Cultivar un mango en España es sobre todo un problema de geografía. El árbol crece sin dificultad en media península, incluso en zonas donde nunca dará fruto; lo que exige condiciones muy concretas es la floración y el cuajado. Por eso la producción comercial se concentra en la Axarquía malagueña, la costa granadina de Motril y Almuñécar, algunos enclaves de Almería y Alicante y, sobre todo, Canarias. Fuera de ese cinturón sin heladas, el mango es una planta ornamental de invernadero o de maceta, y conviene asumirlo antes de plantar.

Árbol de mango adulto con copa densa

Qué árbol es el mango

Mangifera indica pertenece a la familia Anacardiaceae, la misma que el pistacho, el anacardo y el zumaque. Es originario del subcontinente indio y del sudeste asiático, donde se cultiva desde hace más de cuatro mil años.

En su tierra alcanza 30 o 40 metros y vive siglos; en cultivo se le mantiene entre 3 y 6 metros mediante poda. Es un árbol de hoja perenne, con brotaciones rítmicas: emite oleadas de hojas nuevas que salen colgantes y de color rojizo o bronce, y solo después se enderezan y se vuelven verde oscuro. Ese color rojo del brote joven asusta a quien lo ve por primera vez, pero es completamente normal.

Las flores se agrupan en panículas terminales muy ramificadas, de hasta 30 cm, con centenares o miles de flores diminutas, la mayoría de ellas masculinas y solo una fracción hermafroditas. De todo ese despliegue cuajan y llegan a cosecha unos pocos frutos por panícula, a menudo uno solo. Es la norma de la especie, no un fallo del árbol.

El parentesco con el zumaque tiene una consecuencia práctica: la savia y la piel del fruto verde contienen urushiol, el mismo compuesto irritante de la hiedra venenosa. Al podar o al recolectar conviene usar guantes, y no está de más saber que hay gente que reacciona con dermatitis al pelar mangos.

Variedades que funcionan aquí

La variedad dominante en la costa mediterránea española es Osteen, de fruto grande, alargado, con la piel morada y violácea y muy poca fibra. Se adapta bien al clima subtropical peninsular y madura de septiembre a octubre, justo cuando ya no hay mango importado de otros hemisferios en el mercado.

Otras que dan buen resultado son Keitt, de maduración aún más tardía y piel verde incluso maduro, Kent, muy dulce, Irwin y Sensation, de tamaño menor y buena aptitud para jardín. Tommy Atkins aguanta mejor el transporte pero tiene claramente peor sabor y más fibra, así que para consumo propio no compensa.

En Canarias se usan mucho los portainjertos Gomera-1 y Gomera-3, seleccionados por su tolerancia a la salinidad y a suelos difíciles. En la Península es habitual el injerto sobre patrones poliembriónicos de tipo Gomera o Turpentine.

Clima: dónde está el límite real

El mango vegeta bien entre 24 y 30 °C y se para por debajo de 15 °C. El árbol adulto y bien establecido resiste puntualmente 0 °C y aguanta breves descensos hasta -1 o -2 °C con daños en las hojas. Un ejemplar joven, en cambio, sufre ya por debajo de 4 °C y muere con una helada ligera.

Ahora bien, la temperatura mínima no es el único filtro. Para florecer con regularidad, el mango necesita un periodo fresco y seco en invierno, con noches entre 10 y 15 °C, que induce la formación de las panículas. En zonas tropicales húmedas ese estímulo falta y el árbol se queda vegetativo. En la costa tropical española ese frescor invernal existe de forma natural, lo que explica por qué la zona funciona tan bien.

El problema recurrente en la Península es otro: las lluvias y humedad durante la floración, entre febrero y abril. El agua sobre las panículas dispara la antracnosis y arruina el cuajado. Un año de primavera húmeda puede reducir drásticamente la cosecha sin que el árbol tenga ningún otro problema.

También necesita protección frente al viento. Las ramas son quebradizas, las panículas se deshacen con rachas fuertes y el viento seco de poniente quema hojas. Un seto cortavientos es una de las inversiones más rentables en una plantación de mango.

Suelo

Quiere suelo profundo, suelto y con muy buen drenaje, franco o franco-arenoso, con pH entre 5,5 y 7,5. Es un árbol de raíz pivotante potente, así que agradece profundidad más que anchura.

Dos sensibilidades hay que tener muy presentes en el litoral español. La primera es la caliza: en suelos calizos aparece clorosis férrica con facilidad, y hay que corregirla con quelato de hierro EDDHA, que es el único que se mantiene estable a pH alto. La segunda es la salinidad, sobre todo el cloruro y el sodio del agua de riego, muy frecuentes en pozos costeros; el síntoma es la quemadura del borde y la punta de las hojas.

El encharcamiento lo mata rápido. En terrenos pesados o con capa impermeable, la solución habitual es plantar en caballón elevado.

Riego

El calendario de riego del mango no es uniforme: depende de la fase del árbol, y ahí está la diferencia entre un árbol con hojas y un árbol con fruta.

