Autóctono, por sí solo, no significa nada: hay que decir autóctono de dónde. Un haya es autóctona en Navarra y una planta imposible en Almería, y las dos frases describen el mismo país. España cabe en tres regiones biogeográficas distintas y en cinco pisos de altitud, y esa diversidad es la que convierte la pregunta en algo más interesante que una lista de diez especies.

Qué es autóctono y qué no

Una especie es autóctona en un territorio si llegó y se estableció allí por procesos naturales, sin transporte humano, y ha persistido en él. La definición parece limpia y en la práctica tiene bordes borrosos, porque llevamos ocho mil años moviendo árboles por la península.

Tres categorías intermedias ayudan a ordenar el asunto. Alóctona naturalizada: llegó de fuera y se reproduce sola, como Eucalyptus globulus, Ailanthus altissima o Robinia pseudoacacia. Arqueófito: introducida en época antigua, tan integrada en el paisaje que se percibe como propia; el caso del castaño, Castanea sativa, cuya presencia natural en la península antes de Roma se discute y cuya extensión actual es en buena medida obra de plantaciones antiguas. Nativa pero desplazada: Pinus pinea es ibérico, pero su distribución actual en las arenas litorales debe muchísimo a repoblaciones de los últimos siglos.

Un caso instructivo es el algarrobo, Ceratonia siliqua. Se comporta como un componente natural del matorral termomediterráneo del sur y el este, pero su expansión desde el Mediterráneo oriental y su cultivo milenario hacen que su condición de nativo estricto en la península se discuta. En cambio, el acebuche, Olea europaea var. sylvestris, es sin duda el olivo silvestre autóctono del sur y del este peninsular.

Las tres regiones biogeográficas

El territorio español se reparte entre la región Eurosiberiana, que ocupa la franja cantábrica, el Pirineo y las montañas del norte, con lluvias repartidas y sin sequía estival marcada; la región Mediterránea, que cubre el resto de la península y Baleares, definida por un periodo estival de aridez; y la región Macaronésica, que corresponde a Canarias, con un flora de origen y edad completamente distintos.

Dentro de cada región, la altitud y la temperatura definen pisos bioclimáticos: termomediterráneo en el litoral cálido, mesomediterráneo en las tierras medias, supramediterráneo en las sierras y páramos, oromediterráneo y crioromediterráneo en la alta montaña. Y la lluvia define el ombroclima, de árido a hiperhúmedo. Un mismo municipio de montaña puede contener tres pisos distintos en cinco kilómetros de ladera. Por eso doscientos metros de desnivel cambian la especie que corresponde.

Las series de vegetación, región por región

Una serie de vegetación es la sucesión de comunidades que se dan en un territorio homogéneo hasta llegar a su bosque maduro. Saber en qué serie está la parcela dice qué toleraría el clima del sitio.

Encinares. La serie más extensa de la península. Quercus ilex subsp. ballota, la encina de hoja pequeña y bellota dulce, domina el mesomediterráneo y el supramediterráneo, en suelos tanto calizos como silíceos, de Extremadura a Aragón. Aguanta hasta unos -15 °C y veranos de 40 °C. Crecimiento lento, longevidad alta. Un dato de manejo que importa: la encina no soporta riego abundante en verano, porque el suelo húmedo y templado favorece a Phytophthora cinnamomi, el hongo asociado a la seca de la dehesa. Una encina de jardín se riega los tres primeros veranos y después se deja.

Alcornocales. Quercus suber sustituye a la encina en zonas de clima más suave y húmedo y, sobre todo, en suelos silíceos: es estrictamente calcífuga y en terreno calizo entra en clorosis y no prospera. Sierra Morena, Extremadura, el Aljibe gaditano, Cataluña litoral.

Quejigares. Quercus faginea, semicaducifolio y marcescente, ocupa la transición entre el encinar y los bosques caducifolios: suelos frescos y profundos, muchas veces calizos, del mesomediterráneo al supramediterráneo. En el sur, la subespecie broteroi; en la sierra de Grazalema y el Rif, el quejigo de montaña Quercus canariensis, que pese al nombre no es canario.

