En enero, con el huerto parado y los frutales desnudos, el avellano ya está soltando polen. Sus amentos cuelgan amarillos de las ramas peladas y el viento hace el resto. Y sin embargo la avellana no empieza a formarse hasta mayo: entre la polinización y la fecundación real pasan cuatro o cinco meses. Ese desfase, que no ocurre en casi ningún otro frutal, explica buena parte de lo que hay que hacer con este árbol y de por qué muchos avellanos de jardín no llegan a producir nunca.
El avellano común es Corylus avellana, de la familia de las betuláceas, y es planta ibérica de pleno derecho: crece silvestre en bosques de ribera, robledales y hayedos húmedos de toda la mitad norte, desde Galicia hasta el Pirineo, y baja por umbrías y barrancos hasta el Sistema Central. Eso ya dice mucho de lo que pide: frescor, suelo profundo y veranos que no lo abrasen.
Qué es exactamente un avellano
No es un árbol, o no lo es de forma natural. El avellano es un arbusto multicaule que emite brotes desde la base sin parar y forma matas de tres a seis metros, a veces ocho en condiciones buenas. Si se le deja, acaba siendo un cepellón de diez o quince troncos. Convertirlo en árbol de un solo pie es posible, pero exige injertarlo o desnietar cada año.
Es caducifolio, de hoja redondeada, doblemente aserrada, algo áspera al tacto y con la punta corta y brusca. En otoño amarillea con fuerza antes de caer. La corteza es lisa, parda y con lenticelas horizontales claras.
La parte interesante es la floral. El avellano es monoico: lleva flores masculinas y femeninas separadas en el mismo pie. Las masculinas son los amentos colgantes de cinco a diez centímetros que todo el mundo reconoce. Las femeninas pasan desapercibidas: son yemas hinchadas de las que asoma un pincelillo de estigmas rojos de dos o tres milímetros. Quien no las ha visto nunca suele dar por hecho que el árbol solo tiene amentos.
Y aquí está el dato que decide la cosecha: el avellano es autoincompatible. El polen de un pie no fecunda sus propias flores femeninas, ni las de otro ejemplar de la misma variedad. Además es dicógamo, es decir, macho y hembra de un mismo árbol rara vez coinciden en el tiempo. Plantar un solo avellano y esperar avellanas es el error más repetido con esta especie. Hacen falta al menos dos variedades distintas y compatibles entre sí, plantadas a no más de veinte o veinticinco metros.
En España, la producción seria se concentra en el Camp de Tarragona, con la Denominación de Origen Avellana de Reus, y hay superficie también en Girona, Asturias y algo en el norte de Castilla y León. Las variedades habituales son 'Negret' (la reina en Tarragona, de grano excelente pero mal polinizador), 'Pauetet', 'Gironell', 'Culplà', 'Casina' en Asturias, y las foráneas 'Tonda di Giffoni', 'Barcelona' y 'Daviana', esta última muy usada como polinizadora precisamente por su abundancia de amentos.
Clima y ubicación
El avellano quiere sol o media sombra fresca. En el norte húmedo va bien a pleno sol; del Sistema Central hacia abajo agradece una exposición donde le dé la mañana y quede resguardado de la solana de la tarde. Lo que no soporta es la combinación de calor seco y viento: por encima de 35 ºC con aire seco cierra estomas, quema los bordes de la hoja y aborta frutos en formación.
Necesita frío invernal para desborrar bien; según la variedad, varios cientos de horas por debajo de 7 ºC. Eso lo descarta en el litoral cálido del sureste y en zonas sin invierno de verdad. En el otro extremo, el árbol adulto resiste sin problema fríos de −15 ºC en reposo, pero los amentos ya elongados y los estigmas expuestos en pleno enero son mucho más frágiles: heladas fuertes en plena floración se llevan por delante la cosecha del año.
Un apunte práctico de jardín: el avellano tiene raíz superficial y trazada, no agresiva con las tuberías, así que se puede plantar relativamente cerca de una casa. Lo que sí conviene es no ponerlo bajo la copa de árboles grandes con los que competirá por agua.
