Frota una ramilla de tamariz entre los dedos un día seco de agosto y notarás una arenilla que cruje. No es polvo del camino: es sal, y la ha puesto ahí la propia planta. Ese detalle, que parece anecdótico, explica casi todo lo demás sobre el género Tamarix: dónde vive, por qué aguanta lo que aguanta y por qué en algunos ríos del planeta se ha convertido en un problema serio.
Qué es exactamente un Tamarix
Tamarix es un género de arbustos y arbolillos caducifolios de la familia Tamaricaceae, con unas cincuenta o sesenta especies repartidas por la cuenca mediterránea, el norte de África, Asia central y China. En castellano se llaman tarajes, tamarices, tamariscos o taraes, según la comarca; en Canarias, tarajales.
Lo primero que desconcierta es la hoja. No hay hojas en el sentido habitual: son escamas de uno a cuatro milímetros, alternas, aplicadas contra la ramilla y a menudo abrazándola por completo. El resultado es un follaje que a distancia recuerda a una conífera o a una casuarina, con ramillas finas, verdes o glaucas, que se doblan con el viento en lugar de oponerle resistencia. En otoño no caen las hojas sueltas, caen las ramillas enteras con ellas, igual que en un ciprés calvo.
La flor es diminuta —de dos a cuatro milímetros— pero se agrupa en espigas densas que a su vez forman panículas, y ahí está el efecto ornamental: una nube rosa o blanca que cubre la copa entera. Cada flor tiene cuatro o cinco sépalos, otros tantos pétalos y el mismo número de estambres, con un ovario que madura en una cápsula piramidal llena de semillas plumosas, hechas para volar.
El sistema radicular merece un párrafo aparte porque condiciona todo el comportamiento del género. El tamariz produce una raíz pivotante que persigue el nivel freático —se han descrito raíces a más de veinte metros en suelos áridos— y, una vez lo alcanza, ramifica lateralmente. Es una planta freatófita: no bebe de la lluvia, bebe del agua subterránea. Por eso aparece en ramblas, cauces secos, saladares y márgenes de marismas, y no en ladera seca sin freático accesible.
Las glándulas de sal y por qué la hoja sabe salada
La tolerancia de los tarajes a la salinidad no se basa en excluir la sal, que es la estrategia de la mayor parte de las plantas resistentes. Es justo la contraria: el tamariz absorbe el agua salada tal cual y luego expulsa el exceso de sales por la superficie de la hoja. Técnicamente se le llama recretohalófito.
El mecanismo son unas glándulas secretoras multicelulares repartidas por la epidermis de las escamas foliares, formadas típicamente por ocho células: dos células colectoras que toman los iones del tejido subyacente y seis células secretoras que los bombean hacia fuera contra el gradiente de concentración, gastando energía en ello. Lo que sale es una salmuera que al evaporarse deja cristales de cloruro sódico sobre la ramilla. De ahí la arenilla del primer párrafo, y de ahí que las ramas brillen a contraluz en verano.
Hay una consecuencia poco intuitiva. Cuando llueve, esa sal acumulada en el follaje se lava y cae al suelo, justo bajo la copa. Un tamariz adulto va salinizando progresivamente el suelo que tiene debajo, lo que le estorba poco a él y bastante a sus competidores. No es alelopatía química en sentido estricto, pero funciona parecido: el árbol se fabrica el terreno que sabe habitar. En un jardín esto importa poco si el suelo drena y llueve lo suficiente para lavarlo; en clima árido y suelo pesado, no plantes debajo del tamariz nada que sea delicado con la conductividad.
Las especies que se ven en España
La determinación de los Tamarix tiene fama merecida de ingrata. Los caracteres útiles son microscópicos, hay hibridación entre especies próximas y el material de vivero llega a menudo con el nombre equivocado. Aun así, con dos o tres claves prácticas se llega bastante lejos.
Tamarix gallica es el taraje más extendido de la Península. Florece en verano sobre brotes del año, en espigas finas de uno y medio a cinco centímetros, blanquecinas o rosadas, con flores pentámeras. Su carácter diagnóstico es la lisura: brácteas y sépalos glabros, sin papilas, con el borde entero. La corteza es pardo-rojiza oscura. Conviene saber que el llamado «tamariz inglés», Tamarix anglica, no es una especie distinta: es un sinónimo de T. gallica que sobrevive en catálogos comerciales.
Tamarix canariensis se parece muchísimo a la anterior y florece también en madera del año, en verano, con flores pentámeras y espigas algo más gruesas y densas. La diferencia real está en el detalle: en canariensis las brácteas y los sépalos son papilosos y de borde denticulado, ásperos con lupa, mientras en gallica son lisos. Es la especie dominante en los saladares del levante, las marismas del suroeste y todo el archipiélago canario.
Tamarix africana cambia de calendario y eso la delata sin lupa. Florece a finales del invierno sobre la madera del año anterior, cuando el resto todavía está pelado, en espigas gruesas de cinco a ocho milímetros de anchura y hasta seis centímetros de largo, blancas o de un rosa muy pálido. Flores pentámeras, pétalos relativamente grandes que persisten tras la floración, y brácteas más largas que el pedicelo. Corteza casi negra o púrpura oscura.
Tamarix parviflora y Tamarix tetrandra, ambas de origen balcánico y del Egeo, son las clásicas de jardinería para floración de primavera. Florecen sobre madera vieja en marzo y abril y sus flores son tetrámeras: cuatro pétalos y cuatro estambres, no cinco. Si cuentas cuatro, ya has descartado el grupo de las peninsulares comunes. T. parviflora es de un rosa intenso muy vistoso.
