Cuatro metros en una temporada. El dato es real, se mide todos los años en plantaciones del Levante y es lo que ha puesto de moda a la paulonia. Viene acompañado de una letra pequeña que conviene leer antes de cavar el hoyo: sin suelo profundo, sin riego y sin un invierno benigno, ese mismo árbol hace medio metro y se planta.

Primero, el nombre. Se escribe Paulownia, con u, en homenaje a Ana Pávlovna Románova, hija del zar Pablo I y esposa del rey Guillermo II de los Países Bajos, en cuyo país se describió el género en 1835. En castellano se castellaniza como paulonia o paulownia. La grafía «pawlonia» que circula por viveros y anuncios no es correcta, aunque sea la que más se teclea. El género tiene familia propia, Paulowniaceae, después de años de ir dando tumbos entre las escrofulariáceas y las bignoniáceas.

Un género pequeño con una especie dominante

Se aceptan alrededor de siete u ocho especies, todas del este de Asia. En España se manejan cuatro con nombre propio:

Paulownia tomentosa. La clásica de parques y avenidas. Flores de un lila violáceo intenso en panículas erguidas, envés de la hoja cubierto de un fieltro denso, y la mejor resistencia al frío del género: aguanta -18 o -20 °C. Es la que se ve en Madrid, en Zaragoza o en Vitoria.

Paulownia fortunei. Flor mayor, blanco crema con la garganta manchada de púrpura, muy perfumada. Más friolera, hasta unos -12 °C.

Paulownia elongata. Poco ornamental por sí sola, pero es la base genética de casi todos los clones forestales que se venden aquí.

Híbridos clonales como 'Cotevisa 2', '111' o 'Shan Tong', cruces de elongata y fortunei propagados en laboratorio y seleccionados por rectitud de fuste y velocidad. Son la planta que llega en tarrina desde los proveedores de material forestal, y su comportamiento ornamental tiene poco que ver con el de la especie botánica: varios florecen mal o tardan mucho en hacerlo, porque el criterio de selección fue la madera.

Paulownia tomentosa en flor, con panículas lilas sobre madera desnuda

Cómo es el árbol

Caducifolio, de 10 a 20 metros según especie y sitio, con copa ancha, redondeada y bastante abierta, y corteza gris con lenticelas claras. Vive relativamente poco para un árbol grande: entre 40 y 70 años en buenas condiciones, muy lejos de una encina o un plátano.

Las hojas son la mitad de su gracia. Opuestas, acorazonadas, de 20 a 30 cm en rama adulta, y descomunales en rebrotes: en un ejemplar recepado se ven hojas de 50 o 60 cm de ancho, lo más parecido a una planta tropical que puede tenerse a la intemperie en Segovia. Salen tarde, ya bien entrado abril, y caen pronto, con las primeras heladas de octubre o noviembre, todavía verdes y de golpe.

La floración ocurre antes que la hoja, en marzo o abril, sobre madera desnuda: panículas verticales de flores tubulares acampanadas, con olor dulce, muy visitadas por abejorros y abejas. Después vienen las cápsulas leñosas ovoides, que permanecen todo el invierno en el árbol y suenan al viento. Son un detalle bonito en enero y, a la vez, el origen del principal inconveniente de esta especie, que se explica más abajo.

La sombra, que es la razón real para plantarla

Como árbol de sombra rápida tiene pocos rivales. Da una sombra densa desde el tercer o cuarto año, y en zona de veranos duros eso vale mucho. Pero la sombra llega tarde en la temporada: al brotar en abril y perder la hoja pronto, deja desprotegidas las primeras olas de calor de mayo y a cambio permite que entre el sol en otoño. Para una terraza que se usa en julio y agosto es perfecto; para tapar un poniente de mayo, va justo.

Ubicación, suelo y distancias

Sol pleno. A la sombra se estira, dobla el tronco buscando la luz y no florece.

Suelo profundo, suelto y bien drenado. Este es el punto que decide todo. La paulonia forma raíces gruesas que quieren bajar; en suelo compactado, con una capa de arcilla o una losa de obra a 40 cm, el árbol se queda enano. Y el agua parada la mata: unos días de encharcamiento invernal bastan para asfixiar la raíz y abrir la puerta a Phytophthora. En terreno pesado, o se planta sobre caballón de 30-40 cm, o se elige otra especie. Tolera pH de 5 a 8, aunque en calizas muy activas se clorosa y hay que corregir con quelatos.

