La corola se abre blanca, casi de porcelana, y por dentro lleva la garganta salpicada de púrpura sobre dos rayas amarillas que hacen de pista de aterrizaje para los abejorros. Ese interior pintado sobre fondo claro resuelve la identificación a un metro de distancia: la paulonia que florece en lila uniforme es otra especie.
Hablamos de Paulownia fortunei (Seem.) Hemsl., una de las especies del género que menos se ve en las calles españolas y que, sin embargo, está detrás de buena parte del material de plantación que circula por aquí, cruzada con P. elongata. El epíteto recuerda a Robert Fortune, el recolector escocés que en el siglo XIX sacó de China el té, el kumquat y unas cuantas docenas de plantas de jardín más.
De dónde viene esta paulonia
Su área natural ocupa el centro y el sur de China —Hunan, Hubei, Guizhou, Sichuan, Guangxi, Fujian— y se prolonga hasta el norte de Vietnam y Laos. Vive en laderas y bosques mixtos entre los 100 y los 2.000 metros de altitud, y lleva siglos plantada en los bordes de las parcelas de cultivo, donde da sombra ligera y postes.
Ese origen explica su comportamiento aquí mejor que cualquier ficha de vivero. El clima del que procede tiene inviernos cortos y suaves, veranos calurosos y húmedos, y lluvias concentradas entre junio y septiembre, justo los meses en los que el verano peninsular no deja caer una gota. Un árbol que evolucionó para crecer con el monzón y descansar en un invierno templado se encuentra en España con las dos cosas invertidas: sequía cuando más quiere crecer y frío cuando espera brotar.
La flor, su seña de identidad
Las flores miden de 8 a 12 cm, tubulares y algo curvadas, de un blanco crema que a veces vira a lila pálido por fuera. El interior es lo distintivo: fondo claro, manchas y puntos morados en la garganta y dos líneas amarillentas en el labio inferior.
La inflorescencia también tiene forma propia. Es un tirso estrecho y alargado, de 20 a 35 cm, con las cimas de pedúnculo muy corto pegadas al eje, de modo que el conjunto parece más una espiga gruesa que un penacho. El cáliz, cubierto de fieltro pardo cuando el botón está cerrado, se va quedando calvo a medida que la flor se abre.
El perfume es intenso, dulce, con un fondo entre vainilla y almendra amarga, y se nota más a última hora de la tarde. La floración dura dos o tres semanas y termina con las corolas enteras en el suelo, sin deshojarse: una alfombra blanca que en una acera resbala.
Hoja, cápsula y porte
Hoja. Opuesta, acorazonada, de margen entero y punta alargada, de 15 a 30 cm en rama adulta y bastante mayor en brotes vigorosos. El haz es verde oscuro y algo lustroso; el envés lleva pelos ramificados dispersos que se van perdiendo con la temporada, así que al tacto resulta liso. El peciolo es largo, a veces de un palmo y medio.
Cápsula. Aquí está el mejor carácter para identificarla en invierno, cuando no hay ni flor ni hoja: el fruto de fortunei es elipsoidal y alargado, de 6 a 10 cm, con una punta marcada. El de la paulonia de parque no llega a la mitad de ese tamaño y es casi redondeado. Colgando en racimos secos sobre las ramas peladas, la diferencia se ve desde la calle.
Porte. Tiende a mantener la guía central mejor que sus parientes, con un fuste recto y una copa más alta y algo más estrecha, de contorno aovado. En China supera los 20 metros; en jardín español se queda entre 10 y 15, según lo que beba. La corteza es gris, lisa de joven, con lenticelas claras alineadas, y se agrieta poco con los años.
Frente a tomentosa y frente a elongata
Contra P. tomentosa. Aquella tiene flor más pequeña y de un lila violáceo saturado en panícula ancha y piramidal, envés de la hoja afieltrado que se nota al pasar la mano, cápsula pequeña y redondeada, copa ancha y tronco que se tuerce con facilidad. Fortunei le gana en tamaño de flor, en perfume y en rectitud; le pierde, y por mucho, en frío.