Tamarix ramosissima y Tamarix chinensis, asiáticas, florecen en verano sobre brotes del año con espigas rosa fuerte y son las que se cultivan en variedades de jardinería como 'Pink Cascade' o 'Rubra'. Tamarix aphylla es la excepción del género: un árbol grande, de hasta diez o quince metros, prácticamente perennifolio, con las escamas foliares completamente envainadoras que le dan aspecto de rama desnuda y articulada. Se usa como cortavientos en el sureste árido y en Canarias, y no resiste el frío como las demás.
Una clave rápida de campo
Sin material de laboratorio, el orden de preguntas que más resuelve es este:
Uno: ¿cuándo florece y sobre qué madera? Si las flores salen de ramas del año anterior a finales de invierno o principios de primavera, estás en el grupo de africana, parviflora y tetrandra. Si salen en verano sobre los brotes nuevos y verdes de la temporada, en el de gallica, canariensis, ramosissima y chinensis.
Dos: ¿cuántas piezas tiene la flor? Con una lupa de diez aumentos se cuentan los pétalos y los estambres. Cuatro apunta a parviflora o tetrandra; cinco, a todas las demás.
Tres: ¿qué grosor tiene la espiga? Las espigas robustas, de más de cinco milímetros de ancho, corresponden a africana. Las finas y densas, de tres a cinco, al grupo de verano.
Cuatro: ¿son ásperas las brácteas? Este es el paso que separa canariensis de gallica, y requiere lupa de verdad: papilas y borde dentado frente a superficie lisa y borde entero. Si el ejemplar está en un saladar litoral del levante o en Canarias, la probabilidad se inclina hacia canariensis.
El caso de Estados Unidos: por qué allí sí y aquí no
En el suroeste norteamericano, Tamarix ramosissima, T. chinensis y sobre todo el enjambre de híbridos entre ambas ocupan más de medio millón de hectáreas de riberas en las cuencas del Colorado, el Río Grande y el Pecos. Llegaron en el siglo XIX como ornamentales y como fijadores de cauce, y a partir de los años treinta del siglo XX se expandieron de forma explosiva. Es uno de los casos de invasión vegetal mejor documentados del mundo.
La explicación habitual —«bebe muchísima agua y deseca los ríos»— es la parte más floja del relato. Las mediciones de evapotranspiración de los últimos veinte años dan al tamariz consumos del mismo orden que los de los sauces y álamos nativos que sustituyó, y a veces menores. Los programas de arranque masivo que se justificaron prometiendo recuperar caudal produjeron ganancias mucho más pequeñas de lo anunciado.
Lo que de verdad ocurrió tiene que ver con las presas. El álamo de Frémont (Populus fremontii) y el sauce (Salix gooddingii) dependen de la riada de deshielo: liberan semilla durante unas pocas semanas al año y necesitan que en ese momento exacto haya barra de arena recién depositada y húmeda para germinar. Al regular los ríos con embalses, esa riada desapareció. El tamariz, en cambio, libera semilla de forma continua desde la primavera hasta el otoño, germina en cualquier ventana de humedad que se presente y tolera el suelo salinizado que dejan el riego agrícola y los caudales menguantes. No ganó por ser más voraz, sino por encajar en un río que había dejado de comportarse como un río.
En la Península ibérica ese guion no se da. Aquí los tarajes son nativos: llevan milenios en los saladares, las marismas y las ramblas, con sus propios herbívoros, sus hongos y sus competidores, y ocupan un nicho que ninguna otra leñosa les disputa realmente. No colonizan riberas de aguas dulces bien conservadas porque en esas condiciones el chopo, el fresno y el sauce los desplazan sin dificultad. Un tamariz plantado en un jardín español no es un riesgo ecológico; es vegetación local. La única precaución razonable es no introducir T. ramosissima ni T. chinensis junto a formaciones naturales de tarajal, porque el género hibrida con facilidad y contaminar genéticamente una población autóctona sí es un perjuicio real.
Toxicidad y otras cuestiones prácticas
Los Tamarix no son tóxicos por ingestión ni por contacto, ni para personas ni para perros o gatos. El ganado los ramonea sin consecuencias, aunque el contenido salino de las hojas limita cuánto comen. El único inconveniente sanitario documentado es el polen, que en zonas con grandes tarajales puede contribuir a la carga alergénica primaveral y estival, con potencia baja comparada con gramíneas u olivo.
La madera es blanda y quebradiza, con anillos poco definidos. Arde bien y se ha usado para leña y para carbón, pero no sirve para nada estructural. La corteza, rica en taninos, tuvo uso en curtiduría, y la exudación azucarada que producen ciertos insectos sobre T. mannifera en el Sinaí es el origen probable del «maná» bíblico, que no es una secreción del árbol sino excremento de cochinillas.
En resumen
Tamarix es un género de leñosas de hoja escuamiforme, raíz freatófita y flores minúsculas agrupadas en espigas vistosas, adaptado a suelos salinos mediante glándulas que expulsan la sal por la superficie foliar en lugar de excluirla en la raíz. En España se cultivan y crecen espontáneas T. gallica, T. canariensis y T. africana, más las ornamentales T. parviflora, T. tetrandra y T. ramosissima. Para separarlas, la secuencia útil es época y tipo de madera de floración, número de piezas florales, grosor de la espiga y aspereza de las brácteas. Su fama de invasor procede del suroeste de Estados Unidos, donde el factor decisivo no fue el consumo de agua sino la regulación de los ríos por embalses; en la Península es planta autóctona y no plantea ese riesgo, salvo por la hibridación con especies asiáticas cerca de tarajales naturales.