Melojares o rebollares. Quercus pyrenaica, el melojo o rebollo, es el roble de las montañas silíceas del centro y noroeste: Gredos, Guadarrama, sierras de Salamanca y Zamora, León, Galicia interior. Necesita suelo ácido y un invierno frío, y también es marcescente.

Robledales atlánticos. Quercus robur, el carballo, en las tierras bajas y frescas de Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco, y Quercus petraea en laderas mejor drenadas y algo más altas. Exigen lluvia repartida y sin sequía larga.

Hayedos. Fagus sylvatica es el más exigente de nuestros árboles forestales: pide más de 800 o 1.000 mm anuales, humedad atmosférica en verano y suelos profundos y frescos. Ocupa el Pirineo, la cornisa cantábrica, el Sistema Ibérico norte y llega en enclaves aislados a Ayllón y al Moncayo. Fuera de esas condiciones no hay haya que valga, se riegue lo que se riegue.

Abetales. Abies alba, el abeto blanco, en el Pirineo húmedo por encima de los 1.000 metros. Y Abies pinsapo, el pinsapo, endemismo de las sierras de Grazalema, Bermeja y Ronda, una reliquia terciaria que vive en la montaña bética entre 1.000 y 1.800 metros.

Pinares de montaña. Pinus sylvestris, el pino albar, en los sistemas Central e Ibérico y el Pirineo, entre 1.000 y 2.000 metros. Pinus nigra subsp. salzmannii, el pino laricio, en las montañas calizas del Ibérico sur, sierras de Cazorla y Segura y la Serranía de Cuenca. Pinus uncinata, el pino negro, forma el límite arbóreo del Pirineo hasta 2.400 metros. Los tres son autóctonos genuinos y a menudo se confunden con las repoblaciones de ladera baja, que sí son artificiales.

Pinares mediterráneos. Pinus halepensis, el pino carrasco, es el árbol del termomediterráneo y el mesomediterráneo secos y calizos del este y el sur: tolera aridez, caliza activa y salitre como pocos, y es la mejor opción de sombra rápida en litoral seco. Pinus pinaster, el pino resinero, en suelos arenosos y silíceos. Pinus pinea, el piñonero, en arenales y suelos sueltos.

Sabinares albares. Juniperus thurifera, la sabina albar, ocupa los páramos continentales de Soria, Guadalajara, Cuenca, Teruel y Burgos, en el clima más extremo de la península: de -20 °C en invierno a 38 °C en verano, con menos de 500 mm de lluvia. Es la especie de referencia para un jardín de continentalidad dura y suelo calizo pobre, con la contrapartida de un crecimiento muy lento.

Laurisilva canaria. Bosque de niebla del norte de las islas altas, entre 600 y 1.200 metros, alimentado por el mar de nubes del alisio. Sus árboles no tienen equivalente peninsular: Laurus novocanariensis, Persea indica, Ocotea foetens, Apollonias barbujana, Ilex canariensis, Picconia excelsa, Morella faya y el brezo arbóreo Erica arborea. Por encima aparece el pinar canario de Pinus canariensis, único pino capaz de rebrotar de yemas epicórmicas después de un incendio, y en la costa el cardonal-tabaibal con Dracaena draco y Phoenix canariensis.

Bosques de ribera. Atraviesan todas las regiones porque dependen del agua freática y no de la lluvia: Populus alba, Populus nigra, Salix alba, Fraxinus angustifolia, Alnus glutinosa en aguas oxigenadas del norte y el oeste, Ulmus minor castigado desde los años ochenta por la grafiosis, y Celtis australis, el almez.

Quercus robur, el roble carballo de los bosques atlánticos

El tejo: una advertencia previa

Taxus baccata es autóctono en toda la mitad norte y en enclaves de montaña del sur, es longevo, tolera sombra profunda y aguanta el recorte mejor que ningún otro árbol nuestro. También es tóxico en todas sus partes salvo el arilo rojo carnoso que rodea la semilla, por sus taxinas, alcaloides que afectan a la conducción cardiaca. La semilla que va dentro de ese arilo sí lo es. El riesgo práctico es la ingestión, y afecta sobre todo al ganado y a los caballos, que han muerto por comer restos de poda tirados en un prado. En un jardín con niños pequeños o con animales conviene valorarlo antes de plantar, y en cualquier caso los restos de poda no se echan nunca donde pueda comerlos un herbívoro. Tenerlo y podarlo con guantes no entraña peligro.