Viento. Ramas frágiles y hojas enormes que hacen de vela: en zonas de temporal fuerte pierde ramas todos los inviernos. No es árbol de primera línea de costa expuesta.

Distancias. Mínimo 8 metros a fachadas, muros, piscinas, arquetas y acerado; 10 en suelo fértil y regado. Las raíces son gruesas, someras y expansivas, y buscan las juntas del saneamiento viejo. Plantarla en un patio de diez metros cuadrados termina con el árbol arrancado a los seis años y el pavimento levantado.

Riego

La velocidad de crecimiento sale de algún sitio, y ese sitio es el agua. Con esa superficie foliar, la transpiración estival es enorme. Durante los tres primeros años, riego semanal abundante de mayo a septiembre —30 a 50 litros por árbol y aplicación en ejemplar joven, mejor repartidos en dos goteros que en un solo chorro—, dejando que se seque la superficie del suelo entre riegos, porque encharcar permanentemente es tan malo como no regar.

A partir del cuarto o quinto año, con la raíz asentada, se defiende sola donde llueven más de 600 mm al año. En el sureste peninsular, en el interior de Murcia o en Almería seguirá pidiendo riego de verano toda su vida, y sin él vegetará sin crecer.

Abonado y poda

Poco abono y bien puesto: compost o estiércol maduro extendido en superficie al final del invierno, dos o tres cubos por árbol, y en suelos pobres un abono equilibrado de liberación lenta en marzo. Excederse con nitrógeno produce brotes larguísimos, blandos y quebradizos que revienta el primer temporal, además de madera de peor calidad.

La poda de formación es lo que marca la diferencia entre un árbol con tronco recto y un arbusto desgarbado. El truco es el recepado: al final del primer invierno se corta el plantón a ras de suelo. Del tocón, con el sistema radicular ya montado, brotan varios tallos; se deja el mejor cuando alcanzan medio metro y ese único brote puede subir cinco o seis metros rectos en una sola temporada. Después, en invierno, se van eliminando ramas competidoras del guía y subiendo la cruz poco a poco. En el árbol adulto, poda mínima: los cortes gruesos cicatrizan mal y se pudren.

Plantación y multiplicación

Época: de noviembre a marzo con la planta en reposo. Donde hiela con dureza, febrero o marzo. Hoyo amplio, cuello a ras de suelo —enterrarlo lo pudre— y tutor los dos primeros años.

Semilla: es fotoblástica, germina con luz. Se siembra en superficie, sin cubrir, sobre sustrato fino y húmedo a 20-25 °C, tapando la bandeja con plástico transparente hasta la nascencia, en dos o tres semanas. Enterrar la semilla es asegurarse de que no nazca. De semilla, la floración llega hacia el cuarto o sexto año.

Estaquilla de raíz: el método fiable y el que conserva el clon. En enero o febrero se desentierran raíces de 1,5 a 3 cm de grosor, se trocean en fragmentos de 10-15 cm marcando el extremo superior y se entierran horizontales a 3-4 cm de profundidad en arena con turba. Brotan en primavera con muy buen porcentaje. Las estaquillas de tallo, en cambio, agarran mal.

Plagas y problemas reales

Es un árbol notablemente sano en España. Lo que de verdad la mata no son los insectos, sino el agua mal drenada: podredumbres de raíz y cuello por Phytophthora y Armillaria en suelos que se encharcan. El síntoma —hojas pequeñas, brotación floja, muerte descendente de ramas— aparece cuando ya no hay remedio, así que la prevención está en la elección del sitio.

De lo demás: caracoles y babosas destrozan los brotes tiernos de plantones recién puestos, y en el campo los conejos descortezan el pie el primer invierno, por lo que un protector de malla los dos primeros años es dinero bien gastado. Se ven cochinillas y pulgones ocasionales sin importancia. En Asia sufre el fitoplasma de las «escobas de bruja», que provoca brotaciones apelotonadas de hojas diminutas; no es un problema habitual en las plantaciones españolas.

