Ordenar los árboles admite varias respuestas correctas a la vez, y de ahí viene buena parte de la confusión. Un mismo ejemplar puede ser gimnosperma, perennifolio, aciculifoliado y de porte cónico, y cada una de esas cuatro etiquetas se ha construido con un criterio distinto y sirve para resolver un problema distinto. No compiten entre sí: se superponen.

Lo interesante no es memorizar las categorías, sino saber cuál de ellas contesta la pregunta que uno tiene delante. Si la duda es a qué distancia de la fachada va el árbol, la clasificación botánica no ayuda nada y la de porte lo resuelve en dos minutos. Si la duda es si ese seto rebrotará después de un recorte severo, ocurre justo al revés.

Gimnospermas y angiospermas: la división que más consecuencias tiene

Es la separación de fondo, y no va de aspecto sino de dónde queda el óvulo. En las gimnospermas la semilla se forma desnuda sobre la escama de un cono, sin ovario que la envuelva: de ahí el nombre. En las angiospermas el óvulo está encerrado en un ovario que, tras la fecundación, se convierte en fruto.

De eso se derivan cosas muy concretas. Una gimnosperma no tiene flores en el sentido corriente y su polinización es casi siempre anemófila, por viento: nada de floración ornamental ni de atraer polinizadores. Los ciclos son largos; en un Pinus, la fecundación ocurre más de un año después de la polinización y el cono no suelta semilla hasta el segundo otoño. Los gálbulos carnosos de los enebros y el arilo rojo del tejo parecen frutos, pero no lo son: son escamas fusionadas y un tegumento carnoso.

Las angiospermas, en cambio, traen consigo flor, fruto y todo lo que eso implica en un jardín: néctar, insectos, pájaros, y hojarasca con pulpa que mancha el pavimento. Buena parte de lo que se decide al elegir un árbol de calle o de terraza tiene que ver con este punto.

Copa de pino con hoja acicular perenne

Traqueidas frente a vasos: la madera manda más de lo que parece

La misma división se nota dentro de la madera. Las gimnospermas conducen el agua casi exclusivamente por traqueidas: células muertas, cortas, estrechas, que hacen a la vez de tubería y de soporte, comunicadas por punteaduras con una válvula (el torus) capaz de sellar la conexión si la célula vecina se llena de aire. Es un sistema poco eficiente por unidad de sección, pero muy seguro.

Las angiospermas leñosas tienen vasos: tubos anchos formados por células apiladas cuyas paredes transversales se han disuelto. Mueven mucha más agua, y a cambio son más vulnerables a la embolia por congelación, porque un tubo ancho al helarse forma burbujas grandes que ya no vuelven a disolverse al descongelar.

Esto explica cosas que se ven en el jardín. Explica que las coníferas puedan mantener la hoja en invierno donde una latifoliada no puede. Explica que un roble, un fresno o un olmo —maderas de porosidad anular, que fabrican vasos nuevos cada primavera antes de sacar la hoja— broten notablemente más tarde que un arce o un tilo, de porosidad difusa, que siguen conduciendo por la madera de años anteriores.

Y hay una consecuencia práctica que pesa más que todas: casi ninguna conífera de las que se plantan como seto rebrota de madera vieja sin follaje. Un Cupressus, una Thuja o un Chamaecyparis cortados hasta la madera marrón se quedan marrones para siempre. Las excepciones son contadas: el tejo (Taxus baccata), la secuoya roja (Sequoia sempervirens) y la criptomeria. Casi cualquier angiosperma leñosa, en cambio, tiene yemas latentes bajo la corteza y rebrota. Antes de plantar una pantalla conviene saber en cuál de los dos grupos se está metiendo.

Caducifolio, perennifolio y marcescente: una clasificación de calendario

Este criterio no dice nada del parentesco: dice cuándo hay hoja. El caducifolio la pierde toda en una estación desfavorable; el perennifolio la renueva de forma escalonada y nunca queda desnudo; el marcescente seca la hoja en otoño pero no la desprende, y la mantiene colgada, parda y crujiente, hasta que el brote nuevo la empuja en primavera.

Que sea independiente de la división anterior se comprueba enseguida: hay gimnospermas caducas (el alerce, Larix decidua; el ciprés calvo, Taxodium distichum; el ginkgo) y angiospermas perennes de sobra (encina, laurel, madroño, magnolio). Y hay marcescentes claros en Quercus pyrenaica, Quercus faginea, el carpe y las hayas jóvenes.

Para el que planta, esta clasificación decide dos cosas: la luz que entra en invierno y cuándo toca barrer. Un caducifolio al sur de una fachada da sombra en agosto y deja pasar el sol en enero, que es exactamente lo que se quiere. Un marcescente mantiene la pantalla visual en invierno sin ser perenne, a cambio de concentrar toda la hojarasca en marzo en vez de repartirla en noviembre.

Latifoliado y aciculifoliado: la hoja, que no es lo mismo que lo anterior

En lenguaje forestal se habla de frondosas (hoja ancha, plana, con nervadura ramificada) y coníferas o resinosas (hoja en aguja o en escama). Es cómodo, y también inexacto en los bordes.

