna, polen para el huerto de manzanos y gelatinas con una acidez que ninguna variedad comercial iguala.


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