Paulownia joven plantada en un jardín

Se siembra sola, y ahí está el problema

Cada cápsula guarda alrededor de dos mil semillas minúsculas y aladas; un ejemplar adulto libera millones cada año y el viento las lleva lejos. Germinan en cuanto encuentran suelo desnudo y luz directa: taludes de carretera, escombreras, graveras, cauces de rambla, tejados y grietas de muro. Paulownia tomentosa está considerada invasora en buena parte del este de Estados Unidos y en zonas de Centroeuropa precisamente por eso.

Traducido a decisiones concretas: no la plantes al lado de un río, una rambla o un espacio natural protegido; retira las cápsulas si el árbol linda con vegetación silvestre; y si piensas en una plantación de cierto tamaño, comprueba antes la normativa de tu comunidad autónoma sobre especies exóticas, que ha ido endureciéndose. Los clones híbridos con producción de semilla nula o escasa son la opción sensata en entorno rural, y ese sí es un buen argumento para pagarlos.

La madera y las promesas de rentabilidad

La madera de paulonia, el kiri japonés, es una rareza técnica: 250-300 kg/m³ al 12 % de humedad, entre un tercio y la mitad de lo que pesa un pino. Es muy estable, apenas se mueve con los cambios de humedad, no se alabea y tiene un punto de ignición alto. Con ella se hacen arcones tradicionales, cajas de koto, sandalias geta, tablas de surf, contrachapados ligeros y almas de tableros sándwich.

Distinto asunto son las plantaciones de inversión que se promocionaron en España a partir de 2010, con turnos de ocho años y rentabilidades garantizadas por folleto. Un porcentaje alto se instaló en secanos sin agua suficiente y con clones inadecuados al frío de la zona, y no alcanzó ni los volúmenes ni los precios anunciados, en parte porque el mercado europeo para esa madera es estrecho. La paulonia produce madera rápido si tiene suelo profundo, riego y clima suave; fuera de ahí es un ornamental estupendo y una inversión mediocre.

Lo del CO₂, con números

Se repite que la paulonia absorbe «diez veces más CO₂ que cualquier otro árbol». Merece una matización, porque el argumento se usa para vender plantaciones.

Un árbol fija carbono en proporción a la biomasa seca que produce, no a los metros que estira. La paulonia crece muy rápido en volumen, pero su madera pesa la mitad o menos que la de un roble o una encina: un metro cúbico de paulonia contiene bastante menos carbono que un metro cúbico de Quercus. Comparada con otras especies de crecimiento rápido —chopos, eucaliptos— la fijación anual por hectárea es del mismo orden de magnitud, no diez veces mayor.

Y hay un segundo punto que decide de verdad: el carbono solo queda retirado de la atmósfera mientras siga dentro de la madera. Si el árbol se tala y se convierte en un mueble o en una viga, el carbono se queda ahí décadas; si se quema o se pudre, vuelve entero al aire. Una plantación de turno corto no es un sumidero permanente, es un almacén temporal cuyo balance depende del destino final de la madera y del gasoil, el riego y el fertilizante que hayan hecho falta para producirla. La paulonia es un árbol útil y agradecido; no es una máquina de limpiar la atmósfera.

En resumen

La paulonia —escrito con u, Paulownia— da sombra densa en pocos años, hojas enormes de aspecto casi tropical y una floración lila o crema que se abre sobre madera desnuda antes de brotar. Necesita sol, suelo profundo y bien drenado, riego generoso los tres primeros años y mucho espacio: ocho metros como mínimo a cualquier construcción o conducción. P. tomentosa resiste hasta -18 °C y es la elección para el interior; P. fortunei tiene mejor flor pero pide clima suave. El recepado del primer invierno es lo que le da un tronco recto. Sus verdaderos enemigos son el encharcamiento y el suelo compactado, no las plagas. Antes de plantarla, dos cautelas: siembra millones de semillas que colonizan terrenos alterados, así que hay que mirar dónde se pone; y tanto las rentabilidades de las plantaciones como las cifras de captura de CO₂ que la acompañan conviene leerlas con calma.


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