Sobre la superficie de las hojas y los tallos de la barrilla hay miles de vesículas transparentes llenas de agua, del tamaño de un grano de sal fina, que reflejan la luz y hacen que toda la planta parezca cubierta de escarcha en pleno agosto. De ahí los nombres de hierba vidriera y de escarchada. No son un adorno: son el sistema que le permite vivir donde el suelo tiene tanta sal que casi ninguna otra planta germina.
Qué es y dónde vive
Mesembryanthemum nodiflorum es una aizoácea anual, postrada, de 5 a 20 cm de alto, muy ramificada desde la base, que forma manchas extendidas por el suelo. Los tallos, verdes al principio, se tiñen de rojo intenso con el sol y la sequía, y en verano la mata entera queda de un carmín llamativo antes de secarse.
Las hojas son cilíndricas o claviformes, muy carnosas, de 1 a 4 cm, opuestas en la parte baja y alternas arriba. Las flores son pequeñas, de 5 a 10 mm, blancas o blanco amarillento con reflejo rosado, sésiles en los nudos —de ahí el epíteto nodiflorum— y abren a mediodía con el sol, cerrándose por la tarde.
Es halófita: una planta de suelos salinos. Vive en saladares, marismas, dunas y arenales costeros, ramblas del interior con sales, bordes de salinas y suelos nitrificados de zonas áridas, siempre a pleno sol. En España es nativa y abunda en Almería, Murcia, Alicante, la costa de Cádiz y Huelva, Baleares y Canarias, con poblaciones interiores en los saladares manchegos y en el valle del Ebro. Fuera de su área —California, Australia, Sudáfrica— se comporta como invasora agresiva, lo que da idea de su capacidad de ocupación.
Su ciclo va al revés que el de un jardín de verano: germina con las lluvias de otoño, crece durante el invierno, florece de marzo a mayo y se seca al llegar el calor, dejando el suelo cubierto de matas rojizas cargadas de cápsulas.
Para qué sirven las células vesiculosas
Esas vejigas brillantes son células epidérmicas gigantes, muy dilatadas, que funcionan como almacén separado del tejido que hace la fotosíntesis. Cumplen tres funciones a la vez:
Encierran la sal. La planta absorbe sodio y cloro con el agua del suelo salino y no puede evitarlo. Lo que hace es empujar ese sodio hacia las vesículas, donde queda apartado y no interfiere en las enzimas de las células fotosintéticas. Es un depósito de residuos, no un adorno.
Guardan agua. Cada vesícula es una reserva que amortigua la deshidratación en los días de viento seco.
Reflejan la radiación. La capa brillante rebota parte de la luz y baja la temperatura de la hoja, lo que en un saladar sin sombra alguna reduce la pérdida de agua.
Hay un cuarto rasgo, invisible pero importante: esta especie practica el CAM facultativo. En condiciones normales fija el carbono como una planta corriente, de día; cuando la sequía o la salinidad aprietan, cambia al metabolismo ácido de las crasuláceas y abre los estomas de noche, cuando la evaporación es mínima. Es un interruptor, no un estado fijo, y explica que la misma planta pueda crecer rápido en invierno húmedo y sobrevivir después al estrés de la primavera seca.
La consecuencia menos evidente llega cuando muere: al descomponerse devuelve al suelo superficial todo el sodio que había acumulado, y lo hace más salino de lo que era. Con ello dificulta la instalación de competidores y favorece a su propia descendencia, que sí tolera esa sal. Es una forma de ingeniería del hábitat bastante estudiada.
Las cápsulas completan el sistema. Son higrocásticas: permanecen cerradas mientras están secas y se abren al mojarse, de modo que solo liberan semillas cuando llueve, que es cuando la germinación tiene sentido. Y no las sueltan todas de golpe: cada lluvia se lleva una fracción y el resto queda guardado para otro año, un reparto de riesgo frente a los otoños que empiezan lloviendo y luego se cortan.
La barrilla y la sosa
Precisamente por acumular sodio, esta planta y otras halófitas tuvieron durante siglos un valor industrial de primer orden. Al quemarlas, el sodio quedaba en las cenizas en forma de carbonato sódico impuro, la sosa o barrilla, materia prima imprescindible para fabricar vidrio y jabón.
