A finales de enero, con el resto del jardín parado, hay dos arbustos que sostienen la escena: uno abre flores del tamaño de la palma de la mano y el otro se huele desde diez metros antes de verlo. Son Camellia japonica y Daphne odora, y funcionan bien juntos porque piden casi lo mismo: sombra parcial, tierra ácida y agua sin cal.

Antes de seguir conviene decir una cosa de la dafne, porque afecta a dónde se planta: toda la planta es tóxica. Corteza, hojas y sobre todo los frutos rojos contienen dafnetoxina y mezereína. Ingerir unas pocas bayas provoca quemazón bucal, vómitos y diarrea intensa, y en un niño pequeño eso no es una anécdota. La savia irrita la piel al podar. No es motivo para descartarla, pero sí para no ponerla junto al arenero ni en el borde por donde el perro mordisquea, y para podarla con guantes. Si hay críos que aún se llevan cosas a la boca, sitúala fuera de su alcance o retrasa unos años su plantación.

Un jardín japonés no se hace con una lista de plantas

Lo que da carácter japonés a un espacio es la estructura: la piedra colocada con intención, el agua real o sugerida con grava, el vacío que deja respirar, la paleta vegetal corta y repetida, y la poda que da forma a cada ejemplar durante décadas. Un jardín con quince especies distintas de origen nipón amontonadas no parece japonés; parece una colección.

Por eso la camelia y la dafne encajan tan bien: son arbustos de hoja perenne, de silueta densa y masa oscura, que aportan volumen todo el año y florecen justo cuando el jardín está desnudo. Trabajan como fondo once meses y como acontecimiento uno. Ese es exactamente el papel que se les pide.

Y si hay que elegir un sitio, ambos van bien en el segundo plano de un paso de piedras, bajo la sombra ligera de un arce (Acer palmatum) o de un pino, con musgo, Ophiopogon japonicus o helechos a sus pies. Nunca en el centro de un espacio abierto y soleado.

Flor roja de Camellia japonica abierta sobre follaje perenne brillante

Camellia japonica, la flor que llega en invierno

La camelia común es un arbusto de la familia Theaceae originario de Japón, Corea y el sur de China. En jardín suele quedarse entre 2 y 4 metros, aunque en el norte peninsular, con suelo y humedad a su gusto, los ejemplares viejos superan los 6 metros y se convierten en pequeños árboles de tronco liso y gris.

Florece entre noviembre y abril según el cultivar. Los hay tempranos, medios y tardíos, y esa es una decisión que merece pensarse: en zonas con heladas fuertes de enero interesa un cultivar tardío, que abrirá en marzo con menos riesgo de que una noche a −4 °C le convierta las flores en pañuelos marrones. La planta aguanta sin problema entre −10 y −15 °C; las flores abiertas, no.

Hay un detalle de orientación que se paga en flores: evita el este. Una camelia que recibe el sol de la mañana directamente sobre flores heladas se descongela demasiado rápido y los pétalos se necrosan. Mejor orientación norte o noreste protegida, o sombra de árbol caducifolio que la cubra en verano y deje pasar luz en invierno.

Dos parientes que quizá te convengan más

Si vives en Levante, Madrid o Andalucía, con veranos duros y sol intenso, Camellia sasanqua es más razonable: tolera bastante mejor la insolación, tiene hoja más pequeña, flor más sencilla y perfumada, y florece en otoño (de octubre a diciembre). Rellena un hueco distinto en el calendario y sufre menos.

Los híbridos del grupo williamsii (C. japonica × C. saluenensis, como 'Donation') tienen otra virtud práctica: sueltan la flor marchita en lugar de conservarla pegada y parda en la rama, así que la mata se ve limpia sin intervención.

La cal es lo que decide si vivirán o no

Camelia y dafne son acidófilas. Quieren un pH entre 5 y 6,5, con materia orgánica y drenaje. Por encima de 7 dejan de absorber hierro y manganeso, y aparece la clorosis férrica: hoja amarilla con los nervios todavía verdes, primero en los brotes nuevos. Si no se corrige, la hoja se blanquea, se quema por los bordes y la planta se va apagando durante dos o tres temporadas.