Invierno, antes de florecer: se reduce el riego de forma deliberada. Un estrés hídrico moderado en diciembre y enero favorece la inducción floral. Regar en abundancia en esos meses hace que el árbol siga brotando hojas en lugar de formar panículas, y un mango que en enero echa hoja ya no da cosecha esa campaña.

Floración y cuajado, de febrero a mayo: se vuelve a regar, con moderación al principio. La falta de agua en el cuajado provoca caída masiva de frutitos.

Engorde del fruto, verano: es el momento de mayor demanda. Un árbol adulto en la costa mediterránea puede consumir del orden de 50 a 100 litros por semana en julio y agosto, según marco de plantación y suelo, siempre por goteo y en riegos abundantes y espaciados, no en aportes diarios superficiales.

Tras la cosecha: se baja el ritmo progresivamente hacia el reposo invernal.

En maceta se riega cuando los primeros centímetros de sustrato están secos, empapando bien y vaciando siempre el plato.

Abonado

Es un árbol exigente en nitrógeno durante el crecimiento vegetativo y en potasio durante el engorde y la maduración del fruto, que es cuando se define el contenido de azúcares.

La pauta razonable es abonar de marzo a septiembre, repartiendo en varias aplicaciones, y suspender en otoño e invierno. Un exceso de nitrógeno tardío tiene el mismo efecto perverso que el exceso de agua: brotación vegetativa a destiempo en lugar de flor, y madera tierna expuesta al frío.

El aporte de materia orgánica en primavera, extendida bajo la copa sin tocar el tronco, mejora estructura y retención en los suelos arenosos del litoral. En cuanto a micronutrientes, además del hierro conviene vigilar el zinc, cuya carencia da hojas pequeñas y estrechas con entrenudos cortos, y el boro, relacionado con problemas de cuajado y con frutos deformados.

Poda

El mango florece en madera del año anterior ya madura, en el extremo de las ramas. Esto condiciona todo: una poda fuerte y tardía elimina los brotes que iban a florecer, y por eso hay árboles muy bien podados que no dan nada.

El momento correcto es inmediatamente después de la cosecha, entre octubre y noviembre en la costa peninsular, para que el árbol tenga tiempo de emitir y madurar la brotación que florecerá la primavera siguiente.

En los primeros años se hace poda de formación: despuntar el eje a 70-100 cm para forzar ramificación y seleccionar tres o cuatro ramas principales bien repartidas, formando una copa abierta. En adulto la poda es de mantenimiento: eliminar madera seca, ramas cruzadas o que crecen hacia dentro, y limitar la altura para poder cosechar sin escaleras imposibles.

Si un árbol se ha ido de tamaño, la renovación fuerte se hace en varias etapas a lo largo de dos o tres años, nunca de golpe. Un mango desmochado brutalmente rebrota con vigor pero tarda mucho en volver a producir, y la madera recién expuesta se quema con el sol si no se protege con pintura blanca de cal.

Cuajado, vecería y polinización

Aquí es donde se concentran las decepciones. El mango tiene un cuajado naturalmente bajo y una fuerte tendencia a la vecería: un año carga mucho y al siguiente descansa. El aclareo manual de frutos en los años de carga excesiva ayuda a suavizar el ciclo y mejora el calibre.

Un detalle poco conocido: las flores del mango no las polinizan las abejas principalmente, sino moscas, escarabajos y otros dípteros atraídos por su olor, que es más bien desagradable. En jardín particular no hay nada que hacer al respecto, pero explica por qué instalar colmenas no mejora tanto la cosecha como cabría esperar.

Las variedades comerciales españolas son autofértiles, así que un solo árbol produce. Aun así, tener dos ejemplares de variedades distintas mejora ligeramente el cuajado y escalona la cosecha.

Panícula floral de mango con centenares de flores diminutas

Plagas

Cochinillas (algodonosa, diaspinas y el llamado cotonet): colonizan hojas, ramas y pedúnculos, segregan melaza y sobre ella crece negrilla. Se controlan con aceite de parafina y, en explotación, con fauna auxiliar. Conviene además vigilar las hormigas, que las protegen.

Trips: atacan panículas y frutos recién cuajados y producen un plateado y un rameado característico en la piel, que deprecia el fruto sin afectar a su sabor.

Mosca de la fruta (Ceratitis capitata): pica el fruto cerca de la maduración y lo pudre desde dentro. En la costa mediterránea es la plaga que más pérdidas causa en la fruta ya hecha. Se maneja con trampeo masivo y recogiendo del suelo la fruta caída, que es el foco de la generación siguiente.

Ácaros: en veranos secos y con polvo, punteados y bronceado del envés.

Enfermedades

Antracnosis (Colletotrichum gloeosporioides): la enfermedad número uno del mango. Provoca ennegrecimiento y secado de las panículas en floración y manchas negras hundidas en el fruto, que a menudo aparecen ya en la postcosecha sobre fruta aparentemente sana. Es un hongo que necesita agua libre sobre el tejido, así que se combate sobre todo con manejo: copa aireada, riego por goteo que no moje la parte aérea y recogida de restos vegetales.