El ginkgo es gimnosperma y tiene una hoja ancha en abanico. Los cipreses, tuyas y chamaecyparis no tienen acículas sino hojas escuamiformes, diminutas y apretadas contra la ramilla. Y una adelfa o un olivo son angiospermas de hoja estrecha y coriácea que funciona como la de una conífera. Aciculifoliado tampoco equivale a perenne: el alerce tiene acículas y las pierde todas.

La utilidad real de este criterio está en tres cosas. La sombra: una copa acicular filtra la luz y deja una sombra moteada bajo la que se puede plantar; una latifoliada densa da una sombra profunda bajo la que no prospera casi nada. La hojarasca: la acícula se descompone despacio, acidifica el suelo superficial y no llega a formar una capa impermeable sobre el césped; la hoja ancha sí lo hace, y además atasca canalones. Y la resistencia al viento seco y a la sal, mayor en hojas pequeñas y duras.

Porte y forma de copa: la clasificación que se usa al plantar

Es la menos botánica y la más útil sobre el terreno. Describe la silueta adulta: fastigiado o columnar (Populus nigra 'Italica', Cupressus sempervirens 'Stricta', Carpinus betulus 'Fastigiata'), globoso (Acer platanoides 'Globosum', Robinia pseudoacacia 'Umbraculifera'), cónico o piramidal (abetos, piceas), aparasolado (Pinus pinea), péndulo (Salix babylonica, Prunus 'Pendula') y extendido (roble, morera, algarrobo).

Conviene separar el porte natural del porte injertado. Un arce globoso o una robinia de bola son injertos en pie alto: la copa no gana altura porque el injerto no la tiene, y la altura total queda fijada para siempre por el punto donde se injertó, normalmente entre 1,8 y 2,2 m. Es la manera de tener un árbol de copa formada en un patio de seis metros.

Dos reglas concretas que se apoyan en esta clasificación. Primera: pedir siempre la dimensión a veinticinco años, no la del ejemplar del vivero; un árbol cuya copa adulta alcance cinco metros de diámetro necesita como mínimo 3,5 m libres hasta la fachada. Segunda: en España, el artículo 591 del Código Civil fija, a falta de ordenanza o costumbre local, dos metros desde la línea divisoria para árboles altos y cincuenta centímetros para arbustos y árboles bajos. Elegir el porte adecuado desde el principio evita la poda perpetua, que es lo que arruina la forma de un árbol.

Arce de hoja ancha en un parque

Árbol o arbusto, una frontera que es convención

No hay ningún carácter botánico que separe limpiamente las dos cosas. La definición que se maneja es operativa: árbol, un leñoso con un eje dominante único, tronco desnudo en la base y copa elevada, que supera los cinco metros; arbusto, un leñoso ramificado desde el suelo, con varios tallos de importancia similar y sin eje dominante, por debajo de esa altura.

El problema es que muchas especies son las dos cosas según dónde estén y cómo se las trate. Una encina es árbol en una dehesa y matorral en un carrascal degradado. El madroño, el laurel, el avellano, el majuelo y el olivo pueden formarse a un solo pie o dejarse multicaules; la diferencia la hace la poda de formación de los primeros cinco años, no la especie. Y en medio existen categorías intermedias que se usan sin más: arbolillo, arbusto arborescente, sufrútice.

Hay además porte arbóreo que no es árbol en sentido anatómico. Las palmeras y los bambúes son monocotiledóneas sin cámbium vascular: no tienen crecimiento secundario, no engordan el tronco año a año y no cicatrizan una herida del estipe. Se parecen a un árbol y se manejan de otra manera.

Al que planta le importa un aspecto de todo esto: si el ejemplar tiene un eje único, hay que acompañarlo con poda de formación temprana para que no se bifurque en horquilla; si es multicaule, se mantiene por renovación, eliminando cada dos o tres años el tercio de ramas más viejas desde la base.

Qué criterio usar en cada decisión

Resumido en cuatro preguntas. Para decidir si aguantará el clima, el criterio útil es el fenológico y el de origen: caduco, perenne o marcescente y de dónde procede la especie. Para decidir dónde va y a qué distancia, el porte y la forma de copa adulta, que es lo único que responde eso. Para saber cómo se podará, el grupo anatómico —si rebrota o no de madera vieja— y el hábito, eje único o multicaule. Y para prever cuánto ensuciará, el tipo de hoja y la presencia de fruto carnoso.

Un mismo árbol se lee, entonces, cuatro veces. No hay una clasificación mejor: hay una adecuada a cada pregunta.

En resumen

Gimnospermas y angiospermas se separan por la semilla desnuda frente a la semilla encerrada en un ovario, y la diferencia se prolonga en la madera —traqueidas frente a vasos— y en algo tan práctico como que la mayoría de las coníferas no rebrota de madera vieja. El calendario de la hoja (caducifolio, perennifolio, marcescente) es independiente de esa división y decide luz invernal y hojarasca. La forma de la hoja tampoco coincide con los grupos anteriores, pero predice sombra, mantillo y resistencia al viento. El porte y la copa adulta son el criterio que resuelve distancias y espacio. Y la frontera entre árbol y arbusto es una convención de manejo, plástica según la especie, el clima y la poda de formación.


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