El problema en gran parte de España no es solo el suelo, sino el agua del grifo. Riegas con agua de 300 mg/l de bicarbonatos y en dos años has subido el pH del sustrato aunque lo plantaras en tierra de brezo. Las salidas realistas son tres:

Agua de lluvia. Un depósito conectado a un bajante resuelve el riego de dos o tres arbustos sin más complicación. Es la solución que menos mantenimiento pide a largo plazo.

Acidificar el riego. Con vinagre o con ácido cítrico se baja el pH del agua hasta 5,5–6. Funciona, pero hay que medirlo con tiras o pH-metro y hacerlo siempre, no cuando uno se acuerda.

Quelato de hierro EDDHA. Es el único quelato que sigue siendo estable a pH alto; el EDTA se descompone y no sirve de nada en un suelo calizo. Una aplicación en primavera y otra a final de verano mantienen el verde, aunque es un parche: trata el síntoma, no la causa.

En terreno francamente calizo, lo sensato es no pelearse con la geología. Planta en un bancal elevado con sustrato ácido y una barrera que impida a la raíz llegar a la caliza, o directamente en maceta grande. Cavar un hoyo, llenarlo de turba y plantar dentro suele acabar mal: el hoyo se comporta como una bañera, retiene agua y el agua freática calcárea acaba entrando por los laterales.

Daphne odora, el arbusto que se huele antes de verlo

Pese al nombre común de "dafne del Japón", Daphne odora es originaria de China; en Japón se cultiva desde antiguo y allí se llama jinchōge. Forma una mata redondeada y compacta de 1 a 1,5 metros de alto por otro tanto de ancho, con hoja perenne coriácea y brillante.

Su interés está concentrado entre enero y marzo, cuando abre ramilletes terminales de flores rosadas por fuera y casi blancas por dentro. El aroma es intenso, dulce, con fondo cítrico, y el aire frío lo transporta lejos. Por eso solo tiene sentido plantarla junto a un camino, una puerta o un banco: en el fondo de un macizo se desperdicia.

El cultivar más extendido y también el más resistente es 'Aureomarginata', de hoja con filo amarillo crema, que aguanta unos −12 °C. La forma alba, de flor blanca pura, es más delicada. Ambas agradecen resguardo del viento seco de invierno, que les quema el follaje.

Ramillete de flores rosadas de Daphne odora entre hojas perennes

La dafne tiene mal carácter y conviene saberlo antes

Es una planta de vida corta y muerte súbita. Lo normal es que dure entre cinco y diez años; también es normal que un ejemplar aparentemente sano se marchite entero en dos semanas sin causa visible. Detrás suele haber Phytophthora en la raíz o un virus del mosaico, pero rara vez se llega a un diagnóstico. Asúmelo al plantarla: es un arbusto espléndido con fecha de caducidad, no una inversión a treinta años.

Lo que sí está en tu mano:

No la muevas. Detesta que le toquen la raíz. Elige el sitio definitivo a la primera, sácala del contenedor sin desmenuzar el cepellón y no la trasplantes después.

Plántala alta. El cuello, un par de dedos por encima del nivel del suelo, y el acolchado separado del tronco. Enterrada al ras y con mantillo pegado al tallo, se pudre por el cuello.

Drenaje antes que riego. Prefiere pasar algo de sed a tener los pies en agua. En suelo pesado, monta un caballón o mezcla con grava y corteza de pino.

Poda mínima. Rebrota mal de madera vieja. Como mucho, corta las ramitas florecidas justo cuando se marchitan, o mejor: corta unas ramas en flor para dentro de casa y esa será toda la poda del año.

Cuándo plantar y qué hacer cada temporada

El momento de plantar en la península es el otoño, de octubre a noviembre. Da a la raíz cinco o seis meses de temperatura suave y humedad para instalarse antes del primer verano, que es la prueba de fuego. Plantar en marzo también funciona, pero obliga a regar con mucha atención en julio y agosto.

La poda de la camelia va justo después de la floración, entre marzo y abril. Aquí hay un calendario que no admite improvisación: la camelia forma los botones florales del invierno siguiente entre junio y julio, sobre la madera del año. Si pasas la tijera en agosto o septiembre porque el arbusto se ha descompuesto de forma, estás cortando la floración entera. En todo caso, la camelia rara vez necesita más que aclarar el interior y retirar ramas cruzadas.