Suelo
Suelo profundo, fresco, suelto y bien drenado, rico en materia orgánica. El pH ideal está entre 5,5 y 7,5. En suelos muy calizos, con caliza activa alta, aparece clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios verdes, sobre todo en brotes jóvenes. Se corrige con quelatos de hierro y acolchado orgánico, pero es una pelea anual; mejor elegir otro emplazamiento.
El punto crítico es el encharcamiento. La raíz del avellano es superficial y muy sensible a la asfixia: en suelos arcillosos compactados o con capa freática alta aparecen Phytophthora y armillaria, y el árbol se apaga en dos o tres temporadas. Si el terreno es pesado, se planta sobre caballón de veinte o treinta centímetros.
Plantación
La época es el reposo vegetativo, de noviembre a febrero, mejor cuanto antes dentro de esa ventana para que enraíce antes de brotar. Se planta a raíz desnuda o en contenedor, con el cuello a ras de suelo, sin enterrar el punto de injerto si lo lleva.
Marco de plantación: en huerto familiar, cinco por cinco metros es cómodo; en plantación tradicional en mata se usan marcos de 5×5 o 6×4, y en formaciones intensivas de un solo pie se baja a 5×3. Recuerda plantar como mínimo dos variedades intercaladas.
El hoyo, amplio, con compost bien hecho mezclado con la tierra de relleno, nunca fertilizante mineral en contacto con la raíz. Riego copioso al plantar aunque llueva, para asentar la tierra, y acolchado de diez centímetros de paja, corteza o restos de poda triturados. Ese acolchado no es decorativo: mantiene la humedad de los primeros veinte centímetros de suelo, que es justo donde vive la raíz.
Riego
Se repite mucho que el avellano es rústico y aguanta el secano. Aguanta, sí, pero produce la mitad. En clima peninsular con verano seco, el riego decide la cosecha, y hay dos momentos innegociables:
De mayo a junio, cuando ocurre la fecundación efectiva y empieza a cuajar el fruto. Un estrés hídrico en esas semanas provoca caída masiva de frutitos recién formados.
De julio a mediados de agosto, durante el llenado del grano. Si falta agua aquí, la avellana se recoge con cáscara normal y grano seco, arrugado o directamente hueco. Es la causa más frecuente de avellanas vanas, por delante de las plagas.
Lo práctico es riego por goteo con dos o tres goteros por planta y aportes frecuentes y moderados, manteniendo el suelo fresco sin llegar a saturarlo. En jardín, un riego semanal generoso en verano, más el acolchado, suele bastar.
Abonado
El avellano es exigente en nitrógeno y responde muy bien a la materia orgánica. Un esquema sencillo para huerto: estiércol maduro o compost en otoño-invierno, un cubo o dos por planta adulta extendidos en la proyección de la copa, y un aporte nitrogenado al final del invierno y otro tras el cuaje.
Vigila dos micronutrientes que en esta especie dan problemas reales. El boro, cuya carencia se traduce directamente en mal cuaje y frutos vanos, pese a que el árbol se vea sano; se corrige con una aplicación foliar en prefloración o al inicio de la brotación, siempre a dosis bajas, porque el margen entre carencia y toxicidad es estrecho. Y el zinc, que en suelos calizos escasea y provoca brotes cortos con hojas pequeñas amontonadas.
Poda
Lo primero es entender dónde fructifica: en madera del año anterior, sobre todo en brindillas cortas y bien iluminadas de la periferia. Una mata cerrada, sin luz dentro, produce solo en el manto exterior. La poda busca por tanto aclarar y renovar, no recortar.
La formación en mata es la tradicional: se dejan de tres a cinco troncos principales bien repartidos y se eliminan el resto. La formación en vaso de un solo pie da más comodidad de recolección mecánica pero obliga a eliminar rebrotes constantemente.
En el árbol formado, cada invierno se quitan ramas secas, cruzadas y las que van hacia el interior, y se rebajan las que han envejecido para forzar madera nueva. Cada ocho o diez años se puede suprimir uno de los troncos viejos y sustituirlo por un vástago vigoroso de la base: así la mata se renueva sin llegar a agotarse.
