Entre la floración y el dátil listo para comer pasan de 120 a 200 días de calor casi ininterrumpido, y esa cifra decide por sí sola dónde tiene sentido plantar una palmera datilera y dónde va a ser solo un árbol ornamental muy grande. Phoenix dactylifera no pide poca agua ni poco cuidado: pide un verano largo, seco y muy caliente, y un otoño que no llueva cuando el fruto está madurando. En España ese conjunto se da en pocos sitios, y conviene saberlo antes de plantar.
Qué es exactamente una palmera datilera
Es una palmera (familia Arecaceae) que alcanza de 20 a 30 m de altura y puede vivir más de un siglo, aunque su vida productiva rentable ronda los 60-80 años. El tronco, llamado estipe, no es madera: no tiene cámbium ni crece en grosor, de modo que el diámetro que tiene a los diez años es el que tendrá siempre. Crece en altura entre 20 y 40 cm al año y queda recubierto por las bases persistentes de las hojas viejas.
Las hojas son pinnadas, de 3 a 6 m, grisáceas o glaucas, con un detalle importante para quien vaya a trabajar bajo ellas: los folíolos de la base están transformados en espinas rígidas de hasta 20 cm, capaces de atravesar un guante. Cada hoja vive entre cuatro y siete años y la palmera emite entre 10 y 25 nuevas al año. Todo el crecimiento sale de una única yema apical, el cogollo. Si esa yema muere, la palmera muere: no hay rebrote posible desde el estipe, y por eso las plagas que atacan el cogollo son mortales.
La característica que más consecuencias prácticas tiene es otra: Phoenix dactylifera es dioica. Hay palmeras macho y palmeras hembra, en pies separados, y solo las hembras dan fruto. Una datilera solitaria en un jardín no producirá nada por muy bien cuidada que esté. Lo veremos con detalle más adelante porque es el punto donde fracasa la mayoría de los intentos domésticos.
El fruto es una baya con una sola semilla alargada y surcada. Nace en racimos que cuelgan de un pedúnculo grueso y una palmera adulta bien manejada produce entre 50 y 100 kg al año repartidos en 8 a 12 racimos.
No confundirla con la palmera canaria
La palmera que se ve en paseos marítimos, rotondas y chalets de toda España no suele ser la datilera, sino Phoenix canariensis. Se distinguen bien: la canaria tiene un estipe más grueso y compacto, corona muy densa y hojas de un verde intenso, y crece siempre con un solo tronco. La datilera es más esbelta, de hojas grisáceas más separadas, y emite hijuelos en la base, formando matas de varios estipes si no se le quitan.
La canaria también da frutos anaranjados parecidos a dátiles pequeños, pero son secos, fibrosos y con muy poca pulpa. No son comestibles en ningún sentido útil. Quien haya recogido "dátiles" de una palmera de calle y los haya encontrado incomibles, casi con seguridad estaba ante una canariensis.
El dátil en España
El referente es el Palmeral de Elche, unas 200.000 palmeras y el mayor palmeral de Europa, declarado Patrimonio Mundial en el año 2000. Conviene entender qué es realmente: un sistema agrícola de origen andalusí donde las palmeras se plantaron en hileras para dar sombra y cortar el viento a los cultivos de huerta que crecían entre ellas, regados con el agua salobre del Vinalopó. El dátil era un producto más, y durante mucho tiempo ni siquiera el principal: la palma blanca —hojas atadas y encapuchadas para que crecieran sin clorofila y se usaran el Domingo de Ramos— daba más dinero que la fruta.
Hoy hay producción comercial en Elche, Orihuela y la vega baja del Segura, y plantaciones más recientes en el sureste de Alicante, Murcia y Almería. Ese es el terreno donde la datilera fructifica de verdad en la Península: veranos muy cálidos y secos, otoños poco lluviosos y suelos que otros frutales no soportarían.
Fuera de ese arco, la palmera vive perfectamente en buena parte del litoral mediterráneo y del sur, florece incluso, pero los dátiles rara vez pasan de la fase crujiente y astringente. En el interior frío y en el norte húmedo no hay ni verano suficiente ni otoño seco.
Las cinco fases del fruto (y por qué importan)
El dátil no madura de golpe. Pasa por fases que tienen nombre árabe en toda la literatura del cultivo, y saberlas explica por qué un dátil español puede ser excelente o incomible según el año:
Hababuk: fruto recién cuajado, del tamaño de un guisante.