El abonado, con fertilizante para plantas acidófilas: una aplicación al terminar la floración y otra ligera a comienzos de otoño. Nada de estiércol fresco, nada de cenizas de chimenea y nada de enmiendas calizas en ese macizo, tampoco a metro y medio de distancia.

El riego de verano importa más de lo que parece. En julio y agosto la camelia está diferenciando los botones, y una sequía en ese momento no se nota entonces: se nota en diciembre, cuando los botones que sí llegaron a formarse se caen antes de abrir. Mantén el suelo fresco con un acolchado de corteza de pino de cinco centímetros y riegos regulares, sin encharcar.

Qué te está diciendo la planta cuando algo va mal

Hoja amarilla con nervios verdes: clorosis férrica. Revisa el pH del agua de riego antes de comprar nada.

Botones que caen cerrados en invierno: casi siempre estrés hídrico del verano anterior, a veces un cambio brusco de temperatura o exceso de nitrógeno.

Flores que pardean desde el centro hacia fuera, con los nervios de los pétalos oscurecidos: puede ser Ciborinia camelliae, el hongo de la flor de la camelia, presente en la cornisa cantábrica. Se distingue del daño por helada en que la helada quema desde el borde del pétalo hacia dentro. Contra el hongo, higiene: recoge todas las flores caídas, no las dejes bajo la planta y renueva el acolchado, porque el inóculo pasa el año en el suelo.

Hollín negro sobre las hojas: negrilla, que crece sobre la melaza de cochinillas. La culpable habitual es Chloropulvinaria floccifera, con sus ovisacos de aspecto algodonoso en el envés. Trátala con jabón potásico o aceite de verano en primavera, cuando salen las larvas móviles; sobre el adulto ya escudado no hace casi nada.

Marchitez general y rápida, en camelia o en dafne: sospecha de la raíz y del drenaje. Phytophthora cinnamomi está detrás de buena parte de los ejemplares que "se secan de golpe", y suele venir de un suelo que retiene agua o de un riego excesivo en verano sobre tierra compacta.

Cómo combinarlas sin que el conjunto se vuelva un batiburrillo

Al compartir exigencias de suelo, lo lógico es reunirlas en un único macizo ácido en lugar de repartirlas por el jardín. Ese macizo admite además Pieris japonica, rododendros y azaleas, Nandina domestica, Sarcococca confusa —otra de perfume invernal, para prolongar el efecto— y Hakonechloa macra o helechos como tapiz. Un solo lugar del jardín con sustrato controlado y agua de lluvia es infinitamente más manejable que seis rincones dispersos.

En cuanto al reparto de papeles: la camelia da el color y el gesto, y la Camellia japonica apenas huele; la dafne no se ve desde lejos pero se percibe antes de doblar la esquina. Puestas cerca —la camelia detrás, la dafne al borde del paso— cada una hace lo que la otra no puede.

Y un consejo de contención muy japonés: dos o tres camelias del mismo cultivar repetidas dicen más que ocho cultivares distintos alineados. La variedad de colores de flor, en este estilo de jardín, resta.

En resumen

Camellia japonica y Daphne odora son dos arbustos perennes de floración invernal que comparten exigencias: sombra parcial, suelo ácido con materia orgánica, buen drenaje y agua sin cal. Esa última condición es la que decide si prosperarán: en zonas de agua dura, o riegas con lluvia recogida o acidificas el riego, y si el terreno es calizo, planta en bancal elevado o en maceta grande.

De la camelia, recuerda que se poda al acabar de florecer y nunca en verano, que necesita riego constante en julio y agosto para tener flor en diciembre, y que orientarla al este expone las flores heladas al sol de la mañana. En clima cálido y soleado, Camellia sasanqua lo pasa mejor.

De la dafne, recuerda dos cosas: es tóxica en todas sus partes, con los frutos como riesgo real para niños pequeños, así que elige bien su sitio; y es de vida corta y no admite trasplantes ni podas serias, de modo que se planta alta, se acierta a la primera y se disfruta el perfume mientras dure.

Y por encima de las dos especies: lo japonés del jardín no está en el catálogo de plantas, sino en la estructura, el vacío y la repetición. Pocas especies, bien colocadas y bien podadas.


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