Heródoto cuenta que Jerjes, camino de Grecia, se detuvo en Lidia ante un plátano tan hermoso que lo mandó adornar con oro y dejó a un miembro de su guardia personal encargado de cuidarlo. El árbol de aquella historia es Platanus orientalis, la especie con la que empieza todo lo demás: la que los griegos plantaron en sus ágoras, la que los mogoles llevaron a Cachemira y la que, cruzada con una prima americana, dio el híbrido que hoy sombrea los paseos españoles.
Aquí se habla de la especie en sí: de dónde es, en qué se reconoce frente a sus parientes, cuánto puede vivir y en qué rincones de España tiene sentido plantar un ejemplar auténtico.
Su área natural va de los Balcanes al Himalaya
Platanus orientalis L. es un árbol del Mediterráneo oriental y de Asia occidental. Su área natural continua abarca los Balcanes meridionales, Grecia peninsular e insular, Creta, Anatolia, el Cáucaso, el norte de Irán y llega hasta el noroeste del Himalaya, con poblaciones dispersas en Siria, Líbano e Irak. En Sicilia y en el sur de Italia hay núcleos que se discuten desde hace décadas entre relictos naturales e introducciones antiguas.
Dentro de esa área no ocupa la ladera ni el monte: ocupa el fondo del barranco y la orilla del río. Forma galerías con adelfa, sauces y fresnos a lo largo de cursos de agua que en verano quedan reducidos a pozas, y es capaz de vivir con la raíz dentro de la grava mojada del cauce. Esa fidelidad al agua freática es el rasgo ecológico que define a la especie y el que explica su comportamiento fuera de casa.
Es un árbol caducifolio y monoico, de tronco que en la vejez se vuelve enorme y a menudo se abre en varios brazos. En Creta y en algunos enclaves cálidos del Egeo aparecen individuos que retienen la hoja durante buena parte del invierno, un comportamiento semiperenne que se ha descrito como variedad cretica; el más famoso de ellos es el plátano de Gortina, al que la tradición asocia con el mito de Zeus y Europa.
Cómo separarlo del híbrido y del americano
Las tres especies que uno puede encontrarse en España —el oriental, el americano Platanus occidentalis y el híbrido entre ambos, Platanus × hispanica— se separan bien con dos caracteres, y el segundo funciona incluso en pleno invierno.
La hoja. La del plátano oriental está hendida más allá de la mitad del limbo, a veces casi hasta el nervio, con cinco o siete lóbulos estrechos, alargados y con el margen groseramente dentado; el conjunto recuerda a una mano abierta. La base del limbo es recta o en cuña, no acorazonada. La del híbrido es más ancha que larga, con tres o cinco lóbulos poco profundos y aire de hoja de arce. La del americano es la menos recortada de las tres, casi entera de contorno, con los senos apenas insinuados y la base marcadamente acorazonada.
Los frutos. Cuente cuántas bolas cuelgan de un mismo rabillo. En P. orientalis lo habitual son de tres a seis cabezuelas ensartadas en el mismo pedúnculo, como cuentas de un rosario; llegan a verse siete. En P. × hispanica son casi siempre dos, y en P. occidentalis una sola y de mayor tamaño. El carácter se lee desde la acera entre noviembre y marzo, con el árbol desnudo y las bolas colgando.
Hay un tercer detalle para quien tenga el fruto en la mano: en el oriental los estilos persistentes son largos y rígidos, y dan a la bola un tacto y una silueta erizados, mientras que en el americano la cabezuela resulta lisa al tacto.
El porte. Con los años, el oriental abre una copa en cúpula muy ancha, de ramas gruesas y bajas que tienden a tumbarse hasta rozar el suelo, y el tronco suele dividirse a poca altura. El híbrido conserva más tiempo una guía central y una silueta ovalada, que es justamente lo que lo hizo cómodo para alineaciones de calle.
El padre de un híbrido que lo desplazó
El plátano oriental era planta corriente en la Europa culta desde el Renacimiento, cuando se plantaba por su prestigio clásico en jardines botánicos y en colecciones señoriales. El americano llegó a esos mismos jardines en el siglo XVII, y en algún punto del sur o del oeste de Europa —el epíteto hispanica recoge la hipótesis de un origen español, mientras que la escuela británica sostiene el jardín botánico de Oxford— ambas especies florecieron juntas y produjeron un descendiente de vigor híbrido notable.
El resultado fue un árbol que crecía más deprisa que sus dos padres, aguantaba el humo de las ciudades industriales, se dejaba trasplantar y podar sin protestar y se multiplicaba por estaquilla en cantidades industriales. En dos siglos ocupó las avenidas europeas y dejó al oriental en el papel de curiosidad de jardín histórico. La descendencia del híbrido por semilla, además, es fértil y muy variable, lo que ha enredado la identificación de bastantes ejemplares viejos.
Una consecuencia práctica: cuando un vivero generalista etiqueta un contenedor como plátano oriental, lo que suele haber dentro es el híbrido. La comprobación es la hoja, y si el ejemplar ya tiene frutos, el rosario de bolas.
