Conviene deshacer el equívoco antes de nada: la mano de Buda no es un limonero, y su fruto no se puede exprimir. Se vende como "limonero mano de Buda" porque el nombre vende, pero botánicamente estamos ante un cidro, Citrus medica var. sarcodactylis, y lo que cuelga de sus ramas es un fruto dividido en gajos alargados como dedos, sin pulpa, sin zumo y casi siempre sin semillas. Todo él es corteza y albedo perfumados. Quien lo compre esperando limonada se llevará un chasco; quien lo compre por lo que es, tendrá uno de los frutales ornamentales más singulares que se pueden cultivar en España.
Qué es exactamente un cidro
Citrus medica es uno de los cítricos ancestrales, junto con el mandarino (Citrus reticulata) y el pomelo asiático o pummelo (Citrus maxima). De los cruces entre esos tres salieron casi todos los cítricos que conocemos: el limón que usamos en la cocina, Citrus limon, es en buena parte descendiente del cidro. Es decir, el cidro no es un limonero raro; es uno de los abuelos del limonero.
El cidro llegó al Mediterráneo mucho antes que la naranja, ya en la Antigüedad, y de él proceden variedades tan conocidas como la cidra o poncil que se usa para confitar. La variedad sarcodactylis —literalmente "dedos carnosos"— es una mutación en la que el fruto no cierra sus carpelos, de modo que crece abierto en dedos separados. En China se llama fo shou, "mano de Buda"; en Japón, bushukan. Se cultiva en el sur de China, el noreste de India y Japón, y allí ha sido durante siglos ofrenda de templo, perfume de habitación y regalo de Año Nuevo, valorado tanto por el aroma como por el simbolismo de la mano en actitud de oración.
Hay dos tipos de fruto según cómo se abran los dedos: los de mano abierta, con los lóbulos muy separados, y los de puño cerrado, más compactos. En la tradición china se considera más valioso el segundo, precisamente porque recuerda a una mano recogida. Un mismo árbol puede dar los dos, y no depende del cultivo.
El árbol
Es un arbolito pequeño, más arbusto que árbol, que rara vez pasa de 2,5-3 metros y que en maceta se queda cómodamente entre 1 y 2. Su porte es irregular, abierto y algo desgarbado, con ramas frágiles y espinas duras en las axilas de las hojas. Las hojas son grandes, de un verde claro y consistencia algo coriácea, con un pecíolo sin las alas del naranjo, y desprenden un olor intenso al frotarlas.
Florece de forma remontante: la floración principal es de primavera, pero puede repetir a lo largo del año si las temperaturas acompañan, de manera que no es raro ver flores y frutos en distintos estados a la vez. Las flores son grandes, muy aromáticas, con los pétalos blancos por dentro y teñidos de violeta o púrpura por fuera, un rasgo típico del cidro que ayuda a distinguirlo de un limonero verdadero. Los brotes tiernos también tiran a morados.
Desde la floración hasta el fruto maduro pasan varios meses; en la práctica, las flores de primavera dan frutos que amarillean a finales de otoño y en invierno. El fruto es grande y pesado en relación con la rama que lo sostiene, y es habitual que la rama se venza o se rompa. Si un ramillete cuaja tres o cuatro frutos, lo sensato es aclarar y dejar uno o dos, o entutorar.
Para qué sirve el fruto
La primera respuesta es la más honesta: para mirarlo y para olerlo. Un fruto maduro perfuma una habitación entera durante semanas, y esa fue su función original en Asia. Pero también tiene usos de cocina reales, siempre que se entienda su anatomía.
Como no tiene ni zumo ni gajos, se aprovecha entero. A diferencia de la de la naranja o el pomelo, la parte blanca del cidro no amarga: es suave, ligeramente dulce y perfumada, así que se puede cortar en láminas finas y usarse en crudo en ensaladas, o confitarse en almíbar como cualquier fruta escarchada, que es el uso tradicional del cidro en el Mediterráneo. La ralladura de la piel es intensísima y sirve para repostería, para aromatizar azúcar, sal, aceite o vinagre, y para infusionar licores y ginebras. En Asia se seca en rodajas para infusiones.
Un detalle práctico: el aroma se va en cuanto el fruto se seca demasiado o se pasa. Se recoge cuando ha virado a amarillo intenso y uniforme, todavía firme, y se usa en las semanas siguientes. Los frutos que se quedan de más en el árbol se ablandan, se abren por la base y se pudren.
Clima: el punto crítico
Aquí está lo que decide si se puede tener o no. El cidro es, junto con la lima, el cítrico más sensible al frío que existe; es bastante más friolero incluso que el limonero, que ya es delicado. Con temperaturas próximas a 0 °C empieza a defoliar y a marcar hojas, y una helada de -2 °C mantenida puede matar la planta o dejarla en un tocón. También sufre con el viento seco, que le destroza las hojas grandes, y con el sol directo de sobremesa en el interior peninsular, donde se quema la corteza de las ramas y la piel de los frutos expuestos.
La conclusión práctica para España:
Litoral mediterráneo cálido, sur de Andalucía y Canarias: se puede plantar en suelo, en sitio abrigado, resguardado del viento y con algo de sombra en las horas centrales del verano.
Resto de la Península: maceta, sin discusión. Fuera de abril a octubre, y dentro en cuanto las mínimas nocturnas bajen de 8-10 °C, en un local luminoso y fresco. Un invernadero frío, una galería acristalada o un porche cerrado con buena luz funcionan mucho mejor que el salón: dentro de casa, con la calefacción encendida, el aire seco provoca caída de hojas y una invasión inmediata de araña roja.
