Un arce japonés plantado a pleno sol en un patio de Sevilla llega a mediados de julio con los bordes de las hojas marrones y quebradizos, y ya no vuelve a estar presentable hasta la primavera siguiente. Ese mismo ejemplar, en Oviedo y bajo la sombra ligera de un roble, se convierte en el mejor árbol del jardín. El género Acer reúne unas 130 especies repartidas por el hemisferio norte, con exigencias tan distintas entre sí que la pregunta útil no es cuál es el arce más bonito, sino cuál aguanta el verano que tú tienes.

Este artículo repasa cuatro especies que se encuentran con facilidad en viveros españoles —Acer palmatum, Acer saccharinum, Acer opalus y Acer pseudoplatanus—, qué pide cada una y en qué situaciones da problemas. Al final añado dos especies más que en buena parte de la Península funcionan mejor que cualquiera de las cuatro, y una que conviene no plantar.

Lo que de verdad decide si un arce prospera

Tres factores mandan por encima del resto, y ninguno es la resistencia al frío. Casi ningún arce cultivado en España muere de frío; mueren de verano.

La caliza del suelo y del agua de riego. Los arces asiáticos y americanos de suelos ácidos amarillean en cuanto el pH sube de 7,5 y el bicarbonato del agua bloquea la absorción de hierro. La hoja se vuelve amarilla con los nervios verdes: clorosis férrica. Los arces europeos de montaña caliza, en cambio, viven sobre roca caliza sin inmutarse.

La humedad ambiental y el viento seco. Un poniente de 35 °C con un 20 % de humedad quema el borde de la hoja en pocas horas, y esa quemadura no se cura: el tejido está muerto hasta la caída otoñal. Por eso el mapa real de los arces ornamentales delicados en España es la cornisa cantábrica, Galicia, el Pirineo y los jardines de montaña, más lo que se consiga en maceta y a la sombra en el resto.

El espacio para las raíces. Hay arces de cinco metros y arces de treinta con raíces superficiales capaces de levantar una acera. Plantar el segundo tipo a tres metros de la casa se paga en obra.

Un aviso que conviene tener presente antes de seguir: las semillas y las plántulas de Acer pseudoplatanus y de Acer negundo contienen hipoglicina A, una toxina que provoca la miopatía atípica del caballo, una enfermedad con mortalidad muy alta. Si el jardín linda con un prado donde pastan équidos, estas dos especies quedan descartadas. Para personas y para perros no representan ese riesgo.

Acer palmatum: el arce japonés

Originario de Japón, Corea y el centro de China, es el arce ornamental por excelencia: porte de arbolito o arbusto grande, entre 4 y 8 metros según cultivar, hoja palmada de cinco a nueve lóbulos y una gama otoñal que va del naranja al escarlata intenso.

Hoja palmada y lobulada de Acer palmatum

Suelo: ácido o neutro, pH entre 5,5 y 6,5, suelto, con materia orgánica y drenaje impecable. Tolera mal la asfixia radicular; un suelo arcilloso encharcado en invierno lo mata más deprisa que la sequía.

Exposición: media sombra, o sol de mañana y sombra desde el mediodía. Los cultivares de hoja disecada y muy dividida (Dissectum) y los de hoja verde clara o variegada son los más sensibles a la quemadura.

Frío: la especie aguanta sin problema por debajo de −15 °C. Lo que no aguanta son las heladas tardías de abril sobre el brote nuevo, que en el interior peninsular obligan a buscarle un sitio resguardado.

Hay dos ideas que conviene matizar. La primera: que los cultivares rojos son rojos todo el año. Varios —'Atropurpureum' entre ellos— pierden intensidad en julio y agosto y viran a un bronce verdoso; los que mantienen mejor el color oscuro son selecciones como 'Bloodgood'. La segunda: que el color de otoño lo dispara el frío. Lo que dispara la senescencia foliar es el acortamiento del día; el frío nocturno sin helada y la luz intensa solo intensifican los pigmentos. Por eso, en un otoño costero suave y nublado, el mismo árbol da un otoño apagado.

En maceta, que es como se cultiva en media España, hay tres cuidados que marcan la diferencia: regar con agua de lluvia o al menos con agua de baja dureza, porque el bicarbonato del agua del grifo alcaliniza el sustrato en un par de temporadas; proteger el tiesto del sol directo, ya que un cepellón a 40 °C cuece las raíces finas aunque las hojas estén en sombra; y trasplantar cada dos o tres años a final de invierno renovando el sustrato, sin desmontar el cepellón entero.

Casi todos los cultivares se venden injertados a pocos centímetros del suelo. Del patrón brotan chupones de hoja verde y crecimiento vigoroso que, si se dejan, acaban ahogando la variedad injertada: se cortan a ras en cuanto asoman, sin dejar tocón.