Longevidad y ejemplares históricos
Aquí es donde la especie se separa de verdad de su descendiente. El híbrido urbano rara vez pasa de dos siglos y medio; el oriental, en buen sitio, supera con holgura los quinientos años y engorda troncos de cuatro y cinco metros de perímetro que en la vejez se ahuecan sin que el árbol muera, porque sigue sosteniéndose sobre el anillo de madera viva.
El más célebre es el plátano de Hipócrates, en la plaza principal de Kos, sostenido hoy con puntales de obra: la tradición quiere que el médico enseñara bajo él, aunque las estimaciones serias sitúan al árbol en torno a los quinientos años, con lo que sería descendiente y no testigo. En Croacia, el arboreto de Trsteno, cerca de Dubrovnik, conserva dos orientales plantados hace unos cinco siglos, con troncos que hay que rodear entre varias personas. En Turquía, los çınar monumentales forman parte del paisaje de las plazas y del propio idioma, y ejemplares como el de İnkaya, en Bursa, rondan los seis siglos.
El caso cultural más denso es el de Cachemira. Allí el árbol se llama chinar y su plantación masiva se asocia a los jardines mogoles de los siglos XVI y XVII; las alamedas de Naseem Bagh, a orillas del lago Dal, conservan cientos de pies antiguos, y la hoja del chinar aparece en la ornamentación, en los chales y en la iconografía del valle. Es un árbol adoptado hasta el punto de que su nombre persa desplazó a cualquier otro.
En España, los plátanos monumentales catalogados como orientales conviene mirarlos dos veces: buena parte de los grandes ejemplares de jardines históricos y alamedas son híbridos, y la etiqueta viene de tradición oral más que de una revisión botánica. Los orientales auténticos existen, sobre todo en jardines botánicos y en colecciones de finca antigua, pero son minoría.
Una especie amenazada en su propia casa
Frente a los hongos de la hoja, el oriental sale mejor parado que el americano: la antracnosis del plátano lo afecta menos que a P. occidentalis, que en Europa vive perpetuamente desfoliado en primavera y por eso apenas se planta aquí.
Su problema es otro y es grave. El chancro coloreado (Ceratocystis platani), llegado a Europa con el material de guerra estadounidense en los años cuarenta, encontró en Platanus orientalis un huésped muy susceptible, y desde principios de este siglo se ha instalado en las galerías fluviales naturales del Peloponeso y de Grecia continental, matando árboles silvestres en su propia área de distribución. Ya no es solo una enfermedad de arbolado urbano: amenaza a las poblaciones naturales de una especie que lleva en esos ríos desde antes de que existiera Grecia. Por eso el material vegetal de plátano circula bajo control fitosanitario en la Unión Europea.
Dónde tiene sentido plantarlo en España
La especie es perfectamente viable en toda la Península: soporta los inviernos de la meseta y los veranos del valle del Ebro sin daño. La pregunta no es climática, sino de sitio y de propósito.
Tiene sentido en fincas grandes con suelo profundo y fresco, y muy especialmente junto a un curso de agua, una acequia, una balsa o un fondo de vega donde el freático quede a pocos metros. Ahí desarrolla la copa en cúpula que lo hace inconfundible y llega a viejo. Las vegas interiores, las riberas del Duero, del Tajo y del Ebro y las huertas del Levante con agua accesible son su terreno.
Tiene sentido como árbol de una sola pieza, plantado exento en una pradera o en el centro de un ruedo, no en alineación apretada. Es un árbol de silueta, y esa silueta necesita que nadie le recorte los brazos bajos.
Tiene sentido en jardines históricos y en restauraciones de arbolado antiguo, donde la especie correcta importa y donde ya existe la escala de espacio que pide.
En cambio, no encaja en primera línea de costa: la brisa cargada de sal le quema el borde de la hoja, y en litoral conviene retirarlo tierra adentro. Tampoco encaja en suelos someros sobre roca o sobre zahorra compactada, donde se queda en ocho o diez metros y entra en decaimiento pronto; ni en jardines pequeños, por razones evidentes de escala. Y no es planta para xerojardinería: el aspecto de dureza que muestra en medianas y descampados es la tolerancia de un árbol de ribera al maltrato, no una adaptación a la sequía.
En resumen
Platanus orientalis es la especie mediterránea oriental del género, natural de barrancos y riberas desde los Balcanes hasta el Himalaya, y el padre —junto al americano P. occidentalis— del híbrido que llena nuestras calles. Se distingue por la hoja hendida más allá de la mitad, con lóbulos largos y estrechos, y por las tres a seis bolas ensartadas en un mismo pedúnculo, frente a las dos del híbrido y la única del americano. Vive muchos siglos, como demuestran el plátano de Kos, los de Trsteno o los chinares mogoles de Cachemira, y esa longevidad es precisamente lo que el híbrido no heredó. En España su sitio está en fincas amplias de suelo profundo y fresco, cerca del agua, plantado exento y lejos de la brisa marina; en el resto de situaciones, el árbol adecuado es otro.