Kimri: verde, duro, muy astringente. Es la fase más larga, unas 9-14 semanas, y en ella el fruto alcanza casi todo su tamaño.
Khalal (o bisr): tamaño final y color ya definido —amarillo o rojo según el cultivar—, textura crujiente y sabor dulce pero todavía algo áspero. Algunas variedades, como 'Barhi', se comen deliciosamente en esta fase.
Rutab: empieza a ablandarse desde la punta, se vuelve translúcido y pardo, pierde agua y taninos. Es el dátil fresco, jugoso, muy perecedero.
Tamar: el dátil curado, con menos del 25 % de humedad, que se conserva meses sin refrigeración porque su concentración de azúcar impide el desarrollo microbiano.
El paso de khalal a rutab y tamar es el que exige calor y sequedad. Una semana de lluvia en septiembre u octubre con el fruto en rutab significa agrietamiento, fermentación y podredumbre del racimo entero. Ese, y no el frío del invierno, es el factor limitante real en España.
Variedades
'Medjool': el dátil grande, carnoso y caro. De maduración tardía y muy sensible a la humedad en otoño. Necesita mucho aclareo para dar el calibre que se le supone.
'Deglet Nour': semiseco, translúcido, el clásico argelino y tunecino de rama. Muy exigente en calor acumulado; en España solo cuaja bien en los años buenos y en las zonas más cálidas.
'Barhi': blando, de maduración temprana, y con la ventaja de comerse ya en khalal, crujiente y sin astringencia. Por precocidad es de las más interesantes para clima peninsular.
'Zahidi': semiseco, rústico, productivo y tolerante. Menos fino, más agradecido.
Cultivares locales de Elche como 'Confitera' o 'Candit', seleccionados durante siglos en el propio palmeral. Están adaptados a las condiciones locales y merecen conservarse aunque comercialmente hayan quedado desplazados.
Multiplicación: por qué el hueso no vale
Un hueso de dátil de supermercado germina con una facilidad casi ofensiva: a 25-30 °C, en sustrato húmedo, brota en tres a ocho semanas. Y es un experimento estupendo para hacer con niños. Como método para tener dátiles, no sirve, por tres motivos:
Primero, la datilera es dioica y la semilla no dice de qué sexo es. Sale aproximadamente la mitad machos, que nunca darán fruto, y no hay forma de saberlo hasta que florecen.
Segundo, tarda entre 6 y 10 años en florecer desde semilla.
Tercero, y decisivo, la descendencia de semilla no reproduce el cultivar: cada hueso es un individuo nuevo con calidad de fruto imprevisible, casi siempre peor que el parental.
Por eso los cultivares se multiplican por hijuelos (retoños basales) o por cultivo in vitro. El hijuelo se separa cuando pesa entre 10 y 25 kg y ya tiene raíces propias, con un escoplo curvo, en primavera (de marzo a mayo) o a comienzos de otoño. Se le recortan las hojas a un tercio, se atan en manojo para reducir la transpiración, y se planta enseguida con riego abundante y sombra. Tarda de seis meses a un año en enraizar de verdad, y en ese periodo hay que ser generoso con el agua. Una palmera de hijuelo empieza a dar fruta a los 4-5 años y alcanza plena producción hacia los 12-15.
Cultivo: suelo, agua y clima
Hay un refrán árabe que resume el cultivo mejor que un manual: la palmera datilera quiere los pies en el agua y la cabeza en el fuego. Es enormemente resistente a la sequía —sobrevive donde no vive nada—, pero sobrevivir y producir son cosas distintas. Para dar 80 kg de dátiles necesita riego constante.
Suelo: profundo, suelto, arenoso o franco-arenoso, con buen drenaje. Tolera perfectamente la caliza y pH de 7 a 8,5. Es de los frutales más tolerantes a la salinidad que existen: aguanta aguas y suelos que matarían a un cítrico o a un frutal de hueso, aunque por encima de cierto nivel la producción baja. Esa tolerancia es la razón histórica de que prosperara en Elche con el agua salobre del Vinalopó.
Agua: una palmera adulta en producción puede necesitar del orden de 100 a 200 litros diarios en pleno verano en el sureste peninsular. El riego localizado con varios goteros en corona alrededor del estipe es el sistema habitual. El momento crítico es el llenado del fruto, de junio a agosto: un déficit ahí da dátiles pequeños y secos. En cambio, conviene reducir el riego durante la maduración final, porque el exceso de agua en septiembre favorece el agrietamiento.
