El nombre Sophora ya no significa lo que significaba hace treinta años. La botánica ha ido desmontando el género a base de estudios moleculares, y varias de las plantas que se siguen vendiendo con esa etiqueta han cambiado de apellido: el árbol de las pagodas hoy se llama Styphnolobium japonicum, y el laurel de montaña de Texas es Dermatophyllum secundiflorum. Conviene saberlo antes de comprar, porque el nombre del cartel de vivero decide poco y las necesidades de riego, suelo y frío de unas y otras no se parecen en nada.
Lo que sí comparten todas es la familia: son leguminosas (Fabaceae), con hoja compuesta pinnada, flor de tipo papilionado y legumbre por fruto. Y comparten también algo menos agradable que conviene decir cuanto antes: las semillas de prácticamente todas ellas son tóxicas.
Toxicidad: esto va primero
Las semillas de Sophora y de los géneros que se han separado de ella contienen alcaloides quinolizidínicos, sobre todo citisina, la misma sustancia del codeso y la falsa acacia. Es un compuesto que actúa sobre los receptores nicotínicos y en dosis pequeñas provoca vómitos, sudoración, taquicardia y convulsiones. Las semillas rojas y brillantes de Dermatophyllum secundiflorum —las llamadas habas de mescal— son las más peligrosas del grupo y, para colmo, resultan atractivas a la vista: parecen cuentas de collar.
En la práctica esto significa tres cosas. Que si hay niños pequeños o perros que muerden lo que cae, hay que recoger las vainas del suelo en cuanto maduren. Que las semillas no se manipulan sin lavarse después las manos, y menos aún se abren ni se muelen. Y que ante una ingestión, aunque sea de una sola semilla, se llama al Instituto Nacional de Toxicología (91 562 04 20) y no se espera a ver qué pasa. La cubierta de la semilla es tan dura que a veces atraviesa el tubo digestivo entera y sin efecto, pero eso es suerte, no un margen de seguridad.
De dónde vienen y cómo son
Sophora en sentido estricto agrupa hoy alrededor de cuarenta y cinco especies repartidas por Nueva Zelanda, Chile, la isla de Pascua, China y algunas islas del Pacífico. Esa distribución tan rota se explica porque sus semillas flotan y resisten meses en agua salada: el género colonizó el hemisferio sur a la deriva. Hay árboles pequeños, arbustos ramificados en zigzag y matas de un metro escaso.
La flor es el rasgo que las une visualmente. Tubular y colgante en las neozelandesas, más abierta y en racimo erguido en las asiáticas, casi siempre amarilla o violácea, y con una particularidad: muchas florecen sobre madera desnuda o cuando la hoja aún es escasa, de modo que el árbol se ve dorado entero durante dos o tres semanas.
Las neozelandesas: S. microphylla y S. tetraptera
Son los kowhai, el emblema floral de Nueva Zelanda. Semiperennes —pierden la hoja de golpe justo antes de florecer, entre marzo y mayo—, con foliolos diminutos y ramas de aire quebradizo, y flores tubulares de un amarillo mantequilla que cuelgan en grupos. S. tetraptera tiene el foliolo bastante mayor y llega a los diez o doce metros; S. microphylla se queda en seis u ocho y pasa por una fase juvenil de ramillas entrecruzadas que parece un arbusto enfermo y no lo está.
Aguantan hasta unos -8 ºC bien establecidas y sufren con el calor seco. En la cornisa cantábrica y en Galicia se dan de maravilla; en Madrid o en Zaragoza lo pasan mal en agosto y suelen acabar con la punta seca. Quieren suelo drenado y ácido o neutro: en tierra caliza amarillean por clorosis férrica. También existe S. prostrata 'Little Baby', un arbusto de ramas en zigzag que se vende como planta de aire escultórico y que sirve bien en maceta grande.
Sophora davidii
Esta es la que mejor encaja en el interior peninsular y la que menos se ve. Arbusto chino caducifolio de dos a tres metros, espinoso, de hoja muy fina y flores azul violáceo pálido en mayo y junio. Resiste sequía severa, suelo pobre, caliza y heladas de -15 ºC sin inmutarse. Como seto informal o en talud seco funciona donde fracasan casi todos los arbustos de floración.
Dermatophyllum secundiflorum (antes Sophora secundiflora)
Perennifolio, de hoja gruesa y lustrosa, crecimiento lentísimo —dos o tres metros en diez años— y racimos de flores violeta en marzo con un perfume intenso que recuerda al de la uva moscatel. Viene del norte de México y del sur de Texas, así que tolera calor extremo, caliza y sequía, y resiste en torno a -12 ºC. Para un patio andaluz o murciano con poco espacio es una elección sensata; en un jardín atlántico y húmedo se pudre.