La transición hay que hacerla progresiva en los dos sentidos. Sacarlo de golpe al sol de mayo después de un invierno bajo techo garantiza quemaduras en hojas y ramas.
Sustrato, maceta y riego
El cidro quiere drenaje perfecto y raíces aireadas. Un sustrato específico para cítricos, o una mezcla de sustrato universal de calidad con un tercio de material grueso (perlita, arena silícea lavada, fibra de coco o corteza fina), con pH ligeramente ácido, entre 5,5 y 6,5. Nada de barro pesado ni de macetas sin agujeros. Es preferible el barro cocido al plástico, porque transpira y perdona mejor un exceso de riego.
Se riega cuando los dos o tres primeros centímetros del sustrato están secos, empapando hasta que salga agua por el drenaje, y se vacía el plato: el agua estancada bajo la maceta mata más cidros que el frío. En verano, en exterior y con calor, eso puede significar riego diario; en invierno bajo techo, quizá una vez cada diez o quince días. Regar con calendario fijo, sin comprobar el sustrato, es el error más repetido.
El agua importa más de lo normal en esta especie. El cidro es muy sensible a la salinidad y a los cloruros, y también a la caliza, que le provoca clorosis férrica rápida. Donde el agua del grifo sea dura, lo mejor es agua de lluvia o agua reposada, y una aportación de quelato de hierro EDDHA a la salida del invierno cuando aparezcan hojas nuevas amarillas con nervios verdes. El sulfato de hierro al sustrato no resuelve el problema en medios calizos.
Abonado
Al florecer y fructificar de forma casi continua, y con un volumen de sustrato limitado, agota los nutrientes deprisa. De marzo a septiembre, abono específico para cítricos —rico en nitrógeno y con micronutrientes, sobre todo hierro, manganeso y zinc— cada dos semanas si es líquido, o de liberación lenta al principio de temporada. De octubre a febrero, nada o casi nada: la planta está parada y el abono en frío solo salifica el sustrato.
Cuando la maceta lleve dos o tres años, hay que trasplantar a un contenedor un poco mayor a la salida del invierno, renovando el sustrato y recortando ligeramente las raíces que giran en el fondo. Un cidro que se estanca y va perdiendo vigor casi siempre tiene el cepellón compactado y las sales acumuladas.
Poda y multiplicación
La poda es ligera y se hace al final del invierno o después de la cosecha, nunca en frío. Se quita madera seca, ramas cruzadas y brotes que salgan por debajo del injerto si la planta está injertada. Como sus ramas son quebradizas y el fruto pesa, interesa formar una copa baja y bien repartida en lugar de dejar ramas largas y colgantes. Los cortes se hacen con tijera limpia y desinfectada, y esto no es un formalismo: el cidro es la planta indicadora clásica del viroide de la exocortis, que se transmite justamente por herramientas de poda contaminadas.
Se multiplica bien por esqueje semileñoso, algo poco habitual en cítricos y una ventaja del cidro: estaquillas de 15-20 cm tomadas en primavera o a finales de verano, con hormona de enraizamiento, sustrato húmedo y aireado y calor de fondo, enraízan con una tasa razonable. También se injerta, y en ese caso los patrones que mejor le van son Citrus macrophylla y el limonero Volkameriana. Hay que evitar el naranjo trifoliado (Poncirus trifoliata) y sus híbridos, que son incompatibles o dan combinaciones muy poco satisfactorias con el cidro. Por semilla no tiene sentido: los frutos rara vez llevan y la planta tardaría años en fructificar.
Plagas y problemas habituales
Cochinilla algodonosa (Planococcus citri). La plaga número uno en cultivo en maceta, sobre todo bajo techo en invierno. Se esconde en las axilas, en el envés y en la unión de los dedos del fruto, donde es casi imposible llegar. Se retira con un algodón con alcohol en focos pequeños y con jabón potásico o aceite de parafina en ataques mayores, siempre a la sombra y con la planta bien regada.
Araña roja. Signo inequívoco de aire seco y calor. Hojas moteadas, apagadas, con telilla fina en el envés. Se combate subiendo la humedad ambiental, duchando el envés y no exponiendo la planta a una fuente de calor directa.
Pulgones y minador en la brotación tierna. Molestos y feos, pero rara vez graves en una planta bien establecida. Un exceso de nitrógeno los multiplica.
Caída de hojas. El síntoma más consultado, y casi nunca es una plaga: es cambio brusco de sitio, corriente de aire frío, exceso de riego o la sequedad de la calefacción. Antes de tratar nada, hay que revisar el riego y la ubicación.
Podredumbre de raíz y gomosis. Phytophthora aprovecha cualquier encharcamiento. Hojas mustias con el sustrato mojado y exudados de goma en el cuello son el aviso. Se previene con drenaje, con no enterrar el cuello y con no dejar agua en el plato.
En resumen
La mano de Buda es un cidro, Citrus medica var. sarcodactylis, no un limonero, y su fruto no tiene pulpa ni zumo: se aprovecha entero en ralladura, confitado o en láminas, porque su parte blanca no amarga, y sobre todo se disfruta por su perfume. El árbol es pequeño, espinoso, de flores blancas con reverso violeta y floración repetida, y su gran limitación es el frío: por debajo de 0 °C sufre y con -2 °C puede perderse, así que fuera del litoral mediterráneo cálido, del sur y de Canarias hay que cultivarlo en maceta e invernarlo en un local luminoso y fresco. Sustrato muy drenante y ligeramente ácido, riego comprobando el sustrato en vez de por calendario, agua poco caliza, abono de cítricos de marzo a septiembre, quelato de hierro contra la clorosis y poda ligera con herramienta desinfectada. Cumplido eso, es un frutal ornamental agradecido y con muy poca competencia en el jardín.