Contra P. elongata. Se parecen más, porque las dos tienen flor grande y pálida y fuste recto. Las separa el detalle de la corola —elongata tira a lila claro con la garganta amarillenta, fortunei a blanco crema con la garganta manchada de púrpura—, el tamaño del fruto, mayor en fortunei, y la fecha: elongata suele esperar a abril y a que la hoja empiece a moverse, mientras que fortunei abre con el árbol completamente desnudo. En frío ambas quedan por debajo de tomentosa, con elongata un punto por encima de fortunei.
Conviene saber que muchos de los clones que se plantan en España son cruces de las dos últimas, y que un híbrido puede parecerse a cualquiera de sus padres o a ninguno en cuanto a floración.
Hasta dónde aguanta el frío
Hay que distinguir dos umbrales que no coinciden, y de esa confusión salen la mitad de los disgustos.
La madera de un ejemplar hecho y en reposo aguanta alrededor de -12 °C, y hasta unos -15 °C si el frío llega despacio y el otoño ha sido seco. Por debajo se pierden ramillas finas y aparecen grietas de helada en el tronco de los pies jóvenes, que suelen cerrar solas.
Los botones florales son otra historia. Se forman a final de verano, pasan los meses fríos al aire libre protegidos únicamente por su fieltro pardo, y se estropean bastante antes: hacia -8 o -10 °C en pleno invierno y con apenas -2 o -3 °C cuando ya están hinchados en febrero. El árbol sobrevive sin problema y brota en abril como si nada, pero ese año no habrá flor.
Y aquí la especie juega en desventaja frente a su prima de parques: como fortunei abre de dos a tres semanas antes que tomentosa en el mismo jardín, su ventana coincide de lleno con las últimas heladas. Adelantarse tiene premio en la costa y castigo tierra adentro.
Dónde florece en España y dónde no
Bien y casi todos los años: el litoral mediterráneo de Girona a Málaga, las vegas del Guadalquivir y del Genil, las tierras bajas de Extremadura, las huertas de Valencia y Murcia con riego, la costa cantábrica y la gallega, y Canarias. En el norte húmedo florece más tarde y crece menos deprisa, porque le falta calor de verano, pero la flor sale.
De forma irregular: Madrid, el valle del Ebro, la campiña cordobesa alta, Toledo, Cáceres de interior. Florece los años suaves y se queda en hoja los otros. Como árbol de sombra sigue funcionando; como espectáculo de marzo, depende del invierno.
Mal: los páramos de Soria, Burgos, León y Teruel, los valles pirenaicos, la Castilla alta y cualquier vaguada donde se embolse el aire frío de madrugada. Ahí lo sensato es plantar tomentosa y olvidarse.
Dentro de una misma localidad, la diferencia entre un sitio y otro puede valer dos o tres grados. Un patio cerrado, el amparo de un muro orientado al sur o la cercanía de edificios retienen calor nocturno; una parcela abierta en el fondo de un valle es lo contrario.
Plantación y primeros años
Se planta en reposo, entre noviembre y marzo, y donde las heladas aprietan más vale esperar a febrero. El hoyo interesa más ancho que hondo: la raíz gruesa baja sola si el perfil está suelto, y lo que hay que facilitarle es la exploración lateral de los primeros treinta centímetros. Nada de enterrar el cuello, que se pudre.
Un ejemplar joven tiene mucha hoja arriba y poca raíz abajo, así que tutor los dos primeros años, atado holgado y revisado en otoño para que la cuerda no estrangule. En finca, protector de malla contra el conejo desde el mismo día de la plantación.
Sobre el suelo, la exigencia real es el drenaje: viene de laderas, no de vegas encharcadas, y un par de días con el agua parada en invierno bastan para arruinar la raíz. En terreno pesado, caballón. Acepta pH hasta 7,5, pero con caliza activa alta amarillea y se queda parada. Y dale sitio: la copa pasa de ocho metros de diámetro y las raíces gruesas van someras, de manera que pegarla a una fachada o a una arqueta es problema aplazado, no evitado.