Oídio (Oidium mangiferae): polvillo blanco en flores, brotes y frutitos, con caída de flor. Aparece con noches frescas y días templados durante la floración. El azufre lo controla bien, pero no debe aplicarse con más de 30 °C porque quema.

Malformación floral (Fusarium mangiferae): panículas compactas, deformes, con flores estériles apiñadas. No tiene tratamiento curativo; se eliminan y se queman las inflorescencias afectadas y se desinfectan las herramientas.

Podredumbre de raíz y cuello: consecuencia directa del encharcamiento. Se previene con drenaje y plantación elevada, no con fungicidas.

Plantación y trasplante

La época correcta en España es la primavera, de abril a junio, con el suelo ya caliente y sin riesgo de frío. Plantar en otoño deja al árbol joven expuesto a su primer invierno sin haber enraizado, que es la forma más habitual de perderlo.

El hoyo debe ser amplio, de al menos 60 × 60 × 60 cm en suelo suelto y mayor en suelo pesado. El punto de injerto tiene que quedar por encima del nivel del suelo, y el cepellón se manipula con cuidado: el mango tiene raíz pivotante y tolera mal que se la rompan. Marco de plantación habitual, de 5 × 5 a 8 × 8 metros según variedad y sistema de poda.

Los primeros dos o tres inviernos conviene proteger el tronco y la copa de los ejemplares jóvenes con malla antiheladas o un túnel improvisado si hay riesgo de temperaturas cercanas a cero.

Multiplicación

La semilla germina bien, y es un experimento agradecido: se retira la fibra del hueso, se abre con cuidado la cáscara leñosa y se siembra la almendra interior en sustrato húmedo y cálido, a más de 25 °C. Germina en dos o tres semanas.

Ahora bien, hay que entender qué sale de ahí. Muchas variedades son poliembriónicas: de un solo hueso brotan varias plántulas, y las procedentes de tejido materno son clones idénticos a la madre. Otras variedades, entre ellas buena parte de las de fruto de calidad, son monoembriónicas y su semilla da un híbrido impredecible. En cualquier caso, un mango de semilla tarda entre 6 y 10 años en fructificar, frente a los 3 o 4 de un injertado.

La propagación seria se hace por injerto, de púa lateral o de chapa, sobre patrones poliembriónicos de un año, a finales de primavera o en verano, cuando la savia está en movimiento.

Cultivo en maceta

Es la única alternativa en el interior peninsular, y conviene ser realista: se puede mantener un mango bonito muchos años, pero cosechar fruta en maceta es excepcional. Si se intenta, hay que partir de una variedad de porte reducido e injertada, usar un contenedor alto (por la raíz pivotante) de 50 cm o más, sustrato muy drenante y una ubicación exterior a pleno sol en verano, resguardada e iluminada en invierno pero fresca: en un salón con calefacción el árbol se llena de araña roja y cochinilla.

Recolección y usos

En la costa tropical española la cosecha va de septiembre a noviembre, según variedad. El mango se recolecta en madurez fisiológica, todavía firme, y termina de madurar fuera del árbol; el punto se reconoce mejor por la forma de los hombros del fruto, que se llenan y sobresalen por encima del pedúnculo, que por el color de la piel, engañoso en variedades como Keitt, que sigue verde estando lista.

Se corta dejando un trozo de pedúnculo y se deja escurrir el látex boca abajo, porque ese exudado quema la piel del fruto y deja manchas negras. La conservación en frío no debe bajar de 10-12 °C: por debajo aparece daño por frío, con la pulpa aguada y la piel picada.

Como árbol ornamental, en clima adecuado, es de los mejores para sombra: copa densa, perenne, hoja aromática al estrujarla y esas brotaciones rojizas dos o tres veces al año. En la cocina, más allá de comerlo fresco, el mango verde funciona muy bien en encurtidos, chutneys y ensaladas de tipo asiático, un uso poco extendido aquí y que da salida a los frutos que se caen antes de tiempo.

En resumen

El mango solo fructifica con regularidad en la franja española libre de heladas: costa de Málaga y Granada, enclaves resguardados de Almería y Alicante, y Canarias. Necesita sol, abrigo del viento, suelo profundo y muy drenante, y agua de riego con poca sal. La clave del cultivo está en el calendario: menos agua y nada de nitrógeno en invierno para que forme flor en lugar de hojas, riego abundante durante el engorde del fruto en verano, y poda justo después de la cosecha, nunca en primavera, porque florece en la madera del año anterior. Sus dos enemigos principales son la antracnosis, favorecida por la lluvia en floración, y la mosca de la fruta al final del ciclo. Y conviene contar de antemano con un cuajado bajo y con años alternos de mucha y poca cosecha: es el comportamiento normal de la especie.


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