En abril, cuando el limón fino ya se ha terminado y en el árbol del vecino no queda nada, el limón que llega al mercado es verna. Esa es su razón de ser: madurar tarde, aguantar en el árbol y cubrir la primavera y el principio del verano, justo el hueco que deja la otra gran variedad española. Quien planta un verna esperando limones en octubre se equivoca de árbol; quien lo planta sabiendo lo que hace, se asegura limones frescos cuando nadie más los tiene.

El verna es un cultivar de Citrus limon, de origen español, ligado desde antiguo al sureste peninsular: la Vega Baja del Segura, el Bajo Segura alicantino y la huerta de Murcia. Junto con el fino (también llamado mesero o primofiori) forma la pareja que sostiene prácticamente todo el limonero comercial de España, que es a su vez uno de los mayores productores de limón del mundo. El nombre remite a la primavera, y encaja: es el limón vernal.

Cómo es el árbol

El limonero verna es un árbol vigoroso, de porte erguido y luego globoso, que en suelo y sin restricciones alcanza con facilidad los 4-5 metros. Tiene espinas, pero menos y más cortas que el fino, lo que agradece cualquiera que haya recogido limones a mano. Emite muchos chupones —ramas verticales, gruesas, muy espinosas y poco productivas— y ese es el trabajo principal de su poda.

Florece de forma abundante en primavera, entre marzo y abril, y además tiene floraciones secundarias a lo largo del verano. De la floración principal salen los limones de la cosecha grande. De la floración de junio-julio salen los rodrejos o limones de segunda cosecha, que se recogen en septiembre y octubre todavía verdes o apenas amarilleando. Esta remontancia hace que muchos viveros vendan el verna como "limonero de todo el año"; es una verdad a medias que conviene matizar, porque el verdadero limonero llamado cuatro estaciones es un tipo eureka, no un verna. El verna refloree, pero su cosecha de verdad es una: la de primavera.

Otra cosa que hay que decir de entrada: el verna es vecero. Una campaña muy cargada suele ir seguida de otra floja. Se atenúa con riego y abonado regulares y con una poda anual sensata, pero no se elimina del todo.

Limonero cargado de limones maduros

El fruto, y en qué se distingue del fino

El limón verna es grande, elíptico y con un pezón o mamelón muy marcado en el ápice, además de un cuello algo abultado en la zona del pedúnculo. Pesa habitualmente entre 130 y 200 gramos, y en árboles poco cargados se van bastante más arriba. La corteza es gruesa, rugosa y de amarillo intenso, y prácticamente no tiene semillas: lo normal es abrir uno y no encontrar ninguna, o encontrar una o dos.

Aquí está la confusión más repetida. Mucha gente compra verna esperando que rinda como un fino y se lleva un chasco: el verna da menos zumo en proporción a su tamaño, en torno al 25-30 % de su peso, frente al 30-35 % o más del fino, sencillamente porque una parte importante del fruto es corteza y albedo. A cambio, esa corteza gruesa le da tres ventajas reales: aguanta muchísimo mejor el transporte y el almacenamiento, se conserva semanas en la despensa sin arrugarse, y es una corteza excelente para rallar, confitar y aromatizar, con abundante aceite esencial y menos amargor que la de otras variedades. Si lo que se quiere es exprimir, hay que plantar fino; si lo que se quiere es un limón de mesa que dure y que sirva para cocinar entero, el verna gana.

El calendario también los separa por completo. El fino se recoge de septiembre a noviembre-diciembre. El verna se recoge de febrero a julio, con el grueso en abril y mayo, y los rodrejos en septiembre-octubre. Un jardín con un árbol de cada variedad tiene limón fresco casi todo el año sin recurrir a la nevera.

Clima y suelo: dónde tiene sentido plantarlo

El limonero es el cítrico más sensible al frío de los que se cultivan aquí, más que el naranjo y mucho más que el mandarino satsuma. Los frutos se dañan alrededor de -2 °C y la madera joven empieza a sufrir en torno a -3/-4 °C; heladas de varias horas por debajo de -5 °C pueden llevarse el árbol entero o dejarlo desmochado. Y el verna, que lleva el fruto colgado todo el invierno, es especialmente vulnerable: una helada de enero no solo quema hojas, arruina la cosecha que estaba a punto de recogerse.