Frío: una palmera adulta soporta puntualmente entre -6 y -9 °C con daño foliar; los ejemplares jóvenes son bastante más sensibles y las inflorescencias se dañan ya cerca de los -4 °C. El calor extremo no le molesta: sigue funcionando por encima de 45 °C.
Marco de plantación: de 8 × 8 a 9 × 9 m, unas 120-150 palmeras por hectárea. Parece exagerado hasta que la copa alcanza sus 10 m de diámetro.
Abonado: es exigente en nitrógeno y potasio. En plantación adulta, del orden de 40-60 kg de estiércol por palmera al año más un aporte fraccionado de fertilizante nitrogenado y potásico durante la primavera y el verano. En suelos calizos aparecen carencias de hierro y manganeso que se corrigen con quelatos.
Polinización: la operación que hay que hacer a mano
La datilera es anemófila —el viento lleva el polen—, pero en cultivo esa polinización natural es tan ineficiente que en todas las zonas productoras del mundo se poliniza a mano desde hace miles de años. Es, probablemente, la práctica agrícola documentada más antigua que sigue haciéndose igual.
En España las espatas florecen entre marzo y mayo. La espata masculina se recolecta cuando se abre, se dejan secar las espigas un par de días a la sombra y se guarda el polen; se conserva un año en frío. Cuando la espata femenina se raja, se introducen dos o tres espiguillas masculinas invertidas entre las femeninas y se ata el conjunto sin apretar. También puede espolvorearse el polen mezclado con harina o talco.
Un solo macho basta para 40-50 hembras, así que en un jardín con varias hembras es suficiente con un macho, o incluso con conseguir polen prestado cada primavera.
Hay aquí un fenómeno curioso y muy real llamado metaxenia: el polen del macho influye directamente en el tamaño del dátil, en el grosor de la pulpa y en la fecha de maduración, aunque el fruto sea tejido de la madre. Elegir el macho no es indiferente; en las zonas productoras se seleccionan machos concretos por su efecto sobre la cosecha.
Manejo del racimo y recolección
Una palmera que cuaja todo lo que puede da mucha fruta pequeña y mala, y además entra en vecería: agota reservas y al año siguiente apenas produce. Hay tres operaciones que cambian por completo el resultado:
Aclareo de racimos: dejar aproximadamente un racimo por cada 8-9 hojas verdes, es decir, entre 8 y 12 en una palmera adulta bien poblada, y eliminar el resto en cuanto han cuajado.
Aclareo de espigas y puntas: quitar un 20-30 % de las espiguillas de cada racimo y recortar el tercio final de las que quedan. El calibre sube de forma muy notable.
Arqueado: doblar suavemente el pedúnculo del racimo hacia abajo, entre las hojas, para que cuelgue libre y no se roce con las espinas. Facilita además la recolección y la aireación.
La poda se limita a retirar hojas secas y las bases viejas del estipe. No se cortan hojas verdes: la palmera necesita todas para llenar el fruto, y cada corte es una herida. Sobre cuándo podar hay una razón sanitaria de peso que se explica en el apartado siguiente.
La recolección va de septiembre a diciembre según cultivar. Se hace en varias pasadas, porque el racimo no madura de una vez; en algunas variedades se corta el racimo completo cuando la mayoría de los frutos está en rutab y se termina el curado en cámara o al sol. Si amenaza lluvia, se embolsan los racimos con malla o papel: protege del agua, de los pájaros y de las avispas, que en septiembre son un problema serio.
Plagas y enfermedades
Picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus). Es la amenaza número uno para las palmeras en España desde su detección en 2005. Las larvas devoran el interior del cogollo y cuando aparecen los síntomas visibles —hojas centrales torcidas o caídas, folíolos con muescas simétricas, corona asimétrica, capullos fibrosos y olor a fermentación en la base de las hojas— el daño suele ser irreversible. Prefiere claramente Phoenix canariensis, pero también ataca a la datilera.
La medida preventiva más útil y peor conocida es no podar de marzo a octubre. Las heridas frescas de poda emiten volátiles que atraen a los adultos a distancia; podar en pleno verano es una invitación directa. Se poda en invierno y se sellan los cortes. En zonas afectadas, además, hay tratamientos preventivos (endoterapia o tratamientos al cogollo) y trampas de feromona comunitarias, y la aparición de un foco es de declaración obligatoria.