Los tres primeros veranos, el círculo de un metro alrededor del tronco tiene que estar limpio de hierba. La competencia herbácea le quita agua justo en las semanas en las que decide cuánto va a crecer. Una capa de restos de poda triturados encima ayuda, dejando un palmo libre alrededor de la base.
El agua marca el ritmo
Volvamos al monzón del principio. Esta paulonia crece exactamente lo que el agua le permite, y su máxima demanda cae en julio y agosto, que es cuando el clima mediterráneo no ofrece nada. Regarla no es un extra para que corra más: es sustituir el régimen de lluvias del que procede.
La forma de hacerlo importa tanto como la cantidad. Interesa mojar hondo y espaciar, buscando que la humedad llegue a los 40 o 50 centímetros, en lugar de dar agua a diario y quedarse en la superficie, que solo consigue una raíz somera y dependiente. Comprobarlo es sencillo: se clava una varilla fina un rato después de regar y se mira hasta dónde entra sin esfuerzo.
El árbol avisa. En una tarde de julio las hojas cuelgan lacias, y eso es normal, simple pérdida de turgencia con calor. La señal de verdad se lee al amanecer: si a esa hora siguen colgando, el agua no está llegando. Con la hoja del tamaño que tiene, un par de episodios así en un ejemplar joven cuestan la mitad del crecimiento del año.
Un aviso de final de temporada: alargar los riegos hasta octubre mantiene la brotación en marcha, y la primera helada encuentra los brotes tiernos y sin agostar. En una especie con el margen de frío que tiene esta, ese descuido se paga en ramillas secas.
Formar el árbol sin quedarse sin flor
La ventaja de fortunei es que necesita poca intervención: mantiene la dominancia apical mejor que otras paulonias y sube derecha por su cuenta. El trabajo se reduce a vigilar dos cosas en los primeros inviernos.
Las horquillas. Cuando dos brotes de vigor parecido se disputan la punta, se elimina uno mientras tenga el grosor de un dedo. Esa unión en ángulo cerrado, dejada crecer, es por donde se desgaja el árbol en un temporal de verano.
La altura de la cruz. Se van suprimiendo las ramas bajas de año en año, sin quitar de golpe más de un tercio de la copa viva, hasta poder pasar por debajo. Los cortes conviene mantenerlos pequeños: la madera es blanda y una herida gruesa se pudre hacia dentro en lugar de cicatrizar.
Y un detalle que decide la floración: las flores se forman en las yemas terminales de los brotes del año anterior. Repasar la copa con la tijera en invierno, despuntando ramillas, equivale a tirar la flor de marzo a la basura. En un ejemplar adulto que se tiene por la flor, la poda correcta es casi ninguna. Por la misma razón, cortar el pie a ras para enderezarlo —práctica normal cuando el objetivo es la madera— retrasa varios años la primera floración, y en un jardín rara vez compensa.
En resumen
Paulownia fortunei procede del centro y sur de China y de la franja de Vietnam y Laos, y se reconoce por su flor de 8 a 12 cm, blanco crema con la garganta manchada de púrpura, agrupada en un tirso estrecho y alargado, por su hoja de envés casi liso, por su cápsula de 6 a 10 cm y por un fuste más recto que el de la paulonia de parque. Abre en madera desnuda entre finales de febrero y marzo, dos o tres semanas antes que tomentosa, y ese adelanto es su virtud en la costa y su ruina tierra adentro: la madera aguanta hasta unos -12 °C, pero los botones se pierden hacia -8 °C y con -3 °C si ya están hinchados. Florece de fiar en el litoral mediterráneo, en el valle del Guadalquivir, en Extremadura, en la cornisa cantábrica y en Canarias; de forma irregular en Madrid o el Ebro; y no merece la pena en los páramos fríos. Pide sol, suelo suelto que drene, sitio de sobra y agua honda en verano, que es lo que sustituye las lluvias de monzón de su tierra. La tijera, poca: en las puntas de los brotes del año pasado está la flor del próximo marzo.