El trabajo que más tiempo consume no es la poda, es el desnietado: eliminar los brotes de raíz que salen alrededor. Se hacen dos o tres pasadas al año, y conviene arrancarlos de un tirón cuando aún son tiernos, en primavera, en lugar de cortarlos, porque cortados rebrotan multiplicados.
Sobre el momento: la poda invernal elimina amentos y, con ellos, polen. Si el avellano es de los pocos que tienes y hace de polinizador, poda después de la floración, a finales de febrero, o directamente tras la recolección en otoño. En plantaciones grandes, con polen de sobra, esto es irrelevante.
Recolección
La avellana madura de finales de agosto a septiembre, según variedad y zona. El fruto es un aquenio envuelto en un involucro de brácteas verdes que la gente llama capullo o capucha.
El indicador de madurez es que la avellana se desprende sola del involucro y cae al suelo. Recolectar antes, arrancando los capullos verdes del árbol, da granos que no terminan de llenar y que saben a verde. La recolección tradicional es del suelo, barriendo o recogiendo a mano cada pocos días; por eso conviene tener el ruedo limpio y segado desde agosto.
Una vez recogidas, hay que secarlas cuanto antes: extendidas en capa fina, a la sombra y con aire, durante una o dos semanas, removiéndolas. Una avellana bien seca se conserva con cáscara casi un año en sitio fresco y oscuro. Sin secar, enmohece en días. Y no se lavan antes de secar.
Multiplicación
Vástagos. Es el método normal y el más fácil. En invierno se elige un brote de raíz de uno o dos años que ya tenga raicillas propias, se separa con azada cortando el enlace con la planta madre y se planta directamente. Prende con mucha facilidad y mantiene la variedad. Si el brote no tiene raíz, se le calza tierra alrededor una temporada y se separa al invierno siguiente.
Acodo. Sobre la misma idea: se aporca la base de la mata en primavera con tierra suelta y al año siguiente se recogen brotes enraizados. Es la técnica de vivero clásica del avellano y da plantas homogéneas.
Semilla. Sirve para portainjertos y para obtener variedades nuevas, no para reproducir una variedad concreta: la descendencia sale distinta a la madre. La avellana necesita estratificación en frío, tres o cuatro meses a 3-5 ºC en arena o turba húmeda, o simplemente sembrarla en otoño en maceta a la intemperie. Germina en primavera. Un pie de semilla tarda de seis a diez años en producir; uno de vástago o injerto, de tres a cinco.
Estaquillado. Poco recomendable: el avellano enraíza mal de estaca leñosa, y los porcentajes son bajos incluso con hormonas y nebulización.
Injerto
Se injerta poco, y por una razón sencilla: no hace falta, porque el avellano se clona solo por vástagos. Se recurre al injerto en dos casos concretos: cuando se quiere un tronco único sin rebrotes, injertando sobre Corylus colurna, el avellano turco, que no emite sierpes; y cuando se quiere reconvertir una plantación a otra variedad sin arrancar.
Es un injerto con fama merecida de difícil. El prendimiento es bajo comparado con otros frutales, y hay incompatibilidades entre variedades y C. colurna. Las técnicas que mejor funcionan son el injerto de púa a inglesa doble a finales de invierno, con la madera del injerto recogida en pleno reposo y conservada en frío, y el injerto de chapa o de escudete a finales de verano. Claves prácticas: patrón y púa de calibre parecido, alineación perfecta de los cámbiums, sellado total con mástic o parafilm porque el avellano deseca muy rápido, y protección del punto de injerto del sol directo.
Plagas
Gorgojo o balanino de la avellana (Curculio nucum). El enemigo número uno. Los adultos salen del suelo en primavera, se alimentan de brotes y frutos jóvenes y la hembra perfora la avellana en formación para poner un huevo dentro. La larva se come el grano y sale por un agujero redondo perfecto, del tamaño de una cerilla, hasta el suelo, donde inverna. Si al abrir una avellana encuentras serrín y un gusano blanco sin patas, es él. Se combate rompiendo el ciclo en el suelo con labores superficiales bajo la copa a final de invierno, retirando y destruyendo la fruta caída picada, y tratando en el momento de máxima emergencia de adultos, que se detecta con golpeo de ramas sobre una lona.