Eso lo sitúa con comodidad en el litoral mediterráneo y el sureste (Murcia, Alicante, Almería, Málaga, litoral valenciano), en las zonas cálidas de Andalucía occidental y en Canarias. En el interior peninsular —las dos mesetas, el valle del Ebro, Extremadura fría— es un árbol de riesgo: puede vivir años y perderse en una entrada de aire polar. En esas zonas, o se planta contra un muro orientado al sur con protección invernal, o se cultiva en maceta grande para poder guarecerlo.

Del suelo pide sobre todo drenaje. Tolera suelos calizos, que es lo habitual en el Levante, pero paga la caliza activa con clorosis férrica: hojas nuevas amarillas con los nervios verdes. Le va bien un pH entre 6 y 7,5, textura franca o franco-arenosa y nada de encharcamiento. Es sensible a la salinidad, aunque menos que otros cítricos, y sufre con aguas muy cargadas de cloruros y sodio.

En plantación comercial casi todo el verna español va injertado sobre Citrus macrophylla, un patrón vigoroso, muy productivo, que entra pronto en producción y aguanta bien la caliza y cierta salinidad, pero que es sensible al frío y a la asfixia radicular. También se usa citrange Carrizo, más resistente al frío y a Phytophthora, aunque peor adaptado a suelos muy calizos. El naranjo amargo (Citrus aurantium), patrón tradicional, quedó desplazado tras la llegada del virus de la tristeza.

Riego y abonado

El limonero no soporta ni la sequía prolongada ni el pie mojado. En el sureste se riega por goteo prácticamente todo el año, con las necesidades máximas en julio y agosto y un descanso relativo en invierno. En un árbol de jardín adulto, la regla práctica es riegos frecuentes y de volumen moderado en verano —cada 2-4 días según suelo y calor— y espaciarlos mucho de noviembre a febrero, sin llegar nunca a sequía extrema, porque un estrés hídrico fuerte en floración provoca caída masiva de flores y frutos recién cuajados.

Dos errores muy comunes con el agua: mojar el tronco y el cuello del injerto (invitación directa a la gomosis por Phytophthora) y regar poco y mucho rato con agua muy caliza, que va acumulando sales en la zona de raíces. Los goteros deben quedar bajo la copa, a cierta distancia del tronco, y conviene dar de vez en cuando un riego más largo que lave el bulbo húmedo.

En abonado, el limonero es exigente en nitrógeno, y el verna más porque produce fruto grande y prolonga la maduración muchos meses. Se reparte en varias aplicaciones desde la brotación de febrero-marzo hasta finales de verano, acompañado de potasio —clave para el calibre y el grosor de corteza— y fósforo en dosis bajas. Un punto importante: hay que cortar el nitrógeno a partir de septiembre. Abonar en otoño provoca brotaciones tiernas que la primera helada quema, y en el verna además retrasa el viraje de color del fruto.

Los micronutrientes se corrigen por vía foliar o, en el caso del hierro, con quelatos de hierro EDDHA aplicados al suelo con el riego a la salida del invierno. El sulfato de hierro esparcido en suelos calizos no sirve de nada: se bloquea en cuestión de días. Para el zinc y el manganeso, cuyas carencias son frecuentísimas en el Levante y se ven como moteados claros entre nervios, funciona bien una o dos pulverizaciones foliares sobre brotación tierna en primavera.

Poda

El limonero verna se poda poco y bien. El objetivo no es reducir tamaño, sino airear e iluminar el interior de la copa y controlar los chupones. Los cítricos fructifican en la brotación del año sobre madera joven, así que una poda severa se traduce en menos cosecha durante dos temporadas.

El momento correcto es después de la recolección principal, en primavera avanzada o principios de verano, cuando ya no hay riesgo de helada. Podar en pleno invierno, que es cuando muchos aficionados sacan las tijeras, abre heridas en frío, deja el árbol expuesto y en el verna significa además cortar ramas cargadas de fruto sin madurar.

Trabajo concreto: eliminar madera seca y ramas cruzadas, quitar los chupones desde su base, aclarar el centro para que entre luz, cortar las ramas que barren el suelo (los frutos que tocan tierra se pudren y son puerta de entrada de hongos) y suprimir cualquier brote que salga por debajo del punto de injerto, porque es del patrón y no dará limones. Las heridas grandes conviene protegerlas y, si el árbol queda muy abierto, se blanquean las ramas expuestas para evitar quemaduras de sol.

Recolección y conservación

El verna se recoge a tijera, dejando un trocito de pedúnculo y sin tirar del fruto: el desgarro de la piel en el pedúnculo es la vía de entrada de los hongos de podredumbre en almacén. Nunca se recolecta con el árbol mojado ni a primera hora con rocío, porque la corteza turgente se marca con facilidad y esos golpes aparecen después como manchas.

