El pecíolo de sus hojas es plano y está girado casi noventa grados respecto al limbo, de manera que la hoja queda colgando como una moneda de canto. Con eso basta: una corriente de aire que no llega a mover las ramas pone en marcha el temblor de toda la copa. De ahí el nombre, el científico (tremuloides) y el popular.
El Populus tremuloides es un árbol norteamericano de la familia de las salicáceas, pariente cercano de sauces y chopos, y probablemente el árbol de distribución más amplia de todo el continente: crece desde Alaska y Canadá hasta las montañas del norte de México. Esa distribución tan enorme cuenta también su historia climática, y conviene tenerla presente antes de comprarlo: es una especie de sitios fríos, luminosos y con humedad en el suelo durante el verano. Lo que hace en Alberta no lo va a hacer en Murcia.
El temblón americano y el temblón de aquí
En España, álamo temblón o tiemblo es el nombre de otra especie: Populus tremula, nativa del Pirineo, la Cordillera Cantábrica, el Sistema Ibérico y algunos rodales de montaña más al sur. Cuando un vivero español etiqueta una maceta como «álamo temblón» sin más, lo normal es que dentro haya P. tremula. El americano, P. tremuloides, llega mucho menos a los catálogos, y cuando lo hace la etiqueta suele decir tiemblo americano o quaking aspen.
Distinguirlos con la hoja en la mano no es difícil. La del temblón americano es más pequeña y más redondeada, con la punta corta y el borde finamente aserrado, con muchos dientes menudos y regulares. La de P. tremula es mayor, con el margen ondulado y dientes gruesos y romos, y en los rebrotes jóvenes las hojas se disparan de tamaño y salen algo tomentosas por el envés. La corteza de ambos es lisa y clara, entre blanquecina y verdosa.
Que la especie de aquí y la de allí se parezcan tanto tiene una consecuencia práctica: si buscas este aspecto para un jardín peninsular, el temblón autóctono te lo da igual de bien, se consigue con más facilidad y aguanta mejor nuestros veranos. El americano tiene sentido si te interesa su color de otoño concreto o si vives en una zona de montaña fría donde ambos van a comportarse parecido.
Cómo es el árbol
Se queda habitualmente entre 15 y 25 metros de altura, con un tronco delgado para su porte: rara vez pasa de 40 o 50 cm de diámetro. La copa es estrecha, abierta y ligera, deja pasar bastante luz al suelo y no da la sombra densa de un plátano o de una encina. La corteza joven es lisa, de un blanco verdoso que se mancha de gris, y por debajo conserva clorofila, así que el tronco fotosintetiza incluso con el árbol sin hojas. Con los años, la base se vuelve oscura, gruesa y agrietada mientras la parte alta sigue clara.
Es dioico: hay pies macho y pies hembra. Florece a finales de invierno o comienzos de primavera, antes de brotar, con amentos colgantes polinizados por el viento. Los pies hembra sueltan después semillas con vilano algodonoso, esa pelusa que en las ciudades con chopos se acumula en las aceras. Si la pelusa te preocupa, planta un pie macho; los clones seleccionados en vivero suelen serlo.
El otoño es el motivo principal por el que se planta. Las hojas viran a un amarillo dorado intenso, con clones que tiran al naranja o al rojizo, y como la copa es transparente el árbol parece encendido por dentro. El color depende del clima: necesita noches frescas de septiembre y octubre y suficiente agua en el suelo. En un otoño cálido y seco las hojas pardean y caen sin más.
La vida de cada tronco es corta para un árbol grande: entre 50 y 80 años, a veces más. La colonia de la que forma parte puede durar siglos o milenios.
Un árbol que en realidad es muchos
El temblón americano se propaga sobre todo por rebrotes de raíz. Un pie emite raíces horizontales superficiales que recorren decenas de metros y de las que van naciendo tallos nuevos, genéticamente idénticos. Lo que a distancia parece un bosquete de cientos de árboles suele ser un único individuo con cientos de troncos. El caso más citado es Pando, en Utah: una colonia de unas 43 hectáreas y decenas de miles de troncos que constituye uno de los organismos vivos más pesados que se conocen.
En un bosque eso es una virtud. En una parcela de 600 metros cuadrados es el rasgo que decide si el árbol te sirve o no. Los rebrotes salen en el césped, en el arriate, entre las juntas del pavimento y al otro lado de la valla del vecino, y pueden aparecer a diez o quince metros del tronco. No hay abono ni riego que los provoque: es su forma normal de vivir.
Y aquí viene lo que conviene saber antes de coger la motosierra: cortar el árbol multiplica el problema en lugar de resolverlo. Mientras el tronco principal está en pie, produce hormonas que frenan el brote de las yemas radicales. Al eliminarlo, esa inhibición desaparece y el sistema radical responde llenando la zona de chupones. Quien tala un temblón adulto sin más suele acabar con un matorral de decenas de varas donde había un árbol.