Acer saccharinum: rápido, grande y con letra pequeña

El arce plateado norteamericano se planta por una razón muy concreta: crece rapidísimo. En diez años puede pasar de un plantón a un árbol de doce metros, y termina rondando los 20-25 m con copa ancha. La hoja, profundamente hendida y con el envés plateado, se mueve con cualquier brisa y da un efecto muy vistoso; el otoño, en cambio, se queda en un amarillo discreto, lejos del incendio que promete su fama.

Cuidado con el nombre. Acer saccharinum y Acer saccharum se diferencian en cuatro letras y no son el mismo árbol. El jarabe de arce sale del segundo, el arce del azúcar, que además tiene un otoño espectacular y crece despacio. Quien compra un saccharinum esperando lo otro se lleva un árbol enorme, de madera blanda y hoja amarilla.

Y esa madera blanda es el problema serio: las ramas se desgajan con vendavales y con nevadas pesadas, y lo hacen con diámetros ya considerables. Sumado a un sistema radicular somero y agresivo, que levanta pavimentos y busca las juntas de las conducciones de saneamiento, resulta un árbol que solo tiene sentido en fincas grandes, lejos de edificaciones, tendidos y zonas de paso. Necesita además bastante agua —en la naturaleza vive en llanuras de inundación— y amarillea en suelos muy calizos.

Si lo que se busca es sombra rápida en una parcela amplia y con agua, cumple. En un jardín urbano de 200 m² es una mala decisión que tarda quince años en manifestarse.

Acer opalus: el arce que ya vive aquí

Conocido como acirón, arce blanco o arce real, Acer opalus es una especie del sur y centro de Europa presente de forma natural en el Pirineo, el Sistema Ibérico, la cordillera Cantábrica y, en la forma de hoja más pequeña y pelosa que suele tratarse como Acer opalus subsp. granatense, en las sierras béticas, Cazorla, Sierra Nevada y Mallorca.

Porte de Acer opalus en su ambiente de montaña

Es un árbol de 10 a 15 metros, a veces algo más, de hoja con tres o cinco lóbulos anchos y poco profundos, coriácea y de un verde oscuro. Florece en marzo o abril, antes o a la vez que la brotación, con corimbos colgantes de flores amarillo verdoso que en un día soleado se llenan de abejas. En otoño vira a amarillo dorado y naranja.

Sus virtudes para el jardín español son las que no tienen las dos especies anteriores: vive sobre suelos calizos sin clorosis, resiste la sequía estival una vez establecido, soporta frío intenso de montaña y no tiene raíces conflictivas. Sus pegas son el crecimiento lento —hay que armarse de paciencia los primeros años— y la escasa presencia en viveros ornamentales, donde a menudo hay que buscarlo en productores de planta forestal autóctona.

Para quien tenga jardín en el interior peninsular, en suelo básico, y quiera un arce que no dependa del riego de por vida, esta es la elección sensata.

Acer pseudoplatanus: el falso plátano

Grande, rústico y muy longevo. Alcanza de 25 a 30 metros, con hoja de cinco lóbulos dentados, algo rugosa, y corteza que se desprende en placas irregulares con la edad, de donde le viene el parecido con el plátano de sombra. Es un árbol de montaña húmeda europea: en España vegeta bien en el norte, el Pirineo, la cordillera Cantábrica y los sistemas montañosos con veranos frescos.

Sus puntos fuertes: indiferente al pH del suelo, resistente al viento —incluida la brisa marina cargada de sal, lo que lo ha convertido en árbol de cortavientos en el litoral atlántico—, crecimiento rápido y madera excelente. Sus puntos flacos: en clima mediterráneo seco sufre, se defolia pronto y termina con la copa rala; y siembra muchísimo. Las sámaras vuelan lejos y germinan con enorme facilidad, así que en jardines húmedos aparecen plántulas por parterres, grietas y macetas ajenas durante años. En algunos países fuera de su área natural se comporta como especie invasora por este motivo.

Sobre las manchas negras redondeadas con halo amarillo que aparecen en sus hojas a final de verano: son Rhytisma acerinum, un hongo que resulta feo pero es prácticamente inocuo para el árbol. No merece tratamiento fungicida; recoger y retirar la hojarasca en otoño reduce el inóculo del año siguiente y es todo lo que hace falta.

Y de nuevo la advertencia de las semillas y plántulas: contienen hipoglicina A. Si hay caballos, ponis o burros con acceso a la caída de sámaras, no se planta.

Si el árbol se quiere por su follaje y no por su tamaño, el cultivar 'Brilliantissimum' se queda en 6-8 metros y brota en primavera con hojas de color salmón rosado que van pasando a verde.

Dos alternativas mejores para el centro y el sur, y una que no debes plantar

Acer campestre, el arce menor o bordillo, es autóctono, no pasa de 10-12 metros, tolera la caliza, la poda dura y la sequía moderada, y admite formarse como seto alto o pantalla. En otoño da un amarillo mantequilla limpio. Es probablemente el arce más fácil de tener vivo en España sin cuidados especiales.