El fruto puede quedarse en el árbol semanas una vez amarillo, lo cual es cómodo, pero tiene precio: cuanto más se retrasa, más se resiente la floración siguiente y más se acentúa la vecería. Una vez recogido, en un lugar fresco, oscuro y ventilado el verna aguanta con facilidad un mes o más. En nevera se conserva mejor entre 10 y 13 °C; por debajo de unos 8-10 °C los cítricos sufren daños por frío, con picado y manchas en la corteza.

Limones verna apilados sobre una mesa

Plagas y enfermedades

Cochinillas. Son el problema número uno. El piojo rojo de California (Aonidiella aurantii) se fija en frutos y ramas y deprecia la cosecha; el cotonet o cochinilla algodonosa (Planococcus citri) se refugia en el ombligo del fruto y en las axilas. Se controlan con aceite de parafina en verano —nunca en horas de calor fuerte ni con el árbol sediento—, con buena poda de aireación y respetando la fauna auxiliar, sobre todo Aphytis, Cryptolaemus montrouzieri y Anagyrus.

Pulgones. Atacan la brotación tierna de primavera y otoño, deforman las hojas y segregan melaza. Aparte del daño directo, Aphis gossypii es el principal transmisor del virus de la tristeza. En un árbol de jardín suele bastar con jabón potásico y con no forzar el abonado nitrogenado, que es lo que multiplica los brotes tiernos.

Minador de los cítricos (Phyllocnistis citrella). Deja galerías plateadas serpenteantes en las hojas nuevas de verano y otoño. Es espectacular pero rara vez grave en árbol adulto; solo importa de verdad en plantones y en injertos del año, donde sí conviene proteger la brotación.

Mosca blanca algodonosa (Aleurothrixus floccosus). Muy llamativa por el algodón y la negrilla en el envés. Está bien controlada de forma natural por el parasitoide Cales noacki, así que lo peor que se puede hacer es aplicar insecticidas de amplio espectro que lo eliminen.

Araña roja (Tetranychus urticae). Aparece con calor y polvo, decolorando hojas y marcando los frutos. Ayuda mucho mojar el ambiente y mantener cubierta vegetal en verano.

Gomosis y podredumbre del cuello (Phytophthora spp.). Exudados de goma en la base del tronco, corteza que se hunde y decaimiento general. Es una enfermedad de manejo, no de tratamiento: se previene plantando con el cuello del injerto bien alto sobre el nivel del suelo, no acumulando tierra ni acolchado contra el tronco y no mojando el tronco al regar. El mismo hongo, salpicado desde el suelo, provoca el "aguado" en los frutos bajos.

Negrilla o fumagina. El polvo negro sobre hojas y frutos no es una enfermedad del árbol, sino un hongo que vive de la melaza de pulgones y cochinillas. Se quita sola cuando se controla el insecto que la alimenta.

Merece mención el mal seco (Plenodomus tracheiphilus), una traqueomicosis devastadora del limonero presente en el Mediterráneo oriental y en Italia. No está establecida en la citricultura peninsular y por eso es tan importante comprar planta certificada y no traer esquejes o plantones sin pasaporte fitosanitario de otros países.

Errores frecuentes

Plantarlo en zona de heladas confiando en que "el limonero es duro": no lo es, es el cítrico más friolero. Podarlo fuerte y en invierno. Abonar con nitrógeno en otoño. Regar contra el tronco. Esperar de él el rendimiento en zumo de un fino. Y una más, muy extendida: pensar que un limonero que no da fruto necesita más abono. Casi siempre la causa es otra —falta de sol, exceso de agua, poda mal hecha, frío, o simplemente un árbol joven que aún no ha entrado en producción, cosa que en pie injertado ocurre hacia el tercer o cuarto año.

En resumen

El limón verna es la variedad española de media estación tardía: fruto grande, corteza gruesa, casi sin pepitas, menos zumo proporcional y una recolección que va de febrero a julio, con rodrejos en otoño. Árbol vigoroso, poco espinoso, vecero, exigente en nitrógeno y muy sensible al frío, lo que lo circunscribe al litoral mediterráneo, al sur y a Canarias, o a maceta en climas fríos. Los tres puntos que deciden si funciona son el drenaje del suelo, el riego sin mojar el cuello y una poda ligera hecha después de la cosecha, no en invierno. Si además se le acompaña de un limonero fino, el jardín no se queda sin limones en todo el año.


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