Dónde va bien en España y dónde no
El frío no es un problema: soporta sin daños temperaturas de -30 o -40 ºC. Lo que lo mata aquí es el verano mediterráneo. Necesita el suelo fresco de junio a septiembre, y con 35 ºC sostenidos, aire seco y una sequía de tres meses las hojas se queman por el borde, el árbol defolia en agosto y llega debilitado al otoño. Repetido dos o tres veranos, aparecen los chancros y el árbol se va.
Sitios donde tiene sentido plantarlo: cornisa cantábrica, Pirineo y prepirineo, montaña de León, Palencia y Burgos, Sistema Ibérico alto, sierras del Sistema Central por encima de los 1.000-1.200 metros. Sitios donde no: valle del Guadalquivir, litoral mediterráneo, La Mancha, y en general cualquier jardín de secano sin riego de verano. En Madrid o Zaragoza puede sobrevivir con riego generoso y algo de protección del sol de tarde, pero no será el árbol de las fotos.
Quiere sol directo, y sin matices: es una especie pionera que coloniza claros y desaparece cuando otras la sobrepasan en altura. A la sombra de un árbol mayor se ahíla y muere. El suelo ideal es profundo, fresco, con materia orgánica y de reacción ácida a neutra. En terrenos muy calizos sufre clorosis férrica: hojas amarillas con los nervios verdes desde junio. Se corrige provisionalmente con quelato de hierro EDDHA, pero un tratamiento anual de por vida es la señal de que el árbol está en el sitio equivocado.
Tolera mal el encharcamiento permanente y la compactación. Y el viento fuerte le rompe ramas: la madera es blanda y ligera.
Plantación
La época es el reposo invernal, de noviembre a febrero, evitando los días de helada fuerte. El material a raíz desnuda se planta en ese periodo y agarra perfectamente; el de contenedor admite también principios de otoño, que es cuando mejor enraíza porque el suelo aún está templado.
Sobre la distancia, sé generoso: al menos 10-15 metros de la casa, y más de cualquier arqueta, fosa séptica, alcantarilla, piscina o muro de contención. Las raíces son superficiales, extensas y buscan humedad; las juntas de una conducción vieja son una invitación. Tampoco lo pongas a menos de tres metros de un camino pavimentado si no quieres levantar losas.
Pasos:
1. Abre un hoyo ancho, de al menos el doble del diámetro del cepellón, y afloja el fondo sin sacar la tierra. La anchura importa más que la profundidad.
2. Mejora la tierra extraída con compost maduro si el suelo es pobre, pero sin convertir el hoyo en una maceta de sustrato: si el contraste con el terreno circundante es demasiado grande, las raíces giran dentro en vez de salir.
3. Coloca el árbol con el cuello de la raíz al nivel del suelo. Enterrar el cuello es lo que pudre la base en el segundo invierno.
4. Rellena, asienta con el pie sin apisonar en exceso y forma un alcorque.
5. Riega abundantemente, con 30 o 40 litros, aunque llueva. Ese riego asienta la tierra alrededor de las raíces.
6. Tutora solo si hace falta, con el punto de atado bajo, y retira el tutor a los dos años. Un tronco que nunca se mueve no engorda.
7. Acolcha con 5-8 cm de corteza o restos vegetales, dejando libre un palmo alrededor del tronco.
Riego y mantenimiento
Los tres primeros veranos son los que deciden. Riego semanal profundo, de 40 a 60 litros por vez en un árbol joven, mejor eso que un chorrito diario que solo moja los primeros centímetros. Después seguirá agradeciendo agua en julio y agosto en casi toda la Península; solo en la montaña húmeda del norte puede prescindir del riego.
No necesita abonado si el suelo tiene algo de fondo. Un aporte de compost en superficie cada primavera sobra para mantenerlo. Los abonos ricos en nitrógeno le provocan crecimientos blandos, largos y especialmente apetecibles para los pulgones.
La poda, la mínima. Se limita a retirar ramas secas, rotas o cruzadas, y a levantar la copa los primeros años si necesitas paso por debajo. Las salicáceas compartimentan mal las heridas grandes: un corte de cinco centímetros de diámetro es una puerta abierta al chancro. Trabaja en verano tardío o principios de otoño, con tiempo seco, nunca en pleno invierno lluvioso. Y protege el tronco de la desbrozadora, porque cada raspón en esa corteza fina acaba siendo una infección.