Paysandisia archon, el barrenador de las palmeras. Una mariposa diurna grande y llamativa cuyas larvas galerían el estipe; deja perforaciones alineadas que aparecen replicadas al desplegarse la hoja, y serrín en la corona.
Cochinillas: Parlatoria blanchardi, la cochinilla blanca de la datilera, cubre folíolos y frutos de escamas blanquecinas y deprecia la cosecha; está sujeta a control fitosanitario. También aparece Phoenicococcus marlatti, roja, escondida entre las bases foliares.
Ácaros: Oligonychus afrasiaticus teje una fina telaraña sobre los racimos en fase kimri y deja los frutos pardos, agrietados y arenosos al tacto. Aparece con calor extremo y sequedad.
Bayoud (Fusarium oxysporum f. sp. albedinis): la enfermedad más temida del cultivo. Es un hongo vascular de suelo que blanquea las hojas de forma característica y mata la palmera en pocos años, sin tratamiento curativo, y que ha destruido millones de palmeras en Marruecos y Argelia. Es la razón por la que no debe introducirse material vegetal sin pasaporte fitosanitario ni traerse hijuelos de origen desconocido.
Graphiola phoenicis (falso carbón): pústulas negras diminutas en los folíolos, favorecidas por la humedad ambiental. Es casi siempre un problema estético; se maneja retirando hojas muy afectadas y mejorando la aireación.
A esto se suman pájaros, avispas y ratas, que en el mes de la maduración pueden llevarse una parte considerable de la cosecha. El embolsado de racimos resuelve la mayor parte.
Qué aporta el dátil como alimento
Cien gramos de dátil seco tipo Medjool o Deglet Nour aportan alrededor de 280 kcal, unos 75 g de hidratos de carbono de los cuales cerca de 65 g son azúcares simples —sobre todo glucosa y fructosa—, unos 7 g de fibra, prácticamente nada de grasa y en torno a 2 g de proteína. Es un alimento muy denso en potasio (del orden de 650-700 mg por 100 g, más que un plátano en fresco), y aporta magnesio, cobre, manganeso, vitaminas del grupo B y compuestos fenólicos con actividad antioxidante.
Su fibra y su combinación de azúcares hacen que su índice glucémico sea moderado en lugar de alto, lo que es un punto a favor frente al azúcar refinado y lo hace útil como endulzante en repostería. Pero conviene decir lo evidente: un dátil es, en peso seco, tres cuartas partes de azúcar. Que sea azúcar acompañado de fibra y minerales no lo convierte en un alimento de consumo libre, y tres o cuatro dátiles ya son una ración de fruta completa. Es una fuente de energía excelente y muy transportable —esa fue su función durante milenios en el desierto—, no un caramelo saludable sin límite.
Errores frecuentes
Plantar una sola palmera y esperar dátiles. Sin macho o sin polen no hay fruto. Y si la palmera que se plantó era macho, tampoco.
Sembrar huesos de supermercado con intención productiva. Ornamento sí, cosecha no.
Regar poco porque "aguanta la sequía". Aguanta viva, no aguanta produciendo.
Podar hojas verdes en verano. Pierde fotosíntesis y, sobre todo, atrae al picudo rojo.
No aclarar los racimos. Da mucha fruta minúscula y provoca vecería.
Ignorar el otoño. El clima de septiembre y octubre decide la calidad final más que ninguna otra cosa.
En resumen
Phoenix dactylifera es una palmera dioica, longeva y extraordinariamente resistente a la sal y al calor, que necesita riego abundante y un verano largo y seco para llevar el fruto desde kimri hasta tamar. En España su territorio real son Elche, la vega baja del Segura y el sureste cálido de Alicante, Murcia y Almería; en el resto del litoral se puede tener como árbol, pero la cosecha será irregular o inexistente.
Quien la quiera como frutal debe partir de hijuelo o planta in vitro de un cultivar conocido, contar con una palmera macho o con polen, polinizar a mano cada primavera, regar en serio durante el llenado del fruto, aclarar racimos y espigas para conseguir calibre y proteger la cosecha de la lluvia y de los pájaros. Y vigilar el picudo rojo, podando solo en invierno. Con eso, una palmera adulta puede dar entre 50 y 100 kg de dátiles al año durante décadas.