Chinches (Palomena prasina, Gonocerus acuteangulatus, Nezara viridula). Pinchan el fruto en desarrollo. Según cuándo lo hagan producen frutos vanos, granos deformados o la típica mancha necrótica parda en el grano, con sabor amargo. Se favorecen con vegetación herbácea alta alrededor: segar el entorno en junio reduce mucho el problema.
Ácaro de las yemas (Phytoptus avellanae). Produce yemas anormalmente hinchadas y redondeadas que no llegan a brotar y se secan. Es fácil de ver en invierno y fácil de contener a mano en un jardín: se arrancan y se queman esas yemas gordas.
Pulgón del avellano (Myzocallis coryli). Amarillo, en el envés. Daño moderado; suele controlarlo la fauna auxiliar salvo en primaveras muy cálidas.
Barrenadores. Zeuzera pyrina y el escolítido Xyleborus dispar atacan sobre todo a árboles debilitados o mal regados. La mejor defensa es un avellano vigoroso.
Enfermedades
Armilaria (Armillaria mellea). Podredumbre de raíz y cuello en suelos húmedos y mal drenados, con micelio blanco bajo la corteza que huele a seta. No tiene cura práctica: se previene con drenaje y evitando plantar donde ha habido árboles muertos por ella.
Bacteriosis del avellano (Xanthomonas arboricola pv. corylina). Manchas angulosas oscuras en hoja, chancros en ramas jóvenes y muerte de brotes, sobre todo en plantaciones jóvenes tras otoños lluviosos o granizadas. Se maneja con cobre en otoño a la caída de la hoja y evitando podar en tiempo húmedo.
Oídio (Phyllactinia guttata). Polvillo blanco en el envés a final de verano. Estético más que grave.
Monilia y podredumbres de fruto en años muy lluviosos en agosto, y mohos de almacén si se guardan las avellanas sin secar bien, con el riesgo añadido de micotoxinas. Otra razón para no saltarse el secado.
Usos del avellano
Lo evidente es el fruto: crudo, tostado, en turrones y en pastelería. Además de fruto seco, la avellana da un aceite fino de buen perfil graso, muy insaturado.
La madera y las varas tienen historia larga en el campo español. Los rebrotes rectos del avellano, flexibles y resistentes, se han usado para cestería, aros de tonelería, mangos, cañas de pescar, tutores de huerto y setos vivos trenzados. Un avellano recepado periódicamente produce varas indefinidamente.
En jardinería tiene papel propio. Sirve de seto informal alto y caducifolio, sujeta taludes con su raíz trazante y admite formas ornamentales: Corylus avellana 'Contorta', el avellano tortuoso de ramas retorcidas, y las variedades de hoja púrpura, entre ellas Corylus maxima 'Purpurea'. Ojo con las contortas y púrpuras compradas injertadas: los vástagos que salen de la base son del patrón común y hay que quitarlos sin falta, o en pocos años se comen a la variedad.
Y un uso menos conocido: el avellano es una de las especies micorrizables con trufa negra (Tuber melanosporum) y trufa de verano (Tuber aestivum), y se emplea en plantaciones truferas por su rapidez de entrada en producción, aunque con una vida útil más corta que la de la encina.
En resumen
El avellano es de cultivo fácil siempre que se le den tres cosas: otro avellano de variedad distinta cerca, porque solo no cuaja; suelo profundo y drenado, porque la asfixia radicular lo mata; y agua en julio y agosto, porque ahí se llena el grano y sin riego se recogen avellanas huecas. A partir de ahí el mantenimiento es poco: acolchado, compost en invierno, una poda de aclareo, desnietar dos o tres veces al año y vigilar el gorgojo. Recoge cuando el fruto caiga solo, sécalo enseguida y tendrás avellanas hasta la cosecha siguiente.