Acer monspessulanum, el arce de Montpellier, es el más resistente a la sequía del género en Europa: hoja pequeña de tres lóbulos, porte de 5 a 10 metros, vive en encinares y quejigares sobre calizas, con veranos duros. Para un jardín de bajo consumo de agua en Castilla, Aragón o Andalucía interior, no hay arce mejor.

Acer negundo se ve mucho en jardines antiguos y en sus formas variegadas o doradas ('Flamingo', 'Odessanum'). Está catalogado en España como especie exótica invasora en el Real Decreto 630/2013, y con motivo: coloniza riberas y desplaza a sauces, fresnos y alisos. Su plantación está prohibida en el medio natural, se desaconseja en el jardín, es de madera frágil y sus semillas comparten la toxicidad para équidos ya comentada. Hay motivos de sobra para elegir otra cosa.

Plantación, riego y poda

Cuándo plantar. Entre noviembre y febrero para planta de raíz desnuda, fuera de periodos de helada; la de contenedor admite otoño e invierno, y también primavera si se garantiza el riego del primer verano. Plantar un arce en mayo obliga a regarlo todo el estío para compensar el sistema radicular sin instalar.

Hoyo y sustrato. Hoyo amplio, de dos a tres veces el ancho del cepellón, pero de la misma profundidad. El cuello de la raíz queda al nivel del suelo o un dedo por encima: enterrarlo provoca podredumbre en la base del tronco a medio plazo. En suelo pesado conviene romper el fondo y las paredes del hoyo para que la raíz no quede encerrada en una maceta de arcilla.

Acolchado. Cinco a ocho centímetros de corteza de pino, hojarasca o astilla, sin que toquen el tronco. Mantiene fresco el suelo superficial, que es justamente donde el arce tiene el grueso de sus raíces finas.

Riego. Riegos espaciados y abundantes, no diarios y cortos. Un palmatum en tierra en clima templado agradece un buen riego semanal en verano; en maceta, revisar el sustrato cada uno o dos días en julio. La señal de exceso de riego es el amarilleo generalizado con hoja blanda; la de falta de riego, el borde de la hoja seco y crujiente.

Poda. Aquí hay un detalle que cuesta ramas: los arces sangran savia con abundancia si se podan al final del invierno o a principios de primavera, cuando ya se ha movido la savia. La ventana buena es el otoño, con la hoja ya caída, o pleno verano para retoques ligeros. En cualquier caso, el Acer palmatum se poda poco: se limitan cruces, ramas secas y algún aclareo para que se vea la estructura, y se deja en paz. Recortarlo como una bola destruye precisamente lo que hace valioso a este árbol, que es su silueta en capas.

Problemas que vas a encontrarte

Clorosis férrica. Hoja amarilla con nervios verdes en agua o suelo calizo. La corrección de emergencia es quelato de hierro EDDHA, el único que sigue siendo eficaz a pH alto; la solución de fondo pasa por cambiar el agua de riego o, sencillamente, por haber elegido otra especie.

Verticilosis. Verticillium dahliae es la enfermedad grave del Acer palmatum. Se manifiesta como el marchitamiento súbito de una rama o de un sector entero de la copa mientras el resto sigue verde; al cortar la rama afectada aparecen anillos o estrías oscuras en la madera. No tiene tratamiento curativo. Se retira la madera afectada, se desinfectan las herramientas entre cortes y no se replanta otro arce en el mismo hueco, porque el hongo persiste años en el suelo.

Quemaduras de sol y viento. Bordes de hoja secos, marrones y quebradizos a partir de junio. No es un hongo ni una plaga, y no se trata con nada: se corrige moviendo la planta, dándole sombra de tarde o plantando una pantalla que corte el viento seco.

Pulgón y cochinilla. Frecuentes en brotes tiernos de arces demasiado abonados con nitrógeno. Un abonado más contenido resuelve más que cualquier insecticida.

En resumen

Elegir arce es sobre todo elegir según tu agua y tu verano. Si tienes suelo ácido, agua blanda y veranos suaves —norte peninsular, montaña, o cultivo en maceta con agua de lluvia—, el Acer palmatum te dará el mejor otoño del jardín en un espacio pequeño. Si tu suelo es calizo y no quieres depender del riego, el Acer opalus, el Acer campestre y el Acer monspessulanum son especies autóctonas que hacen ese trabajo sin quejarse.

El Acer pseudoplatanus es un gran árbol para fincas amplias del norte y de montaña, con la reserva de su siembra espontánea y de la toxicidad de sus semillas para caballos. Y el Acer saccharinum solo compensa donde sobre sitio y agua, porque su madera frágil y sus raíces superficiales acaban dando trabajo.

Tres reglas prácticas para terminar: no entierres el cuello de la raíz, no podes al final del invierno y no riegues con agua dura un arce de suelo ácido. Con eso evitas la mayor parte de los disgustos.


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