El caso Sophora toromiro
El toromiro de la isla de Pascua se extinguió en estado silvestre a mediados del siglo XX. Todos los ejemplares vivos descienden de semillas recogidas antes de que cayera el último árbol, y hay un programa internacional intentando devolverlo a la isla. No es planta de vivero, pero explica por qué el género se estudia tanto.
Para qué se usan
El uso dominante es ornamental: árbol de sombra en el caso del árbol de las pagodas, arbusto de flor en los demás. En apicultura tienen valor real, porque varias especies florecen en huecos del calendario donde hay poco néctar disponible.
La medicina tradicional china emplea los botones florales del árbol de las pagodas y la raíz de Sophora flavescens, y de los primeros se extrae industrialmente rutina, un flavonoide que se usa en complementos para la fragilidad capilar. Que exista un uso tradicional documentado y una molécula aislada con actividad conocida no convierte a la planta en un remedio casero: la citisina de las semillas y la matrina de la raíz son tóxicas, la dosis segura no se puede estimar en casa y no hay ninguna preparación doméstica que separe lo útil de lo peligroso. Si a alguien le interesa la rutina, la compra en la farmacia.
Cuidados
Ubicación. Sol directo, todas. A media sombra crecen desgarbadas y florecen poco o nada.
Suelo y drenaje. Aquí se decide la partida. Las Sophora son plantas de suelo suelto y seco en invierno; el encharcamiento prolongado les pudre la raíz y no hay marcha atrás. En terreno arcilloso, planta sobre un caballón de veinte o treinta centímetros o busca otro género. Ojo con el pH según la especie: las neozelandesas sufren clorosis en caliza, las americanas y chinas la toleran sin problema.
Riego. Los dos primeros veranos, riego generoso y espaciado —un buen empapado cada diez o quince días vale más que un chorrito diario, porque obliga a la raíz a bajar—. Establecidas, las de origen mediterráneo o continental se apañan con la lluvia salvo en olas de calor. Un aspersor de césped funcionando a diario junto al tronco es la forma más rápida de matar una Sophora adulta.
Abonado. Poco y de liberación lenta en primavera, o nada. El exceso de nitrógeno alarga los brotes, retrasa la floración y deja madera blanda que se parte con el viento.
Poda. Solo lo imprescindible: formación del tronco los primeros años y retirada de madera muerta o cruzada. Se poda a finales de invierno, antes de que hinche la yema. Cicatrizan mal los cortes gruesos, y por ahí entran los chancros.
Multiplicación. Por semilla, con escarificado previo: la cubierta es impermeable y sin tratamiento el porcentaje de nascencia es ridículo. Se lija un lado de la semilla o se sumerge en agua muy caliente dejándola enfriar veinticuatro horas, y se siembra en primavera. Los cultivares seleccionados no salen de semilla; esos van injertados. Y hay que armarse de paciencia: un ejemplar de semilla puede tardar entre ocho y quince años en dar la primera flor, y eso no suele figurar en la etiqueta del vivero.
Plagas. Pulgón en los brotes tiernos de primavera, con la negrilla que viene detrás; se controla con jabón potásico si hace falta, aunque en árbol adulto suele resolverse solo. En suelos pesados, podredumbres radiculares. Poco más.
Un malentendido frecuente sobre el suelo
Se repite que, por ser leguminosas, estas plantas fijan nitrógeno y mejoran la tierra donde se plantan. Con las Sophora propiamente dichas es cierto, forman nódulos radiculares. Con el árbol de las pagodas, no: Styphnolobium es uno de los géneros de leguminosas que no nodulan, y una de las razones por las que se separó del resto. Plantar uno esperando que enriquezca un suelo agotado no sirve de nada.
En resumen
Dos plantas con el mismo apellido de vivero pueden querer cosas opuestas, así que lo primero es identificar cuál tienes delante. Para el interior seco y caluroso, Sophora davidii o Dermatophyllum secundiflorum. Para el norte húmedo y templado, los kowhai neozelandeses. Todas piden sol, drenaje real y poco riego una vez arraigadas, y todas tienen semillas tóxicas que hay que retirar del suelo si hay niños o animales cerca. La poda, mínima y en invierno; la paciencia, mucha, porque la primera floración no llega el segundo año.