Para los rebrotes de raíz, lo que funciona es la constancia. En una zona de césped, el cortacésped los elimina solo con la siega habitual. En arriates, arráncalos de un tirón cuando aún son tiernos en lugar de cortarlos a ras: un corte deja la yema y rebrota con dos. Una barrera antirrizoma de polipropileno enterrada a 60-70 cm limita el avance en la dirección que te interesa, aunque nunca lo detiene del todo.
Multiplicación
Hay una idea muy arraigada sobre los chopos: que basta clavar una estaca en tierra húmeda para tener un árbol. Es cierta para los chopos negros y sus híbridos (Populus nigra, P. x canadensis), y falsa para los temblones. Las estacas leñosas de P. tremuloides enraízan fatal, y quien lo intenta suele terminar con un manojo de palos secos y la sensación de haber hecho algo mal.
Lo que sí funciona:
Rebrotes de raíz. Localiza un chupón de uno o dos años, sigue la raíz que lo alimenta, córtala a ambos lados dejando un buen tramo unido al brote y trasplántalo en invierno. Es el método clásico y el más fiable.
Esquejes de raíz. Trozos de raíz de un centímetro de grosor y unos 10 cm de largo, tomados en pleno reposo y colocados horizontalmente bajo tres o cuatro centímetros de sustrato arenoso, en cama templada. Brotan yemas adventicias en primavera.
Semilla. Posible pero poco práctica. La semilla del temblón pierde la viabilidad en pocas semanas, exige suelo desnudo y húmedo de forma continua y no admite dejarla en el cajón hasta el año que viene.
Los clones de vivero, de hecho, se producen casi siempre por micropropagación en laboratorio.
Plagas y enfermedades
Comparte casi todos sus problemas con los demás chopos, así que si tienes una chopera cerca cuenta con que le llegue todo.
Chancros del tronco. Son el capítulo serio. Cytospora chrysosperma ataca a árboles ya estresados por sequía o por heridas y provoca zonas de corteza hundida, oscura y que rezuma; la rama por encima se seca. Hypoxylon mammatum es un patógeno mucho más agresivo, específico de los temblones, que forma chancros que acaban ciñendo el tronco y partiéndolo. No hay fungicida curativo: se corta y se quema la parte afectada, y sobre todo se evita el estrés hídrico, que es lo que abre la puerta.
Manchas foliares. Marssonina produce manchas pardas que confluyen y provocan defoliación anticipada en veranos húmedos. Venturia ennegrece y curva los brotes tiernos en primavera, con aspecto de bastón de pastor. Recoger y retirar la hoja caída en otoño reduce mucho el inóculo del año siguiente.
Roya. Melampsora, pústulas de polvo anaranjado en el envés. Debilita si se repite; suele bastar con mejorar la aireación y no mojar el follaje al regar.
Taladros. Saperda carcharias, el gran barrenador de los chopos, y Paranthrene tabaniformis excavan galerías en el tronco y las ramas de los árboles jóvenes; se detectan por el serrín que expulsan. Un árbol vigoroso y sin heridas es la mejor defensa disponible.
Defoliadores. Chrysomela populi, un crisomélido rojo brillante, puede dejar las hojas hechas encaje en pocos días. En un ejemplar aislado se controla a mano o con Bacillus thuringiensis en las larvas jóvenes.
Pulgones. Los del género Chaitophorus ensucian de melaza lo que haya debajo. El lanígero Phloeomyzus passerinii forma manchas algodonosas en el tronco y es más grave, porque puede llegar a matar árboles adultos.
Si tu clima no da para él
Cuando lo que buscas es el follaje inquieto y la corteza clara pero vives en zona cálida, hay salidas mejores que empeñarse. Populus alba, el álamo blanco, tolera mucho más el calor, la caliza y hasta cierta salinidad, aunque rebrota igual o más. Betula pendula da corteza blanca y hoja fina, pero también sufre en verano seco. Y si el suelo es calizo y el verano duro, un Celtis australis o un Fraxinus angustifolia resuelven la sombra sin pelearse con el clima ni levantar el pavimento.
En resumen
El Populus tremuloides es un árbol de montaña fría, luz plena y suelo fresco, con un otoño dorado difícil de igualar y una corteza clara que luce todo el invierno. En España rinde en el norte húmedo y en la media montaña; en el interior seco y en el litoral mediterráneo se pasa la vida sufriendo. Se planta a raíz desnuda en invierno, lejos de casas y conducciones, se riega en profundidad los tres primeros veranos y se poda lo justo, porque cada herida grande es un chancro en potencia. Sus rebrotes de raíz no son una avería, son su biología, y talarlo es la manera más rápida de convertir un árbol en un matorral de veinte varas. Y si buscas «álamo temblón» en un vivero español, comprueba la etiqueta: lo más probable es que estés comprando Populus tremula, que para casi cualquier jardín peninsular es la elección más sensata de las dos.