Por qué autóctono no significa plantar lo del vecino

Aquí es donde la idea de plantar autóctono se complica de manera útil.

La escala importa. Autóctono de España es una categoría demasiado ancha para decidir nada. Pinus canariensis es español y en Palencia se hiela; Fagus sylvatica es español y en Murcia no llega al segundo verano. La escala que sirve es la de la serie de vegetación local y el piso bioclimático, no la de la frontera política.

La procedencia genética también. Dentro de una misma especie hay poblaciones adaptadas a condiciones muy distintas. Una encina de semilla catalana litoral y otra de semilla de la meseta soriana difieren en resistencia al frío y en fenología de brotación. La normativa de material forestal de reproducción divide el territorio en regiones de procedencia precisamente por eso. Para un jardín no hace falta certificado, pero sí tiene sentido comprar planta producida a partir de semilla de la zona o de una zona climáticamente equivalente, y desconfiar de una encina barata de origen desconocido.

El suelo del jardín ya no es el suelo natural. En una parcela urbana o de urbanización, lo que hay bajo los primeros centímetros suele ser subsuelo compactado por maquinaria, mezclado con escombro de obra, con restos de mortero que suben el pH y con drenaje alterado. La serie de vegetación potencial describe lo que crecería en el suelo maduro de ese clima, no en un relleno de obra. Un alcornoque que en la ladera de al lado va perfecto puede clorosarse en un jardín donde el escombro calizo ha elevado el pH a 8.

Y el microclima del jardín tampoco es el del monte. Una ciudad tiene dos o tres grados más de temperatura mínima que su entorno rural, muros que reflejan radiación, pavimento que irradia calor de noche y riego que mantiene el suelo húmedo en agosto. Ese conjunto de condiciones puede permitir especies de un piso bioclimático más cálido y, al mismo tiempo, arruinar a otras adaptadas al verano seco.

El caso contrario también existe. A veces lo que crece cerca no es lo que corresponde: buena parte de los pinares de ladera baja de la mitad este son repoblaciones de los años cuarenta a setenta sobre lo que era encinar o quejigar. Copiar el paisaje visible reproduce una decisión forestal antigua, no la vegetación natural del sitio.

Cómo llevar esto a la práctica

El orden razonable es: identificar la región biogeográfica y el piso bioclimático por altitud y temperaturas medias; comprobar la lluvia anual y su reparto; analizar el suelo, al menos pH, textura y profundidad útil, que es un análisis barato; y solo entonces mirar qué especies de la serie correspondiente encajan en el tamaño disponible.

Después, el detalle que decide la supervivencia: plantar de noviembre a febrero, en planta joven de contenedor pequeño y no en ejemplar grande, porque un plantón de dos savias alcanza y adelanta a un árbol trasplantado adulto en cinco o seis años; hacer alcorque y acolchar; y regar los dos o tres primeros veranos aunque la especie sea de secano. Un árbol mediterráneo es resistente a la sequía cuando ha desarrollado raíz profunda, no el día que sale del vivero.

En resumen

España reparte su flora arbórea entre tres regiones biogeográficas, la Eurosiberiana del norte húmedo, la Mediterránea del resto peninsular y Baleares, y la Macaronésica canaria, y dentro de cada una la altitud define pisos con especies distintas. Las series de referencia son los encinares, alcornocales, quejigares, melojares, robledales atlánticos, hayedos, abetales, pinares de montaña y mediterráneos, sabinares, la laurisilva y el pinar canario, más los bosques de ribera que cruzan todas.

Autóctono es una etiqueta que solo funciona con coordenadas. Hay que precisar la serie de vegetación y el piso bioclimático del sitio concreto, atender a la procedencia genética de la planta, y contar con que el suelo de un jardín, compactado y a menudo alcalinizado por la obra, no es el suelo natural que sostiene ese bosque.

Copiar lo que crece al lado tampoco es garantía, porque en muchas laderas lo que se ve es una repoblación antigua. Y sea cual sea la especie, incluso una encina o una sabina, hay que regarla los dos o tres primeros veranos hasta que la raíz llegue a donde tiene que llegar.


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