España fue la gran proveedora europea. Entre los siglos XVI y XVIII, la barrilla de Alicante, Murcia, Almería y Canarias se exportaba a Marsella, Venecia, Génova e Inglaterra, y la calidad alicantina estaba considerada la mejor del mercado. El jabón de Castilla y buena parte del vidrio veneciano dependían de ella. Se cultivaban y recolectaban varias especies —Salsola soda era la principal— y los Mesembryanthemum, llamados barrilla fina o vidriera, entraban en el mismo circuito. Fue una economía de tierras que no valían para otra cosa: saladares y arenales que de pronto daban dinero.
El final llegó de la química. El proceso Leblanc, desarrollado en Francia a finales del siglo XVIII, permitió obtener sosa a partir de sal común, y el proceso Solvay lo abarató todavía más a partir de 1860. Hacia 1820 y 1830 el precio de la barrilla se hundió y arrastró consigo comarcas enteras del sureste peninsular y de Canarias, donde la crisis fue tan dura que hizo falta buscar un sustituto: fue el momento en que las islas se volcaron en la cochinilla del nopal. Los topónimos y apellidos ligados a la barrilla siguen ahí, pero el oficio desapareció en una generación.
Uso en jardinería de dunas y suelos salinos
No es planta de arriate, y no tiene sentido pedirle lo que no da: es anual, se seca en verano y su floración es discreta. Su lugar está en la restauración y la jardinería de costa, donde cumple funciones que pocas especies pueden cubrir:
Cubierta pionera en arena. Germina y cubre rápido superficies desnudas, reduce el arrastre de arena por el viento y la escorrentía en las primeras lluvias, y prepara el terreno para la vegetación dunar estable, que llega después.
Suelos con sal que no admiten otra cosa. Taludes cerca del mar, bordes de paseos marítimos, zonas regadas con agua salobre o alcanzadas por el rociado salino.
Jardín seco de grava y arena. Aporta un tapiz invernal y primaveral y un rojo intenso al final del ciclo, en el momento en que los jardines mediterráneos empiezan a apagarse.
Cultivo. Se siembra al voleo en otoño, con las primeras lluvias, sobre suelo desnudo y a pleno sol. No se abona: el exceso de nitrógeno la vuelve blanda y le quita el aspecto escarchado. No se riega salvo para asegurar la nascencia en un otoño seco. No hay que replantar cada año, porque se resiembra sola con el banco de semillas de las cápsulas, siempre que se le deje secar en la planta y no se recojan los restos en junio. Plagas, ninguna que merezca la pena; su problema son los suelos que retienen humedad en invierno y las zonas de sombra.
Un aviso de convivencia: en jardines donde interese conservar flora dunar autóctona hay que vigilarla, porque su capacidad de salinizar el suelo y de cubrir el terreno la hace mala vecina de especies delicadas.
Sobre comerla y sobre sus usos tradicionales
Sus hojas son carnosas y ligeramente saladas, y se han consumido puntualmente como las de su pariente Mesembryanthemum crystallinum, la hierba de hielo, que hoy se cultiva como brote de ensalada. Hay que decir dos cosas con claridad: primero, que la planta acumula sodio, nitratos y oxalatos en cantidad variable según el suelo donde crece, sobre todo en terrenos nitrificados; segundo, que recolectar en saladares junto a carreteras, cultivos o zonas industriales añade lo que haya en ese suelo. En la tradición popular se le atribuyeron usos refrescantes y para molestias urinarias, pero no hay evidencia clínica que respalde ninguna indicación terapéutica. Cualquier duda sobre su consumo, y desde luego cualquier uso con intención medicinal, se consulta con un médico o un farmacéutico.
En resumen
Mesembryanthemum nodiflorum es una halófita anual de saladares, dunas y arenales del Mediterráneo y Canarias, de ciclo otoño-primavera, que se cubre de células vesiculosas donde encierra la sal, guarda agua y refleja la radiación, y que cambia a metabolismo CAM cuando el estrés aprieta. Sus cápsulas solo liberan semilla cuando llueve, y no toda de una vez. Ese sodio acumulado la convirtió en fuente de barrilla para vidrio y jabón, un negocio que hizo prosperar el sureste español y Canarias hasta que la sosa sintética lo liquidó en el primer tercio del siglo XIX. En jardinería sirve como cubierta pionera de arena y de suelos salinos, sembrada al voleo en otoño y dejada resembrar sola.